Si finjo que te quiero 18. Nora
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18. Nora

Nora

Al entrar en casa, me encuentro a mi madre desgranando guisantes en la cocina.

Me acerco al fregadero para lavarme las manos y después me siento a su lado.

Sonrío al ver a Harold enroscado en otra silla, sobre un cojín.

Cojo una vaina del barreño, la abro de arriba abajo con la uña del pulgar y la sacudo después contra el canto de un bol.

Hay acciones que no hace falta pensarlas.

Surgen solas, porque ya las has hecho muchas veces.

—¿Y los demás? —pregunto.

—Han ido a caminar al bosque. —Golpea también una vaina y deja caer los guisantes—. Tu padre aprovecha cuando alguien puede acompañarle a paso rápido. Conmigo, el pobre tiene que ir a ritmo de tortuga. —Sonríe como si acabara de decir algo muy gracioso—. ¿Qué tal con Jenny?

—Genial, mamá. Nos hemos prometido llamarnos y vernos. Espero que no se quede en las típicas promesas que luego no se cumplen.

—Seguro que no…, porque imagino que seguirás visitándonos.

—Siempre. —Río.

Hasta ahora me he preguntado muchas veces cómo era posible que mamá siguiera riendo; que continuara teniendo, siquiera, ganas de hacerlo. He descubierto que ha preferido plantarle cara al revés que le dio el destino y, simplemente, no darse por vencida.

Mi madre es mi mayor ejemplo de vida. Ha conseguido que la vea a través de sus ojos, y eso, para mí, es un milagro.

No de esa clase de milagros que esperas que la levanten de su silla como a un Lázaro cualquiera.

Me refiero a esos pequeños milagros que suceden en nuestro día a día.

Como hacer reír a una mujer inválida. Como hacer que yo me sienta en paz después de mucho tiempo.

En un impulso, rodeo los hombros de mi madre y le doy un sonoro beso en la mejilla.

—Te quiero mucho, mami.

Ella sonríe con ternura.

—Yo también a ti, mi pequeña.

—De pequeña tengo poco. —Continúo con mi tarea de extraer guisantes, satisfecha de que compartir una conversación con mamá no me provoque ganas de llorar.

—Para mí siempre lo serás —señala con la misma sonrisa amorosa.

—¿Sabías que Jenny se casó con el empollón del instituto? —cotilleo.

—¿En serio?

—Sí, con Cory Peterson.

—¡Lo recuerdo! —exclama divertida—. Siempre iba cargado de libros a todas partes.

—Pues, además de ser profe de mates, lleva la contabilidad del negocio de actividades del lago.

—Qué majo.

—Mamá —le digo tras unos segundos de silencio—. Tú sabías que Kyson era uno de los agentes de policía del pueblo, ¿verdad?

Suspira.

—En estos pueblos todo se sabe.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—En realidad, ¿importa a lo que se dedique?

—No, claro que no. Pero, cuando Jenny me lo ha mostrado, me he sentido como si llevara estos años con una parte de mí cerrada a los demás.

—¿Y has conseguido que se abra?

—Creo que sí.

—Pues eso es lo importante, hija. Podrías aprovechar esa puerta abierta para dejar entrar a… alguien.

—¿Ya me estás diciendo que me eche novio? —Arqueo las cejas.

—Pues claro. Al menos, uno que te dure más de una noche.

Siento un calor abrasador en el rostro.

—¡Mamá!

—¿Qué? —Se vuelve a mí—. Que no pueda caminar no significa que no me entere de cosas. Y dime, ¿te gusta alguien? ¿Le has dado calabazas a algún chico con intenciones serias?

Suelto una risotada.

—No hay nada de eso, mami. Pero te puedo contar una historia bastante divertida.

—Cuenta, cuenta. —Los ojos azules de mi madre brillan de regocijo.

La pongo al día con el tema de Max, sus padres y nuestra relación fingida.

—¡Ay, Dios mío! —Suelta los guisantes de la risa—. ¡En menudo embrollo te has metido!

—No pensaba que fuera a hacerte tanta gracia. —Tuerzo la boca.

—¿Por qué no? Es una situación, como poco, graciosa.

—¿No te parece mal que hayamos mentido a los señores Middleton?

—Los padres, a veces, nos ponemos muy pesados. Max solo quería que le dejasen tranquilo, y tú le has ayudado, nada más. La pena es que se hayan creído que una chica tan lista y preciosa como tú es su nuera.

Sonrío por el halago implícito.

—Yo os lo habría acabado contando —le confieso.

—Las relaciones entre padres e hijos no son todas iguales, Nora. Confío, sin embargo, en que Max se sincere con ellos en algún momento.

Max. Rostro serio. Ojos de plata. Sonrisa sexi. Cuerpo perfecto bajo capas de seda y almidón.

—Te has quedado alelada —bromea mi madre—. ¿En qué piensas?

Inspiro y espiro poco a poco.

—¿Qué pasaría si te gustara alguien, pero…?

Mamá inclina a un lado la cabeza, esperando.

—Pero ¿qué?

Lo suelto de carrerilla.

—Pero esa persona fuera totalmente opuesta a ti, huyera de las relaciones como de la peste y se pasara el día discutiendo contigo.

Mi madre levanta una ceja de una forma muy divertida.

—Que sería el típico caso de polos opuestos que se atraen.

—Creo que la atracción no circula en ambas direcciones.

—¿Y cómo lo sabes?

Me encojo de hombros y no respondo.

—Como caso hipotético… —comienzo a decir.

—Hipotético —repite.

—Sí, hipotético. ¿Qué pensarías si un día te dijera que me atrae un hombre, digamos, trece años mayor que yo?

—Bueno… —Mamá suspira—. Hipotéticamente hablando, claro, pensaría que resulta bastante lógico. Siempre fuiste una niña muy lista y madura para tu edad, y así has seguido siendo. No te imagino para nada con un veinteañero. Harías mejor pareja con alguien más curtido en la vida.

—Soy una chica joven con corazón viejo. —Frunzo los labios.

—El corazón nunca envejece. Lo que le ocurre a veces es que se atasca un poco por no utilizarlo.

***

Con la cabeza en el regazo de Evie, contemplo el techo de la que fuera su habitación. Fueron muchas las noches que, cuando oía acostarse a mis padres, salía de mi dormitorio, me colaba en el de mi hermana y me metía en su cama.

—Hum —gimo de placer.

Evie, como tantas veces en el pasado, me deshace la trenza y me la vuelve a hacer.

Sentir en mi pelo el tacto tranquilo de sus manos, su aliento tibio y su cercanía me relaja y me transporta a una especie de lugar perfecto, donde la hierba luce un verde imposible, hay flores por todas partes y un colorido arcoíris brilla en el cielo azul.

Hasta unicornios volantes soy capaz de ver.

Otro momento feliz. No me había parado a pensar que tuviera tantos.

—Siempre me ha encantado tu pelo.

—«Deberías llevarlo suelto». —Imito la voz grave de mi hermana—. Es lo que siempre me dices.

Los dedos de Evie se detienen un instante e inclina la cabeza a un lado.

—Te veo distinta, Nora. —Continúa después con el trenzado.

—¿Me ha salido una cana? —bromeo—. ¿Tengo más pecas?

—No. —Ríe—. Me refiero a ti. Estás más tranquila, más relajada.

—Será por tu masaje capilar.

Mi hermana me da un tirón del pelo.

—Ya sabes a lo que me refiero.

—Que sííí. —Sonrío—. La verdad es que este viaje me ha sentado muy bien. A mis neuras de siempre se le había sumado la tensión de los últimos días. Hacerse pasar por alguien que no eres resulta muy estresante.

—No me pareció que fingieras ser otra persona. A ver, me refiero a que no forzabas otra personalidad. Te camelaste a los Middleton siendo tú misma.

—Seguía siendo fingir.

Mi hermana suelta una risilla.

—Tuviste que besar a Max. A eso lo llamo yo meterse en el papel.

«Se lo cuento, no se lo cuento…».

Empiezo a estar cansada de estar tumbada de espaldas. Doy un impulso y me acomodo sobre el lado derecho. Tampoco me siento cómoda. Me doy la vuelta y me apoyo en el izquierdo. El pobre Harold, que dormía sobre mis piernas, acaba desperezándose y saltando de la cama.

—¿Quieres parar ya? —refunfuña Evie. Abandona un nuevo intento de trenza y se cruza de brazos—. A ver, qué demonios te pasa.

—¿A mí? Nada.

—Nora, olvidas que hemos dormido juntas muchas veces. Te ponías a dar vueltas y vueltas cuando te preocupaba algo.

—Acabas de decirme que me notas más relajada.

—Ese es tu estado general —apostilla—, pero en este momento se nota a un kilómetro que estás dudando si contarme o no lo que te perturba.

—¿Eres adivina?

—No, soy tu hermana mayor.

Me quedo quieta, por fin, y emito un bufido. Siempre he sido una persona directa, transparente, sincera la mayoría de las veces.

—Me he acostado con Max. —El tictac del reloj del salón. Un perro que ladra en la lejanía. La respiración de mi hermana—. Joder, Evie —gruño—. ¿Tan malo es que te has quedado muda?

Abre sus ojos azules hasta sacarlos de las órbitas y se lleva las manos a la boca.

—Rhys tenía razón. Él me aseguró que había captado algo entre vosotros. Y yo le dije que estaba alucinando, que no podía ser, que no…

—No me interesa saber si se notaba o no. Estoy esperando que me digas… algo. Lo que sea.

—No sé. —Su rostro ovalado y pálido destaca en mitad de la penumbra—. ¿Qué quieres que te diga? Todavía lo estoy asimilando. ¿Te puedes creer lo ingenua que soy a mis treinta años? ¡No me he dado cuenta de nada!

—Porque no había nada de lo que darse cuenta. Lo que pasa es que Rhys tiene mucha imaginación.

—Pero llevaba razón, algo pasaba.

—Te he dicho que nos hemos acostado —gruño—, no que nos hayamos hecho novios de verdad.

Evie tira de mis brazos para que me incorpore y me siente frente a ella con las piernas cruzadas sobre la colcha de mariposas.

—¿Cómo ha pasado? ¡Cuéntame! Quién iba a pensar que tú y Max… Con lo mal que os habéis llevado siempre…

—No tengo ni idea. Sería por llevar tiempo sin sexo…

—Debió de ser eso. —Se mordisquea la uña del dedo índice—. No puede ser que os pillara borrachos, porque él no bebe, y tú muy poco. Debió de ser un arrebato. Un calentón. Una locura transitoria…

—No ha sido solo una vez, Evie.

Mi hermana responde con un ataque de tos. Antes de pronunciar alguna otra sugerencia, se atraganta con su propia saliva y un trocito de uña. No me sale otra cosa que reír.

—¡Dios, Nora! —se queja—. ¡Dímelo todo de golpe, que me va a dar algo!

—Esto es absurdo. —Sigo riendo.

—Totalmente. —Me acompaña en la risa—. Porque, ¿cómo os vais a liar Max y tú? Os lleváis un montón de años. Además, tú eres alegre y espontánea, y él es tan serio, tan callado, tan inglés…

—Es una locura, sí. —Fuerzo una sonrisa… y Evie lo ve.

—Oh, oh. —Frunce el ceño—. Ahora vendría indignarte y decir que jamás podrías liarte con el rancio y estirado de Max Middleton.

Me tapo el rostro con las manos y expulso el suspiro más ruidoso de la historia.

—Mierda —musito—. Mierda, mierda, mierda…

—¿Te has colado por Max? —me suelta con un graznido.

—¡No! ¿Cómo voy a colarme por…?

Mi exclamación termina con un susurro.

—¿Qué tendría de malo, Nora? —dice mi hermana con suavidad—. Mi reacción ha sido de sorpresa, sí, porque no me lo esperaba… —Una sonrisa aparece lentamente en su boca—. Si te digo la verdad, me emociona pensar que mi hermana, por fin, le ha abierto su corazoncito a alguien.

—Ay, no. —Me cubro el rostro con los brazos.

Evie, entre risas, se pone de rodillas en la cama y clava sus dedos por mi vientre y mis costados.

—¡No puede ser! —Ríe—. Mi hermana tiene vergüenza, mi hermana tiene vergüenza…

—¡Déjame! —Me retuerzo sobre las sábanas—. ¡Ya te vale!

—A Nora le gusta Max, a Nora le gusta Max…

Me pongo de rodillas de un salto, agarro la almohada y se la estampo en la cara. Ella cae hacia atrás sobre la colcha, encuentra un cojín y me lo lanza con todas sus fuerzas.

—¡Eres una bruta!

—¡Y tú una cotilla!

—¡Tú también lo eras de pequeña! ¡Y bien tenía que aguantarte!

—¡Pues a tu novio le caía genial!

Evie se acaba quedando sin réplica y yo sigo callada, hasta que terminamos estallando en risas, abrazándonos y cayendo sobre la cama.

—Madre mía, con Max —me pincha unos minutos después de mantenernos en silencio.

—Vale ya, Evie.

—Oye, que no te lo digo como crítica. Mi primo me parece un tipo atractivo, interesante, culto… Creía que no pegabais ni con cola, pero ahora estoy convencida de que hacéis una pareja monísima.

—No seas celestina. Que me haya atrevido a contártelo no significa que vaya a haber nada entre nosotros. Él me ha dejado claro que no le intereso.

El suspiro de mi hermana retumba en la penumbra de la habitación.

—No le interesas ni tú ni nadie. Es un soltero empedernido, por lo que parece.

—Con el lío que ha montado para que sus padres le dejen tranquilo… no ha podido constatarlo más.

—Aun así, sigo alucinada. —Percibo el gesto de su sonrisa—. ¿Vas a darme algún detalle?

—Ni de coña. ¡Ah!, y como se te ocurra contárselo a Rhys, dejo de hablarte un año.

—¡Jo, Nora! —se queja—. Entre Rhys y yo ya no hay secretos…

—Prométemelo, Evie.

—Vaaale. Te prometo que no le diré que os habéis acostado.

—Más te vale.

Poco a poco, las emociones del día van dando paso al cansancio y al sueño. Antes de dormirnos, las palabras de Evie consiguen que cierre los ojos con una calma que me llega a los huesos.

—Te quiero mucho, hermanita —me dice.

—Yo también te quiero.

Ya van dos veces hoy. Qué bien sienta pronunciar un «te quiero» que sale del alma. Ojalá nos lo dijésemos más.