MAÑANA
Devika se queda inmóvil un instante, con
esa sensación precisa que le aprieta el pecho como una mano demasiado
experta. Frente a ella, el mundo sigue moviéndose con una eficiencia casi inhumana, como si quienes lo habitan estuvieran hechos de otra materia, más resistente, más fría. Los observa y le resulta imposible creer que tengan necesidades básicas: comer, dormir, detenerse. Es como si por sus venas corriera algo ajeno, una sangre cargada de metales desconocidos, capaz de multiplicar la fuerza y anular cualquier quiebre.
En comparación, ella se siente diminuta. Se sobresalta cuando alguien aplaude para cerrar la conversación. El cambio es inmediato: de presencia seductora a figura autoritaria, precisa, orientada solo a resultados, cifras, retorno de inversión. Devika traga saliva, como si ese sonido hubiera interrumpido algo dentro de ella, no solo la reunión.
Las palabras vuelven a ella en fragmentos, como instrucciones que nunca aprendió del todo a seguir: organizar, controlar, prever. Funcionar. Todo lo que ella, en ese momento, no es.
Fadwa está allí, a poca distancia, apoyada con una calma que no tiene nada de pasividad. Observa. Siempre. Devika lo siente incluso sin mirarla. Y por eso mismo evita hacerlo.
«Te asustas con facilidad», dice Fadwa en algún momento, sin subir la voz, como si leyera una nota ya escrita. «Y luego te quedas alterada demasiado tiempo. Te saturas, haces demasiadas cosas a la vez, y cuando pasa eso te sientes desbordada.
Confusa. Solo quieres huir.»
Devika aprieta los labios. No responde de inmediato.
Fadwa continúa, con una precisión casi cruel: «Sabes cuidar de los demás. Siempre. Entiendes lo que necesitan, lo que les falta, lo que puede hacerles sentir mejor. Pero cuando se trata de ti…» se detiene un instante, inclinando apenas la cabeza «…desapareces.»
Devika suelta una risa baja, sin rastro de verdad. «Bonito diagnóstico.»
«No es un diagnóstico», replica Fadwa. «Es lo que haces.»
Devika se pasa una mano por el pelo, como si pudiera ordenar lo que no tiene orden. «Es solo una etapa», dice, y mientras lo dice reconoce lo gastado que suena. «Solo estoy gestionando demasiadas cosas a la vez.» Fadwa no se mueve. «Evitas los conflictos», añade. «Y cuando no puedes evitarlos, lo empeoras todo.» Devika la mira por fin, un destello de irritación en los ojos. «¿Y entonces?» «Y entonces te dices que mañana será distinto.»
Devika contiene el aliento. Por un segundo, todo se detiene de verdad. «Lo será», dice. «Mañana paro.» «¿De qué?», pregunta Fadwa.
Devika abre la boca, pero la respuesta no llega. Y en ese vacío aparece todo: la necesidad, el cansancio, el deseo desesperado de sentirse menos expuesta, menos frágil, menos… vacía.
«De esto», dice al fin, vaga. «De estar así.» Fadwa inclina apenas la cabeza. «No funciona así.»
Devika siente subir una irritación fina, mezclada con algo más peligroso. «¿Y tú qué sabes?»
«Porque lo haces siempre.» Devika aparta la mirada, como si de pronto hubiera algo más interesante en otro sitio, aunque no lo hay.
«No es verdad.»
Fadwa no insiste. Eso es lo que más la desestabiliza.
«Mañana paro», repite, más bajo, casi para sí misma.
Fadwa da un paso hacia ella, sin invadir, pero lo suficiente para hacerse oír. «¿Sabes cuál es la mentira más peligrosa?» Devika no responde.
«La que funciona.»