Si finjo que te quiero 10. Nora
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10. Nora

Nora

—¿Nora? —oigo decir.

Desorientada, parpadeo para despegar mis pestañas. Una pegajosa humedad une mi boca con un tórax ancho y duro. Me despierto de golpe.

—¡Ay, madre! ¡Te estoy babeando encima!

El pecho de Max se agita debajo de mí por la risa. Me apoyo con las manos para separarme de él. Sigo a horcajadas…, y con el inglés metido todavía dentro.

—Siento despertarte —me dice divertido—. A mí tampoco me importaría dormirme así, contigo encima, pero necesito… asearme un poco.

—Ya voy, ya voy —digo mientras me desengancho de él y me pongo en pie—. No sé lo que me ha pasado. Me ha entrado un sueño…

—¿El anciano te ha dejado destrozada? —se mofa mientras se levanta.

—De eso nada —refunfuño. Me pongo las bragas y la camiseta en dos movimientos rápidos—. Me has pillado… falta de energía. Este rollo de hacerme pasar por tu novia es agotador. ¡Y estoy falta de sexo! —exclamo de forma atropellada—. Llevo mucho tiempo sin echar un polvo, tú estás a mano… y ya está.

—No te alteres, pelirroja. A mí me ha pasado lo mismo.

Sale del despacho y regresa un par de minutos después con un pantalón de algodón de color gris y una camiseta negra.

Se me seca la boca. Vale que a este hombre le pega ir con traje de tres piezas, gemelos y alfiler de corbata a juego, pero ¡por Dios santo!

¿Cómo no se ha dado cuenta de lo bien que le sienta vestir más informal?

Si con prendas tan sencillas está buenísimo, no puedo dejar de imaginarlo con vaqueros y deportivas. ¡Estaría para mojar pan!

En lugar de decirle nada de lo que pienso (no vaya a creerse que me gusta o algo por el estilo), me aclaro la voz y le muestro mi sonrisa más burlona.

—¡Anda! ¡Si tienes ropa normal!

Él me responde con una media sonrisilla, tan rara de ver en él que me siento privilegiada por disfrutarla. Sonrío para mis adentros. Con ese atuendo juvenil, despeinado, con la barba del día y sonriente, acaba de quitarse diez años de encima.

—Es lo que tiene la convivencia —me dice con expresión burlona—, que ves a tu pareja en los peores momentos.

—Pues no me parece que el tuyo sea malo.

Qué bocazas soy.

—Ni el tuyo —me dice antes de volverse al escritorio.

—Muy gracioso. —Me cruzo de brazos—. Estoy en bragas, con una camiseta vieja y con el pelo tan enmarañado que tardaré horas en desenredarlo.

—A mí me pones. —Se encoge de hombros—. Creo que ha quedado claro. Aunque quizá no te valga la opinión de un viejo.

Se inclina sobre la mesa y me da la espalda, de forma que puedo contemplar su trasero en primera fila. Con los trajes no me había dado cuenta de lo firme que lo tiene. Y eso que se lo he tocado.

—Puedes volver a la cama —me dice mientras repasa un documento—. He descansado un rato, pero tengo que seguir con esto.

Vuelve a ser el rancio.

—Por mí como si no duermes en una semana —le suelto—. Son las tres de la madrugada. ¿No te parece que, a esta hora, el cerebro ya no funciona igual?

—Ese es mi problema —gruñe.

Y el borde.

—Por si te interesa —añade—, le voy a dedicar una hora más. Después me echaré otro rato.

—¿En ese sillón?

—Sí, en ese sillón —dice sin mirarme.

—Tenías el cuello torcido. No pienso volver a tu cama mientras tú pasas la noche en un maldito sillón.

—Deja de quejarte, Nora, por favor —me exige con un punto de cabreo—. Y vete ya a seguir durmiendo.

—A ti ni el sexo te relaja. Tu cama debe de medir como dos metros cuadrados, Max. Podemos dormir los dos en ella sin tener que rozarnos un pie.

—Ya has visto lo que pasa cuando compartimos lugar de descanso —dice irónico.

—Bueno, pues follamos de vez en cuando si nos apetece —suelto exasperada—. Pero imagino que la mayor parte del tiempo dormiremos.

Me lanza una mirada sarcástica.

—¿En serio? ¿Me estás diciendo que compartamos cama… con todas las consecuencias?

—¿Por qué no? —digo con indiferencia—. Solo va a ser una semana. ¿Tienes miedo de que nos enamoremos en ese tiempo?

Chasquea la lengua y lanza un suspiro.

—Claro que no. Es solo que… no sé qué pensarían Rhys y Evie.

—¿Les sueles dar el nombre de las mujeres con las que te acuestas? —inquiero mordaz.

—Lo que no suelo es discutir con nadie a estas horas. Déjalo ya, Nora.

Inglés capullo…

Sin previo aviso, me siento en el sillón y me cubro las piernas con la manta. Harold, en cuanto me ve, salta a mi regazo.

—¿Se puede saber qué haces? —inquiere Max airado.

—Nos quedamos aquí, contigo —le digo con una mueca de obstinación.

—Mira, haz lo que quieras —reniega—. Duérmete o mira al techo, pero déjame seguir con esto.

Suelto un bufido y lo dejo estar. Pasados cinco minutos, ya he bostezado diecisiete veces y se me han cerrado los ojos al menos diez.

Harold ya está dormido, acurrucado sobre mí, por lo que, con cuidado, me incorporo un poco más para no sucumbir a los brazos de Morfeo.

Contemplo a Max, sentado tras su escritorio.

Tiene el ceño tan fruncido que temo que las cejas le tapen los ojos.

—¿Por qué no me explicas de qué va el caso? —le pregunto—. ¿O al menos qué es lo que te preocupa tanto?

Alza la vista un microsegundo.

—No —se limita a decir.

—¿Crees que no soy lo suficientemente inteligente para entenderlo?

Resopla y se frota las sienes.

—No es por eso. El problema no es su dificultad, sino la convicción de que estoy defendiendo algo indefendible.

—Tú eres un superabogado —le digo con el ceño fruncido—. El Lobo de McKenzie, nada menos. La joya del mejor bufete de Nueva York. Seguro que podrás hacerlo.

—No se trata de poder, sino de querer.

—¿Los abogados no estáis obligados a defender a vuestro cliente?

—No. Siempre y cuando no le dejemos indefenso. Se le puede otorgar otro abogado alegando conflicto de intereses o cualquier otro recurso legal.

—Pues busca un recurso de esos —le sugiero.

—No es tan fácil. —Se frota el rostro con las manos y se revuelve un poco más el pelo. Su tez está pálida, y sus ojos, cada vez más enrojecidos—. Aun sin mencionar el tema económico, hay que tener en cuenta el apellido de mi tío, el prestigio del bufete y el mío propio.

Siento un dolorcillo en el pecho al verlo tan apesadumbrado. El implacable Max Middleton, el inglés rancio y encorsetado que nunca sonríe y al que solo le interesa su trabajo…, también tiene sentimientos.

Le señalo un hueco a mi lado.

—¿Por qué no te sientas aquí y me lo explicas? Quizá no entienda nada, pero, por propia experiencia, sé que los problemas compartidos pierden parte de su peso.

Suena un poco hipócrita de mi parte, ya que, si es cierto que hablar de ello con mi terapeuta es lo que más me ha ayudado todos estos años de culpa, nunca he compartido con nadie, más que con mi familia, el hecho más triste e injusto de mi pasado.

Incluso con ellos, con mis padres y Evie, hace tiempo que no aludimos al tema.

La visión de mamá en silla de ruedas me ahoga cada vez que la enfrento.

Y ellos, por su parte, saben que me hace sufrir demasiado el recuerdo y nunca me han preguntado siquiera qué pasó en realidad aquella noche.

Yo procuro olvidarlo, pero resulta complicado cuando las pesadillas no me han abandonado todavía.

En ellas me veo a mí misma, como si de una película se tratase, bailando, bebiendo y colocándome.

Al fondo de la imagen, mi madre intenta salir de un montón de hierros retorcidos mientras me tiende los brazos y me suplica ayuda.

Trato de paliar el temblor que se me apodera del cuerpo, los sudores y los acelerados latidos del corazón. Mamá, papá y Evie me dijeron una vez que no tenía que pedir perdón, porque no había nada que perdonar. Quizá tengan razón. Porque soy yo quien debe perdonarse a sí misma.

Observo de nuevo a Max, que parece debatirse entre pedirme que le deje en paz y hacerme caso.

Sus ojos apagados se cruzan con los míos, y le veo dudar.

Vuelvo a señalarle el hueco vacío del sillón y estoy a punto de soltar un suspiro de alivio cuando le veo levantarse de la silla.

No tengo excesiva curiosidad sobre su caso, pero sí una imperiosa necesidad de tranquilizarle, de consolarle, de apoyarle.

Max está considerado un duro contrincante en los juzgados, por lo que ser testigo de su vulnerabilidad me desarma por completo.

El inglés se sienta a mi lado y cubro sus piernas con la manta en la que nos acurrucamos Harold y yo. Comienza a hablar con un tono cansado. Mira a ninguna parte. No me pierdo los gestos de su rostro ni de sus manos.

—Los familiares de un grupo de trabajadores demandaron a Chemist Enterprises. Supongo que te sonará.

—Es una empresa química. ¿La demandan por haberles causado alguna enfermedad?

—Sí. La corporación alega que, a través de los contratos, los empleados ya fueron informados de los riesgos, como problemas respiratorios o cutáneos.

Según los informes médicos, lo que padecen son problemas neurológicos, como mareos, pérdida de memoria, somnolencia, fatiga persistente, falta de concentración, dificultad para ver, oír o hablar…

—Dios mío. La exposición prolongada a sustancias químicas tóxicas sin la debida protección puede causar daños cerebrales. ¿No disponían de máscaras y equipos adecuados?

—Sí, los que Security Components proporcionaba a Chemist. Por eso, el abogado de la acusación se basa en la idea de que debían de ser defectuosos, y que tanto Albert Prost, CEO de la empresa fabricante de los equipos, como Steve Dellamy, CEO de la empresa química, estaban al tanto del fallo.

—Hijos de puta —gruño.

—Pero no tienen pruebas —apostilla Max—. Por eso, la defensa, o sea, nosotros, tenemos el caso prácticamente ganado.

—¿Y no hay algún trabajador de la fábrica de los equipos de protección que conserve alguno de los defectuosos?

—No. —Niega con la cabeza—. Por más que buscaron en el almacén, ya no quedaba nada de partidas anteriores. Y ahora, por supuesto, todos los equipos que se están fabricando han resultado aptos tras las pruebas pertinentes.

—¡Tiene que haber algún testimonio! —me indigno—. ¡Algo!

—Los compañeros de la fábrica temen perder su puesto de trabajo. Saben que, a partir de ahora, todos los sistemas de protección han sido probados y aceptados, así que…

—¿Y si se les asegurara el anonimato? O una grabación sin que se les vea el rostro…

—No valdría ante un tribunal.

—O sea —me indigno—, que esos empresarios se van a ahorrar la indemnización que les correspondería a los trabajadores por las lesiones permanentes que van a sufrir.

—Esa es la idea. Esas indemnizaciones arruinarían a las dos empresas.

—¡Pues que se jodan! ¡Me cago en todo! ¡¿Cómo pueden dormir tranquilos esos cabrones?! ¿No podéis hacer nada?

Max gira por primera vez la cabeza y me mira con un atisbo de diversión.

—Sabes que estás hablando con la parte que los defiende, ¿no?

—Claro, por eso estás tan agobiado. Estás en un continuo choque moral entre tu profesionalidad y tus principios.

—Premio —dice irónico.

Contemplo la expresión de cansancio de Max y siento un pinchazo en el pecho. No es solo por la empatía que siento. Me da la impresión de que estoy viendo a Max Middleton por primera vez.

—¿Qué te parece —le pregunto con una sonrisa— si apartas por unas horas todas tus dudas de la cabeza y te vas a dormir?

Tienes pinta de estar agotado. Y si a esa cara de señor mayor responsable le añades unas ojeras, unos ojos inyectados en sangre y unos hombros caídos, acabarás pareciendo todavía más viejo.

—Ya… —Suspira—. Vuelve al dormitorio.

—De eso nada.

Aparto la manta, cojo a Harold bajo un brazo y con la otra mano tiro de Max.

—Tú te vienes ahora mismo a la cama. Te prometo que podré contenerme y no me tiraré sobre ti —bromeo.

Él sonríe mientras se deja arrastrar por mí.

—No creo que sea ese el problema. Lo que ha pasado antes… Tú lo has dicho. Los dos andamos agobiados y necesitábamos un desahogo.

—Me has confesado que te pongo —me burlo—. ¿Serás capaz de contenerte tú también?

Ya en la habitación, observo los ojos grises de Max, que brillan con una especie de regocijo.

—Tú pones a cualquiera.

Su respuesta me desconcierta, pero sigo con la broma.

—Tú también, inglés, por muy rancio y estirado que seas. Puede, incluso, que sea eso lo que vaya provocando a las mujeres. Un caballero tan serio, tan elegante, tan inaccesible…, resulta de lo más sexi.

—No me digas que te parezco sexi.

—Por supuesto. —Lo digo en un tono desenfadado, no vaya a ser que piense cosas que no son.

Max muestra una leve sonrisa y aparta las mantas.

—Además de la enorme cama que vamos a ocupar, disponemos de una barrera infranqueable. —Coloco a Harold en mitad del espacio—. ¿Qué te parece? —le pregunto, y me meto bajo las sábanas.

—Que voy a dormir con un gato.

—La presencia de un felino tranquiliza —le comento al tiempo que apago la lamparita—. Sus ronroneos calman y mejoran los síntomas de estrés. Ya ves, terapia gratis.

—Ni diez gatos podrían hacerme dormir más de dos horas seguidas —refunfuña.