13. Nora #2
—Por supuesto —dice con fingida petulancia.
Introduce la mano bajo su ropa y saca un antiguo reloj, unido a su chaleco por una fina cadena dorada.
Le abre la tapa y muestra una esfera blanca con números romanos—.
Era de mi abuelo materno, que, a su vez, lo heredó del suyo.
Lo fabricó en 1846 el prestigioso relojero Henry Banister, según consta grabado en la maquinaria, lo mismo que la dirección de su negocio, Fleet Street, 75, Londres, y el número de serie.
—Qué inglés suena todo —le digo entre risas.
Max sonríe ufano y vuelve a guardar el reloj.
—Creo que me estoy americanizando un poco —bromea—. Me empiezan a gustar demasiadas cosas de aquí.
Mi corazón se salta un latido, aunque respiro aliviada cuando compruebo que Max no me está mirando. Ni siquiera se está haciendo el despistado.
«¿Acaso pensabas que lo decía por ti?».
Claro que no, menuda gilipollez. Este hombre tan serio que usa gemelos y reloj de bolsillo no me gusta absolutamente nada.
Sí, vale, para un revolcón resulta entretenido, nada más.
Y, al revés…, seguro que tampoco soporta mi cháchara, mi gato y mis pelos por su impecable apartamento.
Todavía no entiendo cómo han podido creerse sus padres que estamos enamorados.
—Supongo que no debería extrañarme que lleves ese reloj. Todo tú hueles a antiguo.
—¿A té y naftalina? —dice jocoso.
—Totalmente. Aunque me da la impresión de que esa espalda tiesa, esos ojos implacables y ese aire regio esconden a un hombre que apenas se deja ver.
—No te entiendo —dice desconcertado.
Me declaro culpable. Desde que Emily me ha revelado cierta parte del pasado de Max, no logro deshacerme de un cosquilleo en la lengua, cosquilleo que me producen tres palabras que pugnan por pronunciarse.
«¿Y a ti qué cojones te importa su vida?».
Ni esa maldita vocecilla ha sido capaz de frenarme.
—¿Quién es Charlotte? —le pregunto. Siento como si la mitad de mi cuerpo acabara de vaciarse.
Las facciones de Max parecen esculpidas en piedra. De pronto desaparece de sus ojos toda la claridad plateada, su boca se convierte en una fina línea, y su mandíbula se tensa hasta el punto de hacer crujir los dientes.
—Supongo que ha sido mi madre —escupe más que afirma.
—Oye, mira, si te va a resultar un suplicio hablarme de una ex, no lo hagas. Pero yo te hablé de mi pasado y de lo que me atormenta, y tú ni siquiera…
—No puedes exigir que el resto de la gente te cuente su vida porque tú lo hayas hecho.
—Lo dices como si fuera por ahí propagando mi desdicha —me quejo furiosa—. Te dije que eras la primera persona fuera de mi vínculo cercano a quien se lo contaba. ¡Y puede que fuera porque estábamos hablando de tu dilema moral con respecto a tu maldito caso!
Su expresión se vuelve aún más severa.
—Te recuerdo que tú y yo no somos nada. Puedo entrar ahora mismo en este hotel y confesar a mis padres que no tengo novia ni deseo tenerla y acabar con esta maldita farsa.
—¡Eso es lo que deberías haber hecho desde el principio!
—Tengo mis propias razones. Razones que no te incumben.
—Si no te atreves a contarme que te refugiaste en el alcohol y las drogas en cierto momento de tu vida, no te inquietes. Ya lo sé.
Max maldice con saña.
—Joder con mi madre —reniega.
—Tranquilo. —Alzo las manos—. Quién soy yo para sonsacarte una mierda sobre tu pasado. Será mejor que recoja a Harold y me vaya a mi casa.
Hago el amago de salir del amparo de la marquesina. Max me atrapa una muñeca al vuelo.
—Espera, Nora, maldita sea.
Antes de que pueda reaccionar, tira de mí para que doblemos la esquina del edificio del hotel. Se detiene junto al escaparate de una tienda de ropa cara que ya ha cerrado. Frente a mí, se sube el cuello del abrigo e introduce las manos en los bolsillos.
—No hay mucho que contar. Para otros puede resultar algo tan simple como que te deje tu novia. Para mí fue como si la Tierra hubiese dejado de girar y me hubiese visto, de repente, en una noche interminable.
Suavizo mi voz y mi cabreo.
—¿La querías mucho?
—Muchísimo. —Suspira. Se pasa los dedos por entre el pelo con aparente incomodidad—.
Ya me habían ofrecido trabajo en un prestigioso bufete londinense, así que estaba deseando graduarme para casarme con ella.
Habíamos estado mirando viviendas en Kensington, que, aunque caras, nos podríamos costear con mi trabajo y el suyo, un puesto en una consultoría de su tío.
Las preguntas se me agolpan en la boca.
—¿Dónde os conocisteis? ¿Estuvisteis juntos mucho tiempo?
—Nos conocimos en Oxford, durante nuestros estudios de Derecho. Estuvimos saliendo cinco años.
—Vaya. —Emito un silbido—. ¿Qué pasó? —Observo su semblante serio y apagado—. Si no te apetece contarlo, no importa. No debería haberte preguntado…
—No, está bien. —Se toma unos segundos y desvía la vista al suelo—.
Ella no era de Londres, así que compartía apartamento con dos amigas, aunque solían marcharse los fines de semana y podíamos estar solos.
Una mañana, trabajando ya como pasante, me llegó el aviso de la inmobiliaria que vendía la casa de nuestros sueños.
Habían aceptado la rebaja de precio, así que, ansioso por contárselo a Charlotte, la llamé por teléfono.
No contestaba a su móvil; supuse que lo mantenía en silencio en el trabajo.
Lo intenté con el fijo de la oficina y me contestó una compañera, que me dijo que Charlotte no trabajaba los lunes por la mañana.
Me quedé perplejo. ¿Cómo no estaba al tanto yo de esa información?
Oh, oh. Aquí se huele drama. Dramón, mejor dicho. Y una traición que ya comienza a calentarme la sangre de pura rabia.
—Puedo imaginarme lo que sigue, Max. No es necesario que sigas…
—Ahora tengo que terminar, Nora. Déjame hacerlo.
—Como quieras.
Inspira de forma entrecortada. Continúa con las manos en los bolsillos y mirando el suelo mojado.
—Decidí pedir permiso para ausentarme y presentarme en casa de mi prometida. Me abrió la puerta Celine, una de sus compañeras de piso. En cuanto me vio, la chica se puso pálida.
»—¿Qué… qué haces aquí? —me preguntó. Su nerviosismo me cabreó… al mismo tiempo que me hizo entrar en pánico—. Charlotte no está.
»—Sí que está. Déjame pasar, Celine.
»—Te he dicho que no… —Trató de cerrar la puerta.
»La aparté a un lado, a pesar de su firme resistencia, y accedí al interior de la vivienda.
Mientras me dirigía a su habitación a grandes zancadas, te juro que todavía no pensaba en lo peor.
Ella era Charlotte, mi novia, mi amiga, mi amor.
Iba a casarme, a compartir con ella mi vida, un hogar y mi corazón.
—¿Le llegaste a pedir matrimonio? —le pregunto asombrada.
Suelta una leve risa mordaz.
—Con anillo, rodilla en el suelo y aplauso de espectadores. Y ella aceptó.
—Qué fuerte. Continúa, por favor.
—Como te estarás imaginando, la escena que encontré en su dormitorio formaba parte del peor escenario posible. Y no, no estaba follando con otro, que podría pensarse como lo más humillante. Fue bastante peor.
—¿Peor que encontrar a tu prometida en pleno folleteo con otro? —Alzo ambas cejas—. ¿Qué hay más insultante que eso?
Max deja de mirar el suelo para mirarme. Sus ojos nunca me habían parecido tan tristes, tan vacíos, tan ausentes.
—Encontrarlos en la cama, abrazados, desnudos, mientras se susurran palabras y besos —me confiesa en voz baja.
—Mierda. —Cierro los ojos, angustiada por haber sido tan insistente para que Max rescatara un recuerdo tan doloroso de algún rincón de su mente.
—El tipo dio un salto al verme. Ella se limitó a incorporarse en la cama y a taparse con una sábana. Me miró con un atisbo de lástima que acabó por romperme.
»—¿Por qué, Charlotte? —Antes de que respondiera, me dirigí al que me lo acababa de robar todo en la vida—. ¡Tú! —le grité—. ¡Vístete y lárgate de aquí!
»—Tranquilízate, Max —me dijo ella, como si fuese mi culpa estar tan cabreado. Al menos, le hizo un gesto a su amante para que se largara—. Sé que tenía que habértelo dicho antes…
»—¿Por qué? —pregunté con voz rota. Todo yo estaba roto.
»—Porque he dejado de amarte, Max. Y me he enamorado de otro.
»Aquello fue como si me hubiese asestado una puñalada en el centro del pecho.
»—¿De ese tío que acaba de salir en bolas? —le dije con desprecio.
»—Sí, de ese, Max. No salgo con más tíos a la vez.
»—¡Ah, no, claro! ¡Solo con dos! ¿Desde cuándo, Charlotte? ¿Desde cuándo sabes que quieres a otro y te acuestas con él y conmigo al mismo tiempo? ¿Desde que aceptaste mi propuesta de matrimonio o desde que fuimos a ver nuestra futura casa?
»—Lo siento, Max. Llevo tiempo intentando decírtelo, pero todo empezó a hacerse una gran bola que no supe cómo parar. Te tengo cariño y no sabía cómo explicártelo sin hacerte daño.
»—Era mejor acostarse con los dos, claro.
»—Lo lamento de veras, Max.
»Charlotte se envolvió en la sábana, como si yo no conociese su cuerpo a la perfección; como si no me supiera de memoria cada lunar o línea de su piel.
Se levantó de la cama y sacó de la mesilla una cajita de terciopelo.
Me la tendió y, como un autómata, la cogí y la abrí.
Allí estaba el anillo de compromiso. Sin decir nada más, me volví y salí de aquella casa.
Caminé sin rumbo, y al llegar al puente de Westminster supe que no había sido casualidad. Saqué la caja y la arrojé al Támesis.
Nos quedamos unos minutos en silencio. Quizá, como ha dicho Max, solo sea el relato de una ruptura. Pero yo viví muy de cerca el abandono del marido de mi hermana. Sufrí con ella su llanto, su desamparo y su incomprensión. Por eso puedo entender la tristeza de Max.
—Supongo que fue entonces cuando comenzó, como dice tu madre, tu época más oscura.
—No tomaba drogas —resopla—. Mi madre es una exagerada. Bebía y fumaba hierba. Era la única forma de evadirme, si bien estuve a punto de tirar por la borda mis proyectos, mis ilusiones y mi futuro.
—¿Qué te hizo reaccionar?