Si finjo que te quiero 22. Max
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22. Max

Max

Un mes después

La inauguración del Max’s Castle, el restaurante de Rhys, está siendo todo un éxito.

El nombre lo estuvimos debatiendo durante horas, pero no hubo forma de convencer a mi primo.

Insistió en decir que fui su salvación, su segunda oportunidad, su única posibilidad.

Que lo menos que podía hacer era ponerle mi nombre a su nueva vida.

Lo del castillo es la gracia de hacer referencia a mi nacionalidad. Yo le digo que es la envidia de que en el Reino Unido tengamos más de cuatro mil castillos, algunos con miles de años de antigüedad. Cosas de la vieja Europa que nunca tendrá este país.

Le doy un abrazo a mi tío Keith, que ha viajado desde Londres para el evento. A mis padres, los médicos les han desaconsejado repetir un vuelo tan largo, y les he tenido que prometer que los visitaré en verano sin falta.

«Esperamos que pueda venir Nora», me han dicho. Me temo que se avecina el día de la inevitable ruptura ficticia.

—El caso de Chemist Enterprises nos dejó en evidencia —me reprende mi tío, aunque con una sonrisa en su rostro afable—. Me enorgullece lo que hiciste, sobrino, pero me costó caro.

—He pensado en emular a mi primo y montar algo por mi cuenta —le revelo—. ¿Te parecería mal que abandonara el nido?

—Para nada. —Me rodea los hombros con su brazo regordete—. Me haría muy feliz que abrieras tu propio bufete. ¿Tienes algún apoyo?

—De momento, el de Evie y el de Bridget Kelly.

—Los tres mejores abogados de Manhattan —dice orgulloso.

Un camarero pasa por delante y elegimos un par de canapés.

Mastico con deleite y veo aparecer a un grupo de personas que se suman a la multitud que llena ya el local.

Un trozo de salmón se me atasca en la garganta y me hace toser hasta llenarme los ojos de lágrimas.

Mi tío levanta una de sus blancas cejas y sigue la dirección de mi mirada.

—¿Tu supuesta novia? —me dice socarrón.

Al ver que no tengo fuerzas ni para responder, se aleja en dirección a Rhys, que sigue recibiendo a los invitados, y me deja solo.

Bebo un sorbo de agua para desatascar mi garganta, aunque sigo impactado por lo que estoy viendo.

Reconozco a varias de las personas del grupo, como a Charity, la chica del pelo azul, a su novio, a Damien y a Mateo.

El chico alto y tatuado y la joven rubia creo que son paramédicos.

No conozco a la pareja joven que ríe junto a ella.

Junto a Nora.

A la pelirroja se la puede llamar hoy así en la máxima extensión de la palabra. Porque esta noche lleva su exuberante, larga y ondulada melena suelta, destacando sobre la brillante tela verde de un vestido largo, ajustado y muy escotado.

Y algo hace ¡crac! dentro de mí.

«¿Y si te dijera que estoy enamorada de ti?».

«Te quiero, ¿te enteras?».

No se trata de una rotura. Por la sensación de amplitud en mi interior, lo relacionaría con una apertura. Como el crujido de una puerta oxidada al abrirse después de mucho tiempo cerrada.

—Está guapa, ¿verdad?

No tengo que volverme para reconocer la voz de Evie.

—Eso nunca lo he negado, prima. Tu hermana es la mujer más preciosa que he conocido en mi vida.

—¿Y por qué la rechazaste?

Ahora sí, me vuelvo para mirarla.

—Porque tiene veinticinco años. Y porque me niego a pensar en el dolor de perderla.

Noto el calor en mis mejillas. Nunca había sido tan jodidamente sincero.

—Max… Me parece una atrocidad negarse algo por el miedo a perderlo. Nadie puede ser feliz así.

—Yo lo soy —le digo tajante.

—Eso no te lo crees ni tú.

—No te he pedido tu opinión, prima.

—¿Y por qué le has hecho creer que es por la edad, o porque solo te interesa para echar un polvo?

Me pilla dando un sorbo a un mojito sin alcohol y termino atragantándome de nuevo.

—¡Joder! —Me limpio la boca y la barbilla con un pañuelo—. ¿Es que os lo contáis todo?

—En nuestra infancia y adolescencia no fue así, pero en los últimos años estamos más unidas que nunca. —Sonríe—. Hermanas para todo.

—Ya veo.

—¿Me vas a contestar?

—Ese es un defecto de las hermanas Ross —gruño—. Esperáis siempre una explicación que a veces no apetece dar.

—Mira, Max. No voy a meterme entre vosotros, ni a interceder para que estéis juntos, pero sí me voy a dar el gustazo de decirte que siento pena por ti.

—Pensaba que tú eras la hermana sensata —me quejo.

—Y yo que tú eras un tipo inteligente, que sabría diferenciar a mi hermana de Charlotte.

—Cómo no. —Sonrío sin ganas—. También sabes eso.

—Lo que sé es que el amor no es racional, Max; tampoco para un tipo tan lógico como tú.

Puedes decidir no enamorarte, pero, en asuntos del corazón, poco importa lo que decidas.

Se trata de lo que sientes aquí. —Me pone una mano sobre el pecho—.

Sufriste con tu exnovia, y nadie te puede asegurar que no vuelvas a hacerlo.

¿Y qué? Para eso tenemos la experiencia, para aprender del pasado, para que los golpes nos pillen más prevenidos.

Con las palabras de Evie, mi mente evoca una imagen del pasado y la mezcla con otra del presente.

La primera es Charlotte, cuyo rostro se va difuminando poco a poco y va dejando paso a las facciones de Nora.

Pasado y presente. ¿Y el futuro? Ese no tiene cara; está vacío.

Y así me siento ahora, hueco por dentro.

—Creo que va a ser mejor que salude a Rhys. —Tenso y confundido, me alejo de Evie y voy en busca de mi primo.

—No está yendo nada mal, ¿eh? —me dice Rhys con un guiño.

—Te lo mereces, Rhys —le digo tras abrazarle—. Has trabajado mucho para ganarte este premio.

—Gracias, Max. —Mira por encima de mi hombro—. Perdona un momento. Estoy viendo a un antiguo amigo…

Con la inercia del cuerpo de Rhys, doy un giro de noventa grados y me encuentro a Nora a poco más de un metro.

—Hola, inglés —me saluda con una amplia sonrisa—. ¿No crees que va siendo hora de que dejemos de evitarnos?

Trago saliva con un maldito esfuerzo. La piel del rostro de Nora está radiante, sin un ápice de maquillaje o polvos que cubran sus apetitosas pecas.

Sí se ha resaltado las pestañas, que enmarcan sus rasgados ojos verdes.

Sus labios solo están cubiertos por una capa de brillo, lo que los hace más suculentos.

Mi vista, sin embargo, no se aparta de su cabello rojo, que cae en suaves ondas sobre sus hombros desnudos.

Siento brotar el sudor en la frente cuando mis ojos bajan hasta el escote que muestra la curva de sus pechos.

—Tienes cara de haber visto un fantasma —bromea.

—No estoy acostumbrado a verte con el pelo suelto.

—En la cama sí que me lo soltaba. —Le da un sorbo a su copa y me mira por encima del borde.

La imagen de sus mechones rojos sobre la almohada me acelera el corazón, el torrente sanguíneo… y otros flujos inferiores.

—Si pretendes que nos tratemos con normalidad —le digo tras aclararme la voz—, deberías no hacer alusión a los errores pasados.

Sonríe, aunque soy capaz de detectar la sombra que cruza su bello rostro.

—Claro —dice, y señala nuestro alrededor—. Seguro que nos une la felicidad que sentimos en este momento por Rhys.

—Sí.

Me ofrece la mano.

—¿Amigos, entonces?

—Amigos.

Cuando nuestras manos se tocan, un chispazo salta entre nuestras pieles. Aun así, las mantenemos unidas, calor con calor, mientras nos miramos y dejamos que nuestras miradas se enreden, un ovillo de lana verde y otro gris, que se trenzan hasta fusionarse en un color único e imposible.

—Podríamos empezar de nuevo. —Nora sonríe sin soltarme la mano—. Hola, primo inglés de Rhys, encantada de conocerte.

Mi campo de visión desaparece. No veo el restaurante, ni la gente, ni las mesas con comida.

Solo puedo ver el rostro de Nora, que se acerca inexorablemente al mío.

Una sensación de vértigo me sacude las entrañas, como si acabara de subirme al lugar más alto de la ciudad y no tuviera nada a lo que agarrarme.

Lo siguiente que siento son los labios de Nora en mi mejilla.

Espero que se aparte y me bese en la otra, como en una presentación normal.

No lo hace, no se mueve. Mantiene los labios contra mi piel.

Su aroma me envuelve, me satura los pulmones; se me cierran los ojos.

Ella se aparta un milímetro, solo para llevar su boca a mi oído y susurrarme:

—Ahora vendría cuando dices tu nombre.

Bastante tengo con respirar. Con la fuerza que me queda, lo único que puedo hacer es girar levemente el cuello y posar los labios en su sien.

Nora responde con un jadeo que se me cuela en los huesos.

Sigo deslizando los labios por su mejilla, por su mandíbula, hasta que encuentran la comisura de su boca.

Y ahí se detienen. Ahora percibo su aliento, que se mezcla con el mío.

—Max —susurra ella contra mi boca—. Max…

Necesito tanto besarla que me duele el mero hecho de pensarlo. Por eso, porque sigo huyendo del dolor, me aparto de Nora.

—No podemos ser amigos.

Me deshago de su cercanía, giro sobre mis talones y me muevo sin rumbo por el restaurante, huyendo de ella.

Me detengo detrás de una columna, me apoyo en la pared blanca y trato de respirar, algo que solo se me concede a medias, porque la pelirroja salvaje aparece frente a mí.

Estamos ocultos ante las miradas de la gente, y eso le da alas.

—No quieres ser mi pareja, no quieres ser mi amigo… Entonces, ¿qué quieres, Max?

—Nora, joder…

Me froto el rostro con las manos, gesto que Nora aprovecha para aferrarme por las muñecas y abrirme los brazos para dejarme indefenso ante ella.

—¿Quieres ser mi amante?

La pregunta me descoloca. Me suelto de su agarre.

—¡No! ¿Cómo me sugieres que…?

—¿No me follarías ahora mismo?

Trago y me hago daño en la garganta. Debería irme corriendo de aquí, pero mis pies siguen anclados al suelo, y yo, todavía más desconcertado.

—Me miras como si quisieras devorarme. Es más, has estado a punto de hacerlo ahí, en medio de un montón de gente.