Si finjo que te quiero 6. Nora
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6. Nora

Nora

En fin… Tengo que reconocer que, llegado el momento del inicio de la farsa, empiezo a ponerme nerviosa.

Voy a tener que seguir los consejos de Evie y tomármelo con naturalidad, como si fuese una broma, algo sin importancia.

Al fin y al cabo, estos señores solo vienen con ganas de conocer a la novia de su hijo, cenar y volverse a marchar.

Yo solo tengo que sonreír un poco y fingir que me gusta Max. Mejor si finjo que le quiero.

Max…

A mi mente vuelven a acudir imágenes de los dos, desnudos, en la cama, en la ducha.

Aunque lo que de verdad me perturba son los recuerdos de los momentos que pasamos en el bar, charlando, riendo.

Y ni siquiera puedo echarle la culpa al alcohol, puesto que el té frío y el Seven Up no contienen ni medio grado.

¿Qué demonios me pasó por la cabeza? ¿Y a él?

Decido despojarme de esos pensamientos y me centro en lo que me rodea.

La otra vez que estuve aquí, como es obvio, no me fijé en este apartamento.

No es que sea muy cálido, pero debo reconocer que la limpieza y el orden lo hacen más agradable.

Aquí dentro caben tres o cuatro estudios como el mío, y, a pesar del tamaño, considero que le falta luminosidad.

Las ventanas están cubiertas por estores de color gris, el mismo tono de las paredes.

A ver, a mí nunca se me habría ocurrido pintar mi casa con estos tonos tan apagados, pero es la vivienda de Max, y lo cierto es que le pega. Todo resulta tan sobrio, elegante e impoluto como él.

Me acerco al dormitorio, oscuro, austero, de líneas rectas. Madre mía, tampoco me acordaba de cómo era. En todo caso, recuerdo el tacto de las sábanas en mi espalda, la respiración jadeante del inglés cuando me empotraba contra el colchón…

Emito un débil gemido, apago la luz y vuelvo al salón.

Busco un mechero por todas partes. No lo encuentro.

Doy con uno en mi bolso, que suelo llevar por si algún ligue me pide fuego, y enciendo las velas que hemos dispuesto sobre la mesa.

De inmediato, el aire se impregna de aroma a lavanda. Según Evie, resulta relajante.

Pues no sé yo lo que relaja, porque, en cuanto oigo la puerta y voces desconocidas, me quedo de pie en mitad de la estancia, como un soldado en espera de revista.

«Solo tienes que ser tú, Nora —me ha aconsejado mi hermana—. Eres una chica estupenda, ¿vale? Qué más quisieran los señores Middleton que tenerte como nuera».

Sonrío ante el recuerdo y así me encuentran los tres.

—Papá, mamá, os presento a Nora. —Max alza los ojos hacia mí y detecto una leve aprensión. Debe de temer que me eche atrás o algo por el estilo—. Ella es… mi novia.

—Encantada.

Siguiendo un posible protocolo que me acabo de inventar, le doy primero la mano al padre.

—Señor Middleton, un placer conocerle.

—Igualmente —corresponde el hombre. Se parece un poco a Max. Tiene los ojos grises, aunque no tan brillantes, y también es alto. Su cabello debió de ser oscuro, pero ya ha encanecido por completo. En lo que más se asemejan, sin embargo, es en la seriedad de su expresión.

Cuando voy a hacer lo mismo con su mujer, esta me rodea con los brazos y me da un par de besos.

Eso sí, con el abrazo apenas me toca, y sus labios no llegan a rozarme.

Al separarme de ella, compruebo que su expresión es afable, lo que me hace pensar en la rigidez británica. Ellos son así de poco efusivos.

—Qué ganas teníamos de conocerte, querida. —Me toma de las manos. Las suyas están enfundadas en guantes—. Oh, mi hijo tiene razón. Eres una mujer muy guapa.

Miro de reojo al aludido y alzo una ceja. «¿En serio?», le digo con el gesto. Él se hace el despistado, tocándose el nudo de la corbata.

Bueno, lo entiendo. Se supone que algo debo de gustarle si se acostó conmigo.

«Lo mismo te pasó a ti, maja».

—Gracias, señora Middleton —le digo.

—Oh, llámame Emily. Podríamos ser familia en un tiempo no muy lejano. Mi bendito hijo ya ha cumplido treinta y ocho años…, por si creéis que tenéis tiempo para pensarlo —remata con cierto tono de reproche en su voz.

—Mamá —interviene Max—… Convinimos en que nada de hablar de bodas ni de futuro, ¿recuerdas?

La mujer levanta su barbilla puntiaguda y dedica a su vástago un gesto con la mano, como si barriera el aire.

—Y hablando de edad —comenta la señora Middleton—, ¿cuántos años tienes, Nora? Puedo llamarte Nora, ¿verdad?

—Por supuesto, Emily. —Sonrío, miro de reojo a Max y le lanzo un montón de preguntas silenciosas.

«¿Tengo que decirle mi edad verdadera? Van a percatarse de que nos llevamos un porrón de años. ¿Lo hará más inverosímil?».

Supongo que decide echarme una mano.

—Te has dado cuenta de que es muy joven —le dice Max a su madre en un tono distendido—. Aunque es muy madura para su edad, pues con solo veinticinco años ha conseguido llegar a lo más alto en su profesión.

Le miro agradecida, porque me ha sonado a cumplido. Ha dicho «profesión», sin especificar si la real o la inventada.

—Es demasiado joven —protesta su padre—. En un par de años, tú habrás cumplido cuarenta, y ella seguirá siendo una muchacha que todavía no querrá tener hijos.

—¿Quién ha hablado de hijos? —gruñe Max.

—¿No es esa la finalidad del matrimonio? —insiste el progenitor.

—¿Y quién ha mencionado el matrimonio? —se exaspera su hijo—. ¿No le acabo de decir a mamá que…?

—Ya sé lo que le has dicho a mamá, pero ella solo se atreve a suspirar por nietos cuando tú no estás delante.

Sé que no debería abrir la boca, que a veces es mejor estarse callada, y más cuando algo no te concierne. Pero yo soy así, impulsiva, espontánea.

«Bocazas».

—Disculpe, señor Middleton. Ya no estamos en su época.

En estos tiempos, las parejas no tienen por qué casarse, y no por eso se quieren menos.

En cuanto a los hijos, las mujeres hemos pasado a tener otras prioridades.

Ya no somos las simples encargadas de parir.

¿Y si decidiéramos no tenerlos? ¿Y si optáramos por adoptar un gato, por ejemplo?

—Lo que faltaba —gruñe el hombre—. Una de esas feministas.

—Oh, Dios, no soporto a los gatos —se queja su mujer con una mueca de desagrado.

Max se aclara la voz.

—Será mejor que os vayáis sentando a la mesa —propone—. Dadme los abrigos, por favor.

La pareja se desprende de los chaquetones, y yo me adelanto para cogerlos y llevarlos al dormitorio. No me apetece en absoluto quedarme a solas con ellos.

Me sale el tiro por la culata.

—Nora, cariño, ¿podrías enseñarles el apartamento a mis padres mientras yo pongo la mesa?

Su padre rebufa. Está claro que piensa que debería ser al revés.

¡Pues conmigo ha topado!

—Claro, cielo —acepto.

Como una auténtica anfitriona, abro algunas puertas y les voy señalando a los Middleton cada una de las estancias.

Me cuesta girar algunos pomos y me vuelvo loca buscando los interruptores de la luz, pero no dejo de sonreír para que todo parezca más natural.

Excepto cuando se me van torciendo los pies y tengo que agarrarme a lo primero que pillo.

Dos pares de ojos se entornan y me miran con desaprobación.

Pensarán en lo poco que cuadra mi vestimenta con mis andares de pato.

—¿Esa eres tú con un gato? —La mujer señala la fotografía que he colocado sobre la mesilla de noche.

—Sí, soy yo con mi gato, Harold, que ahora está solito, el pobre, en mi apartamento.

—Sigo la mirada de la mujer, clavada en la solapa de mi americana oscura—.

Vaya, y aquí está la muestra de nuestra convivencia.

—Me desprendo unos cuantos pelos de mi felino—.

Cuando tienes gato, la ropa negra es una mierda. Quiero decir… un problema.

Emily parpadea turbada. Observo de reojo a su marido. Ha entrado en el baño y ha encontrado un largo cabello pelirrojo en el lavabo. Lo ha cogido y lo está mirando como si fuera una serpiente venenosa.

—Supongo que está de más preguntar si es tuyo —refunfuña el hombre, que suelta el pelo con asco.

—Esa es la prueba de que Max no me engaña —trato de bromear—. Si fuera un cabello rubio o negro, la cosa se pondría fea. —Sonrío apretando los dientes.

Un silencio perturbador nos envuelve a los tres. Por suerte, oímos la voz de Max.

—¡Ya está lista la cena!

—Estupendo —digo—. ¡Vamos allá!

Cuando mi supuesto novio nos ve sentarnos a la mesa, se fija en nuestras caras y frunce el ceño.

—¿Todo bien? —pregunta—. ¿Os ha gustado el apartamento? Es un poco pequeño comparado con la casa de Hampstead…

—No, no, hijo —le corta su madre—. El piso está muy bien. —Me mira después a mí con un mohín de sus rígidos labios—. Y tu novia… también. Es una muchacha… encantadora.

Max me mira con la sorpresa reflejada en su atractivo rostro. Yo me encojo de hombros. Me da la sensación de que su progenitora no ha sido muy sincera, pero prefiere que la noche no se tuerza.

—Me alegro de que os hayan gustado… las dos cosas.

—El inglés sonríe—. Por cierto, lo que tenéis en el plato son patatas gratinadas con queso que acabo de calentar en el horno.

Rhys me ha pedido que os diga que mañana, en el restaurante, nos preparará un menú degustación, con una muestra de sus mejores creaciones.

—Están realmente exquisitas —dice la mujer con satisfacción—. Qué ganas tengo de volver a ver a mi sobrino. Además de ser de mi sangre, lleva un pedacito de mi hijo.

Me ha parecido una observación muy bonita, por lo que mi vista viaja directamente al rostro de Max, que, aunque ha sonreído, sigue comiendo tranquilamente.

Se me ocurre decir algo al respecto.

—Creo que Max todavía no es consciente de lo que hizo por Rhys. Me sigue pareciendo el acto más generoso que un ser humano puede hacer por otro.

Ahora sí, el aludido deja de masticar y me mira fijamente, como si no hubiese esperado ese cumplido de mi parte.

—¿Es eso lo que te enamoró de él? —pregunta su madre.

Oye, pues me puede servir para darle un punto más romántico.