20. Max
Max
Dos meses después
—Qué cerca tenemos la inauguración de tu propio restaurante —le digo a Rhys al tiempo que levanto mi bebida—. Brindemos por ello.
Mi primo choca su vaso con el mío y damos un trago.
—Gracias, Max. —Paladea el té frío con un atisbo de seriedad—. Ni siquiera puedes brindar como es debido —me dice con voz queda—. ¿Alguna vez te has arrepentido de lo que hiciste?
Dejo el vaso, despacio, y cruzo los brazos sobre la mesa.
—Nunca te he hablado de Charlotte, ¿verdad?
—¿Tu exnovia?
—Exprometida —puntualizo.
—Vaya. —Suelta un silbido—. Tío Keith me contó algo, pero me dijo que ya me lo explicarías tú algún día.
Sonrío de medio lado. Mi familia siempre ha sabido guardar los secretos…, o casi siempre.
Le hablo a Rhys de la traición de Charlotte, de mi época oscura de excesos, del motivo por el que no creo en las relaciones ni en el amor.
—Así que, querido primo —le digo—, no seas tan egocéntrico. No dejé el alcohol por tener un solo riñón. Renuncié a él años antes, cuando me vi en el más profundo de los agujeros por ahogar mis miserias en bourbon .
Rhys me palmea la espalda.
—Iba a decirte que me alegro de que lo superaras, pero me da la impresión de que no lo hiciste. Porque sigues sin creer en el amor.
Me encojo de hombros.
—Estoy tranquilo, Rhys. Después de renunciar al caso de Chemist Enterprises, decidí seleccionar más mi trabajo, hacer solo cosas que me permitieran dormir más y mejor. Os tengo a Evie y a ti, y mis padres ya no me atosigan porque creen que sigo teniendo novia. ¿Qué más puedo pedir?
—Ilusión, Max —responde mi primo—. Sueños, futuro, esperanza. Sin amor, no hay nada de eso.
—Amar también es sufrir, Rhys. Lo pude ver en ti.
—Te equivocas. Sufrí cuando renuncié a Evie, o cuando no podía recuperarla. Con ella, todo es mejor. Tener a alguien a quien quieres y que te quiera es lo más maravilloso que te puede ocurrir en la vida.
Apoyo los codos en la mesa y me deslizo los dedos por entre el pelo.
No me siento nada cómodo manteniendo esta conversación.
Hay algo en mí, muy adentro, que quiere darle la razón a Rhys.
Me gustaría decirle que, después de que se marchara Nora de mi casa, me sentí solo por primera vez.
Añoré nuestras conversaciones, nuestras confidencias, los desayunos en compañía y las risas compartidas.
Incluso nuestras discusiones me habían hecho sentir vivo.
Tuve que guardar en la mesilla la maldita foto con Harold que se dejó olvidada. Y todavía me parece oler su perfume en mis sábanas.
Hay otra parte que se alegra de no tener que pensar en nadie, ilusionarme en vano o imaginar un futuro que luego no aparece. Si no posees algo, no temes perderlo.
—¿Has hablado con Nora? —Rhys me hace dar un respingo con la pregunta.
—Muy poco —le digo con indiferencia—. Algún que otro mensaje para ponernos de acuerdo sobre alguna cuestión de mis padres y poco más.
Omito decirle que, cuando se enteró de mi renuncia a la defensa de Steve Dellamy, Nora me envió un escueto mensaje que decía: «Enhorabuena, estirado. Todos estamos muy orgullosos de ti».
Tampoco le digo que por las noches, antes de apagar la luz, lo leo. Todas y cada una de las noches. Me hace sentir en paz.
—E imagino que no la has visto.
Niego con la cabeza.
—No nos llevamos muy bien.
«Mientes como un maldito abogado», me digo.
—No lo entiendo. Cuando me pediste no coincidir con ella en mi casa…, no me aclaraste el motivo.
—Ya te he dicho que la cosa no terminó bien. Le agradecí el favor, pero nos recriminamos demasiadas cosas y…, bueno, ya sabes. Somos muy diferentes y apenas nos toleramos.
Cuando nos envuelve el silencio, levanto la cabeza y me topo con los ojos castaños de Rhys. Siento un estremecimiento al percibir una especie de lástima.
—¿Quieres decirme algo? —le espeto de forma seca.
—Yo creo que eres tú el que debería abrirse un poco. Hay algo que ocultas, Max, y no lo digo por nosotros, sino por ti. Te escondes de ti mismo, primo, y no hay nada que te haga estar más solo que privarte de tu propia verdad.
—No sé qué quieres decir…
Interrumpo mi alegación cuando oímos el sonido de la puerta y risas. Y la reconozco, la risa de Nora. La distinguiría entre miles de sonidos más.
Miro con estupefacción a Rhys.
—Me dijiste que vendrían tarde —le reprocho.
—Eso suponía —se defiende.
Antes de que nos dé tiempo a movernos, las hermanas Ross irrumpen en la cocina. Evie lleva a Vanessa, su gata, en brazos, y ríe despreocupada. Nora también ríe y acaricia al felino. En cuanto me ve, su risa se apaga.
Evie se inclina sobre su marido y le besa en los labios. Luego se acerca a mí.
—Hola, Max. —Me da un beso en la mejilla. Miro de reojo a su hermana, que vuelve a llevar su cabello cobrizo recogido en una trenza. Aparto la mirada. Prefiero evitar la visión de sus ojos verdes, de sus pecas, de sus labios llenos…
—Hola, Evie. —Le devuelvo el saludo y le dedico una mirada rápida a su acompañante—. Hola, Nora. —Me pongo en pie, cojo la chaqueta que tengo colgada en la silla y me la pongo—. Tengo que irme.
—Hola, Max —me responde ella. Estoy a punto de cerrar los ojos. Su voz, mi nombre en su boca, su olor y su presencia… me alteran y me hacen desear poner tierra de por medio—. Cuánto tiempo.
—Sí —me limito a decirle al tiempo que me estiro las mangas de la chaqueta.
—No te vayas, Max —sugiere Evie—. Ya que estás aquí, podríamos aprovechar y cenar los cuatro…
—No —la corto—. Tengo cosas que hacer.
Voy al recibidor y mi prima me sigue.
—¿De qué vas? —me recrimina cuando descuelgo el abrigo del perchero.
—No sé de qué me hablas.
—No te hagas el idiota, Max. Estoy al tanto de tu condición para aparecer en esta casa: no quieres cruzarte con mi hermana.
—Si representa algún problema, no vuelvo a venir.
—¿En serio? —se asombra.
Me abrocho el abrigo y emito un suspiro.
—No quería decir eso, maldita sea, Evie. Es solo que… entre tu hermana y yo…
—¿Lo dices porque os acostasteis?
Me quedo paralizado con la mano en el pomo de la puerta.
—¿Te lo contó?
—Hay personas que no se guardan sus secretos bajo llave —refunfuña—; que confían en amigos o en la familia.
—Te diría también que fue un error, ¿no? O el resultado de una locura transitoria producida por la falta de sexo.
—Pues claro. Eso mismo me confesó.
Una sensación irritante me quema por dentro. Como si acabase de ingerir un kilo de chili.
—Pues entonces —abro la puerta—, todo clarito. Ahora sabes por qué evito a tu querida hermana: siento vergüenza.
Evie entorna los ojos, cruza los brazos y esboza un amago de sonrisa que me desconcierta.
—Tus síntomas parecen más de cabreo que de vergüenza —apostilla.
—Lo que tú digas —le suelto antes de salir de su casa y empezar a bajar las escaleras. No me doy cuenta hasta el tercer piso de que no he cogido el ascensor.
***
Hoy está enrarecido el aire del bufete. Pasos acelerados, murmullos, demasiados teléfonos sonando al mismo tiempo…
Entre el personal distingo la figura de Evie, que se me aproxima corriendo. Sus sorprendidos ojos azules ocupan toda su cara. La freno con las manos en sus brazos para que no choque conmigo.
—¿Qué ocurre? —le pregunto.
—El caso Dellamy —me dice sin aliento—. Lo hemos perdido.
Hago todo lo posible por esconder muy adentro el entusiasmo que siento.
—¿Y eso? ¿Qué ha pasado?
La voz chillona de Davies llega hasta nosotros.
—¡Alguien le hizo llegar al abogado de la acusación el nombre de un testigo! —brama—. Un testigo que poseía pruebas físicas…, ¡como un montón de máscaras y trajes de protección defectuosos! ¡Joder! —Golpea el aire con el puño—. ¡Joder!
—Dellamy amenaza con no pagarnos ni un centavo —me dice Evie.
No puedo disimular una leve sonrisa. Grayson, al verme, se aproxima a mí a grandes zancadas.
—¡¿No sabrás tú algo de eso?! —me acusa.
Levanto las manos como muestra de mi inocencia.
—Acabo de enterarme —me defiendo—. Y me ofende que creas que puedo hacer algo en contra del bufete.
Mi colega, furibundo, se aleja echando chispas por la boca.
Me vuelvo a Evie y cruzo los brazos sobre el pecho.
—¿No tendrás tú algo que ver?
—¿Yo? —se indigna—. ¡Claro que no! ¡Tampoco actuaría nunca en contra de nuestros intereses!
—¿Seguro? —Alzo una ceja.
Ella levanta una mano, como si fuera a declarar ante un tribunal.
—Juro que nunca he contactado con el abogado de la acusación ni le he proporcionado ninguna prueba.
Antes de que diga nada, mi prima me guiña un ojo y se aleja en dirección a su despacho.
—La madre que la trajo.
Nada más soltar esa frase, miro a mi alrededor.
Parece que nadie me ha oído. Me ajusto el nudo de la corbata y regreso a mi despacho.
El Lobo de McKenzie solo tiene pendiente el caso de un concejal al que acusan de defraudar dinero de las arcas públicas.
Es una mierda de caso, pero lo ganaré. Y si en realidad es culpable…
, en mi conciencia no habrá más peso que el de unos miles de dólares.
***
Me apetece celebrar el fracaso del bufete con Chemist Enterprises, aunque sea a solas.
Sin ser consciente de ello, bajo del taxi y aparezco en la calle que me lleva a un bar, el mismo donde una noche deseé despejarme, precisamente, de la preocupación que me producía la defensa de la empresa química.
Siento un aleteo interno cuando me voy aproximando al local. Evoco aquella noche y… mi mente me lleva a una barra. A una pelirroja acosada. A un sofá lleno de confidencias. A besos y a deseo.
Siento la dureza que tensa mis pantalones. Gruño, cruzo la calle y, al llegar a la acera, la veo. A ella. A la chica pelirroja. A Nora.
Y no puedo dejar de mirarla, como si mis ojos dispusieran de cámara lenta y pudiera embeberme de ella fotograma a fotograma.
Está caminando con otras personas, una chica y un hombre. El tipo agarra a la rubia por la cintura y a Nora por los hombros. Le dice algo al oído, y ella ríe a carcajadas.
Una bola amarga me sube por el esófago y se instala en mi garganta. Ahora mismo solo soy capaz de imaginar a la pelirroja en una cama con ese tío, con su amiga, en un remolino de cuerpos desnudos y jadeantes…
Acelero el paso y, cuando llego a la puerta del bar, me detengo de golpe. Camino después hacia atrás y choco con un hombre. Le pido disculpas y le hago una seña a un taxi.
No puedo entrar ahí, porque hacía tiempo que no me apetecía tanto ahogarme en un maldito vaso de whisky .