Capítulo 5
Me habían quitado los puntos por la mañana y me quedé completamente devastada al ver el resultado. Mis manos y mis brazos estaban llenos de cicatrices de las operaciones a las que se habían visto sometidos. Eran desagradables a la vista, rojas y en relieve.
La enfermera, al ver mi cara, intentó minimizar el daño con sus palabras, pero yo no escuchaba nada. Toda mi atención estaba puesta en mis manos, en mis brazos. Aquellas cicatrices serían un recordatorio de lo que podría haber sido y nunca sería.
—Lakisha, no te pongas así. Te aseguro que, con las cremas adecuadas, apenas se notarán —me dijo Miranda.
—Eso intento decirle, señora. Al principio son muy llamativas, pero con el tiempo tienden a suavizarse muchísimo —añadió la enfermera del hospital.
—No lo creo, pero, de todos modos, no tengo otra alternativa. Encontraré la manera de que la gente no se quede mirándome con repugnancia —contesté.
Tenía la experiencia de la cicatriz de la pierna, que ni se había suavizado ni había cambiado de aspecto, y suponía que las de las manos seguirían igual de desagradables. Si antes lo tenía crudo con Liam, ahora lo tendría mucho peor, pues no se acercaría a mí ni me tocaría con un palo.
Los meses fueron pasando y, aunque Liam y yo compartíamos cama, tan solo lo hacíamos para dormir. Nuestro matrimonio no se había consumado y eso me partía en dos. Quería que me besara, que me tocara, que me hiciera sentir una mujer y no un adorno más de la casa.
Era mi cumpleaños y ese día me dijo que iríamos a cenar juntos. No era un plan nada del otro mundo, pero a mí me hizo tanta ilusión como si me fuera a llevar a una de esas fiestas multitudinarias a las que él acudía siempre solo.
—Vendré a recogerte a las siete. Hoy no podré comer contigo, tengo mucho trabajo.
—No te preocupes, cuando llegues ya estaré lista.
—Lakisha, veo que ya no necesitas los servicios de la enfermera. Te manejas bien tú sola y he pensado que podría finalizar su contrato con nosotros. Siempre que tú estés de acuerdo, por supuesto.
—Me entristecería enormemente, porque me he acostumbrado a su compañía, pero entiendo que su salario supone una cuantía importante, así que sí, estoy de acuerdo.
—Puedes seguir siendo su amiga. Eso sí, nada de salir sola de casa. No quiero tener que lamentar más cicatrices en tu cuerpo.
—No, con las que tengo ya hay suficientes. Nos vemos luego.
Me giré y entré de nuevo en la habitación con lágrimas en los ojos, provocadas por aquel comentario tan desafortunado.
Cuando Miranda entró, pensó que lloraba por su partida y no quise sacarla de su error.
Bastante tristeza me daba que supiera que entre mi marido y yo no había vida marital, en el sentido estricto de la palabra, como para que también conociera sus comentarios hirientes.
—Te prometo que vendré a verte a diario en cuanto termine mi horario laboral.
—Lo sé, pero no puedo evitar que me dé pena tu marcha.
—Siempre podrás contar conmigo, Lakisha. En este tiempo hemos llegado a ser grandes amigas.
—La única amiga que he tenido en mucho tiempo, en realidad.
—No me lo puedes estar diciendo en serio.
—Pues sí que lo digo.
—Mira, vamos a hacer una cosa. Hoy irás a cenar con tu marido, pero el sábado celebraremos tu cumpleaños. Será una reunión de chicas y te presentaré a mis amigas.
—No sé si a Liam le va a gustar que salga sola.
—No saldrás sola, lo harás conmigo. Además, ¿no son los sábados los días en los que él va de fiesta con sus amigos?
Entendí perfectamente lo que quería decirme. Si él salía de fiesta casi todos los fines de semana, yo también tenía derecho a hacerlo.
Quería empezar a vivir de nuevo y lo haría. Al menos lo intentaría, aunque tuviera que llevar guantes, como hacía ahora.
Esa había sido la manera que encontré para evitar que la gente se quedara mirando mis cicatrices con desagrado, como yo creía que había hecho Liam el día en que volví del hospital.
Aquella noche ni siquiera durmió conmigo.
Según él, tenía mucho trabajo pendiente y había dado una cabezada en el sofá de su despacho, pero yo estaba convencida de que el verdadero motivo habían sido mis cicatrices.
A las cinco entré en la ducha, me arreglé el pelo con esmero y hasta me maquillé por primera vez en mucho tiempo.
Me puse un pantalón palazzo de talle alto y una camisa preciosa, además de mis botines, un abrigo largo, los guantes, un gorro y una bufanda, porque hacía un poquito de frío.
Estábamos en primavera, pero el invierno se resistía a marcharse.
A las siete menos diez ya estaba lista y decidí esperarlo en el salón, sentada en el sofá, pero los nervios no me dejaban estar tranquila. Era como si estuviera presintiendo lo que iba a pasar, porque el tiempo avanzaba y Liam no llegaba.
A las ocho y media comprendí que no iba a venir. Me levanté y me dirigí a mi habitación, donde me cambié de ropa y me desmaquillé. Esa noche ni siquiera cené. Me fui directamente a la cama a llorar.
No se había molestado en enviarme un mensaje para decirme que no vendría. Me había tratado como si fuera una mierda.
En ese momento llamaron a la puerta y pensé que sería él, que venía a disculparse, pero me equivoqué. Se trataba de Charlotte, que se había dado cuenta de todo lo ocurrido.
—Lakisha, mi niña, ¿puedo hacerte un poquito de compañía?
—Te lo agradezco, Charlotte, pero preferiría estar sola.
—No se lo tomes a mal, cariño. No está acostumbrado a tener una esposa. Piensa que puede seguir actuando como si estuviera soltero.
—No lo justifiques más, por favor. Fue él quien insistió en casarse conmigo, fue él quien puso todo su empeño en hacerlo. Yo no le pedí nada. Lo único que quería era contar con él el día de mi cumpleaños y ni eso es capaz de darme.
Charlotte se dio cuenta de la rabia con la que estaba hablando, del dolor que contenían mis palabras, y me ofreció su hombro para llorar y sus brazos para refugiarme.
No lo dudé.
En ese momento era lo que más necesitaba del mundo.
Así nos encontró Liam, que llegó a casa pasadas las once de la noche con signos evidentes de haber bebido alcohol. En cuanto se percató de lo que había ocurrido, se llevó las manos a la cabeza y empezó a disculparse.
—Lakisha, lo siento. Te prometo que se me olvidó que había quedado contigo. Al salir del trabajo, Sam me llamó para tomar una copa y me he liado…
—No necesito excusas, Liam. Creo que ya ha quedado demostrado lo que te importo. Ahora, si no te molesta, me voy a la cama. Estoy cansada.
—Espera, déjame al menos darte tu regalo de cumpleaños, por favor.
—No hace falta. El único regalo que quería era tu compañía, como si fuéramos una pareja normal, pero está claro que no lo somos.
Salí de la habitación y entré en la de invitados. Me negaba a dormir con un hombre que me trataba de aquella manera y allí estaría hasta que pudiera pedir el divorcio, algo que no tardaría mucho en hacer, dicho sea de paso.
Al día siguiente, en la mesa de la cocina, había una cajita de una joyería y una rosa, acompañadas de una nota de disculpa. Pero ya no me servía. Me había hecho suficiente daño como para que aquello arreglara nada.
Abrí la cajita por curiosidad y dentro encontré una preciosa pulsera de oro blanco con mi nombre. No tenía pensado perdonarle, pero me gustó tanto que le pedí ayuda a Charlotte para ponérmela. Al final, nadie se daría cuenta, pues la llevaría debajo de los guantes.
Sí, hasta para estar en casa los llevaba puestos. Tendría que buscar unos más finos, de rejilla o algo parecido, para cuando llegara el verano.
No coincidí con Liam durante esos días y, antes de darme cuenta, ya había llegado el sábado, el día en que saldría con Miranda y sus amigas.
—Te diré una cosa, no pienso consentir que lleves esos guantes puestos durante toda la noche.
—Me siento segura así, Miranda. Evito las miradas desagradables de los demás.
—Nadie te mira de esa manera, Lakisha. Son suposiciones tuyas.
—No, no lo son, pero bueno, ya veremos.
—¿Llevas todo?
—Sí, y estoy deseando salir de aquí y pasarlo bien.
—Pues vamos, antes de que nos anulen la reserva por llegar tarde.
Salimos de casa y nos subimos al taxi que había llevado a Miranda hasta allí para poner rumbo al restaurante, donde nos esperaban las demás.
El grupo de amigas de Miranda estaba formado por cuatro chicas más, cuyas profesiones eran de lo más diversas. Una era peluquera, dos enfermeras, como mi amiga, y otra abogada, pero, a pesar de sus diferencias, se llevaban de maravilla.
Me habían comprado un regalo que resultó ser un bolso de piel que me encantó, además de un perfume y unos guantes. Esto último estaba segura de que había sido cosa de Miranda, pues ellas no sabían nada.
—¿Por qué no te quitas los guantes? —me preguntó una de ellas.
Decidí sincerarme.
—Porque mis manos están llenas de cicatrices bastante desagradables.
—¿Acaso te crees que las mías no? Mira.
Una de las chicas, la peluquera, me mostró las suyas. Las tenía bastante deterioradas, con varias cicatrices provocadas por cortes y quemaduras. Una destacaba por encima de las demás, aunque para mí no tenían nada que ver con las mías.
—No es lo mismo. Mis manos han pasado por varias intervenciones quirúrgicas y he llevado clavos en las muñecas.
—Chica, esas son heridas de guerra y deberías sentirte orgullosa de ellas. Así que fuera guantes, al menos mientras estés con nosotras.
No sé qué me llevó a hacerlo, pero me quité los guantes.
Nadie me miró con horror ni con lástima.
Al contrario, hicieron que aquellas marcas parecieran una prueba de todo lo que había superado, y eso me hizo sentir más segura que nunca.
Guardé los guantes en el bolso y decidí que no volvería a ponérmelos.
Las chicas me hicieron entender que el problema no era mío, sino de quien me viera como una pobre mujer que había perdido su futuro.
Me hicieron ver que no podría volver a ser pianista, pero eso no significaba que no pudiera construir una nueva vida.
Tan solo tenía que encontrar algo que me gustara y que pudiera llevar a cabo.
Me propuse hacerlo.
Buscaría entre todas las posibilidades que tuviera hasta encontrar algo que realmente me llamara la atención y me volcaría en conseguirlo, como había hecho siempre, aunque eso retrasara mi idea de pedir el divorcio. No podía hacerlo hasta tener mi vida asegurada.
Esa noche lo pasé genial y llegué a casa a altas horas de la madrugada.
Por primera vez en mucho tiempo me había sentido feliz y pensaba atesorar aquella sensación para siempre.
Además, estaba segura de que no sería la última vez.
Aquellas cinco chicas se convertirían en mi refugio, en mis nuevas amigas, personas con las que podría contar de verdad.
Al entrar en casa, me encontré con un Liam que parecía un animal enjaulado, dando vueltas de un lado a otro, con cara de preocupación y un enfado claramente visible. Me daba exactamente igual, hasta que se giró y me miró.
—¡¿Se puede saber dónde coño estabas metida?!
—De cena con unas amigas.
—No te puedes imaginar lo que se me ha pasado por la cabeza. Podrías haberme avisado.
—¿Acaso tú lo haces cuando vuelves de madrugada o por la mañana?
—Es diferente. Yo no soy una persona con limitaciones, como lo eres tú.