Sí, lo sé Entrada
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Lo primero que percibe Devika es una grieta.

No es visible, todavía no. Es algo que sucede antes de que ocurran las cosas, como cuando uno despierta e intenta retener un sueño —objetos, rostros, frases — y, sin embargo, todo empieza a desvanecerse. Un lento naufragio de la memoria. Sabe que ocurre por razones precisas: el cerebro cambia de ritmo, el contexto desaparece, la realidad toma el control. Pero lo que queda es siempre lo mismo: una nostalgia sin ancla.

Dos reinos. Dos maneras de pensar.

Y ella, en medio.

Devika inspira despacio, intentando fijar cada detalle de la escena, como si prestar atención bastara para no perderla.

Guardiana de una frontera que no controla, piensa. Y es precisamente eso lo que la irrita.

Entonces la puerta se abre.

No hay vacilación. No hay petición.

Solo una entrada.

El guardia levanta apenas la vista, revisa una lista invisible entre los dedos, y su voz llega plana, mecánica, casi molesta:

«Tú no estás en la lista.»

Fadwa ni siquiera reduce el paso. Camina con un ritmo que no necesita aprobación.

«Ya lo sé», responde.

Y sigue adelante.

Devika la observa atravesar el espacio como si las reglas fueran una opinión, algo negociable, quizá incluso innecesario.

No fuerza nada. No insiste.

Simplemente... no se adapta.

Y ese —ese— es el problema.

«¿Siempre es así?», murmura alguien junto a Devika, en voz baja, con ese tono de conversación educada que esconde irritación.

Devika no responde de inmediato. Sigue observando a Fadwa, la forma en que no mira a nadie y, precisamente por eso, parece verlo todo.

Alguien a quien no puedes controlar es una amenaza, se dice. No es una idea nueva.

Es una verdad que se ha construido sola a lo largo de los años.

Y ahora camina delante de ella. Fadwa se detiene únicamente cuando decide hacerlo.

Se vuelve apenas, cruza la mirada con Devika con una precisión que no tiene nada de casual, y esboza algo que no llega a ser una sonrisa, aunque podría convertirse en una.

«¿Piensas quedarte ahí?», pregunta Fadwa, como si fuera ella quien tuviera autoridad para permitir el movimiento.

Devika se tensa de forma imperceptible.

«Estoy trabajando.»

«Yo también», replica Fadwa.

Devika inclina ligeramente la cabeza.

«No me consta.»

Fadwa da un paso hacia ella. No invade su espacio, pero reduce la distancia lo suficiente para que se note.

«No te consta porque confías en las listas», dice. «Y las listas solo sirven para tranquilizar a quienes tienen miedo de perder el control.» El golpe es leve.

Preciso.

Devika lo encaja sin alterar la expresión.

«Sirven para evitar el caos.»

«No», corrige Fadwa. «Sirven para fingir que el caos no existe.»

Devika siente cómo esa palabra — ansiedad— toma forma dentro de ella como una presión física, casi etimológica.

Apretar. Ahogar.

No es solo un concepto.

Es una experiencia.

La ignora.

«¿Te gusta ganar con ventaja?», pregunta. «Me gusta ganar. Y dime una cosa... ¿por qué estás aquí?», pregunta Devika. Fadwa no responde enseguida. Se toma su tiempo, como si la pregunta fuera menos importante que el espacio que ocupa.

«Porque puedo», dice al fin.

Devika contiene una sonrisa que no piensa conceder. «Eso no es una respuesta.» «Es la única que importa.»

«¿Sabes cuál es el problema?», continúa Fadwa, bajando apenas la voz. «Tú crees que todo esto...» hace un gesto vago a su alrededor, sin mirar realmente nada «...existe porque alguien lo mantiene en pie.»

Devika cruza los brazos.

«Así es.»

Fadwa niega suavemente con la cabeza. «No. Existe porque nadie ha tenido todavía el valor de dejarlo caer.» Después, más bajo:

«Y tú nunca lo harás.»

Devika siente que algo se mueve por dentro, pero permanece inmóvil.

«No es mi trabajo.»

«No», dice Fadwa. «Tu trabajo es controlar.»

«Y el mío es entrar.»

«Tú no estás en la lista», repite Devika, como si aún pudiera devolver las cosas a su lugar.