15. Nora #2
—Quería decir unas palabras —dice de manera solemne al tiempo que alza su copa—.
En primer lugar, quiero agradecerle a mi sobrino que nos haya alimentado tan bien —todos reímos—, además de su hospitalidad y la de su encantadora mujer.
—Los señala con un gesto de la cabeza, y los aludidos sonríen con afecto—.
En segundo lugar, mi agradecimiento es para la joven pelirroja que ya considero de mi familia.
—Me quedo perpleja al recibir el impacto de cinco pares de ojos—.
Mi querida Nora: quizá no llegues a casarte con mi hijo, aunque espero que os lo replanteéis para hacer felices a un par de viejos.
—Un silencio incómodo espesa el aire—. Lo que de verdad importa es que le has robado el corazón a Max, algo que entiendo perfectamente, porque también te has ganado el nuestro.
—A pesar de que mi hijo lleve ahora sus ropas llenas de pelos de gato.
El comentario de Emily nos saca una sonrisa y hace que Max se sacuda el traje con una mueca torcida. El ambiente se relaja un poco, aunque yo sigo notando un nudo en el pecho.
—Y, por último —prosigue George—, me gustaría felicitar a mi único hijo.
—Percibo la expectación de Max. Sin pensarlo, aferro la mano que tiene sobre la pierna y enlazo mis dedos con los suyos.
Él, seguro que de forma instintiva, acepta mi presión.
Por suerte, nadie se percata del gesto que tiene lugar al amparo de la mesa—.
Max —le dice—: no soy hombre de halagos, tú lo sabes bien, pero, si hay alguien que de verdad los merece, ese eres tú.
Por tu esfuerzo y tus convicciones te has convertido en un hombre del que estamos muy orgullosos.
—El inglés me aprieta la mano más fuerte—.
Ahora solo nos queda verte feliz con la mujer que tienes a tu lado.
Durante unos segundos nadie habla, como si, de repente, todos nos hubiésemos sentido envueltos por una capa de sentimientos demasiado intensos. Le agradezco a mi cuñado que sea el más espontáneo.
—¡Un brindis! —exclama al tiempo que nos hace un gesto para que nos pongamos en pie—. Por la familia —dice con un deje de emoción en su voz.
—¡Por la familia! —repetimos todos al unísono.
Tras los choques de las copas y los tragos de rigor, Max es el primero en moverse. Se acerca a su padre y le da un abrazo, aunque no de una forma demasiado efusiva. Pongo los ojos en blanco. Son hombres y son ingleses, qué le vamos a hacer.
—Espero que no hayas soltado ese rollo porque tenga novia y más probabilidades de casarme —le dice Max al hombre en tono de broma.
—No —el señor Middleton ríe—, aunque debo reconocer que la presencia de Nora ha ayudado. Saber que una mujer como ella te acompañará en el duro camino de la vida me deja un poco más tranquilo.
El hombre pretende que su tono sea bromista, pero resulta una tarea bastante difícil para el anciano inglés.
—Yo también lo creo —interviene Emily con una sonrisilla que choca con su rostro altivo—. Así que espero algún gesto de mi hijo. —Ladea la cabeza. Max lo entiende, porque le da un beso en la mejilla a su madre, que asiente satisfecha.
—Gracias, mamá.
—Anda —dice ella—, deja de besuquear a tus padres y dale un beso a Nora. Seguro que te resulta bastante más agradable.
Si se pudiera medir la tensión que hay ahora mismo en el ambiente, la aguja saldría disparada.
—Ya me los da —replico con una sonrisa forzada—, no se preocupe.
—Vamos, vamos —insiste la mujer—. No nos vamos a escandalizar. Ya os hemos visto besaros.
Capto de reojo las miradas confundidas de mi hermana y su marido.
Joder. En qué momento se me ocurriría a mí besar a Max delante de sus padres.
Rhys, con un gesto travieso, aprovecha la situación para pinchar a su primo.
—Aquí no se escandaliza nadie —dice irónico—. No te cortes, Max, y besa a mi cuñada… y prima.
Advierto el sutil codazo que le asesta Evie en las costillas.
El inglés inspira con fuerza y clava en mí su mirada de plata. En sus ojos soy capaz de leer: «No pasa nada. Nos damos un beso rápido y ya está. ¿Qué problema hay?».
Me da rabia. No sé por qué, pero ese pensamiento me enfurece. Me hace sentir un mero trámite; como si besarme a mí fuera lo mismo que besar un ladrillo. Por eso, aunque sé que luego tendré que darles un montón de explicaciones a Evie y a Rhys, muestro una sonrisa de lo más dulce.
—No esperes que esta vez te bese yo —le digo batiendo las pestañas—. Quítate la vergüenza y bésame tú.
Ahora no leo resignación en sus ojos, sino «¿Qué diablos estás haciendo, loca?».
Me da igual. Que se fastidie. Que no hubiese montado este paripé ni engañado a ese par de ancianos, que, por muy estirados que sean, son sus puñeteros padres.
Max parece debatirse consigo mismo. Creo que lucha entre el impulso de besarme para evitar problemas y el de contarlo todo.
Espero, expectante. Por fin resuelve su pelea interna y gana la parte que no quiere desilusionar a sus padres.
Lo sé porque se acerca y se planta ante mí.
Después de lanzarme un arsenal de rayos por los ojos y de prometerme sin palabras algún tipo de tortura china, me rodea la nuca con una mano y tira de mi cabeza para que mi boca impacte con la suya.
Y cuando espero que vaya a retirarse porque se suponía que sería un beso rápido, el rancio y estirado Max Middleton me abre los labios e introduce la lengua en mi boca.
Delante de sus padres; delante de todos.
Y lo más bochornoso del caso es que no solo no me aparto, sino que acepto su lengua y la enredo con la mía.
La sensación es tan abrumadora que temo trastabillar y me aferro a su chaqueta para sujetarme.
Me olvido del público y de la furia contra él.
Solo quiero seguir saboreando a Max en el beso más alucinante que hemos compartido.
Lo mismo soy de esas raritas a las que les gusta que las miren…
Ese último pensamiento me pone los pies en la tierra. Recupero la cordura y recuerdo quién debe de estar mirándonos con la boca abierta. Aunque, para bocas abiertas, la mía y la de Max, que intentan recuperar el aire a bocanadas cuando interrumpo el beso.
En mitad del silencio, nuestras respiraciones agitadas suenan como motores de tractor. Nuestras miradas siguen enredadas y destilan una mezcla de ira, deseo y aturdimiento.
Evie es la primera en hablar, aunque su voz tenga el timbre de un pito.
—Bueeeno, chicos. ¿Qué os parece si me ayudáis a quitar la mesa? Así podríamos sentarnos un rato en el sofá, ver un partido, tomar un licorcito sin alcohol…
Ni Max ni yo nos movemos. Seguimos enzarzados en una guerra de miradas que termina en cuanto Evie agarra del brazo a su primo.
—Todos —dice con énfasis, mirándome también a mí—. Todos, menos tío George y tía Emily, van a venir ahora mismo a ayudarnos.
Despertamos del trance al percibir la furia en el tono de mi hermana. Recogemos platos y copas de la mesa y seguimos a Evie hasta la cocina. Dejamos los cacharros en el fregadero y oímos el sonido seco de la puerta al cerrarse.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —pregunta Evie sin levantar la voz, pero con un alto grado de cabreo.
—Nada. —Me encojo de hombros—. Nada más allá de fingir que somos pareja.
—¿No lo estáis llevando demasiado lejos? —pregunta Rhys—. Está siendo divertido de narices, no me malinterpretéis, pero me preocupan mis tíos, que son tus padres, primo.
Max se frota la nuca.
—Parece que a nuestro querido primo se le ha acabado la cordura —gruñe Evie—. Por Dios, Max. Se supone que eres un caballero, prudente, sensato…
—El correcto caballero no lo es tanto —le dice cortante—. Tengo mis debilidades, Evie.
—Las cuales prefieres no mostrar —le acusa—, no vaya a ser que alguien descubra que no eres perfecto.
—Nadie piensa que lo sea —gruñe.
—¡Pues claro que no! —exclama mi hermana—. ¡Eres tú el que pretende serlo!
—¿A qué viene esto, Evie? —se queja Max—. No necesito lecciones de moral. Sé perfectamente que lo que estoy haciendo está mal. Solo quiero evitar unas cuantas discusiones con mis padres. Nada más grave que eso.
—Por cierto —interviene Rhys—. Tía Emily ha mencionado que ya os ha visto besaros. —Muestra una sonrisilla diabólica—. Qué bien lo estáis fingiendo, ¿no?
—Cállate, Rhys —refunfuña mi hermana—. Estamos hablando de cosas más importantes que de besos.
—¿Tú has visto el que acaban de darse? ¡Un poco más y se absorben el uno al otro!
La carcajada me sale sola. Mi cuñado siempre me ha hecho reír. Aunque parece que a su primo no le ha gustado nada la observación.
—Solo ha sido un maldito beso —dice el inglés—. ¿Queréis dejar de darle vueltas?
—Tiene razón. —Si quiero que esta conversación acabe, será mejor que le defienda—.
No tiene importancia. Mañana me iré a Southington, y Max podrá compartir tiempo con sus padres sin que el foco esté puesto en su novia.
El lunes se marcharán, dejaremos pasar unos días y, cuando a vuestro primo le parezca bien, les dirá que hemos roto, y asunto resuelto.
Max se frota los ojos con un gesto que empiezo a conocer. Lo hace cuando está agobiado o algo se escapa a su control.
—Más o menos —responde.
Evie exhala un suspiro.
—No sé lo que está pasando entre vosotros, pero creo que la idea de que Nora regrese a su casa me parece la más sensata.
—¡¿Qué demonios va a pasar entre nosotros?! —Max levanta las manos en clara exasperación.
Uy, uy, cómo me cabrea que se ponga así de chulito, como si su muy británico culo fuera demasiado bueno para mí.
—¡¿Con este rancio?! —exploto—. ¡Vamos, hombre! Os recuerdo que, cuando yo nací, él ya perseguía chicas por el instituto. ¡Y viste más anticuado que mi padre!
—Y huelo a té y naftalina —apostilla Max—. Tranquila, pelirroja salvaje. Ni se me ocurriría fijarme en alguien que va dejando su ropa por todas partes y no es capaz ni de retirar los pelos del desagüe.
—¡Claro que los quito!
—Vertí desatascador porque me apetecía —suelta con ironía.
—Si me lo hubieses dicho a mí, lo habría desmontado. —Cruzo los brazos en un rápido movimiento.
—No, gracias. No tengo claro que el seguro cubra las inundaciones por negligencia.
—¡Vale! —Evie se interpone entre nosotros—.
Tus padres os pueden oír. —Suspira—. Esto era lo que temía, que este embrollo os desgastara y empezarais a llevaros tan mal como cuando os conocisteis.
—Mi hermana me mira—. Ya le he enviado un correo a mi asistente en el que le aviso de la cancelación de la reunión.
Voy ahora mismo a prepararme una pequeña maleta.
—¡Perfecto! —Doy un saltito y miro al inglés—. Respira tranquilo, rancio. En un rato habré sacado mis cosas de tu casa y me habré marchado a la mía. Mañana tengo que madrugar.
—Ya. —Max bufa—. Con lo mucho que lo odias.
Entre gruñidos, el estirado sale de la cocina y Evie le sigue. Cuando voy a hacer lo mismo, Rhys me rodea el brazo con sus largos dedos.
—¿Me estoy perdiendo algo, cuñada?
—¿A qué te refieres?
—No te hagas la sueca —protesta—. Evie sigue siendo un poco inocente, pero yo no os he quitado ojo a mi primo y a ti. Me da la sensación de que ha pasado algo entre vosotros…, y no me refiero a una discusión.
Le miro con desconcierto. ¿Acaso llevamos escrito en la cara que nos hayamos acostado?
—Sigo sin entenderte, Rhys. Acabo de decir que sería imposible, que el rancio de Max es…
—Sí, sí —me interrumpe—. Muy viejo para ti y blablablá. Lo he oído.
Se pasa la mano por el mentón, frunce el ceño y me escruta con sus vivaces ojos castaños.
—¿Algo que decirme, cuñadito?
—No. —Desvía la mirada a la puerta y luego a mí—. Supongo que no.