Si nuestro destino quiere Capítulo 8
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Capítulo 8

Liam

Estuvimos los cuatro en la cena: Sam, Mark, Jules y yo. Habíamos quedado para celebrar su vuelta y, por eso, cambié la cena de negocios que tenía programada por un almuerzo. En cuanto llegué a casa después del viaje, me di una ducha y me marché.

La comida fue de maravilla y, cuando terminamos, me dirigí a casa de Mark, donde me cambié de ropa.

Siempre tenía allí algunas prendas porque no era la primera vez que terminábamos una juerga en su casa y, a la mañana siguiente, tenía que ir a trabajar.

Lógicamente, no iba a hacerlo con la misma ropa con la que había salido la noche anterior.

Al llegar y ver a Jules, no pude negar que seguía tan preciosa como siempre, pero mis sentimientos habían cambiado. No es que hubiera dejado de quererla ni de desearla, pero algo en mí ya no era lo mismo.

Por supuesto, no sucumbiría a sus encantos, entre otras cosas porque le debía un respeto a mi mujer. No tenía nada carnal con ella, salvo aquel momento en el que follamos contra la pared, pero nada más. Aun así, no me veía capaz de serle infiel.

—Nos vamos a la discoteca nueva, que he dejado pagado un reservado con barra libre —dijo Mark.

—¿Lo dices en serio? —preguntó Jules.

—Pues claro. Para la reina del grupo, todo lo mejor del mundo —contestó mi amigo.

—Entonces, vamos a mover el esqueleto, que me muero por echar unos bailes con Liam…

Lo dijo de una manera demasiado insinuante, como si sus palabras llevaran un doble sentido, así que decidí aclararle mi situación por si acaso mis amigos, que habían pasado más tiempo con ella que yo, no se lo habían contado.

—Estoy casado, Jules.

—¿Y eso te impide bailar con una buena amiga como yo?

—No, pero…

—Mira, espero que tu mujer no sea celosa, porque no pienso cambiar ni un ápice mi manera de hablarte, de tocarte o de besarte cuando me plazca.

No sé si eso me gustó o no, la verdad. Por un lado, me hacía sentir como en casa porque no podía negar que había estado muy enamorado de ella, pero la manera en la que terminó todo hizo que aquellos sentimientos se enfriaran.

Mark me miró con una sonrisa cuando Jules se agarró a mi brazo y empezó a acariciarlo. Yo ya no era aquel chaval que había estado con ella, con el que había descubierto el sexo y el amor. El deporte me había ayudado a superar su marcha y los años también habían hecho lo suyo.

Ella notó el cambio y no dudó en decírmelo a su manera, de lo más sensual, consiguiendo ponerme duro como una piedra. Aquella noche iba a ser demasiado larga para mí porque su atuendo tampoco ayudaba mucho.

Jules llevaba un vestido azul marino muy ajustado, con un escote pronunciado y sujeto al cuello, que dejaba la espalda al aire y apenas le llegaba a medio muslo. Encima llevaba un abrigo para paliar el frío que todavía hacía, aunque ella parecía no sentirlo.

—Chico, estos músculos no estaban antes. Si cuando no los tenías tan desarrollados eras capaz de cogerme en brazos para empotrarme contra la pared, no me quiero ni imaginar lo que serías capaz de hacer ahora.

—No vayas a empezar, Jules, te lo pido por favor —le dije.

—Entre otras cosas, porque los demás estamos aquí y no queremos imaginarnos nada —añadió Sam, haciéndonos reír a todos.

Llegamos a la discoteca y entramos en el reservado. Mientras nosotros subíamos y nos servíamos una copa, Jules se quedó en la planta principal hablando con una amiga que hacía tiempo que no veía y supuse que la invitaría a unirse a nosotros.

—Joder, esta mujer cada día está más buena y te tira los tejos que da gusto —dijo Sam.

—Pero yo ya no estoy como antes. Ahora estoy casado.

—No digas tonterías, Liam. No sientes nada por esa mujer. Si te has casado con ella, ha sido por tu sentido de la justicia, cuando podrías haberte desentendido de todo.

—Eso digo yo. Nadie le dijo que te salvara la vida; eso fue cosa de ella. No entiendo esa obligación que te has echado encima —añadió Mark.

Justo estábamos hablando de eso cuando llegó Jules. Tal y como había supuesto, había invitado a alguien al reservado y daba lo mismo, pues estaba repleto de bebidas que no íbamos a poder terminar. Lo que no me esperaba era encontrarme con mi mujer cuando me volví.

Vi el dolor en sus ojos e intenté ponerle remedio, pero no me dejó.

Cuando casi se cayó al marcharse y las mangas del vestido se le subieron, me quise morir.

No por mí, porque sus cicatrices me daban igual, sino por ella y, sobre todo, por los comentarios que hizo Jules, que sabía que le habían dolido como puñales.

Sus amigas se la llevaron y yo decidí volver a casa. Tenía que darle una explicación, aunque ella hubiera dicho que no la quería ni la necesitaba. Se lo comuniqué a mis amigos y no dudaron en venir conmigo.

—No te vamos a dejar solo, Liam —dijo Jules.

—Después de todo, también ha sido culpa nuestra —añadió Mark.

—No ha sido culpa de nadie más que mía. No debí mentirle, mucho menos hoy, que es su cumpleaños.

—Si yo fuera tu mujer y hoy fuera mi cumpleaños, no te habría dejado salir de la cama, te lo aseguro —me dijo Jules con aquel tono sensual que utilizaba siempre.

—Eso no puede ser posible, porque ni duermen juntos ni tienen sexo —le aclaró Sam.

La conversación continuó durante el camino hasta mi casa. Una vez allí, nos sentamos en el salón a esperar a Lakisha. Tenía los nervios a flor de piel y apenas prestaba atención a lo que decían, pues cada vez era más tarde y ella todavía no había aparecido.

—No te preocupes, Liam. Seguro que está en casa de alguna de sus amigas —me dijo Mark.

—No entiendo una cosa. Siendo la persona que eres y estando tan bueno como estás, ¿por qué sigues casado con esa mujer? —preguntó Jules.

—No es que sea fea, ni mucho menos, pero esas cicatrices que tiene en los brazos parecen un mapa en relieve de los ríos de un país —dijo Sam.

No pude evitar sonreír por la comparación, aunque no debería haberlo hecho. Acto seguido, empezó a imitarla cuando le falló la pierna y estuvo a punto de caerse. No lo hacía con maldad, o al menos eso pensaba, pero lo que no esperaba era que ella estuviera en la puerta del salón viéndolo todo.

—¡Lakisha! —exclamé para que mi amigo también se diera cuenta de su presencia.

—Vete a la mierda, Liam.

—Yo lo siento, Lakisha. Estoy aquí para pedirte disculpas por mi desafortunado comentario —le dijo Jules.

—¿Disculpas? ¿Me pides disculpas mientras te estás cachondeando de mí?

—Vamos, mujer, tan solo estábamos bromeando. No te lo tomes así.

—Mira, viendo que la persona que tenía que defenderme ni lo ha hecho ni piensa hacerlo, lo haré yo. Antes de que me pasara todo esto, era una de las mejores pianistas del país, con un futuro prometedor y una vida ordenada.

»Y si estas cicatrices que tengo en la piel te resultan repugnantes, a mí no, porque son una lección de vida.

—Nadie ha dicho eso, Lakisha —intervine.

—Por supuesto que lo han dicho. No acabo de llegar, llevo un rato escuchando cómo me ponen verde mientras tú no has abierto la boca. Pero esto se terminó, aquí y ahora.

—No puedes hablar en serio.

—Claro que hablo en serio. A partir de este momento, no quiero ni que te dirijas a mí para saludarme. Es cuestión de tiempo que salga de tu casa y de tu vida. Ahora voy a cambiarme de ropa y me marcho.

—¿Dónde vas a ir?

—Donde me dé la gana, igual que haces tú.

Se giró y se fue hasta su habitación. Sabía que no iba a ir detrás de ella, pero, aun así, cerró el pestillo para quedarse más tranquila. Entró en la ducha y, desde el pasillo, la escuché llorar. Me sentía como un miserable y mis amigos se dieron cuenta.

Por mucho que insistieron en quedarse conmigo, no se lo permití. Tenía que enfrentarme a lo que Lakisha había escuchado y al hecho de que me hubiera visto en una discoteca con ellos el día de su cumpleaños, después de haberle dicho que estaría en una cena de negocios.

Subí y entré en mi habitación, encargándole a Charlotte que me avisara en cuanto viera salir a Lakisha o escuchara que quitaba el pestillo de la puerta. Necesitaba plantarme delante de ella y decirle lo que pensaba.