Si finjo que te quiero 14. Nora
62%

14. Nora

Nora

Cuando llegamos a casa, apenas hay palabras. Cada uno se desprende de su propia ropa en el camino al dormitorio. Solo se oyen nuestras respiraciones entrecortadas y el chapoteo de cada prenda al caer al suelo.

Desnudos ya sobre la cama, Max se afana por secar con su lengua cada vestigio de humedad de mi piel.

Centímetro a centímetro, lame mi cuerpo y yo me arqueo sobre las sábanas, que acabarán tan mojadas como nosotros.

La prueba de que a Max no le importa en absoluto esa humedad es que tira del pasador que formaba mi coleta y desparrama mi pelo empapado sobre la almohada.

A continuación, se inclina sobre mí y une su boca a la mía, para devorarme los labios con su lengua y sus dientes.

Yo le respondo con un gemido bronco, ansiosa ya porque me cubra el cuerpo con el suyo y me penetre de una vez.

No responde a mi deseo. Lo que hace es aferrarme por la cintura y darme la vuelta ciento ochenta grados. Mi grito queda amortiguado por el edredón, porque, de pronto, estoy abrazada a la almohada y Max está cubriendo mi cuerpo… a mi espalda.

Me veo obligada a morder la tela cuando el inglés aparta mi melena y comienza a lamer mi nuca, mis hombros y la línea de mi columna.

En mitad de mis jadeos, agarra mis caderas y me levanta hasta dejarme de rodillas.

Un deseo ardiente corre por mis venas cuando siento su aliento en mi sexo… antes de sustituirlo por su lengua.

Me muero.

Muevo mis caderas adelante y atrás, buscando con ansia el contacto de la boca de Max.

Grito de frustración cuando interrumpe la íntima caricia, aunque pronto soy consciente del sonido de un sobre al rasgarse.

El alivio se mezcla con el gemido de placer que expulsa mi garganta cuando siento como se desliza el miembro masculino en mi interior.

Y ya no puedo pensar. Las rápidas embestidas de Max elevan el grado de placer hasta la más alta cota. Me muevo y gimo contra el cabecero, aunque echo en falta la ardiente mirada plateada del inglés, la expresión de éxtasis de su rostro, poder tocarle.

Y quizá esta vez sí me lee el pensamiento, porque sin salir de mi cuerpo me aferra un tobillo y, con un rápido movimiento de rotación, vuelve a colocarme de cara a él.

Ahora sí, me dejo ir, y, en cuanto comenzamos a agitarnos, Max une su boca a la mía y expulsa sus jadeos en mi garganta.

Él se bebe mi orgasmo y yo me bebo el suyo.

Nunca un momento de sexo me había conectado tanto a otra persona.

Cuando ambos caemos sobre las sábanas arrugadas, Max tira de la colcha y nos tapa a los dos.

Seguro que, al igual que yo, piensa en la humedad de la cama, en mi melena mojada o en la incomodidad…

durante un segundo. Porque, pasado ese tiempo, ambos cerramos los ojos y nos dejamos vencer por el sueño.

En algún momento de la noche, abro los párpados unos pocos milímetros y miro a través de las pestañas.

Logro distinguir la ventana, a través de la cual se cuela el resplandor de las luces de la ciudad.

De Max solo puedo ver una parte de su brazo y su mentón, puesto que, por lo que parece, estoy durmiendo encima de su pecho.

Noto la suave cadencia de su respiración en la mejilla y el tibio aliento en mi coronilla.

Extiendo el brazo para tocar una bola de pelo y sonrío. Harold se ha acomodado sobre las piernas de Max, y da la sensación de que lo haya hecho cientos de veces…, igual que parece que yo esté acostumbrada a dormir sobre un hombre.

Pero no, no lo he hecho nunca.

Vuelvo a cerrar los ojos.

***

Una estridente musiquilla me saca de mi dulce inconsciencia. Tardo varios segundos en reconocer la alarma de mi teléfono y despotricar sobre la pésima idea que tuve ayer de salir a correr hoy temprano.

—Mierda —digo.

¿Quién iba a pensar que me dormiría tan tarde?

De todos modos, más me vale levantarme y ponerme al día con mi físico. Mi trabajo requiere estar en forma para movernos en situaciones de peligro, actuar con celeridad o cargar con los heridos.

Me muevo con cuidado. El inglés no parece haberse despertado, y prefiero que siga así. No tengo claro cómo enfrentarme a él esta mañana después de…

«¿De qué?».

«De lo que pasó anoche».

«¿Qué pasó?».

Resoplo mientras aparto las ropas de la cama, pongo un pie en el suelo, luego el otro, miro a mi espalda y…

—Pero ¿qué…?

No está. El maldito inglés no está en la cama. Y, para más perplejidad, Harold tampoco.

Con rapidez, saco ropa interior del segundo cajón de la cómoda, y una sudadera y unas mallas del armario. Me visto y me calzo unas deportivas a toda velocidad y entro en el baño.

—¡Joder! ¡Qué pelos!

Qué más da. Total, voy a ponerme a sudar.

Aunque, según mi teléfono, la temperatura es baja y la humedad alta, el cielo está despejado y ya luce el sol.

Así que me lavo la cara, me trenzo la melena y me enfundo el chaleco con el depósito y la botella de agua.

Por último, me coloco unos cascos alrededor del cuello.

La música es la mejor compañera para una buena sesión de running .

Salgo de la habitación con la duda del paradero de Max y de Harold. El despacho del inglés está cerrado, por lo que imagino que ya estará dentro con su maldito caso. Me dirijo después al cuarto de la colada, donde me encuentro a mi gato comiendo pienso de un cuenco lleno a rebosar.

—Qué bien te cuida el inglés, ¿eh? —le digo mientras le acaricio el suave pelaje dorado—. Pues ve quitándotelo de la cabeza, colega, porque pronto nos iremos de aquí.

«Lo mismo te digo», me parece oír entre ronroneos y crujidos de pienso.

Le saco la lengua, como si hubiese hecho él mismo el comentario, y me dirijo a la cocina a llenarme la botella de agua. Nada más llegar a la puerta, sin embargo, me paro en seco.

—¡La hostia! —exclamo.

Max levanta la vista y, al verme, alza una ceja. Seguro que tan alucinado como yo. Porque él también va vestido con chándal y sudadera y se está llenando el depósito de su chaleco.

Y no, mi exclamación no ha sido solo por semejante casualidad. Si tuviera que decir la verdad y nada más que la verdad, confesaría que me ha salido del alma al verle sin afeitar, apenas sin peinar y con ropa deportiva. Casi me atraganto con mis propias babas.

—¿También vas a salir a correr? —me pregunta en tono jocoso.

—No me jodas.

Ahora arquea ambas cejas.

—Es algo que suelo hacer, al menos, dos veces por semana.

—Yo lo hago cuando puedo —le digo mientras abro una botella de agua y la vierto en el recipiente—. Debido a los últimos acontecimientos, no he encontrado hueco.

—¿Por dónde corres? —me pregunta a la vez que saca unos auriculares inalámbricos de una cajita—. Central Park te queda lejos.

—Por las calles de Brooklyn, mi barrio. ¿Cómo llegas tú hasta el parque?

—Voy en metro hasta Columbus Circle. Después giro por el Center Drive, me dirijo a Terrace y salgo a West Drive para volver al punto de inicio.

—Circuito maratoniano —bromeo.

—Es el más corto. Estoy en baja forma.

Coge las llaves y el móvil antes de preguntarme por encima del hombro:

—¿Quieres acompañarme?

Empezaba a pensar que no me lo propondría, porque, desde que se sorprendió al verme aparecer en la cocina, no ha vuelto a mirarme. Su mirada esquiva ha logrado que mi incomodidad también crezca y, por lo tanto, haya rehuido sus ojos durante la conversación.

—Me apetece correr por Central Park —le digo. Guardo el teléfono y camino detrás de él.

***

Una vez en la entrada del parque, calentamos unos minutos, al igual que la multitud de corredores y deportistas que hay a nuestro alrededor. Lo hacemos en silencio, como el trayecto en metro.

Tras el calentamiento, Max se coloca los auriculares y conecta la música en su móvil. Le arranco uno de ellos de la oreja y lo llevo un instante a la mía. Tengo curiosidad por saber qué tipo de música le gusta.

—¿Qué escuchas? —De inmediato, el sonido agudo de un montón de violines irrumpe en mi oído—. ¿ El otoño de Vivaldi? —le suelto en tono jocoso—. Supongo que debería haber supuesto que el rancio y almidonado Max Middleton solo escucha música clásica.

Me arrebata el auricular y reniega.

—Me evade de cualquier pensamiento sobre el trabajo y… sobre todo lo demás.

¿Estaré incluida en «todo lo demás»?

—Yo prefiero algo más actual y movidito. —Conecto mi lista de reproducción y comienza a sonar Where is my husband! , de Raye.

Max no hace ningún comentario al respecto y comienza a trotar por entre otros corredores, ciclistas y peatones. Yo le imito y le sigo a unos tres o cuatro metros por detrás. Sin embargo, aminora la marcha y retoma el ritmo paralelo a mí.

—No hace falta que me esperes —le digo burlona—. Puedo ir a la misma velocidad que tú, incluso más rápida, pero he pensado que preferirías tener tu espacio.

—No me relajaré si tengo que estar pendiente de que me sigas.

—No me voy a perder, tranquilo —gruño.

Como si le importara un pimiento mi comentario, Max continúa corriendo a mi lado.

Durante un buen rato, nos centramos en nuestras respiraciones y en mantener un ritmo constante.

Cuando llegamos a la altura de Bethesda, aproximadamente la mitad del recorrido, nos detenemos un minuto a descansar e hidratarnos.

Durante un instante, me quedo mirando los labios del inglés alrededor del tubo y el movimiento de su garganta al tragar.

Nunca había sido consciente de que esos simples gestos pudieran resultar tan masculinos y hechizantes.

Cuando retomamos la marcha, Max se desprende de los auriculares y me señala los míos. Entiendo que quiere decirme algo, por lo que interrumpo a Bad Bunny y su EoO y me coloco los cascos alrededor del cuello.

—¿Qué pasa? —inquiero sin aminorar el ritmo.

A pesar de seguir corriendo, percibo en Max cierta tensión, tanto en el perfil de su rostro como en sus manos cerradas en puños.