Si finjo que te quiero 16. Nora
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16. Nora

Nora

Ya he guardado mi ropa y mis cosas en una maleta y una bolsa de viaje. Solo me queda pillar desprevenido a Harold para meterlo en el trasportín.

—Deja, yo me encargo.

Max rodea con sus manos el cuerpo rechoncho del gato y lo eleva a la altura de su rostro.

—Adiós, amigo. Creo que, a pesar de mi desconocimiento sobre felinos, nos hemos llevado bastante bien. ¿No te parece?

El inglés roza con su nariz la cabecita de Harold, que responde con unos cuantos lengüetazos, y aprovecha la distracción para introducirlo en el trasportín y cerrar los seguros. Cojo la caja con una mano y hago rodar la maleta con la otra. Me detengo al llegar al vestíbulo.

—Bueno, pues… ya estoy —le digo a Max—. A pesar de los altibajos y las sorpresas, espero haberte ayudado de alguna forma.

—Sí, me has ayudado. Y te agradezco la decisión que tomaste para que pudiera pasar más días con mis padres. Gracias, Nora.

—De nada. —Mis dedos tropiezan con el asa de la maleta y estoy a punto de tirarla. En el movimiento, el trasportín se balancea y Max lo acoge entre sus manos para que no acabe cayendo al suelo. Oímos el bufido de Harold—. Vaya lío me he hecho con las manos —le digo con una risilla nerviosa.

La culpa es del estirado, que se ha acercado demasiado y ha colocado su rostro a un palmo del mío.

Como he preferido dejar de mirar sus ojos y su boca, he bajado la cabeza, pero ha resultado todavía peor.

Max se desprendió hace un rato de la americana y de la corbata, se quedó en mangas de camisa y se desabrochó los primeros botones, por lo que mi panorama en este momento es el triángulo de piel morena de su pecho.

Y su cuello. Y parte de su mandíbula. Inspiro con fuerza, y mis fosas nasales se colman del rico aroma de su colonia, como si pretendiese llevármelo conmigo.

Las vistas y el olor forman una mezcla que termina en mi torrente sanguíneo.

Noto como el calor se expande por mis venas, y solo soy capaz de pensar en abrirle la camisa de un tirón, acercar la lengua a su piel y lamerle la garganta, el pecho, los pezones.

Imagino que mis manos le arrancan el cinturón, le bajan los pantalones y la ropa interior, que caigo de rodillas frente a él y hundo el rostro en su entrepierna…

Un nuevo maullido de Harold me devuelve a la realidad. En mitad de un parpadeo, compruebo que Max me está mirando la boca. Percibo su respiración acelerada, que va al compás de la mía. Me apetece tanto besarle que me duelen los labios. Me gustaría tanto tocarle que me hormiguean los dedos.

«¿Y luego qué, Nora? ¿Otro polvo? ¿Y después?».

Me aclaro la voz.

—¿Quieres que vaya a despedir a tus padres al aeropuerto?

—Como quieras. —Max encoge un hombro—. Les quedará el recuerdo de la velada de hoy, que ha sido muy agradable. No es necesario si tienes que reincorporarte el trabajo.

—Claro. El lunes comenzamos ya con nuestras rutinas habituales.

—Eso espero —me dice.

Abre la puerta de entrada. Captado. Es hora de irme.

—Que te vaya bien con tu caso —le digo con una sonrisa para restarle seriedad—. Y recuerda, inglés: eres un buen tío. No hagas nada de lo que puedas arrepentirte algún día.

No obtengo respuesta, aunque no me pasa desapercibida la sombra que cruza sus bonitos iris de plata.

***

Hay momentos que son felicidad pura.

Es una frase bonita. Lo malo es que, la mayoría de las veces, no reconocemos ese maravilloso estado de grata satisfacción. Vivimos ese momento sin ser conscientes de lo felices que nos está haciendo.

Ahora mismo, por ejemplo, voy montada en un coche, algo que está bien.

Le añades que voy en dirección al pueblo de mi infancia, donde residen mis padres, y está mejor.

Sumamos que la que conduce es Evie, mi hermana mayor, que ríe mientras canta Wherever you will go , de The Calling, que nos encantaba hace un montón de años.

La cosa promete. Además, voy tumbada en el asiento del acompañante, con los pies sobre la guantera, haciendo los coros y riendo a carcajadas.

Como colofón, miro el asiento trasero, donde, sujeto con el cinturón, se encuentra el trasportín que lleva a Harold.

Alargo un brazo hacia atrás y acaricio uno de sus bigotes, que se ha colado por la rejilla.

—Pronto llegamos, gordito.

Todo es perfecto. O casi, si debemos suponer que la felicidad completa no existe. Aun así, vivo la bonita escena, como he dicho antes, sin ser consciente de la dicha que me está proporcionando. Quizá algún día, al recordarla, piense: «Qué feliz fui en aquel momento».

Después de destrozar unas cuantas canciones, las dos nos relajamos y disfrutamos del paisaje.

Pasamos por bonitos pueblos costeros y nos adentramos en los bosques de Nueva Inglaterra.

Southington está a menos de tres horas en coche desde Nueva York, y, sin embargo, parece que nos hayamos transportado a miles de kilómetros.

El aire que entra por las ventanillas huele a bosque, a montañas, a lagos. Se respira paz, naturaleza e historia.

—¿En qué piensas? —me pregunta Evie. Ante nosotras aparecen ya los árboles teñidos de rojo, ocre y naranja que bordean el lago Crescent.

—Hasta ahora, en nada —suspiro—. Pero nos vamos acercando a casa. El nudo se va apretando y la despreocupación y la alegría se convierten en almendras amargas difíciles de tragar.

—Ver a mamá y a papá debería hacerte sentir bien. —Evie me mira de reojo, sin perder de vista la carretera que desemboca en Southington—. Ellos están ahí, Nora. Podríamos haber perdido a uno de ellos, incluso a los dos. Y nosotras los tenemos, hermanita. Seguimos teniendo a nuestros padres.

—Lo sé. —Se me quiebra la voz e inspiro con fuerza.

—A mí también me entran ganas de llorar. —Evie me cubre la mano que descansa en mi pierna y me la presiona con suavidad—. Pero no debemos, Nora. Ellos necesitan ver que ha merecido la pena.

Enlazo mis dedos con los de mi hermana, atraigo su mano hasta mi boca y le beso los nudillos.

—Me encanta tener una hermana mayor que da consejos de lo más filosóficos. —Río para desprenderme de la tristeza.

—Te encantaba tener una hermana mayor para sacarla de quicio —bromea.

—Qué molesto debía de ser tener a una niña pelirroja de lo más pesada, siempre enganchada a ti.

—Me gustaba tenerte pegada a mí. —Evie me mira con ternura—. Me gusta que sigas cerca de mí.

***

Solo hace cinco años que dejé de vivir en esta casa, pero regresar a ella me produce un cúmulo de emociones, una mezcla de tristeza, de alegría y de nostalgia.

Evie y yo bajamos del coche con Harold. Como tantas veces hicimos en el pasado, rodeamos la vivienda por el pasillo lateral que separa nuestra propiedad de la del vecino de al lado.

Al llegar a la esquina, nos asomamos al jardín trasero y, como ya esperábamos, divisamos a los Ross.

Mi padre lee un libro en el porche, sentado en un balancín que hace mover impulsándose con los pies.

Mi madre, con un sombrero para protegerse del sol y unos guantes, poda los rosales trepadores y, con algunos trozos, va formando un ramo que deposita en un cubo con agua.

A pesar de no poder levantarse de una silla de ruedas.

De nuevo la impotencia. De nuevo la culpabilidad. Menos mal que Evie me coge de la mano y me da instrucciones en voz baja.

—Vamos, Nora. A la de tres, nos plantamos en el jardín.

Asiento y dejo el trasportín en el suelo.

—Una, dos y…

—¡Sorpresa! —gritamos las dos a la vez.

Papá suelta el libro y se pone en pie de inmediato. A mamá se le caen las tijeras de las manos y se vuelve a nosotras.

—¡Las niñas! —gritan los dos a la vez.

Como en una coreografía que nos sabemos de memoria, Evie corre hasta mi madre, se deja caer en su regazo y la abraza. Yo me dirijo a mi padre y me dejo envolver por sus cálidos brazos. Papá sigue oliendo a bosque, a calma, a la seguridad que te ofrece un superhéroe que no necesita capa.

—Mi pequeña. —Me acaricia la trenza, me besa en la frente y después me sujeta por los hombros—. Déjame verte. —Me mira con la ternura que solo puede ofrecerte un padre—. Estás preciosa.

—Y tú estás cada día más joven. —Sonrío.

Papá es de esas personas que tienen la suerte de que el sufrimiento no pueda con ellas. Siempre trató de ser positivo, y, supongo que gracias a eso, su espeso cabello blanco sigue poblando su cabeza y su piel se resiste a las arrugas.

Él también sonríe antes de que Evie me sustituya en el abrazo. Me dirijo a mi madre, me arrodillo ante ella y hundo el rostro en su pecho. Inspiro con fuerza el olor a tierra de su jersey al tiempo que dejo que me acoja en su cuerpo y deposite una miríada de besos en mi pelo.

—Mi niña —me susurra—. Mi niña.

Me aparto un instante para mirarla, pero no logro verla con nitidez…, porque no he podido controlar las finas lágrimas que se me han acabado desbordando. Sin embargo, mamá no comenta nada al respecto. Se quita un guante y me limpia la humedad con los dedos.

—¿Qué tal el trabajo? —me pregunta.

—Bien. —Encojo los hombros—. Como siempre.

—Encontraste tu vocación —me dice con una sonrisa—. Dicen que todo ocurre por algo.

—Mamá…

Ella corta la conversación mirando por encima de mi cabeza.

—¡Has traído a Harold!

—Sí. —Sonrío—. No me gusta dejarlo solo más de un día.

—Pues vayamos dentro. Así puedes dejarlo suelto y, ya de paso, nos ayudáis a preparar la comida.

—¡Voy a por las bolsas! —grita Evie.

Empujo la silla de ruedas y accedemos a la cocina por la entrada trasera.

Detrás de nosotras, papá nos sigue con Harold.

Nada más entrar, cerramos la puerta y deslizamos la rejilla del trasportín para que el gato pueda salir.

El felino titubea un instante, pero parece reconocer el terreno por las veces que ha venido.

Sale, olisquea el sofá y, un instante después, ya está enroscado sobre un cojín.

Todos reímos y vuelvo a vivir uno de esos momentos en los que hallaré la felicidad cuando piense en ellos.

***

Después de comer, nos acomodamos los cuatro en los sofás del salón. Mamá, como tantas veces, ha sacado un álbum de fotos. Pasa las páginas con el rostro iluminado cada vez que Evie o yo somos las protagonistas.

Siempre creímos que verse a sí misma cuando podía andar debería ser algo que deprimiera a mi madre. No ha sido así. Llegó un día a la conclusión de que días tristes mirando al pasado equivalían a días perdidos. Y de que hay que vivir y aprovechar.

—Menuda cara de pilla tenías de pequeña —comenta Evie—. Con tus trenzas pelirrojas y las pecas estabas para comerte.

—¿Seguro que no estáis arrepentidos de no haberme comido? —bromeo.

—¡Si eras la alegría de la casa! —Mi padre ríe.

—Pero Evie era tan buena… —suspiro.

—Y aburrida. —Mi hermana compone una mueca—. Creo que por eso nos hemos complementado tan bien. —Se le ilumina la mirada de repente—. Rhys me dijo a los diecisiete años que ser tan diferentes nos hacía encajar mejor. Como una figura cóncava y otra convexa.

—Ya nos has atufado a todos con tus corazoncitos por el aire. —Elevo los ojos al techo—. Tanto amor nos empalaga.

—La pena es que tú todavía no sepas qué es eso —se defiende.

Arrugo los labios.

—Ni ganas.

«¿Estás segura, Nora?».

Dejamos atrás nuestra etapa infantil y la adolescencia de Evie y me tenso cuando empiezan a aparecer imágenes de mi época de instituto. Respiro un poco al descubrir los recuadros blancos que delatan la ausencia de algunas fotografías.

—Supongo que arrancaste al niñato tóxico aquel —gruño.

—Kyson fue una mala influencia para ti —asegura mi madre—. Parece ser que actualmente…

—No —la corto—. Ni se te ocurra contarme nada de ese tío. Aunque se haya hecho monje tibetano.

—Estoy de acuerdo —me apoya mi padre.

De las pocas fotografías que se conservan de esa época, hay varias en las que salgo con Jenny, mi mejor amiga de entonces. La chica que acabó hastiada de mí y de mis gilipolleces.

—Pobre Jenny —suspiro—. Desprecié nuestra amistad por culpa de un imbécil, borracho y porrero.

—¿Sabías que ahora vive aquí? —comenta mi madre—. Nos la encontramos hace unas semanas en la panadería. Nos contó que, después de sus estudios, se quedó un tiempo en Boston, pero que, al morir su abuelo y dejarle una casa en herencia, ella y su marido decidieron establecerse en Southington.

—¿Está casada? —pregunto incrédula.

—Eso nos dijo. —Mamá mira la hora en el reloj de pared—. ¿Por qué no vas a visitarla? Tengo sus señas.

El desconcierto me obliga a parpadear.

—No creo ni que se acuerde de mí.

—¡Claro que sí! —exclama mi padre—. Nos preguntó por ti.

Una oleada de nostalgia me eriza la piel.

—Seguro que no quiere ni verme.

—No haces más que suposiciones —interviene Evie—. Si la visitaras, saldrías de dudas.

Me muerdo el labio inferior. Me apetece muchísimo verla…, y me muero de miedo al mismo tiempo.

¿Y si me manda a la mierda?

Miro a mi familia. Me apena irme al poco de haber venido.

—Anda, ve. —Mi hermana se pone en pie, me aferra un brazo y me levanta del sofá—. Así me queda más sitio para tumbarme —bromea.

—Claro que sí, cielo —me anima papá—. Podrías coger mi bicicleta. Así, de paso, te das una vuelta por el pueblo.

Les hago caso y, con un vacío en el estómago, me dispongo a reencontrarme con una parte de mi pasado.