Si finjo que te quiero 8. Max
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8. Max

Max

Parezco ahora mismo un adolescente pegado al móvil, sin levantar la vista de la pantalla desde hace rato.

Por un lado, pendiente de cualquier mensaje o llamada de Nora.

Por otro, dando un repaso a la galería, donde encuentro algunas fotografías con mis padres.

A mi progenitor no le hace mucha gracia que le enfoquen con una cámara.

Aun así, localizo diversas imágenes de los últimos años en las que puedo verlo con mi madre, que le convence alguna vez para dejarse fotografiar.

Lo complicado es vernos a los dos juntos.

Si a él le gustan poco las fotos, a mí menos.

El único lugar donde parece relajarse a la hora de posar es en su amado club de golf, junto al resto de los jubilados, palo en mano o con uno de los muchos trofeos que lucen en el club o en la vitrina de la casa de Hampstead.

A mi madre resulta más fácil verla en alguna imagen. Desde que se maneja con el móvil, no deja de enviarme fotos de ella junto al dichoso Comité de Damas de la Reina.

Vaya, ya he vuelto a sentirme mal. Los hijos cometemos a veces el error de creer que lo que hacen nuestros mayores para entretenerse son tonterías.

Y no, no lo son. Son formas de seguir sintiéndose activos y útiles, algo realmente importante para las personas que ven cómo la vida se va comiendo los años.

Mis progenitores nunca han sido cariñosos, eso sí que hay que reconocerlo.

He recibido de ellos pocos abrazos o demostraciones de afecto.

Siempre he entendido que ha sido por la educación recibida por parte de mis abuelos, personas que creían que la muestra de sentimientos era signo de debilidad.

El viejo Middleton, sin ir más lejos, veterano piloto de la RAF, estaba convencido, entre otras cosas, de que un hombre no podía llorar.

Por eso entiendo que mis padres me educaran conforme a las creencias recibidas.

Aun así, no me quejo. Quizá papá no me felicitara nunca con un beso, o mamá se limitara a darme una palmadita en el brazo, pero siempre vi orgullo en sus ojos cada vez que explicaba mis logros.

Lo malo es que siguen empeñados en verme casado, como si el éxito nunca fuese completo si no has formado una familia.

Hoy hablaré con ellos, aunque conversar no sea algo muy habitual entre los Middleton.

***

Estoy dando vueltas por el salón cuando, por fin, suena el timbre.

Me acerco en dos zancadas y abro la puerta.

De nuevo, vuelve a cubrirme una capa de alivio al ver a Nora.

Frunzo el ceño al verla con varias bolsas de viaje y un trasportín.

Ella decide entrar en mi casa arrasando con todo el espacio.

—¿Te has traído a Harold? —le pregunto mientras cierro.

—Por supuesto —responde y suelta los bultos en mitad del vestíbulo—. Si voy a estar por aquí una semana, no pretenderás que lo deje solo.

—Pensaba que lo dejarías a cargo de cualquier vecino…

Ella suelta un bufido.

—Cómo se nota que nunca has tenido un compañero peludo.

Sin mi gato no voy a ninguna parte. Cuando no tengo más remedio que dejarlo en casa, lo controlo con una cámara.

Y, cuando regreso, lo primero que hago es achucharlo y pedirle perdón por haberlo abandonado.

Si te parezco una friki loca, me importa un…

—Yo no he dicho eso —la tranquilizo—. Sé que no he tenido nunca mascota…

—No lo llames «mascota» —refunfuña.

La veo agacharse frente a la caja del gato y abrir la rejilla. Esta vez no viene vestida de abogada, sino con su indumentaria habitual. Lleva unos vaqueros, una blusa de color verde, una chaqueta negra y unas deportivas. Se ha recogido su largo cabello pelirrojo en una coleta.

Un fino cosquilleo se instala en mi estómago. Si estaba bonita con un atuendo más serio, con ropa informal es mucho más auténtica, más ella. Un inesperado calor se expande por mis venas y por ciertas partes bajas al recordar su cuerpo desnudo, su cabello suelto sobre la almohada, su fuego…

—Vamos, gordito —le dice a su gato—. Vas a estar unos días en esta casa, así que será mejor que te familiarices con ella. Es un poco más grande que la nuestra, y está más limpia y ordenada. Seguro que te gusta.

Sonrío al verla hablarle al felino con tanta ternura, como si fuera un compañero de piso humano. Supongo que para ella es casi lo mismo. O sin el «casi».

Nora se pone en pie y observa cómo el animal se pasea por las estancias y olisquea lo que le sale al paso. Después se inclina para coger una de las bolsas.

—Ayer descubrí que este piso dispone de un cuarto para la lavadora. He pensado que puedo colocar allí las cosas de Harold.

No espera a que le conteste. Sin más, se dirige a la mencionada estancia, coloca a un lado dos cuencos y, por detrás de la lavadora, el arenero.

—Este espacio va a ser para ti —informa al gato mientras vierte un poco de pienso en uno de los recipientes y llena de agua el otro—. ¿Qué te parece, gordi?

Harold se limita a sentarse y bostezar. Luego se acerca al cuenco de la comida y se pone a comer.

—Me alegro de que uno de vosotros ya esté instalado y satisfecho —le digo a Nora con sorna—. ¿No le faltaría una cama?

Nora suelta una carcajada.

—La cama de Harold es mi cama, inglés. Donde yo duerma, duerme él. Por eso he traído mis propias sábanas, para cubrir tu preciado sofá de diseño.

—Ese sofá es muy estrecho e incómodo —le digo con el ceño fruncido—. Tú ocuparás mi dormitorio. Yo me apañaré en mi despacho, donde dispongo de un sillón con asiento extensible para los pies.

—De eso nada. No vamos a meternos en tu cama. Debido a mi trabajo, estoy acostumbrada a aprovechar las pocas horas de descanso de las que dispongo. Soy capaz de quedarme dormida en una silla, por lo que una chaise longue me parecerá perfecta.

Suelto un resoplido.

—¿Nos vamos a pasar una semana discutiendo por todo? —gruño.

—Tú sabrás. —Sale de la habitación y se dirige al salón, de donde recoge el resto de sus cosas—. Lo único que te voy a pedir es un par de cajones más de tu cómoda y una percha. Con eso tengo más que suficiente.

—Tranquila. —Señalo el dormitorio—. Todo tuyo. ¡Ah!, se me olvidaba. —Saco del bolsillo de la chaqueta una copia de las llaves del apartamento y se la entrego a Nora. Ella parpadea un instante, confundida—. Se supone que ya hemos dado ese paso, ¿no?

—Sí, sí, claro —dice y se las guarda en el bolso.

—Deberíamos salir ya. —Miro la hora en el reloj de pulsera—. Tenemos que pasar primero a recoger a mis padres en el hotel. ¿Ya estás lista?

Me mira con sorna.

—Claro que estoy lista. ¿Y tú? —se mofa—. ¿Es que naciste con traje, camisa y corbata?

Me doy la vuelta, camino hasta el vestíbulo y cojo mi cartera, el teléfono y mis propias llaves.

Y pensar que esto me parecía una buena idea esta misma mañana…

***

Pasamos por el hotel a buscar a mis padres con un taxi y, en pocos minutos, llegamos a Barnie’s, el restaurante donde trabaja Rhys como ayudante de chef.

En cuanto sale a recibirnos con su gran sonrisa, una ola tibia me calienta por dentro.

Rhys desprende vida por cada poro de su piel y te contagia su sonrisa y sus ganas de vivir.

Soy totalmente sincero cuando le quito importancia a lo que hice.

Sí, le salvé la vida a mi primo, un desconocido hasta entonces.

Sí, decidí que me abrieran y sacaran un pedacito de mí para que él pudiese seguir viviendo.

Pero no soy capaz de verlo como un gran acto de valentía, generosidad o altruismo.

Y me da pena que los humanos sigamos viendo cualquiera de esos términos como algo inaudito.

Dar, ayudar o compartir deberían ser acciones más normalizadas.

Vivimos en un mundo donde prima la propia satisfacción personal, y privarse de algo resulta casi insoportable.

En mi caso, apareció Rhys, era de mi familia y podía morir si yo no le ayudaba.

Lo hice, y todo fue bien. No hay nada más que decir, agradecer o de lo que jactarse.

—¿Qué tal, Max? —Mi primo me abraza, me da unos golpecitos en la espalda y acerca su boca a mi oído—. ¿O debería llamarte «cuñado»?

Refunfuño. Rhys es como un hermano reencontrado, de mi sangre, el mejor tío que he conocido. También es un grano en el trasero cuando se lo propone.

—Muy gracioso —le digo. Él suelta una risotada.

Abrazo después a Evie, su mujer, a la que considero mi prima.

—Ya te ha soltado alguna de sus gracias. —Pone los ojos en blanco—. ¿Qué tal va la cosa? Para mí, Nora es maravillosa, la mejor hermana. También entiendo que pueda resultarte un poco…

—¿Agotadora? ¿Como una auténtica avalancha?

—Exacto. —Ríe.

—¿Qué pasa con tantas risitas? —gruñe Nora.

—Nada, nada. —Evie sonríe pícara—. Ya os hemos puesto juntos en la mesa, parejita.

La pelirroja mira a su hermana con una sonrisa tan falsa que temo que se le bloquee la mandíbula.

—Vete un poquito a la mierda —dice con los dientes apretados.

Mientras tanto, mis padres abrazan a Rhys.

—Tío George, tía Emily, qué alegría teneros aquí. Sentaos, por favor.

Mi primo nos señala la mesa que nos ha reservado en el lujoso restaurante. Todos tomamos asiento y descubrimos que Evie hablaba en serio. Las sillas están dispuestas alrededor de una mesa redonda, cubierta por un mantel blanco y seis perfectos cubiertos. No hay escapatoria.

Mientras nos sentamos, Rhys desaparece unos minutos en la cocina y regresa con el chef y varios camareros que llenan la mesa de pequeños platos con diversas delicias culinarias.

—Este hombre ha sido mi mayor descubrimiento. —El jefe de cocina palmea la espalda de Rhys—. Será una pena el día que decidas marcharte.

—Gracias, Paul —le dice mi primo emocionado—. Sabes que no me marcho por no sentirme bien aquí.