4. Nora #2
—Claro, faltaría más.
Aferro el cacharro, cojo impulso y se lo estampo en toda la bragueta. Dios, eso ha tenido que doler. Él ahoga un gemido y se contrae con un gesto de dolor.
—Eres una sádica —gruñe y se aleja de mí—. Me da la sensación de que venir aquí a pedirte un favor ha sido una mala idea.
—No, espera. —Río—. Dejémonos de chorradas. Si te has presentado en mi casa después de lo que pasó entre nosotros, tienes que estar muy desesperado.
—¿Qué pasó entre nosotros? —Alza una ceja.
—Vale. —Pongo los ojos en blanco—. Captado. Yo también lo he olvidado. ¿Me vas a decir ya qué quieres?
—Antes de nada, te diré que me encuentro en este apuro, en parte, por culpa de mis padres, y en parte, por culpa mía.
—Culpas repartidas, tranquilo.
—De acuerdo, iré al grano. —Toma aire un instante—. ¿Podrías hacerte pasar por mi novia durante una noche?
Me quedo muerta.
—¿Perdona? —le digo confundida—. ¿Y por qué ibas a querer tú eso?
—Porque los señores Middleton se van a presentar en Nueva York, con la ilusión de conocer a Evie… y a mi novia.
Suelto una carcajada. Me divierte ver al recto Max tan contrariado.
—Entiendo que les has soltado una trola a tus padres. Les has contado que te has echado novia para que te dejen en paz.
—¿Te ha pasado a ti también? —Tuerce el gesto.
—Alguna vez me quité de encima a mi familia de esa forma —le confieso—, diciéndoles que salía con un chico. Hace tiempo que desistieron. Saben que no quiero salir con nadie y que no cambiaré de opinión.
—Eres muy joven para tenerlo tan claro.
Desvío la mirada un instante. Siempre he tenido la sensación de que las personas podían descubrir en mis ojos toda la culpa, la rabia y la tristeza que arrastro.
—Tranquila, no voy a preguntarte tus motivos —me advierte Max con suavidad—. Yo tampoco te voy a contar los míos.
—¿Has dejado unos cuantos corazones rotos por ahí?
Él se limita a sonreír con un asomo de pesar. De repente, siento una enorme curiosidad por saber más del británico.
—¿Puedo preguntarte por qué yo?
—No sé, Nora. Te prometo que nunca imaginé que mis padres fueran a presentarse para comprobarlo. Me inventé que llevaba saliendo tres meses con la hermana de Evie. Imagino que… porque fuiste la última mujer con la que me acosté.
Que lo mencione así, de una forma tan franca, lo hace más real. Porque yo llevo dos semanas convenciéndome a mí misma de que aquello no pasó. De que fue una especie de sueño, de fantasía sexual, de locura transitoria…
—Pues es una suerte que yo tampoco haya estado con nadie desde… ti. —Me aclaro la voz—. Lo digo porque crea cierta… conexión.
—¿Con nadie desde mí, pelirroja? —inquiere burlón—. ¿Qué les pasa a los neoyorquinos?
—Que no hay ninguno que valga la pena. —Le sigo la broma.
—Quizá tengan que aprender de los ingleses. —Me lanza una chispa plateada con cada uno de sus ojos.
—De arrogancia, bien, ¿no?
Ignora mi pulla.
—Entonces, ¿lo vas a hacer? ¿Me vas a hacer el favor de ser mi novia por unas horas?
—Pensabas que te mandaría a freír espárragos, ¿verdad? —Río.
—Tenía la esperanza de que aceptaras, porque Evie me aseguró que te sentías muy agradecida por lo que hice por Rhys.
Le doy un manotazo en el pecho. Joder, qué duro lo tiene.
—No seas presuntuoso —le recrimino con una sonrisa torcida—. No sabía que Evie y Rhys estarían al tanto.
—Fueron los instigadores, créeme. —Ríe—. Tu hermana se ofreció a intentar convencerte, pero le dije que era mi problema y que debía dar la cara.
—Qué responsable —bromeo—. En fin, ¿cuánto tiempo tenemos para planificar un poco la estrategia y…?
—Mis padres llegan hoy mismo —me interrumpe—. La cena será esta noche, a las siete.
—¡Esta noche! ¡No nos va a dar tiempo de pensar en nada! ¿Y si nos hacen preguntas? Cómo nos conocimos, qué aficiones compartimos…
—Ven a mi casa a las seis —me corta—. Una hora será suficiente para organizarnos.
—Una hora —resoplo.
Max le echa un vistazo a su Rolex.
Sí, tiene un Rolex.
—Yo tengo que volver al despacho. Lo siento, pero tendremos que improvisar. Apelo a tu imaginación —se mofa.
—No intentes hacer gracia, porque no la tienes, Max.
Se inclina un momento para acariciar a Harold y después se dirige a la puerta.
—Ah, se me olvidaba. Se supone que vives en mi apartamento los fines de semana. Tráete un cepillo de dientes y cosas así.
—Qué maravillosa pareja vamos a ser —espeto con una sonrisa apretada.
—Tampoco hay que darle tanta importancia —comenta mientras abre—. Solo tenemos que hacer creer que estamos saliendo. La gente no va por ahí dándose besos ni nada por el estilo.
—¿Y ya te fías de mí? —Me cruzo de brazos—. Podría hacerte quedar mal con tu familia.
—No lo harás. —Se quita un pelo de la manga de la chaqueta—. Porque aprecias de verdad a Evie y a Rhys, y lo vas a hacer por ellos.
—Eres un capullo estirado, Middleton.
—Max a partir de ahora…, cariño. —Se detiene un instante en el vano—. Otra cosa. Se supone que eres abogada. Así que… tendrás que parecerlo al menos. Pídele consejo a Evie.
—¿Abogada? —protesto—. ¿Qué tiene de malo mi profesión?
—Nada. —Se encoge de hombros—. Simplemente, que me liara con una colega era lo más lógico.
—¡Pues vete a pastar con tu lógica, rancio!
Cierro de un portazo. A continuación, llamo por teléfono a mi hermana.
—Esta será la última que haga por ese gilipollas —le espeto—. Después de esto, consideraré que le habré agradecido eternamente lo que hizo por vosotros.
—Gracias, Nora. —Percibo su sonrisa—. Sabía que le ayudarías. Voy de camino a tu casa con un traje y unos tacones.
—Lo que faltaba —resoplo.