Si finjo que te quiero 21. Nora #2
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21. Nora #2

—Me cago en ti, Evie —bufo—. A buenas horas. —Me dispongo a salir del acristalado vestíbulo—. ¡Pásame la ubicación! —le grito mientras corro hacia la salida—. ¡Antes de que me arrepienta!

***

No he tenido problema para colarme en la sala donde se está llevando a cabo la vista. Me siento en uno de los últimos bancos y mi atención se centra en el abogado que está hablando ante el juez.

Max.

Apenas soy capaz de entender lo que dice.

Mi mente y mis sentidos están focalizados en la alta figura masculina, enfundada en un traje gris que le sienta de maravilla.

Sigo con la mirada cada uno de sus gestos, que le confieren autoridad, profesionalidad y seguridad, igual que el tono de su voz.

Una ola tibia se instala en mis entrañas solo por oír su marcado acento inglés.

El sonido me hace evocar susurros ardientes, roce de sábanas, momentos de pasión…

El martillazo del juez me hace regresar a la sala. Parece ser que ya se han reunido las pruebas sobre el delito imputado y habrá que ir a juicio. Algo así me ha parecido entender.

Me pongo en pie y trato de atisbar a Max por entre las cabezas de la gente.

Le localizo junto a la abogada de la acusación, una mujer rubia de unos treinta y tantos, vestida con un traje ajustado y unos altísimos tacones que le está dando la mano a su rival.

Se acerca después a Max, que está guardando unos papeles, le dice algo al oído y ambos ríen.

¿Estarán quedando para un polvo rápido en alguna sala?

Los asistentes se han ido disgregando y me acabo quedando prácticamente sola.

El inglés, que sigue departiendo con su colega, gira un instante la cabeza y me ve.

Leo la sorpresa en sus ojos grises antes de que se despida de la rubia.

Trago saliva cuando le veo acercarse a mí con su maletín de cuero en la mano.

—¿Nora? —Noto su desconcierto.

—¿Te he fastidiado el plan? —Con la barbilla le señalo a la abogada, que está pasando por nuestro lado haciendo repiquetear los tacones.

—Hasta la próxima, Middleton —se despide ella con una sonrisa.

Él le dedica una media sonrisa que me provoca un cabreo monumental. Esto de los celos es una mierda.

—Si te refieres a Mónica…, ya nos conocíamos.

—Quieres decir que ya te la has tirado —le digo con socarronería.

—Ahora está casada. ¿Qué ocurre, Nora? ¿Qué haces aquí?

—Quería ver al Lobo de McKenzie en acción —bromeo.

—Mi intención era conseguir un sobreseimiento. Mónica es muy buena y vamos a ir a juicio.

—No importa. Seguro que ganas tú.

Ahora me dedica el amago de sonrisa a mí. Algo es algo.

—Todavía no me has respondido.

—Pues… pasaba por aquí…

—Nora…

Joder. El mero hecho de pronunciar mi nombre con su toque británico… me descompone.

—Vaaale. He pensado que nunca te llegué a felicitar en persona por tu renuncia al caso de Chemist Enterprises. Me pareció un acto muy valiente.

—Ya van dos. —Sus ojos vuelven a desprender rayos plateados.

—Bueno, bueno. —Pongo los ojos en blanco—. Tampoco es para tanto. Salvar vidas, donar órganos, que unas familias reciban una compensación y el reconocimiento social de su injusticia… Banalidades —bromeo.

Un alguacil nos informa de que debemos abandonar la sala. Le obedecemos y nos quedamos parados en el pasillo.

—Que perdiéramos el caso no fue un logro mío —dice Max con cautela—. De la noche a la mañana, el abogado de los trabajadores consiguió unas pruebas que nadie había sido capaz de localizar. ¿Sabes tú algo de eso?

Me quedo sin respiración.

—¿Por qué me preguntas a mí? —balbuceo.

—Porque sospecho de Evie, que era la única con la que había hablado del tema, aunque dudo mucho que haya actuado en contra de nuestros intereses.

Me aseguró que jamás tuvo contacto con la acusación, y yo la creo…

—Su expresión cambia de golpe al percatarse de mi mirada esquiva.

Frunce el ceño—. Esa afirmación no implica que no consiguiera las pruebas y que alguien se encargara de mostrarlas a quien debía verlas…

Me mira fijamente.

—¡¿Qué?! —exclamo.

Él suelta una risotada.

—Joder. Vaya con las hermanas Ross. —Niega con la cabeza, todavía sonriente—. Sois únicas.

—Resultaba muy injusto —me defiendo—. Evie solo tenía que investigar un poco…, y yo me encargaría de ser la mano habilidosa. Así, ningún socio del bufete podría ser acusado de prácticas poco éticas.

Me costó, en su momento, convencer a Evie, pero ella también estaba de parte de la justicia.

No me atreví a proponerle que llevara a cabo ningún movimiento que pusiera en peligro su puesto de trabajo o el propio bufete.

Mi hermana, que tiene sus contactos, se limitó a darme un nombre; un nombre que Grant espiro.

—¿Por qué me evitas, Max? Y no se te ocurra irte por las ramas. Me evitas, y eso lo sabemos tú, yo y el resto del mundo.

—Porque es una situación, como poco, extraña, Nora. Somos parientes lejanos, y a la vez, una especie de examantes. Me hace sentir… incómodo. Con la familia suelo estar relajado. Con aventuras pasadas… no vuelvo a tener relación.

—O sea, que no sabes ni lo que soy para ti.

—Exacto.

—Qué bien —gruño y me dejo caer en el respaldo de la silla.

—¿Querías sugerirme que fuésemos amigos? —tantea.

La temperatura de mi sangre comienza a subir de forma alarmante. Y no me refiero a excitación sexual.

—Pues no —le espeto—. No pretendía pedirte amistad. Mi intención era decirte que…, joder, que echo de menos el tiempo que estuvimos juntos. Que lo pasé bien. Que pienso en ti más veces de las que debería hacerlo… —Me froto el rostro con las manos—. Que me gustas, joder.

Max, impasible, le da vueltas a la cucharilla. El tintineo del metal contra la porcelana me altera los nervios.

—¿Me vas a decir algo o me largo? —le reclamo.

Inclina la cabeza, observa el líquido oscuro de su taza y después se pinza con los dedos el puente de la nariz.

—No tenemos ninguna posibilidad como pareja, Nora, y tú lo sabes.

—¿Por qué? Y no me digas que me queda mucho por vivir y blablablá, porque ya lo he vivido todo, inglés, tanto bueno como malo. Tengo más experiencia en la vida que algunas de cuarenta.

—Sigues siendo una chica joven —dice sin apenas inflexión en la voz—. Además, somos muy diferentes, de eso no hace falta que te convenza.

—¿Y qué? Rhys era rico, popular y deportista, mientras que Evie era la empollona que necesitaba becas para estudiar. ¡Y míralos!

—Nosotros ya no estamos en el instituto, Nora. Dentro de poco cumpliré cuarenta años, y tú seguirás siendo una niña.

Expulso un jadeo de indignación.

—¿Quién tiene aquí los prejuicios, Middleton? Además, no te estoy pidiendo en matrimonio, joder. Solo que… salgamos como pareja. Sin etiquetas, sin formalidad, solo para ver si…

Niega con la cabeza una y otra vez.

Pues te vas a enterar, inglés.

—¿Y si te dijera que estoy enamorada de ti?

Su cara refleja verdadero pánico.

—¿Qué pasa, rancio? ¿Te cagas de miedo? Sí, ¡sí!, te quiero, ¿te enteras? Estoy locamente enamorada de ti, y te lo digo a la cara…

—Vale ya, Nora —me dice entre dientes, preocupado por las miradas de las mesas contiguas.

Arrastro la silla hacia atrás con furia.

—¿Sabes? Paso de ti, estirado. Doy la impresión de estar desesperada por salir contigo o recibir un poco de cariño. Pues deberías saber que tengo todo el que quiero, y que no te necesito para nada.

Me pongo en pie y cojo el bolso.

—Espera, Nora…

—Déjalo, Max. No voy a traumatizarme ni nada por el estilo. Solo acaba de rechazarme un tío, nada más dramático que eso.

—Créeme, Nora. Es mejor así…

—«Es mejor así», «no te convengo», «no eres tú, soy yo»… Como se te ocurra decir otra gilipollez de esas, te estampo la taza en la cabeza.

Dibuja una media sonrisa mordaz.

—La pelirroja salvaje…

Me siento fatal, con unas enormes ganas de largarme y llorar. Aguanto un poco más y me inclino sobre la mesa, apoyo las manos en ella y acerco mi rostro al del inglés.

—Solo una última cosa. De entre todas las chorradas que has soltado, todavía estoy esperando que me digas que no sientes nada por mí, que no te atraigo ni un poquito…

—Te lo digo sin problema, Nora. —Su mirada, tan fría como cuando lo conocí, se enreda con la mía—. Me atraes sexualmente —me confiesa sin reparos—. Ahora mismo te metería en un puto lavabo de este bar y te follaría contra la pared. Pero eso no quiere decir que quiera salir contigo.

Sin pensármelo dos veces, agarro mi taza, donde todavía queda la mitad del café con leche, y arrojo su contenido contra la cara de Max.

—Vete a la mierda.

Él, con toda su finura, se saca un pañuelo del bolsillo y se limpia el rostro con pequeños toques de la tela.

Doy media vuelta y me marcho de la cafetería en medio de las miradas de algunos cotillas.

Al llegar a la calle, camino deprisa por la acera, intentando que el aire me despeje la rabia que siento. Quiero llorar, gritar y correr.

Y eso hago. Corro todo lo rápido que me permite la gente que inunda la acera, chillo y despotrico. Hasta que, varias calles después, paro, me apoyo en las rodillas y trato de recuperar el aliento.

—Puto amor —digo—. Con lo feliz que era yo sin él.