12. Max
Max
Esta vez, ni los ronroneos de un gato metido en mi cama logran hacer que duerma. Después de mantenerme durante una hora con los ojos abiertos mirando al techo, decido que voy a tener que levantarme si no quiero que mi inquietud despierte a Nora.
Antes de hacerlo, giro un instante la cabeza y contemplo a la mujer que comparte mi cama conmigo y con un felino que, en estos momentos, en lugar de ronronear, ronca.
Nora, sin embargo, no emite sonido alguno.
Ella duerme en posición fetal, agarrando la almohada en la que se esparce su larga y espesa cabellera roja.
Sonrío al advertir sus rasgos serenos, puesto que esta mujer tiene que estar dormida para ocultar la fuerza y la vitalidad que posee.
Lo que también advierto es el edredón que ha resbalado por su cuerpo, y, aunque la única claridad proviene de la luna y las farolas de la calle, puedo deleitarme en la visión de sus brazos y sus piernas desnudas.
Las mismas piernas que se acoplaron a la perfección a mis caderas mientras la embestía en mi cama, en la ducha, en el sillón de mi despacho…
Reniego al tiempo que aparto las ropas y salgo de la cama.
He de dejar de tener esos pensamientos y de dormir con ella.
Esta situación falsa comienza a perturbarme demasiado, y lo último que necesito es tener más problemas en mi cabeza.
Nos limitaremos a acompañar a mis padres, a eludir sus conversaciones sobre el futuro y a esperar a que pase la semana más larga que recuerdo en mucho tiempo.
***
Unos golpes en la puerta alertan a una parte de mi cerebro de que algo sucede, aunque la otra parte permanece sumida en las palabras que leo y a las que llevo dando vueltas durante horas.
—¿Max? —pregunta Nora, que asoma su cobriza cabeza por el resquicio de la puerta.
—Qué —gruño sin moverme.
—Ya sé que no es asunto mío y que ya eres mayorcito, pero llevas horas ahí metido. En un rato iremos a buscar a tus padres, que nos esperan para tomar el té, y ni siquiera has comido…
—Tienes razón —la corto—: no es asunto tuyo.
Ella suelta un bufido.
—Además de inglés y rancio, cabezota —resopla.
Estoy a punto de soltarle que desaparezca y me deje tranquilo. A estas alturas, empiezo a estar convencido de que no hay negativa ni obstáculo que detenga a Nora Ross, porque ignora mi gruñido y accede al despacho. Como si me sorprendiera.
—¿Todavía estás dándole vueltas al caso? —me pregunta. Se coloca a mi lado y le echa un vistazo al ordenador y los documentos.
—Ya no voy a darle más vueltas —refunfuño—. Grant & McKenzie es el bufete contratado por Chemist Enterprises para su defensa legal. Steve Dellamy es un CEO cabreado que nos recuerda muy a menudo la pasta que nos paga. Grayson Davies y yo somos los mejores y vamos a ganar el caso. Punto.
—¿Y qué pasa con esos pobres trabajadores que no volverán a tener una vida normal? ¿Y con sus familias?
—Basta, Nora. —En mitad de un suspiro, apoyo los codos en la mesa y me meso el cabello—. Yo no me meto en tu forma de atender una caída grave. Así que no te inmiscuyas en mi trabajo.
—¿Estás seguro? —Como si esta fuese su casa, se sienta en el filo de la mesa, por lo que algunos documentos se amontonan.
Suelto un resoplido.
—Seguro de qué, Nora —le digo en tono cansado.
—¿No te habrías entrometido si hubieses visto que le hacía daño a aquel niño? ¿Y si hubiese hecho algo tan peligroso como quitarle el casco o levantarlo del suelo? ¿No me habrías advertido que me estaba equivocando?
Hago girar el sillón para poder mirarla por primera vez desde que ha entrado en el despacho. A pesar de la relevancia de la conversación, mi mente me juega la mala pasada de centrarse en la trenza de Nora y a punto estoy de recriminarle que no me permita disfrutar de su llameante melena.
Está claro que los últimos acontecimientos me han estresado.
Nora me sigue mirando, esperando una respuesta. Y estoy seguro de que no es solo una batalla dialéctica. Ella, de verdad, está preocupada por esas personas.
—No es lo mismo —le digo—. Tu obligación era salvar a ese niño. La mía es defender a grandes empresas.
—Pero yo no puedo negarme a esa obligación —me rebate—. Lo mires por donde lo mires, salvar al crío estaba bien. Sin embargo, que tú defiendas a esa gentuza puede parecer bueno o malo, según del lado que estés.
Me dejo caer en el respaldo del sillón y me froto la cara con las manos.
—Ya lo sé, maldita sea —me quejo—. Estoy intentando convencerme a mí mismo, pero todavía no he logrado hacerlo del todo. Y si vienes tú a hacerme dudar de nuevo…
Ante mi perplejidad, Nora se baja de la mesa y se acomoda en mi regazo. Me tenso. En esta postura, mi pensamiento no calcula bien sus derroteros. Sin embargo, Nora dulcifica su expresión y reordena mi cabello con los dedos. Un latigazo de calor trepa por mi columna por el simple contacto.
—No te lo digo solo por lo que hiciste por Rhys —me dice con suavidad—.
Te he conocido un poco, inglés estirado, y pondría la mano en el fuego por tus nobles creencias.
—Acuna mi rostro entre sus manos y fija en mí sus felinos ojos verdes.
Una parte de mí daría cualquier cosa en este momento por perderse en esos lagos de color turquesa—.
Sabes que tu corazón te pide dejar el caso, Max.
Puedes pasarle el testigo a otro abogado.
Voy a replicar. Nora posa un dedo en mis labios.
—Y también sabes que, si lo haces, tu conciencia te dejará dormir mucho mejor por las noches.
Quiero decirle que no tiene ni maldita idea de mi conciencia o de lo que sabe mi corazón, pero no me salen las palabras. Un nudo de respuestas falsas e hipócritas atasca mi garganta.
Nora suspira y se levanta de mis piernas. La falta del peso y del calor me dejan vacío y frío.
—No estoy tratando de convencerte de lo que yo creo, Max, sino de lo que tú mismo sientes.
La veo dirigirse a la puerta.
—Supongo que ya te has rendido —le digo entre aliviado y decepcionado.
Ella me muestra una sonrisa tan traviesa que siento mis pantalones un poco más estrechos.
—De eso nada, estirado. Vuelvo enseguida.
Me quedo mirando la puerta cada segundo que tarda en regresar. Cuando lo hace, lleva en su mano una carpeta, que dispone a continuación encima de la mesa.
—¿Qué es esto? —inquiero.
—Tú solo dime qué te inspiran. —Me señala las cuartillas que alberga el portafolio.
Obedezco y tomo la primera hoja. En ella hay un dibujo que representa a una mujer y un hombre que, por sus atuendos, pertenecerían a los años veinte del siglo pasado.
—Ve pasando las páginas y diciendo en voz alta lo que ves —me pide.
Detecto expectación en su mirada.
—Una pareja de los años veinte —comienzo a enumerar—. Un guerrero y una dama medieval. Una familia en una especie de granja, calculo que en la época de la guerra de Secesión americana…
—Vale —me corta—. Por lo que veo, solo con ver las ropas, los calzados o los peinados de estas personas has podido averiguar sus épocas o clases sociales.
Sigo perplejo.
—Sí, perfectamente. ¿Quién los ha dibujado?
—Yo —contesta al tiempo que cierra la carpeta.
—Parecen muy profesionales.
—Porque lo son. Mi sueño de toda la vida era estudiar Artes Escénicas enfocadas al diseño.
Anhelaba diseñar vestuarios para cine, teatro o televisión.
—Sonríe con tristeza—. La de veces que les hice a mis padres llevarme a la casa de Mark Twain, en Hartford…
Allí se representaban obras de teatro basadas en sus libros, sobre todo fragmentos de Tom Sawyer .
Y yo me quedaba embelesada en sus ropas, en los sombreros ajados o en los toscos zapatos.
Deseaba ser yo quien decidiera todo el vestuario.
—¿Qué ocurrió para que cambiaras de idea?
Sus estanques verdes se oscurecen como si una negra tormenta hubiese caído en ellos. Cierro los ojos y maldigo en voz baja.
—Perdona. El accidente de tu madre…
En el rostro de Nora pueden leerse normalmente una miríada de emociones. Se puede ver osadía, alegría, indignación, rabia, burla… Por eso, en este momento, mi corazón se sacude en mi pecho al no contemplar… nada. Al mencionar a su madre, Nora se vacía.
—Tuvo que ser muy duro. —Hablo por no callar—. Eras muy joven.
—Fue mi culpa.
—¿Tu culpa? —Frunzo el ceño.
Nora se desplaza hasta la ventana y contempla el paisaje urbano del corazón de Manhattan. El sol del mediodía la convierte en una sombra y, aun así, no soy capaz de dejar de mirarla.
—Mi madre fue a buscarme porque yo estaba demasiado borracha y colocada como para conducir —suelta de sopetón.
Un escalofrío me recorre la espina dorsal. El tono lúgubre de Nora me ha hecho sentir la tristeza y la culpabilidad como si fuesen mías.
—Eso es algo que habrán hecho montones de padres por sus hijos —le digo con calma, a pesar de que tengo que clavar las uñas en los apoyabrazos del sillón para no levantarme y abrazarla, besar su pelo y arrullarla con palabras dulces que apacigüen su dolor.
—En mi caso… —apoya la frente en el cristal—, me rodeé de pésimas compañías, salí durante años con un tío repulsivo, borracho y porrero que, además, me trataba como a una mierda.
Mi madre… —Inspira un instante—. Ella no dejó de advertirme, pero yo era muy mayor y responsable…
—Suelta una carcajada mordaz—. Menuda gilipollas estaba yo hecha.
—Sigue sin ser culpa tuya, Nora —insisto.
La pelirroja se da la vuelta. Ahora, aunque su silueta sigue oscurecida por el sol, puedo contemplar su rostro apagado… y húmedo.
—¡¿Cómo que no?! —exclama con voz rota—. Mis supuestos amigos me abandonaron, lo mismo que mi supuesto novio. Si hubiese escuchado a mi verdadera amiga o a mi familia, mi madre no tendría que ver el mundo desde una silla de ruedas.
Nada me retiene ya en el sillón. Con un rápido impulso, me levanto y me acerco a ella. Acuno su bello rostro entre mis manos y le enjugo las lágrimas con los pulgares.
—No, no, eso no —musito—. Tú no estás hecha para llorar, Nora.
—Ah, ¿no? —Sonríe a pesar del llanto silencioso—. ¿Y para qué estoy hecha, inglés?
—Para ayudar a las personas. —Le doy un beso en la frente—. Y también para reír, para gozar, para vivir intensamente. Eres emoción y risa, Nora Ross. Eres fuego y pasión, energía y corazón.
Nora alza la cabeza y me mira de una forma extraña.
—Ahora entiendo tu facilidad para ligar, letrado. Con esa labia… —Ríe.
Yo también río y atraigo su cabeza a mi pecho. No acabo de entender mi reacción con ese gesto. Solo sé que, aunque estoy seguro de que Nora no necesita la protección de nadie, sí creo que todos necesitamos consuelo en ciertos momentos de flaqueza.
La abrazo y le beso el pelo.
—No sirve de nada culparnos de hechos que no podemos controlar. Entraríamos en un bucle del que nunca podríamos salir.
—Lo sé —me responde con la voz amortiguada por mi camisa—, aunque resulta tan difícil arrancarse la culpa, el continuo martilleo en mi cabeza que me recuerda cómo habrían sido las cosas si yo no hubiese salido esa noche, si le hubiese hecho caso a mi amiga, si hubiese enviado a la mierda a aquel capullo…
—¿Por eso decidiste que no tendrías más pareja que un gato? —le pregunto con un punto de broma.
Se separa de mi pecho y asiente.
—Aprendí a la fuerza que enamorarse del tío equivocado puede ser lo peor del mundo, que no dejaría que nadie volviera a anularme y que solo confiaría en unas pocas personas.
—No todos los tíos son tan gilipollas.
Nora ríe al oírme pronunciar una palabra tan poco habitual en mí.
—¿Y tú, inglés? ¿Por qué te has aferrado tanto a tu soltería? ¿Alguna mala experiencia?
Mis labios sonríen, pero mi cuerpo se tensa. Lo mejor es desviar la conversación.
—No me has explicado por qué no retomaste tus estudios de diseño de vestuario.
Nora se deshace de mi abrazo, se dirige al escritorio y acaricia con cierta reverencia las láminas con sus dibujos.
—No quiero mirar atrás. Era mi ilusión, sí, pero, irremediablemente, me vería abocada al pasado.
Cuando estudié para paramédica, sin embargo, sentí que renacía, que resurgía una nueva Nora.
Con mi trabajo siento que soy la persona que quiero ser.
—Se vuelve y clava en mí su mirada verde—.
Creo que es muy importante sentirse bien con lo que uno hace.
Y me parece triste que alguien se tenga que dedicar a algo que choca con sus valores.
Suspiro.
—En esta sociedad, Nora, cada uno tenemos nuestro rol. Todo ciudadano tiene derecho a una defensa, y yo me he de encargar de que así sea.
—Pues eso —se queja—, muy triste.
Un río de rabia circula por mis venas. Puede que sea una rabia contra mí mismo, aunque no por eso deja de quemarme.
—Doy por concluida la maldita discusión sobre mi trabajo, mis valores o mis malditas decisiones. —Apago el ordenador con un golpe sobre las teclas—. ¿No decías que se estaba haciendo tarde?
—Sí, para tomar el té y acompañar a tus padres de visita turística mientras fingimos que somos pareja.
—¿No vas a ser capaz de aparentar que me quieres y que estás loca por mí? —le espeto con ironía. Paso por su lado, chocamos nuestros brazos y salgo del despacho.
—¡Si hoy finjo que te quiero, te aseguro que no se lo va a creer nadie! —me grita desde el otro lado del pasillo—. ¡No creo que pueda ni fingir que te tolero!
—Vale. Pues hoy toca la primera discusión de pareja. Eso también lo hará más real.