Si finjo que te quiero 5. Max
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5. Max

Max

Llevo toda la tarde dando vueltas por mi apartamento como un león enjaulado. No le había dado demasiada importancia al paripé que voy a montar para mis padres. Ahora que se acerca el momento, me siento bastante inquieto.

«Todo está controlado, Max. Tranquilízate».

Sí, lo tengo todo bajo control. El apartamento está impecable, la comida que ha preparado Rhys espera en la cocina, y Nora llegará en una hora.

Aun así…

El timbre de la puerta me saca de mis cavilaciones. Miro la hora y frunzo el ceño. Todavía son las cinco y media y no espero a nadie hasta las seis. Me descolocan los cambios de planes. Cuando abro y me encuentro a Nora, no logro analizar el motivo del repentino alivio que me asalta.

—Llegas pronto —le digo, sin embargo.

Durante un instante, no puedo moverme. Es Nora, eso lo tengo más que claro. Y a la vez no es ella. No sé si me explico.

—Gracias por el recibimiento —refunfuña mientras me aparta a un lado y se cuela en mi casa arrastrando una maleta.

—¿Qué demonios llevas ahí? —inquiero con un punto de exasperación—. ¿Vas a aprovechar este lío para venirte a vivir conmigo de verdad?

—No seas capullo —gruñe—. Ya me imaginaba que en esta casa se iba a notar demasiado que las mujeres no duran más que una noche. Necesitas un toque femenino.

—¿Me estás reprochando algo? —Arqueo una ceja.

—Para nada. —Ríe mordaz—. En mi casa tampoco hay rastros masculinos. Es solo para aparentar delante de tu familia.

—Sí, claro —digo con ironía.

—Para empezar —se señala a sí misma—, ¿me das el visto bueno? Evie se ha esmerado un montón en transformarme en una perfecta abogada.

A eso me refería con lo de que Nora no parece Nora.

Aparte de una vez que la encontré de compras con su hermana o del día de la boda, siempre la he visto muy sencilla, con vaqueros, camisetas y deportivas, o con su uniforme de paramédica.

Y aunque es algo que debería haber esperado, contemplarla de esta guisa me desconcierta.

Porque lleva un traje de chaqueta ajustado de color negro, una camisa blanca abrochada hasta el cuello y unos altísimos tacones.

Eso es lo más sorprendente. Relacionar a Nora con tacones es como pensar en peras y ladrillos. Cero conexión.

Sin ser consciente, les doy un repaso a sus piernas enfundadas en medias, a sus caderas, al cuello y, por fin, a su rostro.

Su habitual expresión punzante se ha suavizado por el cabello recogido en la nuca con un moño.

Algunos mechones sueltos le acarician las sienes y las mejillas, y le dan un toque de rubor a su piel pálida.

Se ha maquillado, con lo que potencia el verde de sus ojos rasgados, sus pómulos, cuyas pecas ha escondido una capa de polvos, y su boca.

Esa boca. Esos labios. Los mismos que recuerdo ahora mismo rodeando mi miembro, succionando y lamiendo…

Joder.

—¿He aprobado? —inquiere con sorna.

Evito hablar de ello.

—¿Me vas a decir qué llevas en esa maleta?

—Lo que me pediste. —Se dirige al dormitorio, caminando como si tuviera tres pies—. Si vivo contigo los fines de semana, lo normal es que me deje aquí algo de ropa. —Trastabilla cuando gira hacia la puerta—. Putos tacones…

Me muerdo el labio inferior para no reír. No sé qué tiene esta mujer que consigue sacarme una sonrisa muy a menudo. Y lo mejor es que no es consciente de la fascinación que ejerce en los demás.

Una vez en la estancia, rebusca en la maleta y saca algunas prendas. Abre después mi armario y suelta un gritito ahogado.

—Me cago en todo —suelta—. ¿Cómo voy a meter ahí mis pantalones y mis camisetas?

Ambos nos quedamos mirando el interior del vestidor, repleto de trajes, camisas y corbatas perfectamente alineados. Antes de que pueda opinar, Nora planta su ropa en una estantería que contiene algunos jerséis.

—Aquí mismo —dice.

—No creo que a mis padres les dé por hacer una inspección de armarios en busca de tu rastro —señalo con un suspiro.

—Nunca se sabe.

Lo siguiente que hace Nora es extraer de la maleta un puñado de bragas y sujetadores. Mira en el primer cajón de la cómoda y, como contiene mi ropa interior, abre el siguiente. Sonríe al verlo vacío y guarda en él sus prendas íntimas.

—Y mucho menos creo que vayan a registrar los cajones —desapruebo.

—Por si acaso.

Ante mi asombro, la veo colocar sobre la mesilla de la izquierda una fotografía en la que puede verse a ella con Harold. Me mira satisfecha.

—Una idea genial, ¿no te parece? Ya que no nos ha dado tiempo a hacernos fotos juntos…

Sigo sus movimientos totalmente anonadado.

Saca también de la maleta un neceser y entra en el cuarto de baño.

Abre una de las puertas del armario, agarra mis útiles de afeitado y los lanza sobre la encimera del lavabo.

En su lugar, coloca un montón de botes de diferentes tamaños y colores y cajas de tampones.

Luego mete mis cosas en uno de los cajones de abajo.

—No es lógico tener los productos de afeitado abajo del todo —reniego—. Ahí deberían estar tus productos de higiene femenina.

Ella me ignora. Parece en trance.

—Y ahora, el toque final.

Coloca un cepillo de dientes en el vaso, junto al mío, y después planta ante mí un cepillo para el pelo con un montón de cabellos pelirrojos enredados. Tira de unos cuantos y los suelta por el lavabo, la bañera y el suelo.

—Eso es asqueroso, Nora…

—Pero es lo normal —replica—. Es imposible que, con esta melena, no suelte por ahí algún pelo. Si vieras los que recojo en mi casa… Entre Harold y yo atascamos el aspirador.

Me pinzo el puente de la nariz. Empiezo a arrepentirme de todo esto.

—¿Qué pasa? —Cruza los brazos—. No dirás que no he pensado hasta en el último detalle.

De repente, se me forma un nudo en la garganta y me sale por la boca en forma de carcajada.

—¿De qué diantres te ríes? —me dice en tono acusatorio.

Termino de reír, me froto el rostro con las manos y contemplo a Nora, que me mira confundida.

—Cuando has mencionado que esta casa necesitaba un toque femenino, pensaba que te referías a colocar algún ramo de flores o cojines estampados. Y lo que has hecho ha sido esparcir ropa y pelos por todo el apartamento.

Vuelvo a carcajearme. Nora me imita. Ambos reímos como dos tontos hasta que las risas se van apagando y nos damos cuenta de que nos estamos mirando.

—Gracias, pelirroja —le digo—. De una forma que no esperaba, pero es cierto que has pensado en todo.

—¿Qué te creías? —resopla—. ¿Que porque no sea abogada, ni tan finolis como tú, no iba a tener buenas ideas?

—No le des la vuelta, Nora. —La señalo con el dedo índice—. En ningún momento te he considerado menos que yo. En todo caso…, sí que deberías controlar un poco tu lenguaje. Como te cagues en todo delante de mis padres, se harán un collar de cabezas de ajo y se lo colgarán del cuello.

—¿Me estás llamando bruja?

—No empieces…

Nora camina hacia mí y se detiene cuando no nos separan más que unos centímetros.

A esta mínima distancia puedo atisbar las profundidades turquesas que anidan en sus ojos, la voluptuosidad de sus labios y los matices de rojo y ámbar de su cabello.

Hasta mí llega un aroma sutil, a flores, a mujer, a deseos prohibidos.

Mi cuerpo se endurece, y no por la tensión.

—Pues para acostarte conmigo no pusiste muchas pegas —me recrimina—. ¿Eres de los que quieren un dechado de virtudes como esposa, pero luego meten en su cama a la primera tía cachonda que se encuentran en un bar?

Me tenso de inmediato, aunque logro controlarme.

—Que me digas eso demuestra que no me conoces en absoluto. No busco esposa, ni virtuosa ni ninguna otra. Y si la tuviera, no me iría en busca de tías cachondas a los bares. El respeto a tu pareja me parece fundamental.

—Oh, serías un marido fiel —dice con sorna—. Lo que se están perdiendo las mujeres del mundo.

Sin motivo aparente, una furia ardiente me recorre las venas.

—No vuelvas a reírte de mis convicciones —le reprocho—. Esto solo va a ser una farsa. En ningún momento nos vamos a llegar a conocer en absoluto. Cuando salgas por esa puerta, se acabó. Ya no me deberás nada.

Nora palidece, aunque une sus labios en una fina línea y alza el mentón.

—Eso es lo que voy a hacer ahora mismo, gilipollas, largarme y ahorrarte así mi insufrible presencia y mi lenguaje soez.

La veo recorrer el pasillo y encaminarse al salón. Por un segundo, me quedo hipnotizado ante el repiqueteo de sus tacones, sus andares torpes y el movimiento de sus caderas bajo la falda ajustada. Pasado ese lapsus, el pánico me invade y corro tras ella.

—Espera, Nora, por favor. —La agarro de un brazo y le doy la vuelta. Su tez ha adoptado un repentino tono púrpura—. Lo siento, yo…

Ella se deshace de mi agarre.

—Tranquilo, Middleton, lo haré. Me quedaré y me haré pasar por tu perfecta novia. Pero solo porque Evie y Rhys confían en mi palabra.

Suelto un suspiro de alivio y miro la hora.

—Solo faltan diez minutos para las siete. ¿Qué te parece si vamos poniendo la mesa?

—Vale. No les habrás dicho que he cocinado yo, ¿verdad? Porque como esperen que les dé la receta…

—Tranquila. —Sonrío—. Sé de tus dotes culinarias…, que son tan nulas como las mías. Guarda esas zarpas.

Entre los dos, como si hace un momento no hubiésemos estado a punto de enviarnos a tomar viento, colocamos un mantel sobre la mesa del comedor.

A continuación, le paso lo necesario para disponer cuatro cubiertos.

Nora se aleja un momento del salón y regresa con una caja entre las manos.

De ella saca un centro floral y un par de velas.

—No me mires así —gruñe—. Ha sido idea de Evie.

—Ya me parecía a mí —la pincho, y ella resopla.

—Le he pedido a mi hermana alguna indicación para hacerme pasar por abogada —comenta después de que hayamos adornado la mesa—, pero me ha aconsejado que diga que no nos gusta hablar de trabajo en casa.

—Buena salida —apruebo.

—En cuanto a cómo nos conocimos…

—Eso es obvio —la corto—. Fue a través de Rhys y Evie.

—En cuanto a lo de enamorarnos, o enrollarnos, o lo que sea…

—No será necesaria tanta especificación, Nora…

Ella va a replicar, pero la vibración de mi teléfono me alerta de un mensaje.

—Es mi madre. Han venido en taxi desde su hotel, y esperan que vaya abajo a recogerlos.

—¿Tengo que ir contigo? —me pregunta mientras se retuerce las manos.

Seguro que está un poco nerviosa, al igual que yo. Por un instante, siento unas inexplicables ganas de acariciarle la mejilla y decirle que todo va a ir bien. Sin embargo, me alejo de ella en dirección a la puerta.

—No, no hace falta. Espera aquí. Cambia un poco esa cara y finge un poquito que me quieres —bromeo.

—Si finjo que te quiero, saldrá todo mal —protesta.

—Piensa en mí como en cualquiera de los hombres de los que te hayas enamorado —la pico.

Mi expresión burlona desaparece de mi cara cuando observo como los ojos verdes de Nora se vuelven opacos, como si un velo turbio los hubiese cubierto y desprovisto de vida.

—Mejor que no —murmura.

—¿No te has enamorado nunca, pelirroja? —le digo con cautela.

Ella niega con la cabeza.

—No de verdad. ¿Y tú, inglés?

Inspiro una gran bocanada de aire.

—Subo en un par de minutos —musito antes de salir del apartamento y cerrar detrás de mí.