Si finjo que te quiero 11. Nora
48%

11. Nora

Nora

Llevo unos minutos regocijándome en mi visión. Según Max, no habría ronroneo posible que le hiciera relajarse.

¡Ja!

El inglés está profundamente dormido, con la cabeza hundida en la almohada y la boca abierta. Como le oiga hacer algún ruido, juro que lo grabaré para reírme un rato con él.

Continúo mirándole. Tengo que reconocer que así, relajado, está guapo; muy guapo.

El sol que entra por la ventana le arranca destellos dorados a su oscuro cabello y lo envuelve en una especie de halo.

Las pestañas forman dos abanicos sobre sus marcados pómulos, y sus labios entreabiertos se ven llenos y suculentos.

¡Dios! ¡Qué ganas de besarlos!

Las sábanas se le han atascado en la cintura, por lo que, además, puedo admirar su torso, tan solo cubierto por la camiseta de manga corta, y sus brazos musculosos.

Madre mía, el tío está cachas. La primera vez que me acosté con él estaba tan ansiosa que no me paré a pensarlo, y la segunda fue demasiado rápida.

Por eso me doy el gusto de mirarle a placer.

Incluso se me ocurre la loca idea de acercar mi nariz hasta su pelo, su mejilla y su cuello e inspirar.

Joder, qué envidia. Hasta dormido huele bien.

Todavía conserva el aroma de su loción de afeitado, del champú y del rastro a ropa limpia que siempre le envuelve.

Quizá ponerme a olerlo a traición resulte cuestionable, pero ni me lo planteo ni me importa.

Harold, que viene de desayunar, se sube a la cama mientras se relame los restos de pienso.

—¿Qué te parece, gordi? ¿Le despertamos?

Si alguien no lo cree, me da igual: estoy segura de que mi gato me entiende.

Nada más plantearle la cuestión, se acerca a Max, le olisquea la cara y, a continuación, comienza a lamerle la mejilla.

Me aguanto la risa que me provoca el ruidito entre la lengua rasposa de Harold y la barba incipiente del inglés.

Lo que parece despertarle es el cosquilleo de los largos bigotes del felino, porque arruga la nariz y mueve el mentón.

Nada más abrir los ojos, pestañea y, al ver encima de él una cara de gato que no se espera, se incorpora de golpe.

—¡¿Qué demonios…?!

—Buenos días, inglés —le saludo—. No es por nada, pero mira el solazo que entra por la ventana. Lo mismo tienes a tus queridos padres perdidos por Central Park.

—¡Mierda! —exclama al tiempo que sale de la cama de un salto. Se lanza sobre su móvil, lo desbloquea y lo mira ansioso. Unos segundos después, suelta un bufido y tira el teléfono sobre la mesita—. Son las siete y media de la mañana, y quedé con mis padres a las diez —gruñe.

Me pongo a aporrear la almohada mientras me parto de la risa.

—Muy graciosa, pelirroja —espeta con retintín—. No sé qué te hace tanta gracia.

—Tengo una lista —continúo riendo—: verte dormir con la boca abierta, la cara que has puesto al ver a Harold y el bote que has dado en la cama.

¡Ah!, y lo mejor ha sido saber que, si no te despertamos, habrías seguido como un tronco hasta el mediodía.

¿No se suponía que serías incapaz de conciliar el sueño?

Max se frota el rostro y se peina con los dedos en mitad de un bufido de frustración.

—Voy a darme una ducha. No estoy acostumbrado a tanta conversación nada más levantarme.

—¡Por eso tienes que adoptar un gato, rancio! —le grito mientras abre la puerta del baño.

—¿Lo dices porque dan compañía o porque es la única especie que soporta tu cháchara?

Le lanzo un cojín, que impacta en su espalda.

—Eres un capullo —reniego.

Juraría que he oído una risilla. Descarto esa posibilidad. Max Middleton no tiene pinta de tener ganas de reír por las mañanas.

***

No es que sea gran cosa. Max me sorprende con un desayuno que ha preparado mientras me duchaba. En la cocina me recibe un apetitoso aroma a café que casi me hace gemir de gusto. Sobre la isla hay dispuestas dos tazas, un plato con pan tostado y un bote de mermelada.

—Mi despensa es exigua —dice mientras vierte un azucarillo en su taza—. Normalmente no tomo en casa nada más allá del café matutino, y a veces ni eso. Estoy acostumbrado a pasar todo el día en el despacho y comer allí mismo, o, en el mejor de los casos, en restaurantes con clientes.

—¿Te sientes mal por no poder ofrecerme un desayuno completo? —le pincho.

—Un poco sí, claro.

—Tranquilo, inglés —le digo mientras unto una rebanada con la mermelada—.

Si vieras mi nevera, te caerías de culo.

Y no por la agradable sorpresa, ya te lo digo yo.

También me veo obligada a comer lo que pillo, sobre todo durante las largas jornadas de trabajo.

Mis compañeros y yo estamos hechos de sándwiches, pizzas y perritos.

Max me mira por encima del borde de su taza.

—Nunca hablas de tu trabajo —me dice tras dar un sorbo—. Tiene que ser emocionante a pesar de la responsabilidad.

—No pienso hablar ahora de ello. Te aseguro que mis jornadas laborales son el último tema que elegiría de conversación.

—Pues ayer me obligaste a hablarte del mío.

—Porque estabas preocupado. —Me encojo de hombros y dejo la taza usada en el lavavajillas.

—¿Te preocupa que me preocupe? —me pregunta con sorna cuando también recoge su cubierto.

Resoplo.

—Será mejor que terminemos de vestirnos y vayamos a buscar a mis queridos suegros —refunfuño.

Max tuerce el gesto.

—Suena extraño que mis padres sean los suegros de nadie.

—Tienes clara tu soltería, entonces.

—Más que nada en el mundo.

—Pues ya nos parecemos en algo, inglés.

***

Siguiendo el itinerario que nos recomendó Evie, comenzamos a mostrar a los Middleton la Quinta Avenida.

Debido a sus once kilómetros de longitud, poco compatibles con una pareja de septuagenarios, vamos alternando los recorridos en taxi y a pie.

Como la mayoría de los turistas de la ciudad, pasamos por el Empire State Building, la Biblioteca Pública, la catedral de San Patricio y el MET.

Después de comer algo ligero, Max y su padre se quedan en el Rockefeller Center para que el señor Middleton pueda cumplir su sueño de subir al Top of the Rock.

Entretanto, Emily y yo paseamos un buen rato por la zona de tiendas más exclusivas.

La ilusión de la mujer es hacer una multitud de fotografías con los escaparates más famosos de fondo.

Aunque, en el momento en que le pide a un desconocido que nos fotografíe a las dos delante de la tienda de Cartier, empiezo a sentirme mal.

—En cuanto tenga unas cuantas, las envío por el grupo de Damas de la Reina. Estoy deseando que me vean en la Quinta Avenida con mi nuera.

—Emily… —suspiro.

—Lo sé, lo sé. —Hace un gesto en el aire con la mano—. No tenéis pensado casaros de momento, pero ¿quién sabe si en el futuro cambiáis de opinión?

Lo dicho: me siento fatal. Mi imagen se va a pasear por todas esas damas inglesas cuando no soy más que una novia falsa.

El rancio me va a escuchar.

—Creo que será mejor que le haga yo a usted las fotografías —le digo cuando pretende pedírselo a otro transeúnte—. ¿Y si su hijo y yo nos enviamos a la mier…, quiero decir, si nos dejamos? Va a tener usted que aguantar mi cara cada vez que las vea.

La mujer me dedica una sonrisa. No muy amplia, puesto que me da la impresión de que estos ingleses tienen un tope en la boca que no les deja abrirla más. Si los vemos curvar un poco los labios, ya podemos estar contentos, porque eso para ellos es como una enorme sonrisa para nosotros.

—Querida Nora —me dice—. No tengo ni la menor idea de lo que va a pasar —se mira su fino reloj dorado— ni siquiera en un minuto. Mucho menos vamos a saber qué ocurrirá con vuestra relación, con mi maltrecho corazón o con un cataclismo mundial.

Dejo caer los hombros. A ver qué diantres le digo yo ahora.

—Además, tu cara es, con toda seguridad, lo mejor de esas fotos.

Si un día me entero de que os habéis dejado, no me importará tenerte ahí.

A no ser —me suelta mientras sigue caminando—, que le hagas daño a mi querido hijo.

Si eso ocurre, no tendré más remedio que pedirle al profesor de informática del club que utilice una de esas funciones que borran personas de las fotografías.

Y puedes estar segura de que no sería el único lugar del que te borraría mi Max.

¿Qué diantres ha querido decir con eso? ¿Y por qué me ha sonado como una amenaza?

Alcanzo a la mujer, que se ha detenido delante de Tiffany & Co.

y ya le está ofreciendo el teléfono a un viandante.

Nos hacemos la foto y, por supuesto, entramos en la joyería.

Frunzo el ceño al verla dirigirse al Blue Box Café, el restaurante que abrieron hace poco para que la gente pudiera tomarse su propio desayuno con diamantes.

—Emily —llamo su atención—. No puede ir ahí.

—Ya sé que no es hora del desayuno —me dice con un mohín que pretende ser travieso—, pero también se puede merendar. Es la hora del té.

—Pues tendremos que buscar otro sitio —le advierto—. Para hacerlo aquí necesitaríamos haber reservado con dos semanas de antelación.

—Lo sé —me responde. Le muestra el teléfono a la mujer que custodia la puerta.

La empleada nos sonríe y nos acompaña hasta una de las mesas redondas rodeadas de los sillones azules del local.

Estoy tan desconcertada que apenas disfruto de lo que nos rodea.

Este lugar es como una enorme caja de regalo envuelta en papel azulado.

—Pero… Emily —le susurro mientras nos sentamos—. Este sitio debe de ser carísimo.

—No te preocupes. Yo invito. —Se quita los guantes y deja el bolso sobre el regazo.