17. Nora
Nora
¿Cuánto tiempo hacía que no montaba en bicicleta?
Suerte que, como reza el dicho, es algo que nunca se olvida.
Moverse por Southington, además, nada tiene que ver con hacerlo por Nueva York, donde los ciclistas pasan de los semáforos y se meten por donde les da la gana. Aquí pedaleo con toda la parsimonia del mundo, utilizando las vías que el pueblo ha creado para las bicicletas y los patinetes.
Me dejo llevar por el camino sin rumbo, sin prisas.
Disfruto del sol otoñal mientras voy dejando atrás canchas de baloncesto llenas de jóvenes, casas antiguas únicas, la iglesia de San Pablo y mi antiguo colegio.
Me veo de pronto en el centro del pueblo, más vivo que nunca, inundado de zonas verdes, cafeterías y gente paseando.
En este lugar siempre hemos respirado una mezcla de historia y modernidad.
Es en una de esas calles donde localizo una hilera de casas del siglo XIX y principios del XX . La de color amarillo es la de Jenny.
Me apeo de la bicicleta y camino mientras la hago rodar. Me detengo al llegar al cuadrado de la alfombra de césped que preside el porche. El corazón se me acaba de acelerar y noto brotar el sudor en las palmas de las manos, que termino limpiándome en los pantalones.
«Vamos, tía, solo vas a visitar a una antigua amiga».
«Son cinco años, joder».
Y entre el ánimo de una parte y la resistencia de la otra, la puerta de la casa amarilla se abre.
De ella surge una chica de mi edad, con el pelo castaño liso y suelto.
Lleva unos vaqueros, un jersey blanco, un anorak y unas botas.
Unas llaves tintinean en sus manos, señal de que se dirige a la pick-up aparcada junto a la acera.
Y yo estoy en su camino. Por eso se detiene a unos pasos de mí.
Cuando alza la vista y me reconoce, sus ojos castaños y su boca se abren a la vez.
—¡Nora!
Jenny corre hacia mí y me da un abrazo que envuelve mi cuerpo y mi corazón. Inspiro para no emocionarme demasiado, aunque resulta difícil.
—Hola, Jenny —la saludo con una sonrisa.
—¡Tía, eres tú de verdad! —Me zarandea por los hombros—. ¡Cuánto tiempo!
—Unos cinco años. Desde lo de mi madre.
Recuerdo que mi amiga quiso visitarme en varias ocasiones, pero, durante aquellos días oscuros, no soportaba la presencia de nadie.
—Fue muy fuerte —comenta con pesar—. Me alegro un montón de que lo esté llevando tan bien.
—Sí, qué remedio.
Todavía no me salen muchas más palabras.
—¿Y qué haces por aquí?
—He venido con Evie a pasar el fin de semana con mis padres. Has salido en una conversación y… he acabado aquí.
—Estaría bien que nos pusiésemos al día, pero mi marido se ha dejado el teléfono en casa y lo necesita en el trabajo. Ahora iba a llevárselo.
—Me he enterado de que estás casada. Eso sí que es fuerte —río.
—Ya ves. —Se encoge con un mohín.
—Pues… nada, Jenny. Me ha encantado verte.
—¡Ven conmigo! —exclama de repente—. Después de cinco años no nos vamos a limitar a un saludo. ¡Acompáñame!
—¿Al trabajo de tu marido? —Arqueo una ceja.
—Pues claro. —Abre la camioneta con el mando a distancia y me señala la zona de carga—. Deja ahí tu bicicleta y sube. Nos iremos poniendo al día por el camino.
Hago lo que me dice y, tras ocupar el asiento del copiloto, Jenny arranca y comienza a circular por las calles de Southington. De inmediato, da pie a la conversación.
—Tus padres me contaron que te hiciste paramédica. Qué profesión tan chula.
—Cambios del destino, ya… sabes.
—Sí, tranquila. Hablaremos del pasado, pero solo de la parte buena. —Sonríe.
—Estoy de acuerdo —respondo aliviada—. Podrías empezar contándome cómo has acabado de vuelta en este pueblo.
—El destino, como tú has dicho. Mi marido y yo nos establecimos en Boston después de la universidad.
Yo había estudiado marketing y conseguí trabajo en una empresa de publicidad.
Él, que es un cerebrito, estudió matemáticas y daba clases en un instituto.
—Hace una pausa mientras deja pasar a unos cuantos peatones—.
Vinimos a Southington para el entierro de mi abuelo y me enteré de que me había dejado su casa. Soy su única nieta.
—Recuerdo a tu abuelo. Lo siento.
—Tranquila. El caso es que, cuando fuimos a ver la casa, antes de ponerla a la venta, mi marido y yo nos enamoramos de ella. Decidimos reformarla y quedarnos a vivir aquí.
—¿Y cómo lo hiciste para que un tío de Boston aceptara quedarse en este pueblo perdido?
—Él no es de Boston —señala divertida—. También es de aquí.
Me enderezo en el asiento.
—¡No fastidies! ¿Le conozco?
—Puede ser. —Se hace la interesante con una carcajada.
—¿Quién es?
—Ya veremos si le reconoces cuando le veas. —Me guiña un ojo.
—Vale, chica del marido misterioso —bromeo—. ¿Y qué me dices del tema laboral? ¿Cómo encontrasteis trabajo aquí?
—Mi empresa me propuso teletrabajar. Solo tengo que viajar a Boston para las reuniones trimestrales.
—¿Y tu chico secreto? ¿Encontró empleo de profesor?
—Sí —responde con orgullo—. Aunque unos amigos lo convencieron para que participara en una idea de negocio: actividades de ocio en el lago Crescent.
Miro a mi alrededor y descubro que hace rato que salimos de Southington. Reconozco el camino que lleva al lago, bordeado de abetos y helechos.
—Es un lugar protegido. ¿Qué actividades se pueden hacer aquí?
—Senderismo, acampada y paseos en bote. Siempre respetando las áreas cerradas para minimizar el trastorno a las plantas y los peces, algunos, únicos en el mundo.
—¿Y qué hace un cerebrito guiando a turistas por caminos o navegando en barca?
Jenny suelta una risotada.
—No te flipes, Nora. Solo lo hace cuando falta alguno de los chicos. Le contrataron como contable de la pequeña empresa.
Mi antigua amiga detiene el vehículo junto a uno de los accesos al lago.
Nos bajamos y seguimos un sendero hasta llegar al bonito puente de madera que atraviesa uno de los extremos.
Mientras atravesamos la pasarela, me embebo de la belleza del lugar que tantos recuerdos me trae.
El lago Crescent es famoso por sus aguas azules y cristalinas, algo que le debe a los bajos niveles de nitrógeno, que reprimen el crecimiento de algas.
Rodearse de esta inmensidad azul te hace sentir muy pequeña y muy afortunada al mismo tiempo.
—¡Mira, ahí están!
Jenny echa a correr en dirección a unas cabañas de madera que hay dispuestas a la orilla del lago. Una chica está amarrando un bote, un chico se dispone a colocarse una mochila a la espalda y otro acoge en sus brazos a mi amiga, que le besa con énfasis en la boca.
—Hola, cariño —le dice Jenny con alegría—. ¿Te acuerdas de Nora?
Observo al chico, no muy alto, con el cabello castaño rizado y una sonrisa afable que desprende ternura. Abro los ojos al máximo y me llevo las manos a la boca.
—¡No puede ser! —exclamo—. ¡Cory Peterson, el empollón!
El aludido tuerce la boca.
—El mismo —me dice.
Abrumada, respondo al abrazo que me da y percibo el calor en mis mejillas. Peterson era uno de los chavales del pueblo con los que nos metíamos a menudo mi grupo de «amigos» y yo. Siento la vergüenza como un peso que me clava al suelo y va enterrándome centímetro a centímetro.
—No pongas esa cara. —Cory sonríe—. La mayoría de los empollones pasan por algo parecido. Sobre todo, en los pueblos pequeños como este.
—Recuerda que yo también me reía de él en el instituto —apunta Jenny—. Luego coincidimos en Boston… y descubrí a un chico maravilloso que me enamoró a la media hora de nuestro reencuentro. —Dedica a su marido una de esas miradas que consiguen hacerte sentir que sobras tú y el mundo entero.
—El pasado quedó atrás —me dice Cory con voz suave—. Todos hemos hecho tonterías en la adolescencia.
—Algunos hicimos cosas peores que tonterías.
Momento de silencio incómodo.
—En fin, tengo que irme. —El chico le da un beso a su mujer y se despide de mí—. Me alegro de verte, Nora. Espero que nos visites más a menudo.
—Yo también lo espero.
Regreso con Jenny hasta la camioneta. Ninguna de las dos habla durante los primeros minutos. La primera en hacerlo es ella.
—Fueron malas compañías, Nora —me dice mientras conduce—. Por desgracia, no eres la primera ni serás la última que cree estar enamorada de un gilipollas.
—He intentado muchas veces arrancarme esa noche de mi memoria. —Apoyo la cabeza en la ventanilla y siento la frialdad del cristal en mi frente—. No puedo, Jenny. No puedo…
—Porque forma parte de ti —me dice, ya sin rastro de las risas o las bromas—. Eres la persona que eres por lo que has vivido. Somos el resultado de momentos, de vivencias, de decisiones, ya sean buenas o malas.
Las malditas malas decisiones.
—Si hubiera tenido un poco más de cabeza… Si no me hubiera juntado con aquella gente de mierda. Si le hubiese dado una patada en los huevos a aquel desgraciado la primera vez que me trató mal…
—Noticia de última hora —Jenny pone voz de locutora de informativo—: la vida no se puede rebobinar, y eso tiene su parte buena.
—¿Y cuál es esa parte?
—La vida en sí, Nora —me dice con suavidad—. Deja de pensar en los «si hubiera» y en Kyson Thomas.
—Ni lo menciones —gruño.
Jenny emite un bufido.
—¿Sabes qué? Voy a llevarte a un sitio.
Sin más explicación, se desvía del camino que lleva a mi barrio y se dirige a una de las calles del centro. Se detiene junto al bordillo y para el motor. Desde nuestra posición se puede ver el edificio del ayuntamiento y otro adyacente, el de la policía local.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunto.
—Esperar un rato.
Jenny saca de su bolso un paquete de gominolas con sabor a regaliz. Deposita unas cuantas en mi mano y se echa varias a la boca. Conecta después el reproductor de música. El aire se impregna del olor dulce de las golosinas y de las notas de The Fate of Ophelia , de Taylor Swift.
—¿Cuánto tiempo llevas casada? —Aprovecho la espera de lo que sea para saber más de su vida.
—Tres años —responde con la boca llena—. En cuanto terminamos la universidad, nos casamos.
—¿Cómo sabes que es la persona adecuada para dar un paso tan importante?
Se encoge de hombros.
—Se sabe. ¿Sales con alguien?
—¡No! —Fuerzo una mueca de asco—. Jamás volvería a confiar en un tío.
—¿En serio, Nora? —inquiere desconcertada—. ¿Por el imbécil de Kyson?
Suspiro y miro al frente a través del parabrisas.
—Por todo, Jenny.
—Todos los tíos no son Kyson Thomas. —Se lame el azúcar de los labios y se limpia las manos en los pantalones—.
Tus padres están casados y felices, y, por lo que tengo entendido, tu hermana, también.
No creo que el capullo de tu primer novio se merezca que no creas en el amor por su maldito recuerdo.
—No es eso…
«Sí es eso, guapa».
—¡Mira! —me interrumpe Jenny. Se endereza en el asiento y señala la calle con un gesto de la barbilla—. Ahí está.
—¿Quién…?
Me quedo boquiabierta cuando veo salir a un agente del edificio policial. Lleva un uniforme oscuro y la gorra reglamentaria y, aun así, logro reconocerle.
Es Kyson.
—No me jodas.
Para completar la surrealista visión, una mujer entra en escena.
Acaba de salir de un coche. Está embarazada.
Camina hacia Kyson y le da un beso en los labios.
Él le rodea los hombros con el brazo y la mira con ternura mientras ella le explica algo.
Después estallan en risas y desaparecen en el interior de las oficinas.
—¿Qué-coño-ha-sido-eso? —pregunto perpleja.
—Ya ves, tía. —Jenny arranca la camioneta y se incorpora al tráfico—. Hasta ese imbécil cree en el derecho a ser feliz y a las segundas oportunidades. Entretanto, tú tienes tanto miedo a que te hagan daño que te niegas a abrirle tu corazón a nadie.
Me siento como si acabaran de pillarme robando: desnuda, vulnerable, asustada. También como si, de pronto, alguien me hubiese arrancado una gruesa cadena que me protegía el pecho.
«Proteger no es lo mismo que cerrar bajo llave», pienso.
Ahora puedo respirar.
—Deberías haber sido psicóloga —bromeo con Jenny, todavía aturdida por las vueltas que me sigue dando el cerebro.
—Solo he aconsejado a una amiga. —Me sonríe—. ¿Qué has sentido al ver a Kyson?
Mis vías respiratorias se han despejado tanto que la euforia se apodera de mí. Y río. Río tan fuerte que me retuerzo contra la tapicería de la camioneta.
—¡Nada! —me carcajeo—. ¡Absolutamente nada!
—¿Ni siquiera odio?
—¡No! —Una risotada se convierte en una especie de quejido que se atasca en mi garganta—. Nada, Jenny —repito asombrada—. Como si hubiese visto a un desconocido.
—¡A la mierda Kyson Thomas! —grita la chica.
—¡A la mierda!
Otro pedacito de felicidad: reír con una amiga y comportarse como si volviéramos a ser unas adolescentes.
—¡Es poli, tía! —me carcajeo de nuevo—. ¡Kyson es un maldito poli! ¡¿Puede haber algo más absurdo?!
—¡Y va a ser padre! —Los ojos castaños de Jenny se llenan de lágrimas de risa—. ¿Te lo imaginas?
—¿A quién? —Me limpio la humedad de las pestañas con el dorso de la mano y finjo un ceño fruncido de ignorancia—. ¡No sé de quién me hablas!
Y vuelta a reír.
Cuando llegamos a casa de mis padres, salimos del vehículo y bajamos mi bicicleta de la caja de carga. Jenny y yo nos abrazamos.
—Llámame, porfa —me pide—. Y ven más a menudo.
—Tú también estás invitada a mi diminuto apartamento de Nueva York. —Agarro las manos de mi amiga—. Gracias, Jenny.
—¿Por qué? —Sonríe.
—Por no guardarme rencor.
Ella me dedica una sonrisa y un apretón de manos.
—El rencor no sirve para nada. Prefiero guardar otras cosas.