Capítulo 7
Esa mujer se comportó durante todo el trayecto hasta el reservado con unas confianzas que daban a entender que me conocía de toda la vida, cuando lo cierto era que no la había visto nunca hasta hacía apenas unos minutos.
Entramos en el reservado y se dirigió a un hombre con una familiaridad que me dejó de piedra. Supe de quién se trataba sin necesidad de que se diera la vuelta, pero lo que más me chocó fue escucharlo reír a carcajadas. No lo había visto hacerlo desde que estábamos juntos. Conmigo nunca reía así.
—Cariño, les he dicho a estas chicas que subieran a tomar una copa, porque con mi torpeza se la he derramado encima a una de ellas —le dijo.
—No hay problema, Jules. Hay bebidas como para invitar a toda la discoteca —le contestó él.
Cuando se dio la vuelta y vio quién era, se puso blanco.
—No hace falta, será mejor que me marche. No quiero importunar a nadie, mucho menos cuando se trata de negocios —le dije a aquella mujer, con la ironía suficiente para demostrarle a Liam que sabía que me había mentido.
—¿Negocios? Aquí no hay nada que negociar. Estamos celebrando mi vuelta a la ciudad con todos los amigos de la universidad. Una reunión como las que hacíamos antes de mi marcha.
—Jules, será mejor que la dejes marchar. Ella no quiere estar aquí —dijo uno de los amigos de Liam.
Giré sobre mis talones y mis amigas hicieron lo mismo. No sabían el motivo, pero tampoco hacía falta. Si una de nosotras se sentía incómoda, fuera por lo que fuera, las demás no dudaban en marcharse.
—Lakisha, espera…
—¿Lakisha? ¿Esta chica es tu mujer?
—Jules, ahora no.
—¿Ahora no? De verdad, Liam, no sé cómo tienes tan poca vergüenza. Déjame en paz.
—Tengo que darte una explicación…
—No la necesito, ya he tenido suficiente. ¿Sabes por qué? Porque no sería una explicación, sino otra de las muchas mentiras que salen de tu boca a diario, y ya no quiero escuchar ni una más.
Al girarme, la pierna me falló y, cuando intenté agarrarme a la barandilla del reservado, las mangas del vestido se me subieron hasta los codos, dejando al descubierto mis brazos y mis cicatrices.
Entonces ocurrió lo que más temía.
—Oh, pobrecita, mira cómo tiene los antebrazos…
—Jules, cállate, por favor.
—No me puedo callar. Chicos, ¿habéis visto a la pobre mujer? Con razón nunca quiere ir contigo a las fiestas. A mí también me daría vergüenza salir así y que todos me tuvieran lástima.
—A ella solo le tienen lástima las personas tan pobres de corazón como tú. Ahora será mejor que nos vayamos. Que sigáis pasando buena noche —le dijo Miranda.
Después miró a Liam con una rabia que decía mucho más que cualquier palabra, me cogió del brazo y me sacó de allí. Y no solo del reservado, sino también de la discoteca, aquella que acababa de hacerme abrir los ojos de golpe.
Al llegar a la calle, Miranda paró un taxi y nos subimos las cuatro. Íbamos a su casa, donde terminaríamos la noche.
Tenía que contarles mi historia, aunque no sabía si sería capaz de hacerlo esa noche.
—No tienes por qué hacerlo, ni hoy ni nunca.
—Sí que tengo. Estoy en deuda con todas vosotras.
—No existe tal deuda, cariño. Somos tus amigas y, como tales, estaremos ahí cuando nos necesites, sin explicaciones y sin pedirte nada a cambio, salvo tu cariño y una sonrisa.
Al entrar en casa, Miranda, Sophie y Mary me abrazaron y ya no pude contener las lágrimas.
Las dejé salir sin control, sin medida y sin vergüenza.
Con ellas sentía que había encontrado mi sitio y, quizá por eso, decidí hacerlas partícipes de mi historia.
Nos acomodamos en el salón y empecé a contárselo todo.
Comencé por mi enamoramiento de Liam en el instituto, por cómo le perdí la pista y por el momento en el que volví a encontrarme con él. No me dejé ningún detalle del accidente ni tampoco de la propuesta que me hizo en el hospital.
En ese momento faltaban las otras dos chicas del grupo, ambas enfermeras, que habían aceptado un trabajo en un hospital fuera de la ciudad y solo volverían durante las vacaciones o algún día festivo.
Sophie me miraba como si no entendiera qué me había llevado a aceptar aquella relación en esas condiciones y así me lo hizo saber sin cortarse un pelo, como era habitual en ella.
—Lakisha, de verdad que, conociéndote, no entiendo por qué no dijiste que no a ese matrimonio.
—Pues yo te lo explico. No tenía dinero para contratar a nadie, no podía trabajar ni tenía a nadie que me cuidara. ¿Cómo querías que dijera que no?
—¿Sabes lo que yo pienso? —preguntó Mary.
—Ilumínanos, por favor —respondió Miranda.
—Pues pienso que ese no fue el motivo principal por el que lo hiciste. No niego que fuera uno de ellos, pero no el más importante.
—Y, según tú, ¿cuál fue? —le pregunté.
—El amor que sentías y que sigues sintiendo por él. En lo más profundo de tu corazón albergabas la esperanza de que pudiera enamorarse de ti, de que pudierais cumplir tu sueño de vivir un amor de película.
—Eres muy observadora, Mary, y no te lo voy a negar porque, hasta esta misma noche, seguía albergando esa esperanza.
—¿Qué vas a hacer ahora? Ni que decir tiene que estoy aquí, como abogada, para todo lo que necesites.
—Ahora mismo me estoy preparando para tener un futuro. Espero que, en un par de años como mucho, pueda presentarme a ese examen y terminar con todo de una vez.
—Ojalá sea así, cariño. Te mereces todo lo mejor —me dijo Sophie.
—Sabes que te voy a echar mucho de menos, ¿verdad? —dijo Miranda.
—Yo seré la que redacte el divorcio y se lo entregue. Me muero porque llegue ese momento, mi niña —sentenció Mary, muy metida en su papel de abogada.
Esa noche me quedé a dormir allí, aunque decir que dormí sería demasiado optimista.
Me limité a permanecer tumbada en el sofá hasta que vi los primeros rayos de sol entrar por la ventana.
Fue entonces cuando decidí volver a casa.
A su casa, porque hacía mucho tiempo que había dejado de sentirla como mía.
Miranda también se había levantado e insistió en acompañarme, pero no se lo permití. No quería que fuera testigo de lo que me esperaba porque tenía claro que me encontraría con un Liam enfadado, aunque no tuviera ningún motivo para estarlo y fuera yo quien debería sentirse así.
Me acompañó hasta la puerta del edificio y paró un taxi para que me llevara a casa. Durante todo el trayecto estuve dándole vueltas a mi matrimonio con Liam, a todo lo que había sucedido entre nosotros y a la manera de encontrar una salida.
Le pagué al taxista y bajé del coche. Al entrar en casa, escuché voces procedentes del salón que me dejaron de piedra, no por las personas que estaban allí, sino por la manera en la que se referían a mí.
Pero lo que más me sorprendió fue escuchar a Liam, el hombre que se suponía que debía defenderme, reírse con ellos.
Intenté asimilar lo que estaba oyendo. Mi primera intención fue dejarlos allí y subir a mi habitación, pero no pude resistirme a defenderme, a decirles cuatro cosas bien dichas antes de permitir que siguieran burlándose de mí.
Si ninguno de los que se encontraban allí estaba dispuesto a sacar la cara por mí, lo haría yo. Ya estaba bien de aguantar desprecios y de hacerme pequeña ante personas como aquellas.
Respiré hondo y abrí la puerta de un solo empujón. Ninguno se dio cuenta de mi presencia al principio y pude ver cómo uno de sus amigos imitaba mi tropiezo en la discoteca mientras los demás se reían, incluido mi marido.
Liam levantó la vista, me vio y dejó de reír de golpe.
—Lakisha, no es lo que parece.
¿Cómo podía tener tan poca vergüenza como para decirme aquello? Ni una disculpa, ni un «menos mal que has llegado, me tenías preocupado». No. Tan solo la manida frase de que no era lo que parecía.