Capítulo 4
Esa noche fue la primera vez que comí sola. Me dolía un mundo el simple hecho de sujetar el sándwich. El refresco ni siquiera logré cogerlo y tuve que bebérmelo con una cañita, pero estaba segura de que, poco a poco, también lo conseguiría.
Miranda me miraba como si quisiera contarme algo, pero no se atreviera. Su mirada iba de mí a la ventana mientras parecía debatirse entre hablar o guardar silencio. Yo ya no aguantaba más aquella situación, así que fui quien terminó pidiéndole que lo soltara.
—Habla ya, no le des más vueltas.
—Lakisha, es que no sé si me tomarías por una chismosa.
—Sabes que no, Miranda. En estas semanas ya no eres solo mi enfermera, te has convertido en una extensión de mí, además de en una amiga.
—Entonces te lo diré sin rodeos, como quien arranca una tirita.
—Eso mismo, que del tirón parece que duele menos.
Miranda me contó que había oído a Liam hablando por teléfono con su amigo. Tenían una fiesta en una casa de campo a la que, según había dicho, irían todos y todas, con la única excepción de una tal Jules. Yo no sabía quién era, pero pensaba averiguarlo.
La noche la pasamos entre bromas y risas. Le decía a Miranda que lo primero que haría en cuanto pudiera mover las manos medio bien sería hacerme dos trenzas. Ella era muy buena enfermera, pero una pésima peluquera.
—No, mejor que eso. Nos iremos a la peluquería en cuanto podamos.
—Mira, eso sí que me gusta. Una tarde de chicas, spa , peluquería y manicura.
Ambas soltamos una carcajada porque ya nos veíamos como las de Pretty Woman , solo que nosotras no queríamos que nos hicieran la pelota ni ejercíamos la prostitución, aunque yo hubiera decidido casarme en aquellas circunstancias.
Mis brazos y manos continuaban vendados, más por precaución que por necesidad, para evitar que se infectaran las heridas de la intervención. Todavía tenía los puntos, que me quitarían en unos diez días.
Llegó el momento de volver a casa y Liam no aparecía, así que, sin pensarlo más, le dije a Miranda que pidiera un taxi a través de la aplicación. No aguantaba ni un minuto más en aquella habitación y nos íbamos a casa con él o sin él.
Y así lo hicimos.
En cuanto llegamos, Charlotte nos recibió con un abrazo, en especial a mí, y me miró con pena. Estaba claro que Liam no se había quedado en casa a descansar, tal y como había dicho en el hospital, porque no había ni rastro de que hubiera dormido allí.
—Mi niña, no sé qué decirte para animarte…
—No tienes que decirme nada, Charlotte. Ya sé lo que hay. Llevo un mes casada y no he compartido con mi marido ni siquiera una comida.
—Tienes que procurar que no te afecte.
—Y lo haré o, al menos, lo intentaré.
Nos sentamos en la cocina, donde nos preparó un buen desayuno con huevos revueltos, fruta cortada y zumo de naranja recién exprimido. Según ella, estaba en los huesos y tenía que coger fuerzas para volver a ser la que fui, así que le hice caso.
Estábamos terminando de desayunar cuando Liam entró por la puerta con aspecto de no haber dormido demasiado y un cabreo de mil pares de cojones.
A mí me daba igual. Si alguien en aquella casa tenía derecho a estar enfadada, esa era yo y, si no lo estaba, él tenía dos trabajos.
—¿Podéis salir y dejarme a solas con mi mujer, por favor? —dijo.
—No hace falta. Lo que tengas que decirme, hazlo delante de ellas. Total, no hay nada mío que no sepan ni tengo nada que ocultarles —respondí mientras terminaba el zumo.
—¡He dicho que todo el mundo fuera!
Tanto Miranda como Charlotte me dirigieron una mirada que entendí a la perfección. Querían que tuviera paciencia y, al mismo tiempo, dejarme claro que estarían ahí para mí.
Asentí para que se marcharan tranquilas y levanté la mirada hacia mi marido con determinación.
—No sabía que ahora tenían que pedirte permiso a ti.
—Hay tantas cosas que no sabes… Pero no, no me estaban pidiendo permiso, me estaban mostrando su apoyo.
—¿Por qué no me has esperado en el hospital?
—Porque no llegabas. Habían pasado ya dos horas y no estaba dispuesta a seguir esperando.
—Estaba ocupado.
—Ya te veo, aunque, más que ocupado, yo diría que estabas distraído. ¿Has descansado? ¿Has pasado buena noche? Bueno, esta última pregunta sobra, porque ya veo que sí.
—No es lo que piensas.
—Nunca es lo que pienso, según tú, pero me parece que, si no estoy en lo cierto, me equivoco por muy poco.
—He estado en casa de Sam. Era una fiesta de reencuentro de los compañeros del instituto y de…
—¿Por qué no terminas la frase?
—Da igual. No tendrías que haberte marchado hasta que yo llegara.
—Claro que sí. Y si la fiesta se hubiera alargado hasta mañana, yo, como una buena mujer servil, tendría que haberme quedado en la puerta esperando.
—¿Siempre vas a estar desafiándome?
—Yo no desafío a nadie. Simplemente hago lo que me nace del corazón. Ahora, si me disculpas, me voy a dar una ducha y a cambiarme de ropa. Te aconsejo que tú hagas lo mismo.
Me levanté de la silla y salí de la cocina, dejándolo allí con la palabra en la boca.
Si se creía que me iba a amedrentar, lo llevaba claro. Mis planes estaban perfectamente trazados y seguiría cada uno de los pasos necesarios para conseguir librarme de aquella cárcel de oro.
Hice lo que me había propuesto y después bajé al salón, donde me senté a ver una serie acompañada de Miranda. Sabía que no estaría allí mucho más tiempo porque pronto dejaría de necesitarla como enfermera, pero seguiría siendo mi amiga. Eso lo tenía más que claro.
Llegó la hora de la comida y Charlotte empezó a preparar la mesa para cuatro, lo que me extrañó. Pensé que Liam volvería a salir, pero no fue así.
Después de nuestra conversación, había subido a cambiarse, se había puesto ropa de deporte y había bajado al gimnasio que se encontraba en el sótano. Al terminar, regresó a la habitación para ducharse y ponerse algo cómodo.
A pesar de todo su dinero, no era de los que permanecían en casa con ropa de calle, sino que se vestía de manera mucho más informal. Tengo que reconocer que, si estaba guapo con traje de chaqueta, con aquel pantalón de algodón estaba para comérselo.
Miranda soltó una risa al descubrirme mirándole el culo. Lástima que, teniendo el trasero que tenía, yo no pudiera amasarlo con mis manos, azotarlo o hasta morderlo.
De pronto, un calor me recorrió el cuerpo cuando Liam se giró y me pilló mirándolo.
Vi aparecer una leve sonrisa en sus labios, aunque desapareció casi con la misma rapidez con la que había llegado.
Se sentó a la mesa con nosotras. Al parecer, Charlotte se encargaba de ponerlo todo y servir la comida, pero después se sentaba a comer como una más de la familia.
En cuanto terminamos el postre, Liam anunció que se iba al despacho y que saldría para la cena. A mí no me apetecía irme a la cama porque ya estaba harta de pasarme allí las horas, así que me fui con Charlotte y Miranda a la cocina.
—¿Desde cuándo conoces a Liam, Charlotte? —le pregunté con algo de miedo, la verdad.
—Desde que nació. Para mí es como un hijo. Su madre murió cuando él era un niño y a la nueva esposa de su padre no le gustaban ese tipo de responsabilidades, por lo que yo fui la encargada de educarlo y llevarlo por el buen camino.
—¿Qué pasó con su padre? No lo he visto por aquí en todo este mes. Ni siquiera creo que hayan hablado por teléfono.
—Y no lo han hecho, ni creo que vuelvan a hacerlo. Una discusión muy fuerte a cuenta del dinero hizo que se distanciaran.
—Charlotte, ¿quién es Jules?
Noté cómo el rostro se le quedaba completamente blanco, pero seguí mirándola. Si alguien podía decirme quién era esa mujer, era ella, y no pensaba quedarme con la duda.
Cuando empezó a hablar, lo hizo de manera atropellada y casi en un susurro, como si quisiera evitar que Liam la escuchara.
Entonces me contó la verdad.
Jules había sido la novia de Liam durante la universidad. Cuando terminaron sus estudios, ella decidió que quería ver mundo y lo dejó.
Según Charlotte, Liam lo había pasado muy mal porque estaba completa y absolutamente enamorado de ella. Tanto que, después de aquello, se prometió que jamás volvería a enamorarse.
Y entonces entendí que yo no tenía ningún futuro con él.