Capítulo 6
Esas palabras de Liam me hicieron volver a la realidad de golpe y mis lágrimas empezaron a caer por mis mejillas como si hubieran abierto unas compuertas. No podía hacerme más daño ni aunque lo hubiera intentado, y él lo notó.
—Lo siento, Lakisha, no quería decir eso.
—Claro que no querías decirlo, pero lo has pensado todo este tiempo, que todavía es peor.
—Lakisha, yo…
—Tú sigue con tu vida, que yo seguiré con la mía. No te preocupes.
Subí a la habitación de invitados, donde me había instalado desde el día de mi cumpleaños, y él me dejó marchar sin intentar detenerme. Parecía que mi felicidad fuera una molestia para él, y eso sí que no iba a permitirlo.
Minutos después, cuando se hubo tranquilizado lo suficiente, Liam subió y entró en mi habitación sin llamar.
Me cogió del brazo y me acercó a él, dejando su boca muy cerca de la mía.
Os prometo que pensé que, por fin, iba a besarme como Dios manda, que iba a hacerme suya, pero lo que dijo a continuación me hizo entender que eso no sucedería.
—Lo siento, pero no puedo. Será mejor que continuemos durmiendo cada uno en una habitación.
Salió de allí y me dejó, como se suele decir, con las patas colgando. ¿Para qué había ido hasta mi habitación? ¿Por qué me había cogido de aquella manera si no pretendía hacer nada? Ahora más que nunca tenía que escapar de allí y preparar un buen plan que me lo permitiera.
A la mañana siguiente me senté en la biblioteca con mi portátil, ese que había traído de mi casa y que estaba prácticamente nuevo porque lo había utilizado en muy pocas ocasiones.
Siempre me había gustado el tema de la docencia y pensé que formarme para dedicarme a ello no sería demasiado complicado, sobre todo teniendo en cuenta mis estudios de música.
Investigué y descubrí que podía prepararme para convalidar mis estudios y acceder a la docencia como profesora de música. Me llevaría tiempo, eso era indudable, pero precisamente tiempo era lo que más tenía y pensaba aprovecharlo.
Realicé mi inscripción en la web del Estado y descargué el temario en el portátil. Había cosas que ya había estudiado, pero también muchas de las que ni siquiera había oído hablar y tendría que buscar la manera de entenderlas y aprenderlas. No sería fácil, pero nada en mi vida lo había sido.
Una vez que lo tuve todo organizado, me creé una rutina. Me levantaba por la mañana, hacía los ejercicios de rehabilitación con mi fisioterapeuta, me duchaba y desayunaba. Después me metía en la biblioteca a estudiar y allí permanecía hasta la hora de comer.
Seguíamos compartiendo la comida y la cena, pero Liam estaba más serio con cada día que pasaba. Era como si se encontrara en una encrucijada y no supiera cómo resolverla. Faltaban pocos días para mi cumpleaños, aunque no creía que su actitud tuviera nada que ver con eso.
—El sábado es tu cumpleaños y, como no sé si podré estar porque tengo una cena de trabajo, he decidido darte el regalo antes de tiempo. Lo tienes en tu habitación.
—No hacía falta, Liam, pero gracias. Cuando suba, lo veré.
—Salgo de viaje esta misma tarde y no volveré hasta el sábado por la tarde, pero tendré que marcharme pronto por la cena.
—Nunca me has dado explicaciones de tus ausencias, así que no entiendo por qué tienes que dármelas ahora.
—Eres mi esposa y ya va siendo hora de que me comporte como tal.
—Para que eso fuera cierto, tendrías que cambiar muchas más cosas que el hecho de darme explicaciones sobre tus ausencias y, siendo completamente sincera, si no vas a ser capaz de cambiar en lo demás, tampoco quiero que lo hagas en esto.
Me levanté de la mesa y me marché a mi habitación.
Necesitaba estar sola porque todo aquello me estaba afectando más de la cuenta.
Si no quería que fuera su esposa en todos los sentidos, podría haberme propuesto otro tipo de trato, como ser amigos y ocuparse de mis necesidades hasta que me recuperara, o incluso darme una indemnización.
Cualquier cosa menos la tortura a la que me estaba sometiendo.
Esta vez no me dejó sola, sino que vino detrás de mí y, al igual que en la ocasión anterior, me tomó del brazo y me pegó a él.
Mi corazón latía como un caballo desbocado y os prometo que, si hacía lo mismo que la última vez que estuvimos tan cerca, le iba a dar una patada en los huevos que acabaría con la continuación de su apellido.
Pero no fue así.
Me miró a los ojos y me besó como siempre había deseado que lo hiciera, de manera pasional y necesitada y, por supuesto, yo le correspondí. Mis manos fueron directas a su camisa. Ya no llevaba guantes, no desde hacía casi un año, pero noté que se tensaba cuando tocaron su piel.
De manera abrupta, se separó de mí, me miró a los ojos y salió de la habitación, dejándome apoyada en la pared, visiblemente excitada y evidentemente cabreada. Sin embargo, no me duró mucho, porque volvió a entrar y continuó con lo que había empezado.
Os prometo que en mi vida me habían hecho jadear de esa manera.
Me cogió en brazos y me pegó a la pared, metiendo una mano entre mis piernas para asegurarse de que estaba preparada para recibirlo.
En cuanto lo comprobó, sacó su miembro y me penetró de manera fuerte y certera, haciendo que gritara tanto por la sorpresa como por el placer que sentí en ese momento.
Pero todo quedó ahí. Cuando terminamos, después de que ambos alcanzáramos el clímax, me bajó al suelo, me dejó un beso en la frente y salió de mi habitación. No pretendía que me dijera que me quería ni que me jurara amor eterno, pero esperaba, al menos, que pronunciara alguna palabra.
Se marchó esa tarde sin despedirse siquiera y me sentí mal, muy mal. Os podéis estar preguntando el motivo, si había hecho exactamente lo que yo le había pedido, pero no era así. Me sentí utilizada y tomé la determinación de que no volvería a permitir que algo así ocurriera.
Me metí en la ducha, me puse el pijama y me acosté. No cené porque no me apetecía y Charlotte respetó mi decisión, aunque no sin echarme la bronca. Decía que no podía seguir así, que terminaría enfermando y que debía buscar alguna motivación en mi vida, sin saber que ya la había encontrado.
Los días fueron pasando y, aunque su regalo seguía encima de mi tocador, decidí que no lo abriría hasta el día de mi cumpleaños. Cuando por fin llegó, me levanté y fui hasta allí. Estaba nerviosa, pero todos los nervios desaparecieron en cuanto abrí el paquete.
Era la misma pulsera que me había regalado el año anterior.
¿Tan poca atención me prestaba que ni siquiera se había dado cuenta de que era un regalo repetido? ¿Sería que no había sido él quien había comprado el regalo en alguna de las dos ocasiones? No quise pensarlo más. Abrí el cajón y lo metí dentro con mucha mala leche, todo hay que decirlo.
Bajé a desayunar con Charlotte, que también me esperaba con una tarta y un regalo. Al final, aquella mujer se estaba ganando mi corazón poco a poco, a pesar de mis reticencias iniciales.
—Feliz cumpleaños, mi niña.
—Gracias, Charlotte.
—Toma, espero que te guste.
—Seguro que sí, pero no tenías que haberte molestado.
Antes de abrir el regalo, me acerqué para darle un abrazo, uno que me supo a hogar, a esa madre que nunca había tenido y que me recordó a mi abuela. Por eso dejé escapar mis lágrimas. Sabía que me costaría separarme de ella, pero no podía evitarlo.
—Venga, abre tu regalo y sopla las velas, pero no te olvides de pedir un deseo.
—Aunque sé que, de momento, no se podrá cumplir, lo pediré.
—No intentes ponerle puertas al campo, cariño. Todo pasa cuando tiene que pasar, ni antes ni después.
No sabía si ella había intuido por dónde iban mis pensamientos, pero me parecía que los suyos iban en una dirección muy diferente. No sería yo quien la sacara de dudas, ni mucho menos.
Le conté los planes que tenía con las chicas y una sonrisa apareció en sus labios mientras yo abría su regalo, que resultó ser unas botas de piel preciosas que pensaba estrenar esa misma noche.
—Debes tener cuidado con tu pierna, cariño. No me gustaría que te cayeras por mi culpa.
—Pierde cuidado. La cuña me ayudará bastante. Además, sabes que solo me falla cuando me pongo nerviosa o estoy preocupada. Vamos, cuando no tengo puestos los cinco sentidos en caminar.
Terminé de desayunar y me metí de nuevo en la biblioteca a estudiar. Era mi cumpleaños, sí, pero tenía toda la mañana libre y quería aprovecharla. Tenía que conseguir mi propósito lo antes posible y, para que eso sucediera, debía sacrificarme un poco.
A la hora de comer escuché llegar a Liam, pero no estuvo en casa ni media hora.
Tan solo el tiempo suficiente para ducharse y cambiarse de ropa.
A pesar de que Charlotte le dijo que estaba en la biblioteca, no se dignó ni a entrar, pero había aprendido a conseguir que sus desprecios me dolieran cada vez menos.
A las siete de la tarde, Miranda ya estaba en casa. Ese día había decidido ser un poquito más atrevida y me puse un vestido de punto por encima de la rodilla y de manga larga, junto con las botas y el abrigo de color chocolate.
Me recogí el pelo en una coleta alta y me maquillé en tonos tierra. Cada día tenía un poquito más de movilidad en las manos y eso me ayudaba a arreglarme más rápido y con mayor precisión.
—Vaya, esta noche triunfas como la Coca-Cola.
—No me interesa triunfar, Miranda. Tan solo quiero pasármelo bien.
—Y de eso me voy a encargar yo, pero no me digas que no te gusta que los hombres te miren, porque no me lo creo.
—Claro que me gusta sentirme deseada, como a cualquier mujer, pero eso no va a cambiarme.
Le había contado a Miranda lo que había pasado aquel día con Liam y se quedó completamente sorprendida.
Se abstuvo de hacer cualquier comentario que pudiera darme esperanzas, pero tampoco dijo nada que me las quitara.
Se limitó a asentir y apoyarme. Eso sí, me prometió que no les diría nada a las chicas.
Ya lo contaría yo cuando estuviera preparada.
La cena transcurrió como siempre, entre risas y comentarios mordaces que hicieron que me doliera hasta la barriga de tanto reírme. Después decidimos ir a una discoteca nueva de la que una de ellas había conseguido pases vip.
Al llegar, me pareció un lugar encantador, con un ambiente de lo más elegante y sin estar atiborrado de gente, por lo que se podía bailar sin miedo a tirar la copa encima de la persona que tuvieras al lado.
O eso pensaba hasta que me di la vuelta.
—Lo siento, no te he visto.
—No pasa nada…
—¿Nos conocemos de algo?
—Creo que no.
—Te invito a una copa. Bueno, os invito a una copa a todas por haber tirado la tuya.
—No hace falta, de verdad que no.
—Insisto y no aceptaré un no por respuesta. Vayamos a mi reservado, donde os presentaré a mis amigos.
Miranda se encogió de hombros y acepté la invitación, sin saber la sorpresa que me encontraría al llegar al reservado.