Si finjo que te quiero 7. Nora
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7. Nora

Nora

Por suerte, la conversación parece distenderse en el momento de los postres. Los señores Middleton hablan de la campiña inglesa, donde McKenzie, el hermano de Emily, posee una propiedad que parece sacada de un cuento, según las fotos que acabo de ver en su teléfono.

—Podríais venir alguna vez —comenta la mujer, que guarda el móvil.

—Es difícil que encontremos un hueco en nuestras agendas —señala Max, que parece estar deseando que esto acabe.

—Sí, sería muy complicado —le apoyo.

—¿Por eso no vivís juntos del todo? —inquiere la madre.

Nos miramos un instante. No sé por qué. Supongo que lo hacemos cada vez que no sabemos qué responder.

—Es mejor así —ataja Max.

—¿Por qué? —interviene el padre—. Así nunca vais a sentir un verdadero compromiso.

—¿Y de qué vale el compromiso? —declara el inglés, demasiado tajante—. Lo que debería ser auténtico y verdadero es el amor, y eso… es complicado de encontrar.

—Entonces, ¿para qué estáis juntos? —insiste el hombre—. Los jóvenes de hoy en día no sabéis ni lo que queréis —gruñe.

—No te pongas así, George. —Emily cubre una mano de su marido con la suya—. Saber que se quieren y se respetan es suficiente para nosotros, ¿no te parece?

El señor Middleton se limita a gruñir mientras la mujer nos lanza una mirada de súplica a su hijo y a mí.

A Max parece que le hayan petrificado, así que me lanzo a hacer algo que no pensaba fingir.

Por primera vez en la noche, estas dos personas solo me parecen unos padres que quieren asegurarse de la felicidad de su hijo.

No son los más cariñosos del mundo, pero no todos somos iguales.

Algunos demuestran sus sentimientos todo el tiempo, como Rhys o como mis padres.

Otros nos reservamos más, como mi hermana y yo.

Y luego están los Middleton, incluido Max, tan rígidos, tan distantes.

Ya sea por la famosa frialdad británica o porque ellos son así, lo que no significa que no sientan ni amen.

Aprovecho que Max se pone en pie para hacer yo lo mismo y acercarme a él.

—Pues claro que nos queremos, ¿verdad, cariño?

Extiendo la mano y tomo la suya. Él contempla nuestros dedos entrelazados y luego alza la vista a mi rostro.

No sé si le pongo mucha imaginación, pero juraría que detecto un atisbo de agradecimiento en sus ojos claros.

Antes de que pueda sospechar siquiera lo que voy a hacer, me pongo de puntillas y le planto un beso en la boca.

No quería que durara más de un segundo pillarlo desprevenido, pero, en cuanto nuestros labios se han tocado, nuestras pieles han chisporroteado.

En mitad de esa sacudida, Max coloca una mano en mi espalda y me pega a su pecho.

Presiona con su boca en la mía y las mantenemos unidas un largo instante.

Un calor excitante y a la vez plácido me recorre el cuerpo y cierro los ojos.

Al mismo tiempo, un agradable cosquilleo me acaricia el estómago, como si una docena de hormigas corretearan por el interior de mi vientre.

No me da tiempo a analizar nada porque Max se aparta de mí, se aclara la voz y se limpia con disimulo las comisuras de su boca.

De mi saliva, claro.

—Creo que se está haciendo tarde —gruñe—. Seguro que no os ha dado tiempo a recuperaros del largo viaje —dice a sus padres.

—La verdad es que no —refunfuña el señor Middleton. Se desprende de la servilleta y se pone en pie—. Será mejor que nos vayamos ya.

—Sí, estoy cansada. —Emily también se levanta—. Nora, cielo, ¿me acompañas a buscar los abrigos al dormitorio?

—No se preocupe, ya voy yo…

—¡Necesito ir al baño! —me corta. Luego compone una sonrisilla que pretende hacer olvidar su orden.

—Sí, claro —titubeo.

Max y su padre muestran idénticos ceños fruncidos. No acaban de ver normal que la señora Middleton le pida ayuda a una desconocida en lugar de a su marido. Yo no lo veo tan raro. A veces, entre mujeres nos entendemos mejor.

Acompaño a la británica hasta el baño y cierro la puerta.

—¿Necesita que la ayude con alguna cremallera o…?

—Os he mentido —me corta—. A mi marido, a mi hijo y a ti.

La miro con la boca abierta mientras ella compone una expresión contrita.

—¿A qué se refiere, Emily?

La mujer suspira, se sienta en un taburete y apoya la espalda en la pared de azulejos. Está tan pálida que le cubro la frente con la mano para asegurarme de que no tiene fiebre y le hago un repaso visual en busca de cualquier síntoma de alarma.

Deformación profesional.

—No te preocupes, Nora, estoy bien —me dice al ver mi preocupación—. No estoy enferma ni nada parecido. Solo un poco cansada por el cambio horario.

—¿Por qué dice que ha mentido?

—Porque nadie ha robado en el Comité de Damas de la Reina. —Chasquea la lengua contra el paladar—. Para sacar dinero de ese lugar, necesitas hasta la firma del primer ministro. —Frunce los labios en un mohín—. No sabía que podía mentir tan fácilmente.

—Ya veo. —Me muerdo el labio para no sonreír por la imaginación de la señora. Si no desmontara todo el plan, le diría que las dos nos hemos montado un buen guion—. Lo que no entiendo es el motivo.

—Pues… porque estamos viejos, Nora. A mi marido le han detectado mil cosas en su última revisión médica. Toma tanta medicación que una enfermera ha de venir a casa cada tres días a controlarlo. Yo he empezado a medicarme para el corazón y…, en fin, no voy a aburrirte. Quejas de una anciana.

—Por eso decidió venir a ver a su hijo —le digo con suavidad.

Observo el brillo acuoso en sus ojos celestes. No me ha parecido tan mayor en toda la noche.

—¿Y por qué no le pidió a él que fuera a verlos?

El puñetero Max ya podría haber movido el culo y haber ido a visitar a sus padres. Cuando insisto en decir que es un rancio…

—No, no —niega con rotundidad—. Max está siempre muy ocupado. No queremos molestar.

—Pero han venido —digo con cautela.

La mujer tuerce el gesto.

—Fue por la noticia de que estaba saliendo con alguien —dice con los labios fruncidos—.

Tienes que entender que llevamos años esperando a que nuestro hijo se case y nos dé nietos.

Así que decidí aprovechar la oportunidad, inventarme una excusa y venir a comprobarlo con mis propios ojos.

Mi marido todavía está más empeñado en ver a su hijo casado, pero nunca encuentra un motivo lo suficientemente válido para abandonar a sus chicos del golf. Por eso inventé lo del hurto.

—¿Tantas ganas tienen de que su hijo se case? —le pregunto desconcertada—. No pasa nada por quedarse soltero.

—No voy a negar que yo también me alegro de que haya decidido dar el paso —me confiesa—, pero es George quien más teme que Max se quede solo.

—¿Por qué?

La mujer desvía un momento sus ojos de mí y las perlas de sus pendientes oscilan con el movimiento. Observo su perfil, sus rasgos marcados y las arrugas que surcan su piel. No me parece que fuera demasiado guapa en su juventud, pero creo que su carácter fuerte debió de cubrir esa carencia.

—Porque mi hijo pasó una etapa, digamos, oscura. Desaparecía varios días sin informar de su paradero, se juntaba con malas compañías, y… —baja la voz— creemos que tomaba cosas.

Alzo las cejas.

¿En serio? ¿Max el estirado tuvo su etapa marginal y tonteó con drogas?

—No te ha contado nada, ¿verdad?

Niego con la cabeza, todavía alucinada.

—Espero que no se enfade conmigo por habértelo revelado. —Alza la barbilla con su habitual gesto serio, aunque detecto un leve temblor en su labio inferior.

Me pongo en modo cotilla. Total, no estoy indagando sobre mi novio real.

—No se preocupe, Emily —le digo con una sonrisa tranquilizadora—. No le diré nada.

La mujer sonríe satisfecha y posa su mano en la mía.

—Gracias, querida. —Suspira de nuevo—. Ya ves. Solo queríamos asegurarnos de que Max es feliz. De que va a tener una vida sosegada con su propia familia y no se va a dejar tentar por vicios insanos.

—Le aseguro que Max se cuida —le digo divertida—. No sé si será únicamente por el tema del riñón, pero ni siquiera bebe o fuma. Su único mal es trabajar tanto. Aunque de eso también me declaro culpable yo misma.

—Sí, sí, lo sé —comenta con un gesto de la mano, como si estuviera más que segura—. ¿Te casarás con él?

Abro la boca y la vuelvo a cerrar de golpe.

—No entra en mis planes casarme, Emily. Y en los de su hijo, tampoco.

—Imaginaba que dirías eso. —Suspira—. Nos apena un poco, qué quieres que te diga. Si al menos vivierais juntos…

Estoy a punto de soltar un bufido. Entiendo que Max evite hablar con unos padres que se empeñan en verle casado.

También soy consciente del problema real.

Son unos señores con una mentalidad anticuada, unos ancianos que tienen a su único hijo a un océano de distancia y quieren quedarse tranquilos con respecto a su estabilidad.

Es cierto que Max podría ponerlos en su sitio y decirles que no se casa porque no le sale de las narices, pero también entiendo que son sus padres y no quiere enfadarse con ellos.

Por eso les dijo que tenía novia. Por eso me pidió el favor.

Y por eso estoy pensando…

—¿Hasta cuándo dice que se van a quedar?

—Hasta pasado mañana —responde con expresión interrogante.

—¿Y por qué van a estar solo tres días en Nueva York? —La miro con una sonrisa franca—. No es mucho lo que me atrevo a ofrecerle, pero podrían quedarse una semana, por ejemplo, y aprovechar el tiempo con Max. —Me agacho frente a ella y le tomo las manos—. Y conmigo, con sus sobrinos…

—¿Y vuestros trabajos? —pregunta desconcertada.

—Llevo siglos sin disfrutar de unas míseras vacaciones. Creo que el último permiso que pedí fue para la boda de mi hermana. Podría solicitar unos días.

Estoy siendo sincera. Formar parte del Presbyterian es un privilegio, pero también una responsabilidad. Tienes que estar siempre alerta para las emergencias, las guardias y las largas jornadas continuadas.

—¿Y Max?

—Sé que está trabajando en un caso muy importante, pero seguro que puede preparárselo en casa.