Si finjo que te quiero 9. Nora #2
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9. Nora #2

Él, de nuevo concentrado, ni siquiera me contesta.

—¿Has dormido alguna vez en una cama extragrande? —le pregunto a Harold mientras nos dirigimos al dormitorio—. No, claro que no. ¿La probamos juntos?

***

Un sonido persistente penetra en mi mente dormida. No sé lo que tardo en reconocerlo. Precisamente por serme tan familiar, abro los ojos de golpe.

—¡Harold! —grito sin alzar la voz—. ¿En serio? ¿Estás rascando la puerta? ¿Qué quieres, si está abierta?

Como respuesta, el gato sube con un salto limpio a la cama, camina por encima de mí y se coloca sobre mi pecho. Siento el cosquilleo de sus bigotes en la cara.

—Estás gordo y pesas —refunfuño mientras trato de incorporarme. Enciendo la lamparita de la mesilla y contemplo la expresión exigente de Harold—. ¿Qué te pasa? En casa hace tiempo que no rascas nada.

Maullido.

—Genial.

Aparto la ropa de la cama y me levanto. Estoy casi segura de que algo le debe de haber pasado por encontrarse en una casa extraña. Vestida con mi atuendo de dormir habitual, una camiseta y unas bragas, camino hasta el cuarto de la colada. Le doy al interruptor y se enciende un foco de luz blanca.

—Lo sabía —suspiro.

Observo el recipiente de la comida. El cambio de entorno ha estresado a Harold, que ha combatido la incomodidad comiéndose todo el pienso.

—Te pongo solo un poco, ¿de acuerdo?

Abro el paquete y vierto una pequeña cantidad. Cuando el gato se acerca a comer, lo acaricio un buen rato y le hablo con calma.

—Ya está, guapo. Come un poquito y después te vienes a la cama.

Él responde con ronroneos entre bocado y bocado.

Apago la luz y, cuando voy a regresar al dormitorio, me llama la atención un leve resplandor.

Camino descalza hasta el despacho de Max, que es de donde surge la claridad.

Abro con cuidado y entro sin hacer ruido.

El inglés ya no está tras su mesa, sino recostado en el sillón, dormido, a pesar del círculo de luz de la lamparita.

Su mano todavía agarra un puñado de papeles, aunque la mayoría han resbalado hasta el suelo.

Me acerco y le contemplo un instante. Se ha debido de dormir repasando el caso, porque su ceño sigue algo fruncido.

Me dan ganas de deslizar la yema del dedo entre sus ojos para alisar esas finas arrugas.

Sigue con la ropa puesta, a excepción de la corbata, aunque se ha desabrochado la camisa.

Veo subir y bajar su pecho bajo la camiseta interior blanca.

Me siento mal al verle con la cabeza torcida a un lado y con la incomodidad que debe suponer llevar todavía los pantalones y el calzado.

No puedo hacer mucho por remediarlo, pero decido ir a la habitación y buscar una manta en el armario para que, al menos, no pase frío.

Cuando vuelvo al despacho, decido, de todos modos, quitarle los zapatos.

Con todo el cuidado del mundo, le quito uno y después el otro, y los dejo en silencio en el suelo. Para mi sorpresa, ni siquiera se mueve.

A continuación, cubro sus piernas con la manta y, antes de taparle del todo, me sobresalta un leve gemido que escapa de su boca. Me quedo quieta, observando su rostro. Parece que está soñando, o la preocupación del trabajo le asalta hasta en sueños.

Me embarga un inesperado sentimiento de ternura, como si de verdad me preocupara este hombre y lo que pueda perturbar su descanso.

Me inclino sobre él y, sin meditar mucho lo que estoy haciendo, le aparto de la frente un mechón de su oscuro cabello.

Deslizo después la yema de los dedos por su pómulo, la áspera línea de su mandíbula y su labio inferior.

La visión de su boca, tan cerca, me produce un tirón caliente en el vientre.

El recuerdo de esos labios en mi cuerpo, de sus besos, me acalora tanto que empiezo a respirar de forma entrecortada.

Y, en mitad de mis deseos lujuriosos, percibo que algo cambia.

Alzo la vista y compruebo que acaba de abrir los ojos.

Dos estanques de plata me miran como si pretendieran devorarme y llevarme hasta sus profundidades.

La mano de Max deja caer los papeles que aún sujeta y se dirige después a mi pelo, que se ha convertido en una cortina que nos envuelve a los dos. Sin decir nada, acaricia los mechones rojos mientras me sigue mirando con intensidad.

Siento una especie de corriente eléctrica que nos atraviesa a los dos.

O, lo que es lo mismo, un deseo como no recuerdo haber sentido antes por nadie.

Por eso, cuando Max atrapa mi nuca y me acerca hasta su boca, suelto un gemido de alivio.

Sus labios me reciben abiertos y los saboreo, lo mismo que el regusto a café de su lengua.

Para tener un mejor acceso, paso una pierna por encima de Max y me coloco a horcajadas sobre él.

Enredo los dedos en su cabello e inclino mi cabeza para poder llegar hasta el fondo de su garganta con mi lengua.

Un ramalazo de placer me sacude hasta los dedos de los pies.

Nunca un beso me había excitado tanto ni me había robado el aliento de esta manera.

Ya no me parece suficiente.

Despego nuestras lenguas, me siento sobre las caderas de Max, y me quito la camiseta.

El inglés emite un gemido ronco antes de levantar la cabeza, apresar mis pechos y llevarse uno a la boca.

Enredo su cabello entre mis dedos y lo atraigo hacia mí para sentir todavía más sus labios en mis pezones.

La humedad brota de inmediato entre mis piernas y ya no controlo mi cuerpo.

Mis manos vuelan hasta su camisa y se la quito con un fuerte tirón.

Hago lo mismo con la camiseta. Me inclino sobre su pecho, lo lamo a conciencia mientras le desabrocho el pantalón y tiro de él hacia abajo junto con la ropa interior.

—En el bolsillo —jadea Max.

Doy un salto hacia atrás para ponerme en pie.

Busco el preciado sobre, me quito las bragas y vuelvo a colocarme a horcajadas.

Yo misma rasgo el envoltorio, le doy una pasada con mi lengua al miembro hinchado de Max y lo cubro después con el preservativo.

Con una urgencia que raya el desespero, lo llevo a la entrada de mi cuerpo y me dejo caer con todo mi peso para quedar atravesada por él.

—Joder —gime Max, que me aferra por las caderas para ayudarme a subir y bajar.

Aunque me basto yo sola para moverme.

Sí, joder. ¡Joder!

Mi sangre alcanza el punto de ebullición.

Me inclino hacia atrás y gimo sin control mientras Max me pellizca los pezones y me acaricia entre las piernas.

Y entonces ardo, exploto y grito. En mitad de las convulsiones del orgasmo, Max me rodea los hombros, tira de mí y busca mi boca.

Percibo en mi lengua su propio clímax y el estremecimiento de su cuerpo.

De nuevo soy incapaz de controlar los espasmos, que se suceden durante un tiempo interminable.

Hasta que, agotada y aturdida, me dejo caer sobre el pecho del inglés, que me acoge entre sus brazos y besa mi pelo y mi frente sudorosa.

Me siento tan cómoda que un sueño dulce se apodera de mi cuerpo y de mi mente. Cierro los ojos.