Si finjo que te quiero 14. Nora #2
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14. Nora #2

—Creo que ya no es necesario que sigas en mi casa —comienza a decir sin dejar de mirar al frente—: mis padres no van a aparecer de improviso, por lo que me parece absurdo que sigamos viviendo juntos.

Un dolorcillo se me instala en la boca del estómago. Joder, parece que un novio real esté rompiendo conmigo. ¡Menuda bobada!

—La verdad es que ya no hace ni puñetera falta —le digo con más irritación de la que debería—. Hoy mismo sacaré mis cosas de tus cajones y tus armarios, y Harold y yo volveremos a mi apartamento.

—Podríamos decirles a mis padres que te ha surgido algo relacionado con el trabajo…

—No —le interrumpo, sin que el mosqueo se decida a abandonarme—. No hará falta que mienta del todo. Les diré que mi madre me ha llamado y que necesito ir a verla. Les pediré disculpas y aprovecharé para acercarme a Southington.

—Perfecto.

Nos colocamos de nuevo los auriculares y seguimos corriendo. Ni siquiera dejo de escuchar música en el metro. Al llegar a casa, nos duchamos cada uno en un baño y, tras secarme un poco el pelo con el secador, me dispongo a meter mis cosas en la maleta.

—Estoy preparando el desayuno.

Recupero mi ropa interior de la cómoda y observo de reojo a Max.

Se ha dejado caer en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos de un pantalón negro de algodón.

Su cabello todavía está húmedo, pero ya luce pulcramente peinado.

También se ha afeitado. Hasta mí llega el delicioso aroma de su loción y su champú.

—Me haré un café —le comento mientras sigo guardando ropa—. No tengo hambre y, en cuestión de un rato, Rhys nos cebará a todos con sus exquisitos platos.

—Todavía es temprano. Hemos corrido tres kilómetros y necesitamos comer algo.

—Paso —digo—. Además, no creo que haya muchos alimentos en tu nevera ni en tus armarios.

—Pues iba a hacer unos huevos revueltos con beicon.

Detengo mis movimientos.

—¿De dónde ha salido esa cantidad ingente de comida? —le digo con ironía.

—De la compra que he hecho por internet.

—¿Y no has pedido algo grasiento y típico del desayuno inglés? —le pincho.

Max no responde, porque el ambiente se impregna de un olor que alimenta con solo inspirarlo.

—Vuelvo a la cocina, que se me va a quemar el beicon —dice antes de dar media vuelta.

Me resisto un rato, que aprovecho para terminar de guardar mis cosas y las de Harold.

En cuanto mis tripas comienzan a rugir y estoy a punto de robarle el pienso al gato, decido que no pasa nada porque comparta un desayuno con el abogado estirado.

Al fin y al cabo, ¿por qué estoy rabiosa?

¿Porque me ha soltado que me largue de su casa al considerar que ya he cumplido?

¡Eso es estupendo! Podré volver, por fin, a mi diminuto estudio y hacer lo que me dé la gana sin que nadie me mire mal por dejarme un sujetador encima de la cama.

En la cocina descubro a Max sentado a la mesa. Sobre dos salvamanteles aguardan dos desayunos completos con una pinta increíble.

—Nunca se me ha dado bien la cocina —comenta mientras sirve café en una taza y té en la otra con una elegancia innata—. Pero he descubierto que al menos hay que tener algo de materia prima en casa.

—¿Has preparado dos desayunos diferentes? —le pregunto mientras me siento en la silla.

—He supuesto que preferirías el estilo americano —comenta con una leve sonrisilla—. A mí me apetecía algo más británico.

Le muestro un mohín de disgusto cuando contemplo su plato. Las dos tiras de beicon están poco hechas, los huevos están fritos, la salchicha es demasiado gorda y hay algo negro que parece morcilla. Aunque lo peor son las alubias y la salsa aguada que sueltan.

—Qué poco apetecible —digo.

Max me lanza una mirada burlona mientras le da un sorbo al té.

—En Gran Bretaña se le da mucha importancia a la primera comida del día —me explica antes de mojar un trozo de pan en la yema del huevo y llevárselo a la boca.

—¡Eso es una bomba calórica!

—No desayunamos esto todos los días —me aclara—. Una vez a la semana se puede comer.

Miro mi plato. El beicon está crujiente, y los huevos, revueltos. Los acompañan unas tortitas con trozos de plátano y fresas. Junto al café hay un vaso con zumo de naranja. Le doy un sorbo antes de clavar el tenedor.

—Nada es casero —me confiesa después de darse unos toquecitos en los labios con la servilleta. Max Middleton es todo un señor y jamás se frotaría la boca—. Ni el zumo, ni las tortitas.

—Solo añadiría un poco de chocolate —le digo con la boca llena de huevos y pan tostado—, pero está genial. Te agradezco que no me hayas hecho comer esa bomba inglesa.

—Cada uno tenemos nuestros gustos y nuestras costumbres —comenta sin apenas abrir la boca, con sus exquisitos modales—. Nunca intentaría convencer a nadie de que le gustase lo que me agrada a mí.

No se lo digo en voz alta, pero lo pienso.

Si hay algo que reconocerle a Max Middleton, es que no haya llegado a quejarse de mi ropa esparcida, de mis pelos en el baño o de la presencia de Harold en su cama, en su sofá y hasta en el fregadero, donde le gusta encaramarse a beber del grifo.

El tío es todo un caballero en su comportamiento y en el respeto a los demás.

Y he descubierto que eso me gusta. Y que jamás había conocido a un hombre como él.

Ya solo nos quedan restos de la bebida caliente después de haber ingerido toda la comida en silencio. Solo un maullido nos interrumpe.

—No pienso darte nada, Harold —le digo a mi gato, que me mira con avidez desde el suelo—. Estás gordo y no debes consumir comida humana.

El muy espabilado espera unos minutos. Cuando advierte que nadie le va a dar ni una pizca de eso que huele tan bien, abandona la cocina y se va en busca de su alimento.

—Siempre igual —me quejo—. En cuanto huele a frito, se acerca en espera de que le dé algo…

Me doy cuenta de que Max no me está escuchando. Está mirando a algún punto de la pared, rodea su taza con las manos, y su espalda está tan tiesa que parece que le hayan clavado una tabla a la columna. No le digo nada. Creo que es él quien quiere decir algo.

Algo que ya espero.

—Nora… Esto no tiene ningún sentido, y tú lo sabes.

—¡Claro que lo sé!

—Desde Charlotte no he vuelto a tener relación de ninguna clase, ni con una amante ni nada parecido. En realidad, no he repetido dos veces con la misma mujer en todos estos años.

«Hasta que llegaste tú» se queda flotando en el aire.

—¿Acaso crees que pretendo ser tu amante recurrente?

—Suelto la taza sobre el plato con tanta furia que el choque de la porcelana nos hace dar un respingo—.

Yo también llevo años pasando de tíos, ¿sabes?

Descubrí muy pronto las ventajas de vivir sola y no aguantar a nadie.

Busco el desahogo de un polvo de vez en cuando, y se acabó.

En mi caso, no solo no repito, sino que siempre son desconocidos de los que apenas sé el nombre.

De nuevo, «Hasta que llegaste tú» parece oírse como un eco lejano.

—¿Por qué te cabreas? —dice exasperado—. Si los dos huimos de relaciones y buscamos lo mismo…

—¡Me cabreo porque no me gusta lo que estás insinuando! —Arrastro ruidosamente la silla hacia atrás y me pongo en pie—. ¡Que haya follado contigo más veces de la cuenta no significa una mierda!

Él, sin embargo, se levanta en silencio.

—No estoy insinuando nada, Nora. Se trata de que anoche…

—Anoche ¡¿qué?! —le corto—. Me hablaste de tu pasado, estaba lloviendo…, ¡yo qué sé! Nada más cambió, inglés.

Se frota las sienes con la punta de los dedos.

—Supongo que esta farsa nos está pasando factura —suspira—. Solo quería que quedara claro, Nora, que entre tú y yo no puede haber nada.

Exhalo una carcajada llena de mordacidad.

—¿En serio crees que necesitabas aclarármelo? ¡¿Cómo va a haber algo entre tú y yo?! ¡Por favor! —le suelto con un deje de desprecio—. ¿En qué momento iba yo a fijarme en un tío como tú, un británico rancio de treinta y ocho años?

Max lanza sobre la mesa con furia la servilleta que mantenía en la mano.

—Pues entonces, todo perfecto. No te gusto, no me gustas. Ha sido lo ideal para llevar a cabo esta mentira.

—Superideal.

—Solo nos queda la comida de hoy en casa de Rhys y Evie —me recuerda—. Si no te apetece, la anulamos y quedo con mis padres en cualquier restaurante.

—No. Está bien. Puede que no vayan a ser de mi familia, pero George y Emily me caen bien. Comeremos hoy todos juntitos y fingiré que te quiero un montón. Mañana temprano saldré para Southington, y asunto arreglado.

«Ya no tendrás que aguantarme más», pienso.

«Ni tú aguantarlo a él. ¿O es que la convivencia ha sido más fácil de lo que esperabas?».

—Su vuelo de regreso a Londres saldrá el lunes —me informa—. Supongo que esperan que estés para despedirte. Si no has vuelto, no te preocupes. Ya inventaremos algo.

—«No te preocupes», «no pasa nada», «no hay problema» —le espeto con retintín—. ¿Tienes que ser siempre tan correcto, Max? Puedes quejarte de vez en cuando. Incluso en tu prestigioso bufete y con clientes tan importantes como Steve Dellamy. No tienes que demostrar nada.

—Voy a cambiarme —se limita a decirme.

Me quedo en la cocina, sin moverme. Una apatía extraña se acaba de apoderar de cada una de mis articulaciones.

Tiene que ser un roce de la cabecita de Harold en mis tobillos lo que me haga reaccionar, mover los pies e ir al dormitorio.

Las únicas prendas que he dejado fuera de la maleta han sido unos pantalones negros y un jersey de color azul que deja los hombros al aire.

Quizá sea la última vez que vea a los Middleton, por eso he buscado un término medio entre la elegancia y la informalidad con la que me siento tan cómoda.

Con el pelo no lo tengo tan claro. La única opción es recogérmelo, por supuesto.

Después de probar varios peinados en los que siempre se me acaba descolgando algún mechón, opto por hacerme una coleta alta.

Me doy cuenta de que, con el rostro despejado, las pecas se me acentúan… Me importa un comino.

—Nunca te lo dejas suelto.

Me vuelvo hacia la puerta, donde Max da la sensación de llevar minutos mirándome.

—Y tú nunca sales de casa sin traje.

— Touché . —Sonríe de medio lado.

Aprovecho que puedo contemplarle a través del espejo mientras me pongo unos pendientes que me regaló Charity por mi último cumpleaños.

Max parece hoy un verdadero caballero inglés, con un traje azul marino de finas rayas que forman cuadros en la tela, atuendo del que me habría burlado en otro momento, no hoy.

Soy más consciente que nunca del misterio y la discreción que desprende; del encanto de un hombre que, quizá, no te conquista a la primera mirada, aunque sí lo hace a la segunda, o a la tercera, por sus modales, su personalidad y su conversación.

Max Middleton es interesante porque él no pretende serlo.

—Ya estoy —le digo mientras cojo la chaqueta y el bolso.

Paso después por su lado para salir de la habitación. Él, sin embargo, permanece unos segundos en el mismo lugar. Como si mi imagen no hubiese desaparecido del espejo.