Si finjo que te quiero 8. Max #2
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8. Max #2

—Lo sé —añade el hombre, que viste de blanco y lleva el habitual gorro de su cargo—.

Vas a montar tu propio restaurante, y te auguro un éxito rotundo.

—Nos mira a todos—. He venido a saludarlos y a decirles que no he participado en ninguno de los platos que van a probar hoy.

Todo es obra del mejor cocinero que he tenido el gusto de conocer.

Rhys le dedica una mirada de agradecimiento a su jefe antes de que este le presione el hombro y desaparezca por entre las mesas.

—Nos ha dicho Max que ya tienes local —comenta mi padre cuando ya estamos sentados.

Rhys me mira con una mueca divertida.

—Max se ha adelantado. Iremos a verlo la semana que viene.

—Será estupendo que lo consigas —añade mi progenitor—. Trabajar para uno mismo es lo mejor, si puedes permitírtelo.

—Gracias, tío George.

—Cuánto me alegro de que descubrieras tu vocación —interviene mi madre—. Al menos, uno de vosotros no es abogado.

Risitas y miraditas a Nora.

—Yo también me alegro. —Rhys ríe—. Me he dedicado a ambas cosas, y me resulta bastante más divertido estar entre fogones que entre testigos, jueces y jurados.

—También puede ser entretenido, según nos explicó anoche Nora —apostilla mamá, que se dirige a Evie—. Nos contó su famoso caso del tipo que no limpiaba ni cuidaba de sus hijos.

La mujer de mi primo se atraganta con una gamba y tiene que dar un trago de agua para dejar de toser.

—Sí, claro —consigue decir al tiempo que observa a su hermana con un signo gigante de interrogación en la mirada—. Ese caso… Sí, sí, lo recuerdo. Dio mucho que hablar.

—¿A ti no te parece que fue una sentencia un poco drástica? —insiste mi madre.

—¡Para nada! —se adelanta Nora—. Evie también estuvo de acuerdo en que el tipo debía limpiar y hacerse cargo de sus hijos si la mujer era quien traía el sustento a casa. ¿Verdad, hermanita?

—Por supuesto —responde Evie, que parpadea ante el discurso de Nora—. Fue lo más justo.

—¿Y lo de darle un masaje en los pies cada noche? —persevera mi madre.

No sé a quién quiero estrangular, si a Nora por inventarse semejante historia, o a mi madre por preguntar tanto.

Evie mira de reojo a su hermana. Espero ser yo el único que detecta sus ganas de pedirle explicaciones a Nora. Por suerte, es abogada y está preparada para cualquier imprevisto.

—Sentará precedente, estoy segura. —Se aclara la voz—. Por cierto, ¿qué les parecen los platos que ha preparado Rhys?

—Se le da mejor cocinar que el derecho —bromeo—. Además, prefiero que solo haya un Lobo de McKenzie. Me estaba robando parte de mi fama de abogado implacable.

Al menos he conseguido que la conversación derive por otros caminos y que comamos un poco más relajados. No estoy seguro de que hubiera podido seguir aguantando tanta tensión.

Aunque, si estás montando una farsa, tensión es lo mínimo que vas a sentir.

—¡Quiero hacer una foto de recuerdo! —exclama mi madre, a la que, desde que ha descubierto las maravillas del teléfono móvil en algún curso para jubilados, la tememos más que si fuese armada.

—Se lo pediré a Gus. —Rhys alza la mano y le hace un gesto a un joven camarero—. ¡Gus!, haznos una foto, por favor.

Mamá se aproxima al chico y le explica cómo va la cámara, como si ella fuese la mayor entendida.

—Júntense un poco —nos dice el camarero mientras mira la pantalla—. Son tres parejas, ¿verdad? Pues acérquense cada uno a la suya para que puedan caber todos.

Lo dicho: tensión.

—Claro, claro —señala Rhys, a quien me apetecería darle una patada por debajo de la mesa—. Así, como nosotros.

Mi primo rodea a su mujer con los brazos, le da un beso en la mejilla y sonríe para la cámara. Mis padres no son tan efusivos, faltaría más, pero mamá se acerca a su marido y toma su mano sobre el mantel.

Y el inesperado fotógrafo nos mira a Nora y a mí, esperando nuestro próximo movimiento.

—Ya voy, ya voy —rezongo.

—Tampoco es para tanto —me susurra Nora al oído—. Solo tienes que abrazarme un poco. Y sonríe, estirado.

Resoplo. Porque la pelirroja no tiene ni idea de que el simple roce de su coleta en mi cuello o la tibieza de su aliento en mi oreja me han provocado más tensión que su maldito caso inventado.

Aun así, la atraigo hacia mí agarrándola por la cintura, y ella apoya su cabeza en la mía.

De nuevo, el cosquilleo de su pelo, la suavidad de la piel de su mejilla y de su brazo…

¿Y ese olor a flores? Ya no sé si se baña en perfume o es que se me metió ese aroma por la nariz la noche que pasamos juntos y ya no hay manera de desprenderse de él.

«Deja de pensar en la noche que pasasteis juntos, haz el favor».

—Ya está —nos informa el camarero mientras le devuelve el teléfono a su dueña—. He hecho unas cuantas.

Mis padres son los primeros en verlas.

—Oh, habéis quedado todos muy bien —dice satisfecha—. Los jóvenes, mejor, por supuesto. Y, sobre todo, Max y Nora. ¿A que parece que mi hijo sonríe un poquito?

—Eso no me lo pierdo. —Rhys se aproxima a la pantalla—. Vaya, es cierto. Parece que echarse novia le ha vuelto humano.

Pongo los ojos en blanco.

—Estoy de acuerdo —interviene Evie con una sonrisilla—. Estáis los dos muy guapos.

—Vale ya, pesados —dice Nora, que se ha hecho con el móvil y lo planta delante de mis narices—. Puede que tengan razón de todos modos. ¿No te parece, cariño?

Observo de reojo cómo Rhys y Evie se parten de la risa, a lo que les respondo con una mirada que se la corta de golpe.

—Muchas sonrisas, pero nada de boda —se inmiscuye mi padre por enésima vez con el tema—. ¿No los podéis convencer vosotros? —gruñe a sus sobrinos.

—¿Qué más da si no se casan? —responde Rhys.

Al menos ha decidido no seguir con las bromas, cosa que le agradezco—.

Evie y yo lo hicimos porque quisimos, no porque ninguna norma social lo ordenara.

—Mira a su mujer con tanto amor que todos nos sentimos un poco intrusos—.

No nos querríamos menos si no hubiésemos firmado unos papeles ni celebrado una boda.

La prueba está en que estuvimos separados durante cuatro años y no dejamos de amarnos ni un solo día.

Su mujer le responde con un suave beso en los labios. La emoción se hace tan espesa que sentimos su peso en el aire.

—Excusas —se le ocurre decir a mi padre en mitad del silencio al tiempo que lanza una servilleta contra la mesa.

—Creo que ya deberíamos volver al hotel —interviene mi madre, que pretende poner un poco de paz—. Estoy un poco cansada.

—Sí, será lo mejor —digo aliviado, y me pongo en pie.

Aprovechando el ruido que hacemos con las sillas, Nora acerca su boca a mi oído. Estoy a punto de apartarme de un respingo al volver a percibir su cercanía. Por suerte, logro controlarme. Yo siempre tengo el control.

—¿Tengo que ir con vosotros?

—Claro que no. Invéntate cualquier cita o excusa.

Ella asiente y se dirige a su hermana.

—Nosotras tenemos planes, ¿verdad, Evie?

La aludida reacciona con rapidez.

—Sí, claro. Habíamos quedado con Charity y Damien.

No sé si la reunión con sus amigos es real o inventada, pero es suficiente para salvarnos.

—Yo tengo que quedarme un rato en el restaurante —dice Rhys antes de darles un breve abrazo a mis padres—. Espero que volvamos a quedar antes de que os marchéis.

—Por supuesto —responde mi madre.

—Pues nosotras nos vamos. —Evie le da un beso en los labios a su marido—. Nos vemos esta noche, cariño.

Mis amados progenitores se nos quedan mirando a Nora y a mí. Es evidente que esperan la misma despedida que han protagonizado sus sobrinos. Estoy tan tenso que podría crujirme la espalda. Por suerte, o no, a Nora le cuesta menos seguir con el teatro.

—Yo también te veo luego —me dice justo antes de darme un fugaz beso en la comisura de la boca. Luego sonríe a mis padres—. Hasta mañana, señor y señora Middleton.

Resoplo con fuerza cuando salimos del restaurante. Esta semana se me va a hacer condenadamente larga.