Si nuestro destino quiere Capítulo 1
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Si nuestro destino quiere

Si nuestro destino quiere

Por Jenny Del

© inepub.com

Capítulo 1

Mi nombre es Lakisha y estoy aquí para contaros la historia de mi vida, de mi amor por Liam y de cómo todo esto me afectó.

Mi infancia no fue precisamente fácil. Mi padre se marchó cuando yo tenía cinco años y mi madre se refugió en el trabajo y en la bebida para superarlo, así que aprendí muy pronto a valerme por mí misma.

Si ella se refugió en eso, yo lo hice en la música gracias al piano de una de mis vecinas.

Amy me daba de comer cuando me veía llegar sola del colegio y me llamaba para que fuera a su casa.

Un día, cuando tenía siete años, me senté frente a su piano y empecé a tocar las teclas de cualquier manera hasta que ella se dio cuenta de lo que estaba haciendo.

—¿Quieres aprender a tocar el piano, Lakisha?

—Me encantaría, Amy.

—Pues yo te enseñaré a tocarlo, mi niña. Eso sí, tendrás que ser constante o no te servirá para nada.

—Te prometo que le dedicaré el tiempo que tú me digas.

A partir de entonces, el piano se convirtió en mi mayor ilusión, en el lugar en el que pasar todo mi tiempo libre, en mi hogar. Tengo que decir que tuve a la mejor de las mentoras y que fue ella quien se encargó de que ingresara en el conservatorio de nuestra ciudad para completar mi formación.

Con los años, la música fue ocupando cada vez más espacio en mi vida.

El primer ciclo lo terminé con honores y por delante tenía un segundo ciclo que no podría empezar hasta que terminara el bachillerato.

Tenía varias asignaturas convalidadas gracias al conservatorio y, por eso, mi vida se basaba en estudiar, estudiar y volver a estudiar.

Fue durante aquellos años de instituto cuando me fijé en Liam por primera vez.

Él iba un curso por encima de mí y era el chico más popular, mientras que yo era una de esas chicas que intentaban pasar desapercibidas por todos los medios.

Por ese motivo, siempre creí que ni siquiera me había visto y mucho menos que se hubiera fijado en mí.

No es que yo fuera una chica fea, para nada, pero tampoco era como las que Liam acostumbraba a tener cerca. Las chicas de las que se rodeaba parecían sacadas de un catálogo de moda y yo estaba muy lejos de pertenecer a ese mundo.

Por aquel entonces tenía una amiga, pero con los años de la adolescencia nos fuimos separando, ya que cada una tenía unas pretensiones diferentes.

Para ella era primordial echarse un novio y vivir la vida como le correspondía por su edad.

Yo, en cambio, solo quería tener un buen futuro y sabía que, para conseguirlo, tendría que sacrificarme.

Y lo conseguí.

Terminé el bachillerato y pude dedicarme de lleno a mis estudios de música.

Para entonces, mi vida también había cambiado en otros aspectos.

En cuanto cumplí los dieciocho años y los servicios sociales dejaron de darle a mi madre la pequeña paga que recibía por mí, decidió quitarse de en medio.

La casa en la que vivíamos era de alquiler y yo no podía permitirme mantenerla sola, así que tuve que dejarla y marcharme a vivir con mi abuela.

Por suerte, ella me abrió las puertas de su casa y pude seguir adelante mientras terminaba mis estudios y empezaba a ganarme la vida por mí misma.

Fue también por aquella época cuando empecé una relación que duraría casi tres años, aunque finalmente no cuajó. Éramos tan diferentes que lo que al principio pensé que podía ser una manera de complementarnos terminó convirtiéndose en el motivo principal de nuestro distanciamiento.

Durante todo ese tiempo seguí avanzando con la música y ganándome poco a poco un puesto entre los grandes pianistas. A mis veintiún años trabajaba en una orquesta y uno de los productores musicales se había fijado en mí. Tenía una carrera prometedora por delante.

Mi sueldo, sin embargo, todavía no era como para tirar cohetes. Más bien no daba ni para tirar un petardito de los que se compran en los bazares chinos, así que agradecía enormemente no tener que pagar un alquiler.

Aquella tarde salía de uno de mis ensayos y me disponía a volver a casa. Me estaba despidiendo de uno de mis compañeros cuando, al girarme, lo vi.

Era Liam.

Hacía años que no nos cruzábamos. No había cambiado demasiado, aunque ahora estaba más maduro, más hombre, y eso me gustó más de lo que me habría gustado admitir.

Yo también había cambiado muchísimo. Ya no era la misma adolescente que intentaba pasar desapercibida en el instituto.

Amy me había enseñado a sacarme partido, a verme bien, porque decía que el estado de ánimo de una persona se refleja en su exterior y que tenía que dejar claro que era una mujer segura, tranquila y que disfrutaba de la vida.

Seguí a Liam con la mirada y descubrí que, curiosamente, íbamos en la misma dirección.

Venía de una familia tradicional y trabajadora, pero, por la manera en la que iba vestido, se notaba que había prosperado en la vida.

Tan solo sus zapatos costaban casi el equivalente a dos meses de mi sueldo en la orquesta.

Iba hablando por teléfono y caminaba tan despacio que lo alcancé en el semáforo de la esquina. Se puso en verde y empezamos a cruzar cuando me percaté de que un coche venía a toda velocidad y que no iba a parar de ninguna de las maneras.

No sé si fue por instinto o porque se trataba de él, pero lo empujé para salvarlo de la embestida. El coche acabó golpeándome a mí y salí despedida varios metros. Tuve la mala suerte de caer sobre las manos y el ruido que emitieron me hizo comprender que la lesión sería grave.

Eso fue lo último que escuché.

Cuando me desperté, estaba en la cama de un hospital, completamente sola y conectada a un montón de aparatos que medían mis constantes vitales. Alguno de ellos tuvo que emitir un aviso porque, de manera inmediata, entraron una enfermera y un doctor.

Miré mis manos, que, según me dijeron, eran la parte de mi cuerpo que se había llevado lo peor del accidente. Las tenía llenas de clavos que atravesaban mis muñecas de un lado a otro y escayoladas hasta casi el codo. Empecé a llorar.

Tenía que hacer una pregunta, pero no me atrevía. Sabía que escuchar aquella sentencia me caería como una losa, aunque tampoco podía quedarme con la incertidumbre. Tenía que plantearme qué sería de mi vida y de mi futuro.

Me armé de valor.

—¿Recuperaré el movimiento de mis manos y de mis dedos? Soy pianista…

—No quiero engañarla, señorita Smith, pero no podrá volver a tocar el piano, al menos no de manera profesional.

Os prometo que me quise morir. En ese momento mi vida dejó de tener sentido. El accidente había ocurrido justo antes de firmar el mejor contrato de mi vida y de dar uno de los conciertos que podían llevarme al estrellato.

Ahora estaba claro que eso ya no sucedería.

—Señorita Smith, tiene una visita. Es un joven que lleva viniendo desde que usted tuvo el accidente. ¿Lo dejamos pasar?

—Hagan lo que crean conveniente.

No sé por qué dije eso, porque no quería ver a nadie ni hablar con nadie.

Amy ya no vivía a mi lado. Se había marchado a Florida con su hijo pequeño, que tenía allí un restaurante al que le iba de maravilla, para ayudarlo con su nieto.

Estaba completamente sola y no sabía cómo me las iba a apañar para hacer mi vida normal.

No podía hacer nada por mí misma, ni siquiera prepararme la comida, al tener ambas manos en ese estado.

Tampoco tenía dinero para pagar a una enfermera o cuidadora que me ayudara, así que no sabía qué iba a hacer cuando saliera de allí.

Cuando la puerta se abrió y vi quién entraba en la habitación, casi me caigo de culo.

Era Liam.

Eso sí que no me lo esperaba.

Según supe después, había dicho en la dirección del hospital que le pasaran la factura a él, y eso ya me decía mucho sobre el nivel de vida que tenía.

—Vaya susto que me diste, Lakisha. Si no llega a ser por ti, ahora mismo estaría muerto, te lo aseguro.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—¿No te acuerdas de mí? Porque yo sí que recuerdo a esa niña con mochila azul que se centraba en estudiar y que no tenía amigos.

Aquello me sorprendió. Durante todos esos años había estado convencida de que Liam ni siquiera sabía que yo existía.

—Claro que te recuerdo y, si te soy sincera, si no lo hubiera hecho, probablemente habría adelantado el paso y no te habría empujado para evitar que el coche te atropellara.

—¿Qué ha sido de tu vida en estos años, Lakisha?

—Poco más de lo que ya sabes. Lo único es que tenía una carrera prometedora como pianista y ahora, pues tendré una como cajera de supermercado y poco más.

Liam me miró fijamente, como si estuviera cavilando algo que no se atrevía a decir. Sin articular una sola palabra, salió de la habitación de la misma manera en la que había entrado.

Giré el cuerpo hacia la ventana y dejé que las lágrimas que había estado reteniendo salieran sin control y cayeran por mis mejillas.