Si nuestro destino quiere Capítulo 3
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Capítulo 3

Liam llegó pasadas las seis de la mañana, oliendo a todo menos a persona.

Lo oí meterse en la ducha para después ir hasta el vestidor, ponerse su traje de chaqueta y volver al trabajo.

Mis lágrimas caían sin control y me prometí a mí misma que haría todo lo posible por terminar con aquello cuanto antes.

Los días fueron pasando y hoy era un día importante para mí. Me levanté temprano y avisé a Miranda para que me ayudara a vestirme, pues teníamos cita con el doctor para que me quitaran los hierros y las escayolas de las manos.

No había coincidido con mi marido en toda la semana, pues su tónica era siempre la misma.

Llegaba de madrugada, se daba una ducha, se cambiaba de ropa y volvía a salir. La mayoría de los días ni siquiera se acercaba a mí. Tenía que coincidir con él al salir del baño para que se dignara a darme un breve beso en los labios antes de decirme que tenía prisa.

Tanta prisa empezaba a agotarme psicológicamente porque me sentía como un estorbo en su vida y ya no aguantaba ni un minuto más.

Lo tuve claro. En cuanto volviera esa noche, y me daba igual que me dijera que no tenía tiempo, iba a tener una conversación seria con él.

—Buenos días, Charlotte.

—Buenos días, preciosa. Ahora mismo te pongo el desayuno para que Miranda pueda ayudarte antes de salir hacia la consulta médica. ¿Estás nerviosa?

—No es nerviosismo, es inquietud y falta de paciencia porque no puedo más. Me muero por recuperar mi independencia, te lo prometo.

—Verás como hoy es el día. ¿Va Miranda contigo?

—Claro. ¿Quién va a venir si no?

—Tu marido es quien debería estar ahí.

—Mi marido, como tú dices, tiene cosas más importantes que hacer que estar pendiente de mí.

Charlotte se mordió la lengua y me di cuenta de inmediato.

Como habéis podido comprobar, nuestras posturas se habían acercado bastante. No es que fuéramos las mejores amigas, ni mucho menos, pero nuestro trato ya era cordial y ella me trataba con mucho cariño.

En cuanto terminamos de desayunar, nos dispusimos a salir de casa. El chófer ya nos estaba esperando en la puerta.

Mis piernas todavía no terminaban de responder del todo y, además, las cicatrices se quedarían conmigo para toda la vida.

Por eso, Liam había dado órdenes de que no me dejaran salir sola a ninguna parte y de que siempre debía ir acompañada. Según Charlotte, era porque tenía miedo de que me ocurriera algo, de que me cayera o sufriera algún otro accidente.

Yo no sentía esa protección. Más bien me sentía atrapada en una cárcel de oro, sin más compañía que la de Miranda y, en algunas ocasiones, la que me ofrecía Charlotte, porque con mi marido apenas había intercambiado unas palabras.

Al llegar al hospital donde tenía la consulta, me encontré con Liam en la puerta. Llevaba el mismo traje de chaqueta con el que había salido el día anterior, lo que me indicaba que no había pasado por casa y que había venido directamente desde el lugar en el que había pasado la noche.

—No hacía falta que vinieras. No tienes que aparentar que te importa mi salud.

—Aunque no te lo creas, sí que me importa.

—Claro. Tanto que pasas todo el día conmigo y, si no puedes estar, me acribillas a mensajes y llamadas. Vamos, Miranda, o llegaremos tarde.

Entré en el hospital mucho más rápido de lo que pretendía y casi me caí cuando me falló la rodilla. Liam estaba a mi lado y me sujetó antes de que terminara en el suelo.

Lo miré y no pude callarme ni un minuto más.

—Hala, mira, ya estamos en paz.

—¿A qué te refieres?

—A que yo te salvé la vida con el atropello y tú me la has salvado a mí evitando la caída. Por eso, si quieres, mañana mismo pido el divorcio.

—No digas tonterías, Lakisha. Sabes que eso no va a pasar.

—Ya te diré yo a ti si va a pasar o no…

—¿Qué has dicho?

—Nada. Que vamos a darnos prisa, que estoy como loca por que me quiten todo esto y poder empezar a hacer mi vida normal.

Liam me miró como si no se creyera ni una palabra, como si pensara que mi vida no volvería a ser normal y que estaría encadenada al fracaso.

Pero yo haría todo lo posible por salir de allí, aunque tuviera que dejarme la piel para conseguirlo.

Entramos en la consulta y, tras las pruebas pertinentes, el doctor me dijo que todo había ido bien, por lo que era hora de volver a pasar por el quirófano para que me quitaran todos aquellos clavos.

—Tendrás que empezar la rehabilitación. Será un proceso lento y doloroso hasta que puedas volver a mover las manos. Aunque no lo harás como antes, te aseguro que podrás llevar una vida más o menos normal —me explicó el doctor.

—Eso espero, la verdad. Pero tengo una pregunta…

—Soy todo oídos.

—¿Cuánto tiempo tendré que permanecer ingresada?

—Tan solo veinticuatro horas, para asegurarnos de que todo ha ido bien. Es una intervención menor, pero eso no significa que no pueda surgir alguna complicación.

Me asignaron una habitación y me dijeron que no comiera ni bebiera nada. En principio, me aplicarían anestesia local, aunque no descartaban que fuera necesario utilizar anestesia general y, para eso, debía seguir las indicaciones.

Me bajarían al quirófano en un par de horas.

—Voy a avisar a mi secretaria para que me anule la agenda de hoy —me dijo Liam en cuanto el doctor salió de la habitación.

—No hace falta. Miranda se queda conmigo.

—Miranda, por supuesto, se quedará contigo, pero yo también. ¿Qué clase de marido sería si me marchara cuando mi mujer va a entrar en un quirófano?

Me entraron ganas de decirle que sería la misma clase de marido que dejaba a su mujer sola en casa, privándola de su compañía y sin compartir siquiera una comida o una cena a la semana.

Pero no lo hice.

No quería que mi enfermera y amiga presenciara una discusión, así que preferí callarme.

La operación salió a la perfección y me subieron a planta completamente consciente. Al entrar en la habitación, me encontré a Miranda sentada en uno de los sillones mientras Liam hablaba por teléfono en un tono que no me gustó nada.

—No sé si podré ir, Sam. Acaban de operar a mi mujer.

—No tienes por qué quedarte conmigo. Ve adonde tengas que ir —le dije cuando la camilla llegó a su altura.

—Te llamo luego —respondió a la persona que estaba al otro lado de la línea.

Miranda captó que necesitábamos quedarnos a solas y nos dijo que bajaría a la cafetería a buscar algo de comer. Le encargué un sándwich, pues me moría de hambre. Era casi la hora de cenar y yo no había probado bocado desde las siete de la mañana.

Cuando estuvimos solos, Liam se acercó para darme un beso en los labios, pero giré la cara y conseguí que acabara en mi mejilla.

Mi reacción lo tomó completamente por sorpresa.

—¿Qué te ocurre, Lakisha?

—Que ya estoy harta, Liam.

—Explícate, por favor.

—Que lo único que tenemos en común como matrimonio es un papel que dice que estamos casados. Y no aguanto más que todo lo que haces parezca de cara a la galería y no porque te salga del corazón.

—Eso no es cierto…

—No te engañes a ti mismo, Liam. No te nace darme un beso, como tampoco te nace sentarte a comer conmigo o dormir en la misma cama que yo.

—Si no lo he hecho ha sido porque no quería incomodarte ni molestarte. No he llegado todos los días a casa a la hora en la que entraba en la habitación. Muchas veces me quedaba en la biblioteca y terminaba durmiéndome en el sillón.

—Claro. Como esta noche, que se te olvidó hasta entrar en el vestidor para cambiarte de ropa.

Se quedó en silencio, como si buscara una excusa capaz de convencerme, pero no tuvo tiempo suficiente.

Miranda entró con mi sándwich y un refresco que hicieron que se me hiciera la boca agua. Liam, al verla, se apartó de mí y dejó que fuera ella quien se acercara.

—Puedes marcharte si quieres. Miranda se queda conmigo esta noche.

—Sí, será mejor que vaya a casa a ducharme y descansar. Mañana pasaré por aquí para recogeros y llevaros de nuevo a casa.

Se acercó y, de nuevo, me dejó un beso en la frente.

No sabía cuánto odiaba que hiciera eso, pero, como tantas otras cosas que desconocía de mí, tampoco era ninguna novedad.