Si finjo que te quiero 23. Max #2
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23. Max #2

¿Y si Nora está ahí debajo?

—¡Nora! —grito a pleno pulmón—. ¡Nora!

—¡Oiga, usted no puede estar aquí! —me advierte un bombero al que no puedo verle ni la cara.

Me lanzo sobre él con la desesperación brotando de mis ojos y mi boca.

—¡¿Ha visto a los paramédicos del Presbyterian?! ¡¿Ha visto alguna de las primeras ambulancias que acudieron?!

El tipo se sube con cautela a una de las montañas de cascotes, hierro y hormigón.

—Acabo de llegar —me dice—. Pregunte por ahí. —Señala con el pulgar por encima del hombro.

—Joder, joder, joder…

Me estoy metiendo en el centro del siniestro.

Aquí los bomberos y sanitarios no se dan cuenta de mi presencia.

El polvo es tan denso que se mastica. Cuando mis ojos me piden a gritos que salga de aquí, una figura oscura emerge de esa densidad.

No sé si mi mente me está jugando una mala pasada, pero juraría que una trenza pelirroja se perfila sobre un hombro.

El hombro de una mujer que, ahora sí, reconozco.

—¡Nora! —grito de nuevo. Corro y me lanzo sobre ella, aferro su rostro entre mis manos y comienzo a depositar besos por todas partes. Su piel sabe a cemento y a humo, a alivio y a dicha.

Ella no dice nada y no hace nada. Y yo, después de depositar mis labios hasta en sus pestañas, me apodero de su boca y la beso con ansia, con miedo, con desesperación, como si pretendiera asegurarme de esta forma de que está aquí, de que no es una aparición.

Ella titubea un segundo; después siento el sabor de su lengua, la tibieza de su piel, los latidos de su corazón.

Gimo por volver a tenerla así, en mis brazos, fuerte, valiente, viva.

Apoyo mi frente en la suya, y mis dedos se enredan en los mechones sueltos de su pelo.

—Dios, Nora. Mientras venía hacia aquí, mientras te buscaba, yo… pensaba que no podría volver a besarte, a tocarte. A decirte que te quiero…

Nora me agarra por los brazos y me aparta de ella. Su rostro, a pesar del polvo y la suciedad, expresa a la perfección la sorpresa y el aturdimiento. Sus preciosos ojos verdes ocupan toda su cara.

—¿Cómo has dicho?

La miro, con el corazón en las manos; con una sensación tan grande y poderosa que me siento más fuerte y liberado que nunca.

—Que te quiero, Nora. —La callo con un dedo cuando va a decir algo—.

Y por si pronunciar esas dos palabras no te pareciera suficiente, te diré que añoro tu risa, tu voz y tu olor.

Que mi casa sin ti y sin Harold es como un cuerpo sin alma.

Que admiro tu alegría, tu valentía y tu sensibilidad.

Y que amo hasta la ropa que te dejas tirada por la habitación o los pelos que atascan el desagüe.

Porque me gustas tal como eres, no cambiaría nada de ti.

Quiero compartir lo bueno y lo malo. Lo quiero todo contigo, Nora.

Dos finas lágrimas abren dos surcos en la suciedad del rostro de Nora. Contrastan con la sonrisa tan radiante que se forma en su boca.

—¿Es eso verdad, inglés?

Acojo su cabeza entre mis manos.

—Es la verdad más grande de mi vida. —Suspiro y uno mi frente a la suya—. Perdóname, pelirroja. Perdona por toda aquella sarta de estupideces que te dije. Me he comportado como un maldito cobarde, como un viejo cargado de prejuicios, como un hipócrita que…

Me calla con un beso.

—No eres un cobarde —objeta—, eso lo sabe todo el mundo. Tampoco me pareces un hipócrita. En cuanto a lo de viejo…

Reímos y volvemos a besarnos. Después la abrazo, le beso el pelo, huelo la curva caliente de su cuello.

Al levantar la vista, observo a Rhys y a Evie, que, emocionados, nos hacen un saludo con la mano, dejándonos así un momento de privacidad.

Sin embargo, les hago un gesto para que se sumen.

Las primeras en abrazarse son Evie y Nora, que ríen y lloran al mismo tiempo.

Rhys me pasa un brazo por los hombros mientras contemplamos a las hermanas Ross.

—El destino no nos ha podido unir más —me dice Rhys—. Primero me das un pedacito de ti para que pueda seguir viviendo. Después te enamoras de la hermana de mi mujer. A estas alturas ya podemos considerarnos hermanos, ¿no crees?

—Más que eso —digo—. Más que hermanos, Rhys.

***

Acompaño a Nora a su apartamento. Necesita darse una ducha y cambiarse. Los dos lo necesitamos.

Después de reunirse con sus compañeros y de constatar que ha habido dos víctimas por la explosión, pero ninguna por el derrumbe, la pelirroja dejó que las fuerzas la abandonaran y casi desfallece en mis brazos.

En su pequeño apartamento nos recibe Harold. Nora lo coge, lo abraza y lo besa.

—Mira, gordito. ¿Te acuerdas de Max?

Le acerco la mano al gato y me la lame con toda parsimonia.

—Eso parece —opino.

—Aquí solo tengo una ducha —comenta Nora—. Tendrás que esperar tu turno.

—Por supuesto, pero… espera un momento.

Enlazo mi mano con la suya y la conduzco hasta el dormitorio. Harold salta hasta la cama y se acomoda a los pies.

—No pretenderás que echemos un polvo ahora… —Nora frunce el ceño.

—No me parece una idea tan terrible, pero no. —Sonrío.

Le bajo la cremallera de la chaqueta y se la saco por los brazos. Luego hago que se siente en el borde de la cama y me agacho para quitarle las botas y, por último, los pantalones.

—Me estás desnudando, Max. —Arquea una ceja cobriza, pero se deja hacer, y yo me aprovecho de ello.

—Y ahora túmbate en la cama.

Ella me hace caso y, con solo las braguitas y una camiseta de tirantes, se acomoda sobre la almohada.

—Estoy llena de mierda, Max.

—Tranquila, ya lavaremos las sábanas.

Nora suelta un resoplido cuando ve que empiezo a deshacerme también de parte de mi ropa. Me quito los zapatos, el traje y la camisa y trepo después por la cama hasta situarme a su lado.

—Todavía no sé qué pretendes…

—Chist. —La callo con un dedo en sus labios. Coloco después la cabeza en la misma almohada, para que quedemos frente a frente, le rodeo la cintura con un brazo y la atraigo hacia mí. Ella posa la mejilla en mi pecho y cierra los ojos—. Solo quería tenerte así un momento —susurro.

—Vale —dice con voz somnolienta—, pero te aviso: me voy a dormir y no podré evitarlo.

Mi risa agita mi pecho.

—No pasa nada. Después de los nervios y el miedo que he pasado, necesitaba esto. Tú, yo, una cama, Harold…

—Estás viviendo uno de esos momentos. —Levanta la cabeza y apoya la barbilla en mi tórax. Su rostro, a pesar del cansancio, me sigue pareciendo el más bonito que he visto nunca.

—¿Uno de esos momentos? —le pregunto confundido.

—Sí. —Sonríe—. Últimamente me ha dado por pensar en que la felicidad total no existe, pero sí momentos felices. Y que esos instantes no tienen por qué ser épicos; que una situación aparentemente tan simple como esta nos puede otorgar la dicha más completa. Eso sí, por tiempo limitado.

—Eso es lo bueno, ¿no? Que podamos saborearla solo a pedacitos, para que la valoremos y cuidemos de todo lo que nos la proporciona.

—Qué bien habla usted, señor letrado.

—Me gusta cómo hablas tú.

—¿Aunque suelte tacos que ofenden tu oído inglés?

—Mi oído inglés ya se está americanizando.

La última sonrisa se me atasca en la garganta cuando Nora se incorpora y se apoya con los antebrazos en mi pecho.

—¡Tus padres! ¿Les has contado algo?

Niego con la cabeza.

—Dios. —Vuelve a dejarse caer sobre mí—. Vaya potra tienes, inglés. Te vas a librar de decirles la verdad o inventarte una ruptura… —Me clava el dedo índice entre las costillas—. ¡Oye! No habrás decidido que estemos juntos solo para ahorrarles el disgusto a tus padres…

—Claro —le digo con sorna—. En realidad, no te quiero. No me he enamorado de ti. Simplemente, me dan pena mis padres y he preferido seguir con la farsa el resto de nuestra vida.

Nora hunde el rostro en la curva de mi hombro y ríe contra la tela de algodón de mi camiseta.

—Yo puedo seguir fingiendo que te quiero durante años y años —asegura.

—Y yo te seguiré la corriente, por supuesto.

Reímos y volvemos a cerrar los ojos. Noto como mis músculos y mi mente se van relajando. La voz pastosa de Nora, sin embargo, me mantiene despierto un poco más.

—Este apartamento es muy pequeño para los tres —comenta.

—Nos podemos ir al mío.

—Es demasiado serio —protesta.

—Pues ninguno de los dos. —Sonrío—. Buscaremos uno que nos guste.

—Sé que tienes pasta, pero no hace falta que sea uno muy grande. Uno que tenga dos baños me parecerá un paraíso.

—Tengo que decirte algo. —Aparto un mechón de su pelo y le beso la frente—. Voy a dejar el bufete. Me gustaría montar algo por mi cuenta, y los principios no suelen ser muy boyantes.

Ella desliza la punta de los dedos por mi áspera mejilla y mis labios.

—Me parece una buena decisión.

Atrapo su muñeca y le beso los nudillos.

—En principio, puedo contar con Evie, con Bridget, con Naomi…

—No esperaba menos de mi hermana. —Sonríe.

Un nuevo espacio de silencio. Unas últimas palabras antes de que nos venza el sueño.

—Saldrá bien, inglés. Ya hemos vivido juntos unos días y, para no conocernos apenas, no se nos dio nada mal.

—Lo sé, cariño. Ya no tengo miedo.