Si finjo que te quiero 7. Nora #2
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7. Nora #2

Quizá me estoy pasando de lista, pero recuerdo vagamente que me comentó algo la noche que coincidimos en el bar.

—No sé, Nora. No pretendíamos alterar tanto vuestras vidas…

—Olvide nuestras rutinas y nuestros trabajos. Hay cosas más importantes. —Se me quiebra la voz—. Y la familia es una de ellas.

La mujer se da cuenta de mi tristeza, y esta vez busca ella mis manos.

—Tuvo que ser muy duro vivir lo de tu madre. Lo lamento mucho, Nora.

—Tranquila. —Intento sonreír—. Han pasado cinco años ya.

¿Qué voy a decirle? Imagino que sabe lo que ocurrió, aunque espero que no conozca los detalles. Por ejemplo, que fue culpa mía.

Tiro de las manos de la mujer y la ayudo a ponerse en pie.

—¡Vamos, Emily! ¡Se lo comentaremos a los chicos Middleton!

Ella, algo perpleja, se deja arrastrar por mí hasta el salón. Nos encontramos a Max y a su padre con las manos a la espalda. Me da la impresión de que no suelen conversar mucho.

—¿Tanto rato para coger unos abrigos? —protesta el hombre—. Por cierto, ¿dónde están?

Emily y yo nos miramos y nos dedicamos una sonrisa fugaz. Ni siquiera nos hemos acordado de pasar por el dormitorio.

Me dirijo a mi novio falso.

—Max, he estado hablando con tu madre y le he propuesto que se queden una semana. Tres días es poquísimo y…

—¿De qué diablos hablas, Nora? —me corta.

Seguro que está pensando: «¿Quién eres tú para decidir sobre mi familia?».

Y tiene razón, no lo niego, aunque creo que luego se alegrará de mi decisión. O eso espero.

—Tus padres han hecho un largo viaje —trato de convencerle—, y no me parece conveniente que vuelvan a hacerlo pasado mañana. Qué menos que una semana…

La cara del inglés está para enmarcar. Tiene una expresión de «me cago mil veces en ti» que tira para atrás. Bueno, él nunca diría esa frase, pero yo me entiendo.

—No puede ser, Nora —dice sin apenas mover los labios—. No podemos faltar al trabajo.

—Yo me voy a pedir unos días —le suelto con una pizca de chulería—. ¿Sabías que no tengo vacaciones desde tiempos inmemoriales?

Le veo apretar los dientes.

—Me parece maravilloso, cariño —escupe la última palabra—, pero yo no puedo dejar el bufete.

—Claro que puedes. Eres el sobrino del principal accionista.

—Intento que mi sonrisa sea genuina—. Además, recuerdo que me hablaste de un caso complicado que estás llevando.

Podrías preparártelo en casa, tranquilamente, por las tardes.

Y por las mañanas podríamos acompañar a tus padres a visitar la ciudad.

O, simplemente, a charlar con un té en casa y…

—Basta, Nora —me ataja Max.

Le ignoro y miro a su progenitor.

—¿Qué le parece a usted, señor Middleton? ¿No le apetece pasar unos días más con su hijo? Seguro que a sus amigos del club de golf no les importa. Incluso podrá alardear ante ellos de su viaje y de todas las cosas chulas que verá en Nueva York. Hasta de hijo podrá presumir…

Miro a Emily en busca de ayuda.

—A mí me apetece, George —dice la mujer—. Si a Max no le importa, claro.

El aludido quiere matarnos. A las dos.

El hombre vacila un instante; luego se vuelve a su hijo.

—Me gustaría visitar el Museo de Historia Natural. —Se aclara la voz—. Y me han dicho que las mejores vistas de la ciudad se pueden disfrutar desde el Top of the Rock, en el Rockefeller Center.

Max se queda mirando a su padre como si le viera por primera vez.

—Llevo un año viviendo aquí y nunca me habíais hablado de vuestras inmensas ganas de conocer Nueva York —protesta el inglés con una pizca de ironía—. ¿Y qué pasa con tus compañeros de golf?

Me adelanto a los Middleton, que seguro no saben qué decir, y agarro a Max de un brazo.

—Vamos, cariño —le digo mirándole fijamente a sus ojos grises, más fríos que nunca—.

A tus padres les hace ilusión, y a mí me parece una buena idea.

¡Deja de pensar tanto en el trabajo! —Miro a la pareja de británicos con un gesto de fingida exasperación—.

Este hombre es tan responsable y trabajador que se pasaría la vida en el dichoso bufete.

—Pongo los ojos en blanco—. Relájate un poquito, cielo.

Casi siento las punzadas de los rayos de sus ojos. Y diría que se acaba de desportillar un diente de apretarlos tanto.

—¡Voy a por los abrigos! —exclamo para quitarme de en medio.

Cuando vuelvo con las prendas, se las ofrezco a sus dueños. Miro a Emily, expectante.

—Gracias por todo, Nora. —Sonríe—. Nos veremos en más ocasiones, puesto que mi hijo ha aceptado tu sugerencia de traerse parte del trabajo a casa.

Miro a Max y le dedico una sonrisa genuina. Prometo que no es falsa. Y eso que él sigue echando humo por la nariz.

—He llamado a un taxi. —Su tono es tan seco que siento cómo me rasga la piel—. Voy a acompañar a mis padres hasta el coche. —Coge las llaves de casa—. Ahora vuelvo.

—Aquí estaré —le digo con voz cantarina.

—Más te vale —refunfuña.

Me despido de los Middleton con un leve abrazo a Emily y un apretón de manos de su marido.

—Nos vemos mañana —les digo.

Cuando se cierra la puerta, me dejo caer con todo mi peso sobre el sofá.

Lo primero que hago es quitarme los malditos tacones con dos puntapiés.

Y lo segundo es suspirar al pensar en el marrón en el que me he metido.

Supongo que hay veces que, simplemente, no lo ves venir.

De repente, ahí estás, enredada en algo que, hasta hace poco, ni siquiera te importaba.

Oigo el sonido de la puerta y coloco los pies sobre la mesita de centro para dar una imagen de relajación.

Luego decido quitarlos. Me da la sensación de que al rancio no le va a hacer ni pizquita de gracia.

Así que recojo las piernas sobre el sofá.

Quizá tampoco le guste, aunque, después de lo que ha pasado, intuyo que lo que menos le importa ahora mismo son sus muebles.

Levanto la cabeza para contemplar cómo se alza frente a mí, en toda su estatura.

Deja las llaves de casa sobre la mesa con un golpe seco, se coloca una mano en la cintura y me señala con la otra.

Creo que no sabe muy bien por dónde empezar a echarme la bronca.

Aun así, respira y me habla en un tono calmado que no me engaña.

—Explícame ahora mismo qué demonios ha pasado aquí esta noche.

—Que les he dicho a tus padres que se queden unos días…

—Eso ya lo sé.

—Pues eso. He hablado con tu madre en el baño y…

Y parece que hasta aquí ha llegado la paciencia del estirado.

—¡¿Y qué, Nora?! —estalla—. ¡Se suponía que debías hacerte pasar por mi novia una noche! ¡¿Por qué, de pronto, confabulas con mi madre para que esto tenga que seguir una semana?!

—¿Confabular? —le escupo cabreada—. ¡Yo no he…!

No atiende a razones.

—Has llegado a mi casa y te has dedicado a tirar ropa y potingues por mis armarios y a esparcir pelos. Luego te has puesto a soltar estupideces sobre un caso que nadie se ha tragado. Y para colmo, hablas de mi trabajo como si tuvieras una maldita idea de…

Ahora soy yo quien no piensa seguir aguantando más. Descruzo las piernas, me pongo en pie y encaro al capullo de Max. Sin zapatos tengo que inclinar la cabeza hacia atrás más de la cuenta, aunque no por ello me voy a arredrar.

—¡Lo he propuesto porque me parecen dos personas mayores preocupadas por su hijo! —exploto—. ¿Sabías que tu madre se medica para el corazón? ¿O que tu padre toma tantos medicamentos que una enfermera le visita dos veces por semana para que no se haga un lío?

Max palidece y se deja caer en la mesa del comedor con aspecto de estar noqueado. Se pasa las manos por la cara, después se desliza los dedos por el pelo y luego se presiona las sienes.

—No quería hacerte sentir mal —le digo tras un suspiro—. Puede que me haya extralimitado en mi función de novia falsa… He pensado en mi madre, en la horrible discusión que tuvimos justo antes del accidente, en lo que le ocurrió… Y por eso he sugerido que alarguen su estancia.

Todavía apoyado en la mesa, levanta la cabeza y me dedica una extraña expresión de pesar.

—Siento que tuvieras una discusión con tu madre antes de su accidente, pero eso no justifica que hayas tomado una decisión sobre mi familia sin contar conmigo. Y sí, me has hecho sentir que soy un mal hijo.

Inspiro con fuerza.

—Si te sirve de algo —le digo mientras me pongo los zapatos—, me quitaré de en medio. Inventaremos una excusa para mi ausencia. No tendrás que ver más pelos ni oír más estupideces de mi boca. Voy a por mis cosas.

Al pasar junto a Max para dirigirme al dormitorio, siento sus dedos largos alrededor de mi brazo.

—Espera, Nora. Tienes que entender que tu función debía limitarse a hacer de figurante, no a decidir sobre mi vida.

Me deshago de su agarre.

—Una semana de tu vida —me burlo—. Cuidado, no se vaya a malograr tu fama de lobo en esos pocos días.

—Te has pasado, y lo sabes, Nora —insiste cabreado.

—Y por eso te comportas como un gilipollas y me echas en cara que no tenga ni idea de cosas de abogados —le recrimino—. Me gustaría verte a ti delante de una persona con una costilla clavada en un pulmón. Lo mismo eres tan perfecto que sabrías qué hacer.

—Vale, Nora. En ese sentido, lo siento. —Unimos nuestras miradas—. No llevo muy bien que alteren mi rutina. Siento haber reaccionado así.

Tengo que reconocerle la disculpa. No me la esperaba.

—¿Te refieres a comportarte como un arrogante, cretino, prepotente y chulo?

—Joder, Nora, me estoy disculpando, por si no te habías dado cuenta. No te lleves tus cosas. Tienes razón: mis padres están mayores y estaban deseando conocer a una novia. Pasaremos esta semana como buenamente podamos.

—No quiero meterme más en tu vida, pero ¿no sería mejor contarles la verdad a tus padres?

—De momento, prefiero no darles el disgusto. —Se vuelve a pasar los dedos por el pelo, aunque, esta vez, se lo despeina. Un cosquilleo me trepa por el esófago al verlo así, diferente, sin cada cabello en su sitio—. Si quieres seguir ayudándome, por supuesto.

Camino hasta el vestíbulo y cojo mi chaqueta y mi bolso.

—Me lo pensaré esta noche —le digo mientras abro la puerta.

—Dime algo mañana —me pide—. Ya hemos quedado en comer con Rhys y Evie.

—Sí, te avisaré. —Me vuelvo a Max y poso mi mano en la suya.

Noto bajo mi palma la suavidad del vello masculino y el tacto caliente de su piel—.

No eres un mal hijo. Es solo que, a veces, nos creemos que los padres siempre van a estar ahí, que nunca van a envejecer o que nada les puede suceder. Y nos volvemos un poco egoístas.

Clava sus ojos grises en los míos. Por primera vez, los destellos plateados no me parecen fríos, sino cálidos, llenos de un agradecimiento mucho más sincero que sus palabras de disculpa.