Epílogo. Max
Epílogo
Max
Cinco años después
—¿Qué tal? ¿Cómo ha ido?
Espero con expectación la respuesta de Evie, que va curvando poco a poco su boca hasta mostrarme una luminosa sonrisa.
—¡Han aceptado!
—Bien —digo con alivio y abrazo a la mujer que puedo considerar mi prima, mi cuñada o mi socia. Se puede mezclar todo y decir que es mi amiga—. Bien, bien, bien.
—Empezamos a arrancar. —Ríe—. Ha costado un poco, pero por fin podemos gritar bien alto que Middleton & Ross ya es uno de los bufetes destacados de Manhattan.
—Todavía no, porque nuestras oficinas están en la peor zona de Queens —le digo en tono jocoso.
—Bueno, bueno. —Hace un aspaviento con la mano—. Todo se andará. Ya le he echado un vistazo a un par de edificios céntricos con locales en alquiler.
—¿Y? —Arqueo una ceja.
—Que son impagables. —Compone una mueca—. Aunque estoy segura de que, después de este caso tan importante, despegaremos como un Boeing.
—Espero que no nos estrellemos.
Los dos reímos un instante.
—En fin, voy a ponerme manos a la obra y…
—Espera un momento —le pido—. Quería mostrarte una cosa.
—Si es el currículum de otro abogado, ya puedes añadirlo a la pila…
—No, no es nada de eso.
Me dirijo a mi escritorio, me siento en la silla y abro uno de los cajones. De él saco una cajita de raso rojo y la dejo encima de la mesa. Me sudan las manos.
Evie abre al máximo sus ojos azules.
—¿Eso es… lo que creo que es?
—Ábrela.
Ella toma la caja entre sus dedos y la abre como si fuese de cristal. Un jadeo rebosa por su garganta.
—Dios, Max, es precioso. —Saca el anillo del forro blanco y se lo prueba en uno de los dedos que le quedan libres—. ¡Madre mía, qué pedazo de esmeralda! ¡Voy a por las gafas de sol! —bromea.
—Es para que haga juego con sus ojos —titubeo. Todavía estoy temblando—. ¿No te parece un poco clásico para ella?
—¡No! Como se le ocurra quejarse de llevar esto en el dedo, ¡se lo quito!
Los dos reímos, aunque mi risa no es tan auténtica.
—Me da la impresión de que lo que te preocupa no es si le va a gustar el anillo. —Evie se lo saca del dedo y lo vuelve a depositar en la caja—. ¿De verdad, Max? ¿A estas alturas?
—Nunca hemos hablado de casarnos, Evie. —Resoplo y me peino con los dedos.
—Entonces, ¿por qué se lo pides?
Inspiro una bocanada de aire.
—Porque soy feliz, prima, y me gustaría decírselo así. —Cierro la caja con un ¡clac! y la vuelvo a meter en el cajón—. Vale, no ha sido una buena idea.
—Yo no he dicho eso. —Me mira con expresión traviesa—. Solo quería saber el motivo de que quieras dar ese paso. Y la razón que das… me ha parecido muy buena.
—Gracias. —Sonrío aliviado—. ¿Crees que aceptará? ¿Habéis hablado alguna vez del tema?
Evie se pasa los dedos por los labios, como si cerrara una cremallera.
—No pienso darte ninguna pista, primo. Estoy viendo cómo sudas y me lo estoy pasando pipa. ¿No dijiste que ya no tenías miedo de abrir tu corazón?
—Muy graciosa —gruño.
—Además, ¿qué es lo peor que puede pasar? ¿Que te diga que no? Sin problema. Eso no significa que no te quiera.
—Eso ya lo sé.