Si finjo que te quiero 6. Nora #2
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6. Nora #2

—Sí. Esa generosidad… me pareció irresistible. —Río—. ¿Qué más se puede pedir que estar junto a un hombre que sería capaz de hacer cualquier cosa por las personas a las que ama?

La intensa mirada de Max me descoloca y hace que me remueva en la silla.

Disimulo bebiendo un sorbo de agua. Me aclaro la garganta y me doy cuenta de que tres personas me están mirando.

Creo que me he pasado de intensa, aunque tampoco he tenido que inventar tanto.

Lo que he dicho de Max es cierto, al menos la última parte…

«¡Que hable alguien, por favor!».

—¿Y a ti, hijo? —le pregunta la mujer tras el extraño paréntesis—. Aparte de lo obvio, ¿qué te gustó de ella?

Max se lleva la copa a los labios y hace un esfuerzo por tragar.

Sonrío para mis adentros. Seguro que está pensando en cómo improvisar y está utilizando la misma estrategia que yo: aprovechar el tiempo que te ofrece un sorbo de agua.

Aunque dudo que él tenga mucho que decir.

Voy a divertirme un rato. A ver qué se saca de la manga el letrado.

—Eso, cariño —le pincho—. ¿Qué te gustó de mí?

Parece que sigue meditando, porque no levanta la vista del plato.

—Un cúmulo de cosas —responde por fin. Decide mirarme. Sus ojos parecen dos estanques de plata fundida—. Nora es… franca, sincera, espontánea. Y, en unos tiempos tan llenos de hipocresía y mentiras, compartir mi vida con una persona en la que puedo confiar me hace sentir afortunado.

Casi se me cae la mandíbula sobre el resto de queso fundido.

Madre mía. Por un momento juro que he deseado que este tío fuera mi novio de verdad. He recapacitado a tiempo para recordar que se lo acaba de inventar. Que esto no es más que teatro.

—Sí, ya nos ha quedado claro —gruñe el señor Middleton—. Están perdidamente enamorados el uno del otro. ¿Por qué no hablamos de cosas más prácticas? —Se dirige a su hijo—. ¿Cómo te va en el bufete? ¿Qué balance haces después de un año en Nueva York?

—Bien, papá, bien. El balance es bueno. La fusión que hicimos con Grant fue una gran jugada. Tenemos clientes y socios, tanto norteamericanos como británicos, y eso nos está haciendo crecer más allá de las expectativas que nos creamos.

El hombre asiente satisfecho antes de dirigirse a mí.

—¿Y tú, Nora? Ya nos ha comentado Max que trabajas en un modesto despacho especializado en derecho de familia.

Miro al inglés estirado. ¡Menudo capullo! Él se pone a fardar de su superbufete y me deja a mí por debajo de él. Cómo no. El típico ego masculino. Volvemos a las cavernas y a las mujeres que esperaban a que los hombres se fueran a cazar y trajeran un mamut a casa.

Pienso en lo que me ha aconsejado Evie, o sea, decir que no hablamos de trabajo fuera del horario laboral. Pero el muy gilipollas me ha tocado un poquito los ovarios.

—Pues estoy con un caso que va a dar mucho que hablar.

Max me mira de manera inquisitoria. Se va a cagar.

—Por cierto, cariño, ¿podrías servir el solomillo? —le pido con forzada amabilidad.

—Sí, claro —titubea. Se pone en pie y recoge los platos usados de la mesa sin dejar de mirarme de reojo. Está deseando oír lo que tenga que decir.

Si tengo que ser sincera, no se me ocurre absolutamente nada.

—¿Y qué caso es ese? —quiere saber el padre.

«¿Para qué hablas, tía?».

—Esto… —A ver qué puedo inventar en dos segundos sobre una profesión que jamás me ha interesado—. Resulta que… una mujer ha denunciado a su marido por vago.

Max casi se tropieza con los platos en la mano, pero se marcha a la cocina y sirve la carne a toda velocidad. Creo que masculla algo entre dientes que, con toda seguridad, no será nada amable sobre mí.

—¿Por… vago? —El hombre titubea, confundido.

—Resulta —prosigo— que la pobre chica llegaba del trabajo y se encontraba la casa hecha una mierda…, o sea, hecha un desastre, y a los niños jugando a la consola mientras el padre bebía cerveza y veía fútbol en la tele.

Los señores Middleton se estudian de reojo. Max sirve el solomillo como si se dedicara a hacer una tarea rutinaria. Debo de ser yo la única que detecta su tic en el párpado y lo blancos que se le han puesto los nudillos de apretar tanto los cubiertos.

—¿Y eso se puede denunciar? —inquiere el hombre.

—Por supuesto —le digo con rotundidad, sin tener repajolera idea de lo que estoy afirmando—. Se lo digo yo, que he ganado el caso.

Max le da sin querer a una copa y la vuelca sobre el mantel. De inmediato se disculpa y coloca encima de la mancha una servilleta.

Es una situación algo comprometida, pero me lo estoy pasando de muerte. Solo por ver al rancio tirando una y otra vez del perfecto nudo de su corbata, está mereciendo la pena.

—Pero… —titubea el anciano inglés— ¿y las pruebas?

—Había cámaras —me saco de la manga—. Estaban ocultas en plantas, en marcos de fotos y en peluches por toda la casa. Además, están los testimonios de los hijos.

—¿Los menores pueden declarar? —pregunta la mujer.

—Claro que pueden. Si es para decir que su padre era un guarro que no fregaba y que su madre estaba hasta los ovarios de hacerlo todo…

Veo como Max se lleva la mano al rostro y se tapa los ojos. Que le den.

—¿Y eso ha dado tanto que hablar? —insiste el hombre.

—Imagínese —recalco—. La jueza le ha condenado a fregar a diario la casa de punta a punta, incluyendo suelos, muebles y azulejos.

¡Hasta las bombillas tiene que limpiar! Los hijos deberán ir al colegio con la ropa limpia y planchada.

Al tipo, además, se le han acabado los canales deportivos y la cerveza, con un candado en el televisor y otro en la nevera.

Y cuando vuelva su esposa de su jornada laboral, tendrá que darle un masaje en los pies.

La pareja me mira boquiabierta. Y Max… debe de estar elucubrando diferentes métodos de tortura, puesto que desde aquí veo brillar las gotas de sudor que le perlan la frente.

—¿No han visto el juicio por televisión? —les pregunto.

Ellos niegan con la cabeza.

—Se habrá seguido por redes sociales. —Me encojo de hombros y me llevo a la boca una porción de carne jugosa—. Joder, Rhys es el puto amo de la cocina.

Noto tres pares de ojos encima. Aunque lo peor es reparar en el tic que ahora sacude la mandíbula de Max.

—Quería decir que… mi cuñado es un gran cocinero, por supuesto. —Señalo las copas—. ¿Más té frío?