Si finjo que te quiero 15. Nora
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15. Nora

Nora

Evie es la encargada de hacernos pasar al interior de su apartamento, el mismo que compartió con Rhys cuando tuvieron que fingir que seguían felizmente casados.

En esta familia deberíamos habernos dedicado a la interpretación.

Soy la última en acceder al vestíbulo, y, cuando mi hermana cierra la puerta y me quedo a solas con ella, la rodeo con mis brazos, tan fuerte que acabo achuchándola contra mí.

—Eh, hermanita —me dice dentro del abrazo—. ¿Todo bien con Max? ¿Habéis tenido algún problema? Si es así, voy ahora mismo y le suelto que…

—No, no —la corto al separarme—. No ha pasado nada con él. Sencillamente, ya son muchos días con este lío. Hemos decidido que ya no es necesario que sigamos compartiendo piso, así que me voy este fin de semana a Southington.

—Eso es estupendo. —Sonríe y me aparta de la cara un mechón rebelde que se ha escapado de la coleta.

Vuelvo a abrazarla.

—Perdona. Estoy un poco blandita. Supongo que me pasa cada vez que sé que voy a ver a mamá.

—Te irá bien —me dice antes de darme un beso en la mejilla.

Juro que nunca se me había formado semejante nudo en el pecho al mirar a mi hermana.

Estar con ella es seguridad, es tranquilidad, es casa.

Al contemplar sus grandes ojos azules y su perfecta piel clara, es imposible no rememorar momentos de mi infancia en los que me dedicaba a perseguir y espiar a mi hermana mayor.

Reconozco que yo era bastante pesada y preguntona, sobre todo cuando Evie empezó a salir con Rhys.

Me fascinaba mirarla, ya fuera mientras se arreglaba o, simplemente, cuando estudiaba concentrada pensando en ser una buena abogada.

Yo no quería hacer las mismas cosas que Evie, aunque sí me hubiese gustado ser tan buena persona como ella.

Para mi vergüenza, no lo fui. Me junté con quien no debía y acabé siendo alguien que no quería.

—Oye —le digo cuando me coge de la mano para llevarme dentro—, ¿por qué no te vienes conmigo?

—¿A Southington? —inquiere perpleja.

—Sí, anda. —Frunzo los labios y le hago morritos—. Va, porfa, porfa, porfa, hermanita. ¿Cuánto tiempo hace que no nos presentamos juntas en casa de papá y mamá?

—Seguro que les haría ilusión. —Se muerde el labio inferior—. Tendría que posponer la reunión del sábado y reorganizar mi agenda del lunes. Lo consultaré con Naomi.

—¡Venga ya! —me quejo—. No tienes que trabajar todos los días. ¡Regálate un poco de tiempo!

—Qué morro tienes. —Pone los brazos en jarras—. Estás haciendo que parezca por mí y no por ti.

—¡Fin de semana de hermanas! —exclamo entre risas. Me agarro al brazo de Evie y accedemos al comedor, donde el resto conversa mientras picotea las delicias gourmet que ha servido mi cuñado.

—¿A qué vienen esas risas? —pregunta Rhys.

Me lanzo sobre los hombros del marido de mi hermana, le abrazo y le doy un sonoro beso en la mejilla.

—Voy a robarte a tu mujer este fin de semana.

—No es una pregunta. —Arquea una de sus rubias cejas.

—Por supuesto que no. —Río—. Me la llevo a Southington.

—Eso es genial. —Rhys se acerca a Evie y la besa en los labios—. A tus padres les habrá hecho ilusión la noticia.

—Es una sorpresa —le digo con expresión sibilina.

—Mi pequeña pelirroja sigue igual de traviesa. —Mi cuñado me da un beso en la mejilla que me calienta el corazón. Después de odiarle durante cuatro años, vuelvo a quererle tanto como cuando, siendo una cría, descubrí lo mucho que amaba a mi hermana. Antes de que nos mintiera. Antes de que se fuera.

Observo de reojo a Max, que parece relajado mientras yo no dejo de reír.

Menos mal. Pensaba que sería una velada de lo más tensa, y la idea que he tenido de viajar con Evie la ha salvado.

Estoy tan contenta que me acerco a George con una sonrisa resplandeciente.

Incluso le doy un leve beso en la mejilla.

Él parpadea algo turbado. El pobre hombre está poco acostumbrado al contacto físico.

—Te veo muy contenta, querida.

Emily me saluda con su forma habitual, acercando una mejilla a la mía. Como me pilla con tanta energía, le doy un abrazo. De más está decir que se sorprende tanto como su marido.

¡Ya no me acordaba! ¡Tengo que excusarme con los Middleton!

—Ay, Emily. —Le cojo las manos—. Lamento decirles que tengo que marcharme mañana por la mañana. He hablado con mi madre y la he notado un poco tristona. Así que he decidido acercarme y le he pedido a Evie que me acompañe.

—Espero que se encuentre bien —me desea la mujer—.

No te preocupes por nosotros, Nora, y hazle esa visita a tu madre.

Max ha prometido llevarnos a un par de museos, y el resto del tiempo lo pasaremos tranquilamente en vuestro apartamento, aprovechando momentos en familia hasta que nuestro querido hijo decida visitarnos algún día.

Max reacciona con una mueca a la pulla de su madre, y después encuentra mis ojos, que también le estaban buscando.

En silencio nos decimos que será mejor que deje todavía algunas cosas en su casa para que quede algún rastro de mi presencia.

Un cepillo de dientes y algunos productos de aseo servirán.

—Gracias, Emily —le digo a la mujer.

Salgo del comedor y me acerco al despacho de Evie, donde sé que me voy a encontrar a quien ando buscando. Efectivamente, localizo a Vanessa, la gata que adoptó Rhys, enroscada sobre la silla de mi hermana. Me inclino ante ella.

—Hola, bonita mía. —La acaricio y le doy un beso en la cabecita—. Te han desterrado aquí por las visitas, ¿verdad? Con lo bien que estarías tú en el sofá…

Un carraspeo hace que me dé la vuelta. Me encuentro al padre de Max en la puerta con expresión algo contrita.

—¿Puedo hablar contigo un momento? —me pregunta.

—Claro, señor Middleton. Dígame.

El hombre se saca una cuartilla doblada del bolsillo interior de su chaqueta de tweed . Lleva también un pequeño bolso cruzado y extrae de él un par de frascos de pastillas.

—Mi enfermera me apuntó aquí la medicación. La he llamado tantas veces para preguntarle mis dudas que ya no quiero molestarla más. Esperaba que tú pudieras ayudarme.

—Por supuesto, señor…

—Llámame George. —Se aclara la voz y me tiende el papel y los dos botes—. No estoy seguro de si puedo tomarlas juntas, y tampoco tengo claras las tomas.

Reconozco los medicamentos: uno es para la tensión, y el otro para la circulación sanguínea.

Compruebo las etiquetas. Advierto que la letra es pequeña, y además están borrosas.

Después le doy un repaso a la lista, donde todo está bien detallado, hecho que pierde valor si no puedes relacionar los nombres con las medicinas.

—En primer lugar, sí puede tomárselas juntas. Y pierda cuidado. Le puede enchufar varias pastillas de golpe a su cuerpo. El organismo se encarga de llevar cada una a su sitio.

—Entiendo.

—Y para que le resulte más fácil, vamos a hacer una cosa.

Busco en los cajones del escritorio de Evie hasta localizar etiquetas adhesivas y un rotulador permanente. En dos de las etiquetas apunto 1-AYUNAS y después pego cada una en un bote.

—Aquí tiene, George. —Le entrego los medicamentos—. Bien grande y con tinta indeleble para que no se le pueda borrar. Así recordará que es una toma al levantarse.

—Gracias, Nora. —El señor Middleton lo comprueba, asiente satisfecho y guarda los frascos.

Después cruza las manos a la espalda y se mantiene derecho, como si deseara recuperar la seriedad y el porte que haya podido arrancarle la vulnerabilidad que me ha mostrado.

Aun así, percibo un brillo poco frecuente en sus ojos grises, como una emoción contenida.

Hay personas que no pueden, o no saben, expresar sentimientos, aunque no por ello debemos calificarlas de insensibles.

Que no los muestren no significa que no los sientan.

—No hay de qué, George —le respondo con una sonrisa.

Salimos del despacho y nos unimos al resto de la familia, que ya está dispuesta alrededor de una mesa llena de las exquisiteces que ha cocinado Rhys.

Tengo a Max al lado izquierdo, y mantengo el cuello vuelto al derecho para escuchar la conversación banal de su madre. La verdad, el inglés y yo nos evitamos.

—Por Dios, Rhys —le digo a mi cuñado cuando pruebo el postre que nos ha servido—: este tiramisú está de muerte.

—Es diferente —dice Max con el ceño fruncido—. Pero es cierto, está bueno.

—Toque especial del chef —nos aclara Rhys—. Aunque lo he preparado al estilo italiano, he sustituido el tradicional amaretto por licor de coco.

—Está delicioso —opina Emily—. Seguro que vas a tener mucho éxito en tu propio restaurante, mi querido sobrino.

—Gracias, tía.

—Hum —gimo—, está riquísimo.

Sin darme cuenta de lo que estoy haciendo, lamo la cuchara con deleite, deslizando lentamente la lengua por la superficie metálica.

Por suerte, cuando levanto la vista, todos están sumidos en alguna conversación…

, menos Max, que me está mirando la boca.

Me quedo embobada un instante en los círculos plateados que rodean sus pupilas dilatadas, círculos negros que casi ocultan los brillantes iris. Como un eclipse de luna.

«¡Clin, clin, clin!».

Tanto Max como yo damos un respingo cuando irrumpe en la sala un sonido de metal contra cristal. George se acaba de poner en pie.