Si finjo que te quiero 22. Max #2
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22. Max #2

—¿Qué quieres de mí, Nora? —le digo como en un lamento—. Ya te dije que sí, que el problema no es ese…

—Hagámoslo —me corta.

—¿Qué…?

—Una vez me dijiste que nunca lo habías hecho en un baño, ¿recuerdas?

Asiento sin comprender.

—Podríamos hacerlo ahora. —Desliza los dedos de una mano por mis labios, por mi cuello. La otra mano me pilla de sorpresa al posarse en mi entrepierna, que palpita desde que vio aparecer a la chica pelirroja—. Lo estás deseando, lo sabes…

—¿En… un baño? —titubeo—. ¿Aquí?

Señala con la barbilla algún lugar que no ubico.

—Ahí detrás, en la terraza que se inaugurará en verano —me indica con voz melosa—. Hay unos baños que todavía no están en funcionamiento. —El tono verde de sus ojos se intensifica y se torna perverso—. ¿Qué me dices, Max? Solo un polvo, tú y yo, una vez más; la última.

No comprendo del todo el significado de la frase.

Solo capto la idea de volver a hacer el amor con Nora.

Me convierto en un mero espectador cuando ella echa un vistazo a nuestro entorno, me agarra una mano y tira de mí hacia una cristalera.

Nos colamos a través del ventanal y aparecemos en un idílico lugar, con una cúpula hecha de ramas de árboles, arbustos y ristras de bombillas, donde mesas y sillas parecen esperar que las cubran con manteles blancos.

—Por aquí. —Me guía.

Accedemos a una construcción destinada a los baños exteriores donde no hay nadie, donde no va a entrar nadie.

Nora cierra detrás de nosotros, deja el bolso sobre un lavabo y apoya la espalda en una de las paredes de mármol.

Una ventana de cristal translúcido deja pasar el resplandor de los farolillos y le confiere a Nora un halo anaranjado que me hace pensar más que nunca en una diosa de fuego.

Extiende los brazos, como en una invitación…

, y es lo único que necesito. Deshago la distancia que nos separa con una zancada y me lanzo sobre ella como un hambriento a la vista del más suculento manjar.

Le agarro el rostro, le devoro la boca, y los gemidos de Nora consiguen que me dé vueltas la cabeza.

Con movimientos frenéticos, le bajo los tirantes del vestido y me inclino para devorar sus pechos.

Paladeo sus pezones con la lengua, los hago rodar entre mis dedos y mis dientes.

—Max… —gime.

La sangre me bombea tan aprisa que me siento torpe cuando intento alzarle la falda del vestido. La frustración me hace arrancarle las bragas de un tirón. Busco su sexo con mi mano y deslizo los dedos por entre sus húmedos pliegues.

—Dios, Max…

Nora gime, embiste con sus caderas contra mi mano y busca al mismo tiempo la hebilla de mi cinturón.

—Espera, espera. —La detengo—. Quiero ver primero tu cara cuando te corras. Necesito verte…

Las pestañas de Nora se alzan y muestran sus ojos velados por el placer.

Se atrapa el labio inferior con los dientes, expulsa un largo gemido y, por fin, su cuerpo se convulsiona.

La abrazo y busco su boca para, una vez más, beberme su orgasmo.

Nos mantenemos así, abrazados, besándonos, hasta que las últimas sacudidas de su cuerpo dan paso a la calma.

Nora despega sus labios de los míos y sonríe. Percibo sus manos trajinando con mis pantalones. Exhalo un gemido bronco al notar sus finos dedos alrededor de mi erección, que acaba extrayendo de la prisión de las ropas. La acaricia, la frota, desliza la yema del dedo por la punta…

Joder… Estoy a punto de explotar.

—¿Tienes un condón o prefieres terminar en mi boca?

Esa pregunta, hecha con tanta impunidad, como si no hubiese provocado la aceleración errática de mis latidos…

—Oh, no hace falta. —Con expresión sibilina, rebusca en su bolso y extrae un sobre cuadrado—. Yo siempre llevo. Un polvo en un baño es algo que puede darse en cualquier momento y hay que ir preparada.

Una ira ardiente me quema por dentro, y ella lo sabe.

Sabe que con sus palabras me iba a hacer cabrear.

Le arranco el sobre, lo muerdo, lo escupo y, con inusitada rapidez, me coloco su contenido.

Agarro a Nora por la cintura, la elevo del suelo y la estampo contra la pared al tiempo que sus piernas me rodean las caderas.

Con un solo movimiento, entro en su cuerpo en mitad de un gemido que me deja sin aire.

Ella me mira y yo la embisto. Ella gime y yo emito un sonido animal.

Respiraciones, roces de tela, golpes de carne con carne.

Enredo entre mis manos un mechón de cabello rojo y tiro de él para acceder con facilidad al cuello de Nora.

Muerdo y lamo su suave piel mientras mis caderas siguen embistiendo.

Cuando la presión en la base de la espalda me avisa del clímax, busco su boca y exhalo mi orgasmo en su garganta.

Ella también expulsa el suyo y durante unos segundos somos un solo ser, tan unidos, tan conectados.

Sigo respirando a bocanadas cuando Nora se despega de mi cuerpo. Comienza subiéndose los tirantes y cubriendo sus pechos, y luego desliza la falda del vestido por sus piernas. La miro confundido. No quiero separarme de ella todavía. No quiero que se vaya. No quiero que esto acabe.

—¿Lo ves? —me dice divertida. En su expresión calmada no quedan vestigios de lo que acabamos de hacer, de vivir, de sentir—.

¿A que mola follar en un sitio como este?

Hay que reconocer que está más limpio que la mayoría de las veces.

—Ríe y se da la vuelta para ponerse frente a un espejo.

Saca un pintalabios del bolso, se repasa el brillo de los labios y se arregla el pelo.

¿Mola?

Me aseo como puedo y me arreglo la ropa, sin dejar de observar su imagen y su espalda descubierta.

—En fin —suspira al volverse—. Ha estado bien como despedida, ¿no? —Guarda el carmín, rebusca entre sus pertenencias y saca un objeto que me ofrece—. Oh, se me olvidaba. Esto es tuyo.

Contemplo un par de gemelos de oro. Los recuerdo. Los llevaba puestos el día que coincidimos en un bar y decidimos luego ir a mi casa… para tener sexo solo una vez; para olvidarlo al día siguiente.

La que liamos aquella noche… Me reiría si tuviese ganas.

Extiendo la mano y ella deposita las joyas en mi palma, que cierro hasta sentir el metal clavado en mi piel. Cierra después el bolso y se dispone a salir.

—Espera. —Rodeo su muñeca con la mano.

—Esto era lo que querías —dice clavando en mí sus iris color turquesa—. Sexo, sin compromiso, sin relaciones, sin sentimientos.

«¡No! —quiero gritarle—. No es esto lo que quiero. Te quiero a ti, maldita sea. Te quiero a ti…».

No sabía que renunciar a lo que deseas también duele.

Desconocía que no se puede huir del amor.

Ignoraba que un corazón no se puede mantener cerrado porque uno quiera.

Y que el amor no se busca ni se evita. El amor llega cuando menos te lo esperas, y la persona que elige tu corazón no siempre es la más parecida o la más compatible.

Como alguien me dijo hace poco, las diferencias, a veces, consiguen que dos personas, simplemente, encajen.

Cómo iba yo a pensar que pudiese enamorarme de nuevo, que fuese capaz de amar otra vez.

Ya no queda ni rastro de cabello de fuego o de brillante tela verde.

Estoy solo, como en una alegoría de mi propia vida.

Sin preocuparme de las arrugas de mi ropa o del aspecto de mi pelo, salgo a toda prisa del baño, atravieso el jardín, entro en el restaurante y miro en todas direcciones.

Entre personas conocidas y anónimas, logro vislumbrar una cabellera pelirroja.

Acelero mis pasos, me hago paso entre la gente, pero pronto la pierdo de vista, como si persiguiera a una Cenicienta que huye al dar las doce.

—¡Eh, Middleton!

Un tipo que reconozco del bufete me corta el paso con su oronda figura.

—Perdona, pero necesito…

El hombre me ofrece una bebida y comienza a hablarme. Varias figuras más nos rodean, y hablan, y me acorralan.

Y a mí ni siquiera me ha quedado un zapato. Esta Cenicienta ha sido más vengativa que la del cuento.