Si nuestro destino quiere Capítulo 2
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Capítulo 2

Liam volvió al día siguiente acompañado de un tipo demasiado serio, trajeado y con un maletín de piel en la mano. Tras ellos también entraron el médico que me atendía y una enfermera.

No entendía nada y, desde luego, no me apetecía tener la habitación llena de gente.

—¿Qué significa todo esto?

—Nos vamos a casar.

—¿Perdona? Creo que me han puesto demasiado sedante, porque me ha parecido entender que nos íbamos a casar.

—Eso he dicho. Nos vamos a casar, con unas condiciones, por supuesto.

—¿Cómo vamos a casarnos, alma de cántaro?

—Muy sencillo. El notario se encargará de todo. Es lo justo.

—¿Lo justo? ¿Para quién?

—Para ti, para mí, para los dos.

—Uno no se casa porque es lo justo, Liam.

—Mira, tú me has salvado la vida. Si no fuera por ti, por tu sacrificio, ahora mismo estaría con un pijama de pino. Lo justo es que yo salve ahora la tuya y, por eso, nos vamos a casar.

—Señorita Smith, soy el notario Hansel y, teniendo en cuenta que usted no puede sostener ni firmar este documento, me encargaré de formalizarlo con la presencia del doctor James y la señorita Canden, que actuarán como testigos.

El notario empezó a leer el documento, en el que básicamente había tres cláusulas.

La primera indicaba que, en caso de divorcio, si era yo quien lo solicitaba, me iría sin nada.

La segunda decía que, si lo solicitaba él, yo me quedaría con todo.

Y la tercera establecía que, si era de mutuo acuerdo, me llevaría un porcentaje de su patrimonio.

—¿Está de acuerdo, señorita Smith? —me preguntó el notario.

Miré a Liam, que asentía con la cabeza, y no pude articular palabra. Necesitaba pensarlo bien. Por un lado, mi corazón estaba tocando palmas, pero mi cerebro me decía que aquello no era lo que yo quería, que dijera que no.

No me dio tiempo a ordenar mis pensamientos. Liam parecía haberlo decidido por los dos y yo, incapaz de saber qué hacer, guardé silencio.

—Señores, firmen aquí como testigos de esta boda, si son tan amables —dijo el notario después de que Liam hubiera estampado su firma en el documento.

—Bueno, pues oficialmente ya somos los señores Stone.

—Sí, una boda de lo más romántica. Claramente, lo que toda mujer sueña desde niña —respondí con toda la ironía que pude reunir.

—El romanticismo está pasado de moda, Lakisha. En esta vida hay que ser práctico, es lo primordial.

—Y justo, que no se te olvide.

—Eso es. Intento que mis actos sean lo más justos posible, como esta boda. No me gusta deberle nada a nadie.

Guardé silencio. No me gustaba nada el giro que estaba tomando aquella conversación y, en ese mismo momento, tomé una decisión.

El dinero me daba igual. Siempre había sido así, sobre todo si no me lo había ganado yo misma.

Por eso, aguantaría casada hasta que estuviera recuperada y, una vez que eso sucediera, le pediría el divorcio. Su argumento para haber hecho aquello era la justicia. Lo veía como un intercambio de favores y así me lo iba a tomar yo también.

—Me marcho. Tengo mucho trabajo por delante. Volveré luego si termino pronto y, si no, nos vemos mañana —se despidió Liam.

—Que te vaya bien.

Antes de salir de la habitación acompañado del notario, ya que los testigos se habían marchado, se acercó a mi cama y me dejó un beso en la frente, como si se estuviera despidiendo de su abuela.

Entonces lo comprendí.

Así iba a ser siempre. Para él sería alguien a quien debía estar agradecido, pero nunca una mujer a la que pudiera mirar como un marido enamorado miraría a su esposa. Y eso, por mucho que intentara engañarme, sabía que acabaría rompiéndome por la mitad.

Me giré hacia la ventana, como hacía siempre que quería evadirme, y vi pasar las horas una detrás de otra. No podía leer, no podía cambiar el canal de televisión y ni siquiera podía arreglarme la ropa cuando quería ir al baño.

Aquello me estaba jodiendo sobremanera.

Sabía que, si llamaba a Amy, la tendría de vuelta en la ciudad en menos de dos días, pero no quería importunarla. Tenía todo el derecho del mundo a disfrutar de su hijo y de sus nietos, y me constaba que lo hacía, por lo que no era una opción.

Los días fueron pasando y mi recuperación avanzó poco a poco. Las manos seguían siendo el principal problema, pero también había sufrido una lesión bastante aparatosa en una pierna y habían tenido que intervenirme un par de veces.

Después de casi dos meses en el hospital, por fin me daban el alta.

Seguía con las dos manos escayoladas y aquellos hierros que me hacían parecer los pilares de un edificio en construcción, pero era lo que había. Al menos, la pierna había mejorado lo suficiente como para poder marcharme.

Jamás pensé que Liam fuera a venir a recogerme. Estaba convencida de que enviaría un coche y me dejaría con un «apáñatelas como puedas».

Pero apareció él.

—Vamos, Lakisha, que el coche nos espera abajo. Ven, te ayudo.

—No hace falta, puedo sola.

—No, no puedes. Tu pierna todavía no está bien del todo y no quiero tener que lamentar una caída.

Liam se acercó y me sujetó por la cintura.

Antes de salir del hospital, me dio por primera vez un beso en los labios. No sabía si lo había hecho porque el doctor y la enfermera estaban delante y quería aparentar que éramos un matrimonio normal o porque realmente le había nacido hacerlo.

No pensaba cuestionármelo más.

Sabía lo que había. La única enamorada en aquella relación era yo y tenía que mantener los pies en el suelo si quería seguir adelante con el plan que había trazado.

En cuanto llegamos a su casa, aquello me pareció una mansión. Tenía una señora de servicio y, además, había contratado a una enfermera para que me ayudara con todo lo que necesitara.

Pero no fue eso lo que más me sorprendió.

Nada más llegar, pidió que me llevaran a la habitación principal y me giré hacia él de manera automática. No me esperaba aquello, como tampoco esperaba descubrir que la casa tenía hasta un ascensor.

—Si yo duermo en la habitación principal… ¿Dónde vas a dormir tú?

—A tu lado. Recuerda que soy tu marido.

Con esa simple frase me cerró la boca, pero también alimentó una esperanza que no debería haber permitido crecer.

Quizá, con el tiempo, pudiéramos llegar a ser un matrimonio normal.

Uno de esos que podían pasear por la calle, ir al cine o cenar en un restaurante sin que nadie percibiera que entre ellos había algo extraño.

—Ahora debo irme. Cualquier cosa que necesites, se la pides a Miranda, la enfermera, o a Charlotte, la señora de servicio.

—¿Volverás para comer?

—No lo creo. Tengo mucho trabajo y, después, he quedado con mis amigos para tomar una copa. No me esperes despierta.

La desilusión se apoderó de mí, pero no quise sucumbir de nuevo a la tristeza. La vida me estaba dando otra oportunidad y pensaba aprovecharla. No en el sentido económico, ni mucho menos, sino para reinventarme.

Ya encontraría la manera de hacerlo.

Y tiempo tenía de sobra.

El vestidor tenía una zona llena de ropa para mí, toda de firma, y lo primero que pensé fue que Liam no quería verme con prendas de baja calidad. En pocas palabras, que no quería que pareciera estar por debajo de su nivel.

No sabía si aquello me dolía o me sorprendía más de lo que esperaba.

—Señora Stone, ¿puedo ayudarla en algo? —me preguntó Miranda, asomándose a la puerta de la habitación.

—Sí, Miranda, gracias. Me gustaría bajar al salón un rato.

—¿Está segura? El señor Stone nos ha dejado indicado que debía descansar.

—Miranda, llevo casi dos meses metida en una cama. Te aseguro que tengo descanso acumulado para un año, por lo menos.

La chica dibujó una sonrisa, pero cedió a mi petición.

Charlotte no se lo tomó igual. Nos echó una buena bronca por no seguir las indicaciones que el señor de la casa había dejado, pero me dio lo mismo. Algo me decía que iba a tener problemas con ella, así que tendría que encontrar la manera de acercarme.

Miranda se sentó junto a mí en uno de los sofás, que permitía mantener las piernas en alto y que había sido condición indispensable de Charlotte para dejarme permanecer allí. Cogió el mando de la televisión y buscó una serie que ambas queríamos ver.

Con mi enfermera iba a ocurrir todo lo contrario que con Charlotte. Algo me decía que terminaríamos convirtiéndonos en buenas amigas.

Allí estuvimos durante buena parte del día. Comí, merendé y cené en el salón, y Miranda tuvo que ayudarme con todo, incluso a comer, al menos hasta que me quitaran los clavos y las escayolas de las manos.

Después de cenar, me acompañó de nuevo a la habitación, donde me ayudó a ducharme y a ponerme el pijama antes de dejarme en la cama.

Y allí me dieron las tantas de la madrugada, con los ojos de par en par, esperando a que llegara mi marido.