Si finjo que te quiero 11. Nora #2
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11. Nora #2

Tengo entendido que merendar aquí cuesta cuarenta y nueve dólares por persona, pero me encojo de hombros y me dedico a disfrutar del té, los sándwiches y las pastas.

La señora Middleton se pasa casi todo el rato enviando fotos y escribiendo a sus amigas.

Miro con disimulo y solo pillo algunas frases con las que les explica lo mucho que está disfrutando de la ciudad y de la compañía.

De nuevo, me invade una sensación amarga que no es capaz de endulzar ni una merienda en Tiffany’s.

Por suerte, Max me llama y quedamos en que nos vendrá a recoger para concluir el itinerario en Central Park.

Nos apiadamos de sus padres, ya cansados, y decidimos sentarnos un rato en uno de los bancos que rodean la fuente de Bethesda.

Y si el plan no me parecía muy alentador precisamente, el inglés lo termina de arreglar aceptando una llamada.

—Disculpad —nos dice. Se levanta y se aleja de nosotros unos metros—. Tengo que contestar.

Cinco minutos lleva ya de conversación.

—¿Qué tal las vistas desde el mirador, señor Middleton? —le pregunto al hombre para entablar un poco de conversación.

—Impresionantes —responde. Espero que siga hablando, pero parece que George Middleton es de los que prefieren ahorrar palabras si con una es suficiente.

—Seguro que no has hecho ni una fotografía —le reprende su mujer, que no deja de enfocar el Ángel de las Aguas con su teléfono.

—No voy a estar todo el tiempo con ese maldito cacharro —refunfuña el marido—. Las personas no se dan cuenta de lo que se pierden mientras miran el mundo a través de una pantallita.

—Luego me pedirás que te las envíe para presumir delante de tus amigos del golf.

Y yo en medio.

No tengo ni idea de qué decir en mitad de la absurda discusión, por lo que, cuando veo que Max cuelga el teléfono y vuelve a aproximarse, no puedo evitar un soplido de alivio… que se corta cuando Emily cambia el destinatario de su ataque.

—No sé para qué tiene tu padre un teléfono, si ni siquiera lo utiliza cuando visita el lugar que tanta ilusión le hacía.

—Ya he hecho yo un montón de fotografías, mamá —la calma su hijo—. Te las enviaré, tranquila.

Me río al ver la expresión exasperada del inglés.

La risa se me corta cuando unos gritos rompen el aire. Me pongo en pie y, en cuanto distingo a una persona tirada en el suelo junto a una bicicleta, echo a correr sin pensar en otra cosa que en socorrerla.

—¡Dios mío, ayuda! —grita una mujer que se inclina sobre el accidentado—. ¡Es mi hijo! ¡No se mueve!

Mi corazón se acelera al comprobar que es un niño la persona que yace inconsciente sobre las frías losas. Me cuelo por entre la gente que ya ha formado un tumulto a su alrededor.

—¡Por favor —grito—, apártense! ¡Dejen que me acerque! ¡Soy paramédica!

—Ha caído de cabeza —clama la madre en mitad de un desgarrador llanto—. ¡Se ha dado en la cabeza!

—¡Sí! —grita alguien entre el gentío—. ¡Se ha oído el golpe desde el otro lado de la plaza!

Lo primero que hago es comprobar el pulso.

—Hay latido, no se preocupe —le digo a la mujer mientras saco el móvil y llamo a emergencias—. Seguro que el casco ha hecho su función.

Ruego para mis adentros que la protección tenga la calidad esperada.

—¡Matt! —exclama la madre entre alivio y desesperación—. ¡Matthew!

—Necesitamos una ambulancia en la fuente de Bethesda —demando a la operadora—. Varón, unos diez años. Traumatismo en la cabeza por caída de una bicicleta. Está inconsciente. Pulso débil.

—Ya va para allá —me responde—. Mientras tanto, traten de no moverlo.

—No se preocupe, soy paramédica —le digo antes de colgar—. Aunque sin equipo.

—¡Está sangrando! —vuelve a gritar la madre aterrorizada—. ¡Le sangra la cabeza! ¡Se la ha abierto, Dios mío!

Observo que un reguero de sangre comienza a cubrir el rostro del niño. Con cuidado, palpo la zona entre la frente y el casco y detecto el origen del sangrado.

—Es la ceja —tranquilizo a la madre, aunque no pueda determinar todavía la gravedad de la caída—. Lo que se ha abierto es la ceja, tranquila.

Busco en mi bolso, donde suelo llevar un pequeño y básico botiquín. Extraigo de la caja unas gasas y las coloco sobre el párpado del pequeño, aunque sin presionar demasiado. Si hubiera una fractura craneal, sería contraproducente.

Entretanto, compruebo que no haya más heridas en el cuerpo del niño. No localizo más que unos rasguños en un brazo, en una pierna y en las manos. Suplico mentalmente que el crío frenara la caída con las palmas y el impacto no haya sido tan fuerte.

—¡Ya llega la ambulancia! —grita alguien.

Suspiro de alivio. Un agente de policía se encarga de mantener apartados a los curiosos, sobre todo para que los paramédicos tengan el camino libre.

—¿Algún signo de consciencia? —me pregunta uno de ellos mientras le coloca un collarín.

—Ninguno —respondo—. El pulso no ha cambiado.

—Gracias por todo, compañera.

El joven me hace un gesto con la cabeza, tapa al niño con una manta térmica y ayuda a su compañero a colocar al accidentado en una camilla.

—¡Quiero ir con mi hijo! —clama la madre.

—Por supuesto —le indico a la mujer—, puede subir a la ambulancia.

El vehículo arranca y desaparece por entre la multitud haciendo sonar la sirena. Yo sigo arrodillada en el suelo. Estoy acostumbrada a estos momentos de tensión, y a mucho peores, pero, cuando se trata de niños, a mi ánimo le cuesta más recomponerse.

—¿Estás bien, Nora?

La figura de Max aparece ante mí, tapando con su altura el sol de la tarde.

Percibo su mano en mi hombro y su sincera preocupación.

Justo a su lado se perfila otra silueta, más bajita, aunque igual de oscura al ser recortada por el resplandor anaranjado del cielo.

Es Emily, que me está mirando como si me viera por primera vez.

Busco a su marido, al que localizo conversando con el policía que ya ha dispersado a los curiosos.

—Estoy bien —le respondo a Max. Me pongo en pie y observo de reojo a su madre. La mujer, a pesar de su ceño fruncido, se aleja de nosotros y acompaña a su marido—. Lo siento —le digo al inglés.

—¿Qué es lo que sientes? —inquiere con una media sonrisa que me roza el corazón—. ¿Haberle salvado la vida a ese niño?

—Eso espero, que se salve.

—Has estado asombrosa.

Levanto la vista y me pierdo en las profundidades de plata en que se han convertido los ojos de Max.

—Me temo que, por lo que ha pasado, tus padres no se van a creer a estas alturas que soy abogada.

—Mis padres están encantados contigo, pelirroja.

No sé si es esa nueva sonrisa o el tono íntimo con el que ha pronunciado la última palabra, pero, de pronto, algo hace clic en mi interior. Es como el sonido de una cerradura al abrirse. La cerradura que custodiaba la determinación que tomé hace cinco años.