Si finjo que te quiero 13. Nora
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13. Nora

Nora

Una intensa lluvia está cubriendo la ciudad de Nueva York, por lo que los planes para hoy se están limitando a tomar el té en uno de los saloncitos del hotel en el que se hospedan los Middleton.

Mientras padres e hijo conversan, me acerco a una de las ventanas.

A través de la cortina de agua, contemplo el atestado tráfico, parado, como cada vez que llueve; a la gente que corre o se protege con paraguas; el cielo encapotado, que no tiene pinta de cambiar.

—Las discusiones de pareja son inevitables.

Descubro a mi lado a Emily, que observa también el panorama otoñal. Desvío un instante la vista hacia Max y su padre.

—Oh, no se enterarán de nada, querida. Si han descubierto un canal donde ver un partido del Arsenal, se evadirán por completo.

—¿Se nota mucho? —le pregunto con un suspiro.

—Mi hijo no es muy dado a las demostraciones de afecto ni a revelar emociones, como habrás podido comprobar. Es algo genético —sonríe—, de sus raíces familiares, tan británicas. Tú sí que eres un espejo donde se refleja lo que sientes. Y hoy está tan gris como el día.

—Eso me han dicho siempre —fuerzo un mohín—: que no puedo ocultar lo que siento.

—Eso es bueno.

—No siempre. Hay veces que desearía ser un poco más… desapasionada.

—Dejarías de ser tú —me dice con una suavidad que choca con la habitual expresión severa de su rostro—. Y me da la impresión de que tu carácter espontáneo, tan contrario al suyo, es lo que ha enamorado a Max.

Vuelvo a mirar al inglés y contemplo su perfil.

Está concentrado en el partido, serio, algo tenso, y siento unas sorprendentes ganas de acercarme, agarrarle una mano y decirle que deje de preocuparse tanto y de intentar hacer lo que se espera de él.

Luego recuerdo lo borde que ha estado esta mañana y el embrollo en el que me ha metido con sus padres, y ya solo me apetece soltarle que es un idiota estirado sin remedio.

—Supongo que es complicado dejar de ser uno mismo —le digo.

—¿Como cuando te lanzaste a atender a aquel niño?

Fijo la mirada en los claros ojos de la mujer.

—Me parece que no eres abogada, ¿verdad?

Mi-er-da.

Sonrío en mitad de un suspiro.

—Sería absurdo intentar convencerla de que sí —respondo.

—Aquel caso que explicaste la primera noche ya me escamó un poco —dice Emily con los ojos en blanco—.

Sonaba tan raro… —Siento como el rubor me calienta las mejillas.

Maldita sea. Si pudiera volver atrás en el tiempo, le diría al rancio que se buscara una novia de alquiler—.

Al ver cómo te hacías cargo de aquella situación, fue cuando supe que te dedicabas a algo que nada tenía que ver con los juzgados.

—¿Se lo ha dicho a su hijo o a su marido? —inquiero con desconcierto.

—No ha hecho falta —me dice con indulgencia—. Max nos llamó después de la cena y nos lo contó.

—¿En serio? —me quejo ofuscada—. No me ha dicho ni pío el muy…

—No te enfades. —La mujer se encoge de hombros y hace oscilar sus pendientes de perlas—. Lo hizo porque no quería que pensáramos que consideraba tu ocupación menos importante. Nos transmitió orgullo cuando nos dijo que, en realidad, eres paramédica.

Miro de refilón a Max una vez más. Está riendo por alguna jugada del partido, y descubro que me gusta verle así, contento.

—Lo siento —me disculpo igualmente. Aunque sea a medias, porque solo estoy descubriendo media mentira—. Pensé que les parecería mejor que fuera abogada, como Max…

—No sigas —me corta con un gruñido y un gesto de la mano—. Se le ocurrió a mi hijo, no a ti, de eso estoy segura.

—Me dijo que ustedes lo daban por hecho y no quiso decepcionarles.

La señora Middleton frunce el ceño.

—Este muchacho es bobo. ¿Cuándo se piensa que nos ha decepcionado?

—¿Cuando les decía que no tenía novia y que no pensaba casarse? —le digo con un punto de ironía.

—Eso no es decepción —gruñe—. Es deseo de verle feliz.

—No hay que estar casado para serlo.

—Pero sí puedes acabar solo si no lo estás —apostilla.

—Siempre hay amigos, familia, compañeros peludos —arguyo—. Hasta hace poco, yo era muy feliz con Harold. No necesitaba una pareja.

—¿Harold es tu gato? —Arruga la nariz.

—Lo quiero más que a muchas personas.

—Sí, ya, bueno —comenta escéptica—. El caso es que somos gente tradicional, Nora, aunque George sea el más conservador. Para él, la familia es el pilar fundamental de la sociedad y no concibe que su hijo acabe siendo un solterón, sin mujer ni descendencia.

—Un pensamiento desfasado. Y usted, ¿piensa lo mismo?

—Para mí lo peor es pensar que Max acabe solo, como cuando pasó por aquella etapa tan oscura y autodestructiva. Si no fuese por ti, seguiría creyendo que Charlotte había acabado con todas las esperanzas de mi hijo.

—¿Charlotte?

—¿No te ha hablado de ella?

Niego con la cabeza, porque no puedo decirle a esta señora que no sé una mierda de la vida de su hijo…, que apenas nos conocemos.

—Este muchacho… A veces no entiendo las relaciones modernas.

—¿Charlotte es alguna ex?

—Será mejor que sea Max quien te hable de ello.

—¿De qué tengo que hablar, mamá?

Las dos nos sobresaltamos con la presencia repentina del inglés.

—De nada, hijo, de nada —dice la mujer—. Será mejor que le haga compañía a tu padre.

—Si a ti no te gusta el fútbol… —le recuerda Max.

—Y sigue sin gustarme. —Muestra una mueca de desagrado—.

Uno de los secretos de una relación es acompañar a tu pareja incluso en aficiones que no compartes.

—Posa una mano en el brazo de su hijo—. A veces, cuando estoy leyendo, por ejemplo, tu padre ocupa el otro sillón y finge que lee también solo para darme compañía.

Max sonríe con ternura viendo como su madre se aleja y se sienta junto a su marido. Después exhala un suspiro.

—Siento haberme puesto esta mañana tan…

—¿Capullo y borde? —zanjo por él.

—Sí, eso. —Frunce los labios—. Me estás ayudando a montar una farsa que cada vez se complica más… a cambio de nada. Me gustaría decirte que te debo una, Nora. Si algún día necesitas fingir que tienes novio…

—¡De eso nada! No pienso volver a liar semejante follón. Considérate exento de deudas conmigo. Ya te dije que lo hacía por Evie y por Rhys.

—Pero me has acabado haciendo el favor a mí —dice con una sonrisilla que me pone el estómago del revés.

Protesto mentalmente. No entiendo que me haya quedado embelesada mirándole. Pero es que ¡mírale! El estirado está tan guapo esta noche…

«Que te lo volvías a tirar ahora mismo».

Pues sí, me lo tiraría. Aunque me sorprendo pensando, además, en una simple conversación, unas risas compartidas, unas pullas que le hagan fruncir el ceño y luego mirarme con sus ojos plateados…

Hoy lleva traje formal, algo a lo que estoy acostumbrada, aunque hay algo en él que ha cambiado.

No sé si es el pelo, que ya no lleva tan repeinado.

Quizá sus hombros, que ya no parecen clavados en un palo.

O puede que sean sus ojos, que, a pesar de seguir siendo del color del acero, ya no desprenden frialdad a cada momento.

Y lo sé por las finas arruguitas que se han empezado a formar a su alrededor y que antes no existían.

El día que le conocí, hubiese jurado que se inyectaba bótox, por su falta de expresividad.

—¿Por qué no me habías dicho que habías contado a tus padres la verdad sobre mi profesión?

Alza una ceja.

—Le tienes que haber caído muy bien a mi madre. No suele ser tan… locuaz con la gente.

—La pobre piensa que soy la novia de su hijo —refunfuño.

—No es solo por eso. Me temo que te has ganado a Emily Middleton, una de las más fervientes Damas de la Reina. —Eleva unos milímetros las comisuras de su boca.

Una ola tibia calienta mi estómago. Se suponía que Max Middleton, el Lobo de McKenzie, no era un hombre de cumplidos y frases que te llegan al corazón.

«No pienses chorradas, tía. El rancio solo busca que no sigáis pareciendo enfadados delante de sus padres».

—¿Y tu padre? ¿Le ha decepcionado que no sea abogada?

—A él solo le interesa que haya posibilidades de que me case en un futuro próximo. —Suspira—. A pesar de ello y de ser hombre de pocas palabras, me ha confesado que le agrada mi elección.

—¿Tu elección? ¿Como si me hubieses escogido de entre el grupo de las muchachas casaderas de la región? —resoplo—. Tu padre es tan rancio como tú.

Dibuja una media sonrisa y me toma de la cintura como si fuese lo más natural del mundo.

—Vayamos con ellos. Se ha hecho la hora de la cena.

Ah, vale, que tenemos que parecer novios. No sé por qué a veces se me olvida.

***

Después de cenar en el restaurante del Hilton, Max y yo nos despedimos de sus padres.

A ambos nos ha dado la sensación de que parecen cansados y que prefieren días relajados, por lo que hemos quedado en comer mañana en casa de Rhys y Evie.

Me ha parecido una idea genial. Estoy deseando esconderme un rato con mi hermana y charlar a solas con ella.

Nos detenemos un momento bajo la marquesina de la entrada del hotel.

La lluvia ha dado un respiro, aunque pueden verse los lentos círculos que dibujan en los charcos las gotas que siguen cayendo.

También nos advierten de la llovizna los faros de los coches, las ventanas iluminadas de los edificios y las letras de neón del Radio City Music Hall, ubicado en la acera de enfrente.

Mientras esperamos que nos consigan un taxi, me pongo la chaqueta y una bufanda fina alrededor del cuello. Max se enfunda su abrigo negro con movimientos tan elegantes que observo fascinada sus dedos largos mientras alojan cada botón en su ojal.

—¿Qué estás mirando? —me dice en tono burlón.

—Mi hermana tenía razón —respondo con una sonrisa—. Pareces un auténtico caballero inglés con tanta elegancia. ¿Es cierto que tienes un reloj de bolsillo?