Si finjo que te quiero 21. Nora
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21. Nora

Nora

—¡Mujer, veintiocho años! —grita Theo—. ¡Múltiples heridas de arma blanca! ¡Ha entrado en parada!

Oigo a mi amigo entre mis jadeos. Llevo varios minutos con maniobra de reanimación, de rodillas, junto a la mujer, sobre la camilla que empujan mis compañeros.

Presiono, presiono, presiono… Uno, dos, tres, cuatro…

Empiezo a estar agotada cuando entramos en el Presbyterian.

Un médico residente me toma el relevo y comienza con el masaje cardíaco sin que se interrumpa por el cambio.

Lena, mi compañera, tira de mí, y un grupo de sanitarios corre con la camilla hacia el quirófano.

Me paso la manga por el rostro para limpiarme el sudor y me doy cuenta de la cantidad de sangre que me tiñe las manos, la ropa y seguro que ahora también la cara.

—Eso tenía muy mala pinta —suspira Theo cuando nos encaminamos a los vestuarios.

—Sí, muy mala —respondo.

Parece mentira lo que llegas a familiarizarte con la muerte en este trabajo.

—Hemos hecho lo que hemos podido. —Lena me da unos toques en la espalda.

—Lo sé. —Comienzo a quitarme la ropa, empezando por los guantes ensangrentados.

—Si no fuera por nosotros —insiste mi compañera—, morirían más personas. Somos los salvadores en los trayectos al hospital.

—No necesito una sesión de terapia, tía. —Me coloco bajo el chorro de la ducha—. En estos momentos, me apetece bastante más salir un rato a despejarme. Sería incapaz de dormir, aunque lleve doce horas en pie.

—Pues decidido. —Lena sonríe bajo el agua—. ¿Te apuntas, Theo? —le grita a nuestro compañero, que está al otro lado de la pared.

—¡Me apunto!

Una hora después, nos encontramos en el bar habitual.

No me ha dado tiempo a pedir a mis amigos que fuéramos a otro lugar…

, y aquí estoy, mirando a la barra como una idiota, en espera de encontrarme con una figura oscura bebiendo en soledad.

Paso el rato desviando la vista de la barra a los reservados, como si, de tanto mirar, fuera a manifestarse cierto inglés de sonrisa socarrona, ropa impecable y ojos de plata.

Max, Max, Max. ¡Maldito Max!

Me vuelvo a mis amigos. Para variar, Theo se está dando el lote con una chica, y Lena está de cháchara con un tipo que parece bastante perjudicado por la bebida.

—Oye, Lena. —Me acerco a su oído por el volumen de la música—. Me largo. Me ha dado el bajón y necesito dormir —miento.

—Vale, vale. ¡Espera! Yo también me voy a casa. —Compone una expresión traviesa—. No sé si a este se le levantará, pero lo tengo a tiro y lo voy a aprovechar.

Salimos los tres del local. El acompañante de Lena, como pensaba, no deja de soltar gilipolleces.

Se ha tenido que agarrar a la cintura de mi amiga con un brazo, y con el otro a mi cuello.

El muy pesado me dice algo que no entiendo y me río de forma ruidosa para que me deje en paz.

Dios, al final va a ser cierto que estoy cansada.

Hasta me ha parecido ver a Max por entre la gente que cruza la calle. Demencial.

***

Tumbada sobre la cama, el sueño sigue evitándome. La mujer herida, que, muy probablemente, no haya podido sobrevivir; el deseo de ver al inglés en el bar; la imaginación que me ha hecho creer que estaba allí de verdad…

Imposible cerrar los ojos.

Abrazo a Harold, que duerme a mi lado. O dormía, porque mis achuchones y mis besos lo despiertan. El pobre no se queja. Se deja mimar.

—Mi gordito precioso —le digo entre sonoros besos—.

Te has dado cuenta de que eres el único hombre que ocupa esta cama en mucho tiempo, ¿verdad?

Lo sé, guapo, lo sé. No es normal que lleve meses sin traer a nadie aquí.

¿Qué quieres que te diga? No sé qué coño me pasa, Harold.

Los tíos que se me acercan no me ponen nada.

Creo que son demasiado jóvenes. —El gato parece escucharme, porque sigue quieto bajo mi brazo—.

Va a ser que los guapos de treinta y ocho años, o están cogidos, o pasan de mi culo.

Mi fiel peludo apoya la cabecita en mi pecho, cierra los ojos y emite un suspiro gatuno.

Busco el móvil entre las sábanas. Tengo algunos mensajes sin leer y los abro. Sonrío al ver las fotos que me ha mandado Emily. La mayoría de ellas son del grupo de Damas de la Reina, todas ellas señoras muy inglesas con poses serias y altivas.

Miro un rato las redes sociales y acabo en el perfil de Jenny. Las imágenes que suele subir son amaneceres sobre el bosque o atardeceres en el lago Crescent, aunque también aparecen ella y Cory en actitud cariñosa, riendo o ante la mesa de algún restaurante.

Es tarde, pero aprovecho el momento de nostalgia para enviarle un saludo que supongo que no leerá hasta mañana. Me sorprende cuando me responde.

Jenny: ¿Qué haces despierta a estas horas?

Yo: Trabajo. ¿Qué haces tú? ¿No estás casada y con un marido a tu lado?

La vibración del teléfono me hace dar un respingo. Descuelgo.

—Precisamente por eso estoy despierta. —Jenny ríe.

—No quiero saber los detalles. —Río también.

—No pensaba dártelos.

Me parece oír el sonido de agua al caer en un vaso.

—¿El empollón te ha dado sed? —bromeo.

La oigo beber.

—¿No tienes un compañero de cama que te mantenga ocupada? —se burla.

—Lo he dejado agotado —me guaseo—. Ahora está ronroneando y me hace cosquillas con sus bigotes.

Las dos reímos.

—¿Un mal día de trabajo? —me dice tras las risas y el silencio.

—Sí, de estos hay muchos.

—No me digas que el insomnio es por mal de amores… —Mi falta de respuesta la hace suspirar—. Si te apetece contármelo…

Lo pienso solo un segundo. ¿Para qué están las amigas, sino para aguantar nuestros dramas?

—Tuvimos un rollo, por así decirlo —le explico—. Solo era sexo, o esa era nuestra intención…

—Pero te ha dejado huella. ¿Se lo has dicho?

—¡No! Me ha dejado muy claro que no estoy en sus planes.

—¿Estás segura de eso? ¿Y si no sabe lo que sientes?

—Ni yo estoy segura de lo que siento. Solo sé que pienso en él más a menudo de lo que debería. Que le echo de menos. Que cuando le veo, las pocas veces que coincidimos, el corazón me late como nunca lo había hecho por nadie. Son sensaciones nuevas y extrañas, y me siento inquieta y de mal humor…

—Ay, Nora, que te gusta ese chico…

Suelto una risotada.

—No es precisamente un chico. Es un abogado inglés de treinta y ocho años que usa trajes a medida, lleva un reloj de bolsillo y no le gusta decir palabrotas.

—¡Ostras! —Oigo una risilla—. Esa descripción me ha puesto cachonda. Espero que Cory siga despierto.

La carcajada retumba en el techo de mi diminuto cuarto.

—Yo sí que estoy cachonda —le confieso—. No llevaba tanto tiempo de sequía desde…

Interrumpo mi cháchara. Por suerte, Jenny deduce cómo iba a acabar esa frase.

«Desde lo de mi madre».

Decide, para mi alivio, emprender la conversación.

—En serio, Nora. ¿Por qué no se lo dices?

—Porque me va a rechazar —refunfuño.

—¿Estás segura al cien por cien?

—Al noventa y ocho por ciento.

—Ahí tienes la posibilidad. Además, ¿qué tienes que perder?

Pienso en cómo me evita, en sus miradas esquivas, en su ceño fruncido cada vez que coincidimos.

—Nada —suspiro—. Porque no hay nada.

—El sexo…, imagino que bien, ¿no?

El vientre se me contrae, los pechos se me endurecen y percibo como brota de inmediato la humedad en mi sexo. Cruzo las piernas para paliar el ansia.

—Más que bien —gimo.

—Entonces, decidido —me dice con rotundidad—. Ve a por tu caballero inglés, que deja de serlo en la cama.

—No es tan fácil, Jenny…

—Voy a contarte una cosa. Si hubiese tenido que confiar en que Cory se decidiera a dar el primer paso, todavía le estaría esperando.

—¡No me digas que le entraste tú!

—¡Te lo juro! —ríe—. Le dije que estaba bien lo de ser amigos, pero que me gustaba y me apetecía hacer con él algo más que hablar.

—¡Qué bueno! —No paramos de reír—. ¿Y qué te respondió?

—Que te lo diga él mismo, que ha aparecido en la cocina al ver que tardaba.

—¿Cory? —pregunto entre risas.

—Hola, Nora —me saluda—. Si te interesa saberlo, mi respuesta fue agarrarle la cabeza y estamparle el beso más erótico que había dado en mi vida. Creo que me hice un esguince en la lengua, pero valió la pena.

—¡Joder con el empollón! —grito.

Tengo que agarrarme la barriga para que no me dé un ataque de risa. Una sesión telefónica de bromas con tu amiga es la mejor terapia para olvidar el estrés del trabajo, los amores no correspondidos y la horrible política de tu país.

—¡Ya me contarás! —insiste Jenny antes de colgar.

***

Para poder acceder al edificio de Grant & McKenzie tengo que ponerme primero en contacto con mi hermana. Evie baja al vestíbulo y me da un abrazo.

—¿Cómo tú por aquí? —me pregunta sonriente.

Inspiro profundamente.

—He venido a ver a Max.

Evie arquea una ceja.

—Guau —suelta—. Y te presentas nada menos que en su trabajo. —Cruza los brazos y me mira con suspicacia—. ¿Has venido a discutir con él por algo o…?

—No. Voy a pedirle que… si quiere que…, si le apetece…

—Ya, ya. Con tan buen discurso, seguro que le tienes en el bote —ironiza.

—Joder, Evie —me quejo, frustrada—. Nunca me he visto en estas, ¿vale? No le he pedido a ningún chico que salga conmigo, ni le he dicho a nadie que me gusta…

—Ay, madre. —Se tapa la boca con las manos—. Te vas a declarar a Max Middleton, el rancio que te olía a té y naftalina.

—Menos guasa —gruño—. No imaginas las ganas que tengo de irme corriendo ahora mismo.

—Eres una valiente, Nora. —Me presiona un brazo con los dedos.

—¿Lo dices por atreverme o porque no tengo ni una posibilidad? —resoplo.

—Por las dos cosas. —Sonríe y después se torna seria—. Mira, Nora, no sé qué es lo que te ha hecho decidirte después de meses de tira y afloja, pero me alegro por ti y me hace sentir orgullosa. ¿Por qué tenemos que esperar siempre a que los tíos den el primer paso?

—Déjate de discursitos y consígueme un pase para entrar.

—Oh, Max no está en el edificio. Está en una vista preliminar, en el juzgado.