9. Nora
Nora
—Entonces, ¿vas a tener que vivir una semana en casa del inglés gruñón? —inquiere Charity.
Asiento con un bufido.
—Pues qué quieres que te diga —opina Damien—. A mí me dan pena esos señores tan mayores, que creen que su hijo tiene novia. Los estáis engañando.
—Eso es problema de Max.
—¿Ya no es el rancio? —se mofa Charity.
Le lanzo a la cara una bola hecha con una servilleta. Es lo único que tengo a mano, además de los vasos que ocupan la mesa de la cafetería en la que nos hemos reunido. Tampoco es plan de descalabrar a la chica.
—He tenido que acostumbrarme a usar su nombre si tengo que fingir que salgo con él —gruño.
Charity y Damien son, en realidad, amigos de Evie desde el instituto, pero me acogieron en el grupo con naturalidad en la época en la que Rhys dejó a mi hermana, y salgo con ellos de manera más habitual desde el año pasado.
Es algo que, en ocasiones, he echado de menos: tener amigos de tanto tiempo.
En mi caso, es imposible, ya que mi etapa del instituto fue bastante oscura, con amistades turbias y poco recomendables que continué manteniendo hasta que…
ocurrió lo que ocurrió. Qué triste suena decir que la desgracia de mi madre sirvió para que yo abriera los ojos.
A pesar de que mi familia sea lo mejor que tengo y de que ellos fueran los artífices de mi mejoría mental, resulta imposible desprenderse del sentimiento de culpa que arrastraré toda la vida.
Por un instante pienso en Jenny, en el tiempo que compartimos, desde nuestros juegos con muñecas hasta nuestra primera borrachera. Ella sí que hubiese sido una amiga de toda la vida. Cómo no, la aparté de mí y no volví a saber de ella.
No me quejo de mi vida social, no obstante.
Salgo muy a menudo con mis compañeros de trabajo, ligo bastante y tengo compañía masculina cuando quiero.
Conservar verdaderos amigos… es muy difícil.
Por eso me siento afortunada de tener a Evie, que es tan hermana como amiga, y a su pequeño grupo, formado por Charity, Damien y sus respectivas parejas, Ezra y Mateo, que hoy no han podido venir.
Aunque yo creo que, de vez en cuando, se inventan pretextos para que puedan reunirse los antiguos compañeros.
A veces, al pensar en mi hermana y sus amigos, me invaden los remordimientos.
Ellos eran los frikis, los raritos del instituto, los empollones, y supongo que eso los unía.
Sin embargo, aunque coincidiéramos en espacio pero no en tiempo, puesto que nos llevamos cinco años, yo estuve al otro lado; del lado de los abusones, los chulos y las arpías.
Mi entonces novio, Kyson, era lo peor, y yo, como idiotizada por él, le reía todas las gracias.
Y con tanta mierda en mi pasado, mi terapeuta se gana el sueldo conmigo. Entre el estrés de mi profesión y las antiguas culpas, le hago trabajar a destajo.
—Dios mío, las vueltas que da la vida. —Los ojos de Damien se abren al máximo tras sus gafas redondas—. Hace poco más de un año odiabas a ese tío. ¡No lo soportabas ni en pintura!
—¿Te ha dicho alguien que lo soporte ahora? —bromeo.
Evie me da un codazo.
—Sabes que le viste de otra forma en cuanto te enteraste de lo que hizo por Rhys.
—Eso no quita que le siga viendo como a un estirado, tan tieso que parece que le almidonen a él junto a sus camisas.
«Menos cuando te folla, guapa».
—Además, os lleváis muchos años —aporta Charity. Un foco del techo incide en ella y hace brillar los piercings que atraviesan su ceja y su nariz, y su cabello teñido de azul—. Con Evie habría pegado más, pero contigo…
—Recuerda que mi edad mental es de cuarenta y cinco años —digo con sorna—. Al final, va a ser joven para mí.
«¿Lo dices porque te echó dos polvos seguidos?».
—En serio, Nora —insiste la chica—. ¡No podéis ser más dispares! El carácter, el estilo en el vestir, la diferencia de edad…
«Cosas que olvidas en cuanto te empotra contra la pared».
«¡Cállate ya, tía!».
—A mí no me parece que hagan mala pareja —interviene Evie—. Debe de ser por el cariño que os tengo a los dos. Es cierto que Max es algo seco, pero recordad que es muy británico. ¿Sabéis que un día le vi un reloj de bolsillo, de esos que se enganchan con cadenita al chaleco?
—No jodas —le suelto con una risotada.
—¿Toma el té a las cinco? —me pregunta Damien.
—¿Tiene fotos de la familia real por los muebles? —se guasea Charity.
—No, nada de eso. —Río—. La verdad es que es más normal de lo que pensáis.
—Y con normal quieres decir… —tantea el chico de las gafas.
—Le gusta Harold —anuncio—. Eso es de ser bastante normal, ¿no?
—Que le guste tu gato será normal para ti.
—Bueno, a lo que nos interesa —dice Charity con una sonrisilla que sacude todas mis alarmas—… ¿Has visto el cajón de su ropa interior? ¿Cómo es? ¿Usa calzoncillos tipo bóxer o de los ajustados que marcan paquete?
Evie ríe, y yo pongo los ojos en blanco.
—Sí, he mirado en su cómoda, pero no me fijé. Estaba demasiado entretenida en guardar mis cosas para aparentar que vivo con él.
«Diles que se los has visto puestos. O mejor, quitados».
Joder. Esa maldita vocecilla me está sacando de quicio.
—¿No nos puedes contar algo jugoso? —inquiere Damien con decepción.
—Solo he estado en su casa durante una cena, y unos pocos minutos esta mañana —me quejo—. Seguro que Evie sabe más cosas de él que yo.
—Pues no sé muchas —dice mi hermana—. Somos familia, trabajamos en el mismo bufete y viene mucho a casa, hablamos… Pero es un tío muy cerrado. En cuanto la conversación deriva a temas personales, se limita a decir que no tiene mucha vida social.
—Pero tendrá sus aventuras —comento.
Como si no lo supiera.
—Rhys dice que él tampoco está muy al tanto. Ya sabéis que se conocieron en unas circunstancias muy extrañas, y, aunque aquello los unió como si fueran hermanos, Max sigue protegiendo mucho su intimidad. Rhys bromea con él e intenta sonsacarle, pero respeta su carácter reservado.
Seguimos con la broma. A mí también me pica la curiosidad.
—¿Sabes si ha tenido alguna relación? —le pregunto a Evie.
—Ni idea. —Se encoge de hombros—. Sabemos que no quiere tener novia, obviamente, y que es un adicto al trabajo. También, que demostró ser muy generoso, y eso es lo que de verdad nos importa.
—El típico hombre frío que esconde un corazoncito bajo sus trajes de marca —añade Damien—. Físicamente… no está mal, aunque para nada es de mi gusto. Demasiado inexpresivo.
—Tiene su punto. —Charity ríe.
—A mí me parece atractivo —tercia mi hermana—. Si lo conocierais mejor, seguro que le veríais con otros ojos. ¿No lo crees, Nora? —Resopla—. Mejor no respondas. A ti nunca te ha caído bien, y mucho menos te va a gustar.
Estoy a punto de defenderle contando que no es tan frío como aparenta, y que, si le vieran sonreír o bromear, como me ha pasado a mí, comprobarían lo guapo que es. Me muerdo la lengua a tiempo.
—En fin. —Suspiro y me pongo en pie—. Mañana me espera un día duro. Vamos a llevar a los Middleton a Central Park.
—Di mejor a tus suegros —se guasea Charity—. Con lo encantados que están con la novia de su hijo…
—Están encantados con que su hijo tenga novia, que no es lo mismo —digo—. Me da la sensación de que no soy lo que querían para su único vástago. Aunque a mí me la trae floja.
—Sigo pensando que hacéis buena pareja.
Evie ríe, y yo le muestro el dedo corazón.
***
Me siento un poco intrusa cuando introduzco la llave en la cerradura del piso de Max. Al abrir, me recibe la tenue iluminación de las lamparitas que hay esparcidas por la vivienda. Y, cómo no, Harold y su suave maullido.
—Hola, precioso —le digo. Lo cojo en brazos y beso su pelaje anaranjado—. Te he dejado solo en este lugar desconocido, ¿verdad?
El gato me mira con sus ojos dorados y se lame la boca con su lengua rosada.
—Lo primero que haremos será reponer provisiones.
Camino con él pegado a mi pecho hasta el cuarto de la lavadora. Al comprobar sus cuencos me percato de que están los dos llenos. Luego me fijo en su arenero y está completamente limpio. Todavía huele a arena recién vertida.
—Vaya —le digo mientras lo suelto en el suelo—. Parece que nuestro casero ocasional se me ha adelantado. ¿Qué te parece si le damos las gracias?
Con mi felino a la zaga, recorro el pasillo en busca de Max.
La línea de luz bajo la puerta me indica que está donde imaginaba.
Doy un par de golpes y abro el despacho.
El inglés se encuentra detrás de su escritorio, sumergido en papeles.
La lámpara de sobremesa crea un círculo de luz sobre su rostro y los documentos.
—Hola —le saludo.
Parece que está tan absorto que solo se ha percatado de mi presencia cuando le he hablado. Me mira de reojo un instante y vuelve a centrarse en la lectura. Está serio y con expresión cansada.
—Hola —me responde—. Si quieres cenar, mira en la nevera. Rhys me ha dado comida que solo tienes que calentar.
—Gracias, pero ya he picado algo por ahí. ¿Y tú? ¿Has cenado?
—No he podido todavía. Más tarde picaré algo.
Observo las tazas vacías a un lado de la mesa. Todavía desprenden olor a café.
—Quería agradecerte que hayas estado pendiente de Harold.
—No importa.
—¿Te vas a ir pronto a la cama? La tensión de estos dos días me ha agotado un poco —bromeo.
—Ya te dije que dormiría aquí. Puedes hacer uso de mi dormitorio.
—Y yo te dije que no pensaba ocupar tu cama —refunfuño.
Emite un suspiro, levanta la cabeza y se frota los ojos. Me llaman la atención los gemelos encima de la mesa, sus mangas enrolladas hasta los codos y su corbata floja sobre el pecho.
—Nora, estoy muy ocupado. Con la visita de mis padres estoy perdiendo mucho tiempo y tengo que seguir con este caso. Así que haz el favor de irte a la cama. Yo descansaré aquí cuando pueda hacerlo.
—Vale, vale, señor letrado —le espeto con ironía.
—Las sábanas están limpias, y hay repuesto de toallas en el baño —me informa un instante antes de devolver la atención a los papeles.
—No esperaba menos de ti. —Compongo una mueca—. Buenas noches.