Si finjo que te quiero 19. Max
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19. Max

Max

Después de ayudar a mis padres con la facturación del equipaje, los acompaño hasta el control.

—Parece que Nora no ha podido venir al final —comenta mamá. Papá también está mirando por encima de nosotros en busca de una cabeza pelirroja.

Me irrita, y no tengo muy claro por qué, que mis padres echen de menos a Nora. Se suponía que iba a ser un mero trámite, una farsa para que se quedaran tranquilos y no volvieran a inmiscuirse en mi vida sentimental. Nunca pretendí que se encariñaran con ella.

—¡Oh, ahí está! —exclama mi madre con expresión de deleite.

Me vuelvo en la dirección de sus ojos y descubro a una chica con el uniforme de paramédica que viene corriendo y haciendo ondear su larga trenza.

—Sabía que aparecería —dice mi padre con satisfacción.

Pongo los ojos en blanco. ¿Tan fácil ha sido ganarse el corazón de los muy rectos señores Middleton?

«Sabes perfectamente que no ha sido cosa de ellos, sino de ella, que es capaz de ganarse el corazón de cualquiera, de meterse en su piel y en sus malditos pensamientos».

—¡Disculpad mi tardanza! —Nora se frena en seco al llegar a nuestra altura y se toma unos segundos para recuperar el aliento—. Ha habido una emergencia a última hora y…

—Tranquila, querida. —Mi madre le da unos golpecitos en la mano—. Tu trabajo es lo primero.

Nora le da un abrazo. Durante un instante, sus ojos encuentran los míos.

—Ha sido un placer conocerles —le dice a mamá. Luego abraza a mi padre, que luce una media sonrisa satisfecha—. Recuerde decirle a su enfermera que revise las etiquetas de sus medicinas, por si alguna se hubiese desgastado o tuviese la letra muy pequeña.

—Se lo diré. Gracias, Nora.

A continuación soy yo quien se despide de mis padres con sendos abrazos, aunque no tan efusivos como los de mi supuesta novia.

—Me alegro mucho de que hayas sentado la cabeza —me dice papá, que me da un par de golpes en la espalda.

—No olvides llamar de vez en cuando —me dice mamá con un deje de severidad—. Si no tienes tiempo, me conformo con algún mensaje. Sé que a los jóvenes os cuesta menos trabajo escribir en un teléfono que pulsar la tecla de llamada.

—Vaaale, mamá. Lo haré. Decidme algo cuando aterricéis.

—¡Que tengan buen viaje! —Nora los despide con un gesto de la mano y una sonrisa.

Cuando los vemos desaparecer tras la cola de gente, Nora y yo nos volvemos para quedar frente a frente.

—Por lo que veo, no se lo has contado —me dice con cautela.

—No —gruño y echo a andar por la amplia terminal. Ella se pone a mi altura.

—¿Y cuándo lo harás?

Freno en seco. Las suelas de mis zapatos chirrían sobre el pulido suelo.

—¿Y a ti qué más te da, Nora? Tu favor ha terminado. Ya no tienes que seguir interesándote por los Middleton. Por ninguno de los tres.

—Qué borde te pones a veces.

—¿Por qué cojones me llamas borde?

Nora parpadea desconcertada. La brusquedad de mi comentario me ha sorprendido incluso a mí. Me froto la nuca en mitad de un resoplido.

—Creo que tú mismo te has respondido.

Ahora es ella la que emprende la marcha a la salida.

—Lo siento. —Camino hasta ponerme a su lado—. Es que… todo esto…

—¿Te refieres a mentir a tus padres? —inquiere jocosa.

—Mencionas ese hecho como si fuese el mayor de los pecados —me quejo—.

No todo el mundo tiene unos padres como los tuyos, que os dejaron elegir vuestro camino.

Los míos, aunque los quiero, me han educado en la rigidez de unas creencias y unas costumbres de las que no se me ha permitido escapar.

Lo único que he escogido por mi cuenta ha sido mi decisión de permanecer soltero, sin las preocupaciones o el temor a que alguien se cuele en mi corazón y me lo destroce.

Lo he decidido yo, Nora, por eso es tan importante.

No me he dado cuenta de que me he quedado sin aire tras el intenso discurso, ni de que Nora se había detenido al percibir la vehemencia de mis palabras.

—Entiendo. —Sus ojos verdes, grandes y expresivos, le ocupan casi todo el rostro, como si quisieran escrutar mis más profundos pensamientos.

—Esta farsa simplemente servirá para que me dejen seguir con mi vida tal y como la había planeado.

Y para que no vuelvas a preguntarme cuándo les diré la verdad, ya te adelanto que, de momento, no lo voy a hacer.

Tú misma has comprobado la medicación que toman, los problemas de corazón de mi madre, su frágil salud.

Con la verdad podría causarles un disgusto que los alterara. Con la mentira los hago felices.

—No tenías que darme tantas explicaciones —me dice Nora, cuyos ojos han perdido la intensidad de hace un momento—. Con decirme que me importa un carajo tu vida, tenías suficiente. —La ironía de sus palabras se puede masticar.

Trato de calmarme con una inspiración.

—Te has comportado muy bien con ellos y me has ayudado. Te merecías una aclaración.

—Me daba igual que me la dieras o no, si te soy sincera. —Mira la hora en su teléfono—. Tengo que irme. Ya puedes regresar a tu vida solitaria, a tu trabajo de mierda y a tus polvos en los juzgados. Iba a decirte que adoptaras un gato, al menos, pero me parecería una crueldad para el pobre animal.

Me tenso hasta sentir como me crujen las vértebras.

—¿Te has desahogado ya? —le espeto.

—Solo un apunte más. Hasta hace un par de días pensaba como tú. Cerrando mi corazón a cal y canto me sentía a salvo, pero también un poco muerta. ¿Y sabes una cosa? Que se ha acabado, porque Kyson, el tío que me hizo odiar el amor, no se lo merece. Y creo que tu querida Charlotte, tampoco.

Sin más, gira sobre sus talones y desaparece entre la multitud. Durante un diminuto instante, me siento hipnotizado ante el bamboleo de una trenza del color del fuego.

Un mes después

Levanto un puñado de papeles de mi escritorio, los aparto, los hago deslizar entre mis dedos. Nada. No encuentro lo que llevo buscando desde hace una maldita hora.

Me levanto haciendo rodar la silla hacia atrás. Oigo el impacto contra la pared, pero ni me inmuto. Doy tres zancadas y abro la puerta de mi despacho con tal ímpetu que el aire que he formado me saca un mechón atrapado en gomina y lo hace caer sobre mi frente.

—¡Joanna! —grito a mi asistente—. ¿Dónde coño está el expediente Cavannaugh?

La mujer parpadea confusa. Profesional como es, disimula de inmediato y alza la barbilla.

—Le he dicho esta misma mañana que se lo dejaba encima de la mesa, señor Middleton.

—¡No está! —bramo.

—¿Ha mirado en la carpeta de color azul? —inquiere con un atisbo de ironía—. Donde me dijo usted que guardara los documentos del caso Cavannaugh, señor Middleton.

Giro la cabeza hacia mi mesa y descubro la maldita carpeta. Cierro los puños y me clavo las uñas en las palmas para intentar calmar la absurda ira que me bulle por las venas.

—¿Has hecho una copia?

—No, señor Middleton.

Entro de nuevo en mi despacho, cojo la documentación mencionada, regreso al puesto de mi asistente y estampo la carpeta azul sobre su mesa.

—Pues ya puedes hacerme una copia. ¡No!, mejor, ¡dos!

El rostro de Joanna se torna púrpura.

—¡Por Dios, Max! ¡Si necesitas que te hagan fotocopias, díselo a cualquier becario, no a tu asistente personal!

No sé de dónde ha salido Evie. Me perturba que haya presenciado la escena.

—Métete en tus asuntos, prima.

—¿Qué demonios te pasa, Max? Llevas un tiempo de lo más borde.

Me acerco con rapidez a Evie y le planto la cara a un centímetro de la suya.

—No-me-llames-borde —le espeto.

—Es que llamarte gilipollas me parece más feo todavía —me dice con retintín.

Me aparto de ella.

—Malditas hermanas Ross —digo.

—¿Qué has dicho? —me dice Evie entornando los ojos.

—Nada. —Le doy la espalda para volver al despacho.

—Me hago una ligera idea de lo que te ocurre, Max.

Me envaro, aunque no me muevo.

—Suéltalo ya —refunfuño.

—Que mañana hay reunión con Dellamy. Y los dos sabemos que es lo que menos te apetece en el mundo.

Una parte de mí se siente pillada. La otra, aliviada.

No respondo. Me encierro en mi despacho sin previsiones de salir en toda la tarde.

***

Ya solo me quedan unos pocos metros para alcanzar el edificio acristalado de Grant & McKenzie cuando siento un impacto en el pecho. Me paro en seco y contemplo, horrorizado, un líquido amarillento envuelto en una masa blanquecina bajando por mi impecable traje a medida.

Es un maldito huevo.

—¡Qué demonios…!

Levanto la vista hacia la figura de una mujer, de unos cincuenta años, que sostiene un segundo proyectil en la mano.

—¡Espere, espere! —La detengo con un gesto—. ¿Se puede saber quién es usted y por qué me ha echado a perder un traje de mil libras?

Nunca había visto tanto odio en el rostro de una persona.

—Soy la esposa de John Sanders —me escupe—. Aunque imagino que ese nombre no le dice nada a alguien que se gasta un dineral en un traje.

Siento el peso de mi alma caer hasta mis pies. Claro que reconozco ese nombre. Han sido muchas las horas, muchas las noches que he pasado en vela, leyendo, revisando, dándole vueltas al maldito caso de Chemist Enterprises. La lista con los nombres de los afectados me la sé de memoria.

—Sé quién es su marido, señora Sanders. Y de verdad lamento mucho que…

—Usted no lamenta nada —me interrumpe—. ¿Qué va a lamentar el abogado de los poderosos? ¡Aunque esos miserables les hayan destrozado la vida a los trabajadores y a sus familias! —Levanta la mano con la intención de lanzarme a la cara el siguiente huevo—. ¡Usted es tan miserable como ellos!

Me cubro el rostro con los brazos, pero no llego a percibir el golpe. Dos encargados de la seguridad de Grant & McKenzie acaban de atrapar a la mujer, cada uno por un brazo. Ella grita y patalea.

—¡¿Cómo puede dormir tranquilo?! —solloza de forma desgarradora mientras la alejan de mí—. ¡¿Cómo puede seguir defendiendo a esos desgraciados?!

Un nudo me oprime la garganta y se me paralizan las piernas.

—Vamos, señor Middleton —me dice uno de los miembros de seguridad—. Le acompañaré hasta el ascensor.

Como sumido en un trance, recorro el vestíbulo, subo hasta la planta treinta y cinco y me dirijo directamente a mi despacho.

—Dios mío, señor Middleton. —Joanna se levanta de la silla y se apresura a abrirme la puerta—. ¿Qué le ha pasado? —Sus ojos no pueden apartarse del estropicio de mi ropa.

—Nada, Joanna, tranquila. Si no le importa, voy a cambiarme. ¿Han llegado ya el señor Dellamy y el señor Prost?

—Le esperan en la sala de juntas con el señor Davies.

—Con su habitual diligencia, mi asistente abre uno de los armarios y saca una camisa nueva y una corbata—.

Lo siento, señor Middleton, pero no dispone usted de una chaqueta de recambio.

Puedo intentar limpiarle la mancha con cuidado, pero se va a notar…

—Tranquila, Joanna.

Me quito la americana, me deshago después de los gemelos, de la corbata y su alfiler y me quedo en camiseta. La mujer carraspea ligeramente, pero no muestra ningún signo de apuro. Sigue sin inmutarse mientras me pongo la camisa, me anudo la corbata y me ajusto los gemelos y el alfiler.

—Puedo ir a pedirle a cualquier otro miembro del bufete que le preste una chaqueta —me sugiere.

—No es necesario. Seguro que a nuestros invitados no les importa que aparezca en mangas de camisa.

—Pero… señor Middleton…

Pongo la mano en el hombro de mi asistente.

—Gracias, Joanna —le digo con una sonrisa. Ella me mira por encima de sus gafas mientras me dirijo a la sala de reuniones.

***

Dellamy me observa con ira contenida. Prost no puede parecer más sorprendido. Y Grayson Davies intenta disimular, sin éxito, la turbación que le provoca verme aparecer sin la chaqueta del traje.

—Bien, bien. —Mi colega se aclara la voz—. Señores, esta reunión es crucial. Hoy vamos a exponer la estrategia de la defensa…

«¿Y qué pasa con esos pobres trabajadores que no volverán a tener una vida normal? ¿Y con sus familias?».

—Subiremos al estrado a varios expertos…

«No estoy tratando de convencerte de lo que yo creo, Max, sino de lo que tú mismo sientes».

—Y como remate, contaremos con el testimonio de…

«Y recuerda, inglés: eres un buen tío. No hagas nada de lo que puedas arrepentirte algún día».

Me pongo en pie en mitad de la argumentación de Davies, que disminuye poco a poco el volumen de su voz mientras sigue mi movimiento.

—¿Me disculpan un momento? —les digo. Es una pregunta retórica, por supuesto, porque no espero respuesta.

Salgo de la sala y camino por el corredor que me lleva al despacho de Dwayne Sanderson, otro de los asociados del bufete. Doy un par de toques en la puerta, espero el permiso y abro.

—Hola, Sanderson. ¿Recuerdas aquello que hablamos? ¿Te sigue interesando?

Dwayne me mira serio, inexpresivo.

—Conoces las consecuencias, ¿verdad? —me dice con soberbia—. Y todo para que, al final, en lugar de defenderlos tú, lo haga cualquier otro y se lleve el dinero y la gloria.

—Toda para ti. ¿Te interesa o no?

Sin más recriminaciones, mi colega se levanta de la silla y me sigue hasta la sala de juntas.

—Señores —anuncio tras cerrar la puerta detrás de nosotros—, abandono el caso. No se preocupen, los dejo en buenas manos. —Señalo a Sanderson.

Dellamy se pone en pie de un salto.

—¡No puede hacer eso!

—Claro que puedo. Mi colega es un buen abogado y, junto a Davies, lo defenderán tan bien como yo.

El CEO de Chemist Enterprises se acerca a mí, hasta que puedo ver las burbujas de saliva que se le acumulan en las comisuras de la boca.

—No me toques los huevos, Middleton. Te contraté para que me defendieras.

—No, señor Dellamy —le rebato—. Usted contrató a Grant & McKenzie.

No estoy obligado a representarle, y puedo renunciar a hacerlo, siempre y cuando no afecte negativamente a sus intereses, no le deje en una posición vulnerable ni afecte a la evolución de su caso.

Y puedo asegurarle que he respetado cada condición.

Dellamy está tan furioso que su rostro se ha vuelto púrpura y me parece ver salir humo de su nariz.

—Esto no quedará así —dice—. Me dijeron que era usted el mejor. Pero ha demostrado que no da la talla. El Lobo de McKenzie se ha quedado en oveja.

Sonrío con indiferencia.

El rostro de Prost se ha cubierto de gotas de transpiración. Davies muestra una sonrisilla de satisfacción con la que le gustaría decirme: «La has cagado, tío». Sanderson se acerca a Dellamy y trata de convencerle de que ha salido ganando con el cambio.

Mientras eso sucede, me retiro de la reunión y, para mi sorpresa, me pongo a silbar. Hacía tiempo que no me sentía tan bien.