Si finjo que te quiero 13. Nora #3
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13. Nora #3

—¿Aparte de los sermones de mis padres y mi tío?

Ningún milagro. Un día se me acercó un indigente que me pedía dinero para alcohol.

Pensé que cualquier persona, por infinidad de motivos, podía acabar así, sin hogar, sin dignidad, sin nada.

Y me negué a ser una de ellas. Se acabarían las relaciones estables y los enamoramientos absurdos, porque no iba a permitir que nada ni nadie volviera a destrozarme así.

—Lo siento. Supongo que ambos tenemos motivos de sobra para negarnos a tener pareja. No nos fiamos de nadie, y no estamos dispuestos a sufrir de nuevo.

—Supongo. —Eleva la vista al cielo nocturno.

—Esta noche podríamos poner alguna película con muchos asesinatos y comer helado o chuches —le propongo—. Lo he hecho muchas veces con Evie y con mi madre cuando…

—No —me corta—. Si no te importa, coge tú un taxi y ve a casa. Yo prefiero caminar un rato.

Extiendo la mano más allá de la protección del edificio y siento el impacto de las gotas en la piel.

—Está lloviendo.

—Soy inglés, ¿recuerdas? —Me dedica una media sonrisa que me produce suaves aleteos en el pecho e introduce su mano en el interior del abrigo—. Además, siempre llevo un paraguas de emergencia.

Lo abre, da un par de pasos y, de inmediato, la lluvia golpea en la tela negra.

—Vale —titubeo—, pues cogeré un taxi. Nos vemos luego. O… cuando sea.

Asiente con un gesto y gira sobre sus talones para emprender su húmedo paseo. Contrariada, camino hacia la parada del hotel, no sin darme la vuelta y ver como la oscura figura masculina se mezcla entre la gente y va desapareciendo tras la oscuridad y la lluvia.

—¿Adónde la llevo, señorita?

Vuelvo a mirar atrás. Ya no queda ni rastro de la lúgubre silueta de Max. Personas, paraguas y la desapacible noche se lo han tragado. Una sensación de pesar se apodera de mí. O eso es lo que creo, porque es como una presión en el pecho, como si me faltara el aire.

—¡A ninguna parte! —le grito al taxista.

Corro mientras deshago el camino hasta la esquina del hotel, aunque la gente que todavía transita por la acera me dificulta el avance. Sorteo a un grupo de amigas, a una pareja con dos niños y a un tipo con la espalda como un armario.

—¡Oiga! —me gritan—. ¡Vaya con cuidado!

Para cuidado estoy yo, que me estoy empapando hasta las bragas. La lluvia, cada vez más intensa, golpea en mi cabeza y se cuela por mis párpados y mis labios. Y mis pies… ni lo cuento. Para una vez que me pongo botas, terminan caladas y estropeadas.

Por fin, el mayor tumulto queda atrás y me encuentro en una calle menos concurrida. Miro a un lado y a otro del cruce. Ni rastro de Max. Emito un jadeo de frustración y apenas logro enfocar con el aguacero que me está cayendo encima.

—¿Nora? —oigo decir a mi derecha.

—¡Max! —grito. Me acerco a la voz.

—¿Qué demonios haces aquí? —gruñe al tiempo que me cubre con su paraguas—. Dios mío, estás empapada…

Quiero hablar, pero no puedo articular palabra. El frío me hace temblar los labios y castañetear los dientes.

Max suaviza su expresión y desliza la yema del pulgar por mis pestañas.

—¿Por qué has venido detrás de mí, pelirroja? Sea cual sea el motivo, me parece que estás loca. —Sonríe.

—Yo… —logro decir— me he sentido fatal por haberte obligado a contarme tu historia.

—No me has obligado a nada, Nora. Si no hubiese querido, no te habría dicho una palabra. En realidad, me he quitado un gran peso de encima al contártela. Tenías razón con lo de compartir las cargas.

Entre el golpeteo de la lluvia en el paraguas y mis tembleques, me veo obligada a subir el tono de voz.

—Ya, pero… te he visto así, tan triste, irte solo, bajo la lluvia… Ha sido por mi culpa…

—Deja de culparte por todo. Me he ido porque me apetecía estar a solas un rato, nada más. Que llueva no es culpa de nadie.

Intento apartar algo de humedad de mi cara con el dorso de la mano.

—Vale. —Elevo un hombro—. Pues entonces… me voy. —Río nerviosa—. Ha sido una gilipollez correr hasta aquí, en medio de la gente, con esta lluvia. Tengo la sensación de que me han desaparecido los dedos de los pies del frío que tengo —bromeo.

—Pues mira lo que son las cosas —me dice con un rastro travieso—. Acabo de darme cuenta de que no me parece ninguna gilipollez.

—¿Por qué?

Se pega un poco más a mí, por lo que he de alzar el rostro para poder mirarle.

—Porque ya no me apetecen el silencio ni la soledad. —Se le quiebra ligeramente la voz—. Esta noche, mi insensata pelirroja, lo último que deseo es estar solo.

Max deja caer el paraguas para poder sujetar mi rostro y besarme.

Aunque no sabría decir quién de los dos ha avanzado primero.

Lo que sí sé es que, de pronto, ya no siento frío, a pesar de que la lluvia nos empapa ahora a los dos.

Porque los cálidos y firmes labios de Max están sobre los míos, apretándolos con decisión hasta que nuestras bocas se abren y nuestras lenguas se enredan.

Frío, calor, calidez; temblor, urgencia, avidez.

Una amalgama de sensaciones se apodera de mi cuerpo y mi mente mientras Max me besa como nadie me ha besado, de una forma voraz, como si necesitase mi aliento para respirar.

Ya no me importa la lluvia, el frío o mis pies congelados.

Todo ha desaparecido, y solo soy capaz de notarlo a él, el tacto de la lana mojada, la humedad caliente de su boca.

Max detiene el beso y apoya su frente en la mía. Respiro las bocanadas de su aliento y sigo aferrada a su abrigo.

—¿Me acompañas esta noche, pelirroja? —me susurra entre jadeos.

—Sí —me limito a decirle.