23. Max
Max
Rhys frunce el ceño al verme aparecer en la puerta de su casa.
—Ya sé que es tarde —digo y entro en el apartamento.
—No me preocupa la hora —me dice después de cerrar—. Lo que me inquieta es la facha que llevas. ¿Tú te has visto? ¿Desde cuándo sales a la calle sin corbata, con la camisa por fuera y sin afeitar? ¡Es más, ni en casa estás así!
Apenas oigo a mi primo. Me dirijo sin más al salón, donde me encuentro a Evie en el sofá, en pijama y bajo una manta.
—¿Dónde está tu hermana? —le pregunto sin preámbulos.
—Dios, Max —dice Evie—. Tienes pinta de no haber dormido en varios días. —Levanta un extremo de la manta y me señala el hueco—. Anda, ven y siéntate un poco.
Le hago caso y me acomodo en el sofá, a su lado. Tira de la manta hacia mí y la comparte conmigo.
—No me has contestado —le digo.
Rhys se sienta en el sillón de enfrente.
—Ya que me has quitado el sitio junto a mi mujer…
—Necesito hablar con Nora. No me contesta a las llamadas ni a los mensajes. Creo que me ha bloqueado.
—Esta noche está trabajando.
—Me he acercado varias veces a su casa. No me abre la puerta.
Mi prima suspira y me mira con compasión.
—Últimamente pide todos los turnos de trabajo. Por eso, durante sus pocas horas de descanso, apaga el móvil y desconecta el timbre.
—¡Eso es peligroso!
—¿Más que ir en una ambulancia a ochenta por hora por las calles de Nueva York? —Arquea ambas cejas.
Me siento cansado. Dejo caer la cabeza en el respaldo del sofá y cierro un instante los ojos.
—¿Y qué es eso tan importante que tienes que decirle? —La voz de Rhys me obliga a prestar atención.
—Seguro que tu mujercita te ha puesto al día —gruño sin abrir los ojos.
—La verdad es que sí. —Le oigo reír—. Y eso que le prometió a su hermana que no me contaría que os habíais acostado.
—Joder…
—Seguí cumpliendo mi promesa —interviene Evie—. Le sugerí a Rhys que me preguntara cosas sobre vosotros. Una de esas preguntas fue: «¿Se han acostado?», y yo le respondí: «Sí».
Río por lo bajo.
—Menudo par de tramposos.
He venido cansado, frustrado y malhumorado, pero en esta casa, junto a dos de las personas que más me importan, mis músculos se relajan y mi mente se apacigua.
Percibo a mi lado la presencia siempre tranquilizadora de Evie.
Unos minutos después, Rhys aparece con una bandeja y la deposita sobre la mesa de centro.
Hasta mí llega el aroma del té, del bueno, del inglés.
Oigo el sonido del líquido caliente al caer a la taza, el roce del azúcar y el tintineo de la cucharilla.
—Vamos, bebe —dice Rhys—. Te sentará bien.
Abro los ojos y me incorporo con un quejido. Acepto la taza que me ofrece mi primo y la tomo entre las manos. El calor me reconforta de inmediato, aunque lo que de verdad necesitaba era el sabor y la sensación caliente en mi garganta y en mi estómago.
—¿Te has decidido, por fin, a confesarle tus sentimientos a Nora? —inquiere Evie.
Suelto la taza sobre el platillo, con cuidado de que no choquen, habilidad adquirida tras muchos años en una casa fundada en las tradiciones inglesas.
—Supongo que estás a punto de soltarme un montón de insultos por haber hecho sufrir a tu hermana y por…
—No, ella no —me interrumpe Rhys—. Soy yo el que tiene que decirte unas cuantas cosas, primo. Y no pensaba insultarte, sino advertirte.
—Creo que os voy a dejar solos. —Evie se calza con unas zapatillas y se levanta del sofá—. Me voy a la cama. —Se inclina para darme un beso en la mejilla y después besa a su marido en los labios.
—¿Advertirme? —le pregunto a Rhys cuando nos quedamos solos—. ¿De qué?
—De la imbecilidad humana.
Parpadeo desconcertado.
—Si no eres más preciso…
—¿Sabes cuál es mi esperanza de vida? —Su habitual expresión traviesa, casi infantil, se vuelve seria, amenazadora—. Oh, claro que lo sabes. Tú mismo me salvaste la vida donándome un riñón y estás al día de la cantidad máxima de años que voy a tener por delante.
—¿Por qué sacas a relucir…?
—¿Cómo no has aprendido, a través de mí, que la vida, en el momento más insospechado, te la juega?
Yo estaba bien y, tras una analítica, iba a morirme si no hacía nada al respecto.
La madre de Evie y Nora tenía una vida apacible en un pueblo de Connecticut, y solo por hacer lo que cualquier madre haría, el destino le tendió una trampa y le partió la espalda.
—Vale, Rhys. —Me froto los ojos, que me pican de las horas que llevan abiertos—. Lo he captado.
—¿Lo has captado, Max? —me dice mordaz—. ¿Te refieres a que acabas de darte cuenta de que la vida no se ha de desperdiciar? ¿De que renunciar a tus deseos o a tus sueños es una forma de morir?
—Estaba muerto de miedo, Rhys —le confieso—. Sigo estándolo.
—¿Más miedo que cuando nos metieron en un quirófano?
—No seas injusto —le reprocho.
Mi primo suaviza su expresión.
—Enamorarse también es un riesgo —me asegura—, en este caso, para el corazón. Y también un síntoma de que estás vivo, Max. Aprovéchalo.
Los labios se me curvan en una sonrisa.
—Supongo que me ha pillado demasiado mayor —bromeo.
—Pues te la has buscado jovenzuela. —Emite un silbido.
Agarro un cojín y se lo lanzo a la cara.
—No me lo recuerdes, maldita sea.
Rhys lanza una carcajada. Luego inclina la cabeza a un lado.
—¿Crees que la diferencia de edad es un problema?
—Lo creía, pero ya no —admito—. Ahora creo que Nora es mi otra mitad; diferente, pero complementaria.
Que es la mujer que llevo esperando toda mi vida sin saberlo.
Que hacer un cálculo de los años que nos llevamos me parece absurdo.
Que al amor le importa un carajo la edad. Ella es, simplemente, perfecta para mí.
—Te lo dije, primo. Te dije que un día llegaría la mujer que te pondría del revés.
—Tantos años convencido de que estar solo era lo mejor…
—¿Y ahora? ¿Ya no lo piensas?
—No. —Niego también con la cabeza—. Solo fueron unos días los que conviví con Nora. Pero, cuando se marchó, fui más consciente que nunca de mi soledad. De lo feliz que había sido compartiendo con ella un desayuno, una charla sobre el trabajo…
—La cama… —señala Rhys y rompe a reír.
Al darme cuenta de que no tengo más cojines a mi alcance, agarro una de las muñecas de mi primo, tiro de ella y le hago caer en el sofá.
—Eres un gilipollas —río.
—Me lo han dicho muchas veces —declara con los iris brillantes—. Y seguro que te lo habrá dicho a ti cierta pelirroja.
—La pelirroja salvaje. —Muevo la cabeza a uno y otro lado—. Estoy loco por ella, joder…
—¿Te acabas de ruborizar? —Rhys me señala el rostro con el dedo—. Max Middleton, el Lobo de McKenzie, el terror de los juzgados, el caballero inglés impasible…, ¿se ha sonrojado por aceptar que está enamorado?
—Eres un capullo. —Le doy un puñetazo en el hombro y él se queja de forma exagerada.
Tras unos instantes de risas, gruñidos y otros gestos masculinos, Rhys da por concluida la diversión y me mira con una expresión de solemnidad.
—Ojalá te hubiese conocido mucho antes, Max. Me habría sentido mucho menos solo.
Una oleada de cariño me satura el pecho.
—Ojalá.
***
—¡Oh, no, no, no! ¡Rhys! ¡Max!
Tardo unos segundos en reconocer la procedencia de los gritos.
Hago un gesto de malestar cuando trato de incorporarme en el sofá en el que, al parecer, he pasado la noche.
Frente a mí, Rhys, que se quedó dormido en el sillón, se sobresalta también.
Nos miramos. El tono de su mujer nos dice que algo anda mal, muy mal.
—¡¿Dónde ha sido?! —sigue gritando Evie a su interlocutor a través del teléfono—. ¿Explosión? ¿Qué explosión?
Rhys y yo nos ponemos en pie.
—¿Qué ocurre, Evie? —La alerta es máxima cuando Evie deja caer el brazo que sujeta el teléfono y comienza a llorar—. ¡¿Qué?! —insiste Rhys.
—Ha habido una explosión en un edificio de Brooklyn, creo que por un escape de gas. Los servicios de emergencia han acudido y, cuando estaban rescatando a los supervivientes…, el inmueble se ha derrumbado. Dios mío… ¡Nora estaba allí!
Un repentino frío se apodera de mis huesos y los convierte en hielo.
—No… —Es lo único que sale de mi garganta—. No…
El primero en reaccionar es Rhys.
—Iremos ahora mismo. —Busca una chaqueta y se la pone—. Evie, tu coche…
—¡Sí! —grita ella, mostrando las llaves que acaba de coger de la entrada—. ¡Vamos!
¿Y yo hablaba de miedo? Esto sí que es verdadero pánico: lo que siento mientras atravesamos en coche las atestadas calles de Manhattan y cruzamos el puente de Brooklyn. Pensar en perder a la persona que amas es como recibir varias puñaladas al mismo tiempo en el centro del pecho.
—¡Va, va, va, corre! —hostigo a Rhys, que es el que conduce.
—¡Hago lo que puedo! —grita él.
—¡No conseguiremos nada si nos matamos por el camino! —exclama Evie.
—¿Y si no llegamos a tiempo? —les digo con la voz quebrada—. ¿Y si no tengo la oportunidad de decirle que la quiero, que la necesito, que ella es todo para mí…?
—La tendrás. —Rhys posa una mano en mi brazo—. A nuestra pelirroja favorita no puede haberle pasado nada.
Se cree que no he visto la humedad de sus ojos, que no advierto el temblor de su voz.
Llega un momento en el que no podemos avanzar más.
Hay calles cortadas, zonas acordonadas y agentes de policía desviando el tráfico.
Rhys detiene el coche junto a unas vallas y salimos los tres con la desesperación impregnada en nuestros rostros.
El aire es turbio y huele a polvo y a escombros.
Se oyen voces y sirenas. Nos envuelve el miedo y el caos.
Ese pensamiento consigue que sienta un nuevo pinchazo.
Con un grito de angustia, salto una de las cintas policiales y echo a correr, ignorando la orden del agente que, para mi suerte, está ocupado tratando de apartar a los curiosos.
Corro y me adentro en la nube de polvo espeso que hace que me lloren los ojos y me ponga a toser.
Saco un pañuelo del bolsillo y me tapo la boca mientras corro, paro y vuelvo a correr, esquivando la desoladora montaña de escombros que yace como un gigante muerto.