4. Nora
Nora
—Va, Harold, déjame un ratito más en la cama…
Mi gato me ignora por completo. Su lengua húmeda y rasposa se pasea por mi cara, lo mismo que sus bigotes o su cabecita. Como siempre, acabo escupiendo unos cuantos pelos que se me pegan a los labios.
—Vale, ya voy —refunfuño—. Eres un pesado.
Todas mis quejas se evaporan cuando abro los ojos y contemplo su carita redonda, su nariz chata y su pose tranquila.
—Ay, perdona. —Lo achucho entre mis brazos y beso su cabeza y su cara una y otra vez—. Perdona, perdona. No eres un pesado. Eres el mejor gato del mundo y te quiero. Te quiero, te quiero —le digo entre beso y beso.
El gato aprovecha cuando aflojo el agarre y se escabulle de la cama.
Tanta demostración de afecto lo agobia un poco.
Aun así, se planta en mitad de la habitación, enrosca la cola alrededor de su trasero y me mira con sus ojos dorados.
Un suave maullido emerge de su garganta.
Quién diría que este pedazo de felino se comunica de una forma tan dulce.
—Ya veo. —Suspiro al tiempo que aparto las mantas y salgo de la cama—. Te has quedado sin comida, ¿verdad?
Él comienza a andar con sus patas regordetas cuando me ve dirigirme a la cocina. A pesar de que me esté suplicando alimento, no puede evitar moverse con elegancia y esperar pacientemente.
Abro el paquete de pienso y vierto un poco en el recipiente.
—Tienes bastante por ahora —le digo cuando se abalanza sobre el alimento—. El veterinario nos ha advertido un montón de veces que no puedes seguir aumentando de peso.
Harold me ignora, por supuesto. Le cambio el agua y echo un vistazo a mi alrededor con los brazos en jarras.
—Joder, qué desastre de casa.
Hoy tendría que limpiar un poco. O recoger, al menos. Se me han acumulado la ropa sucia, los platos usados y algo de basura. Así que tendré que aplazar la ducha y adecentar un poco el estudio. Lo bueno de vivir en un lugar tan pequeño es que se tarda poco en limpiarlo.
Me recojo el pelo en un moño, me pongo una camiseta vieja y unos vaqueros que yo misma corté con unas tijeras y empiezo por la estancia que incluye cocina y salón. Introduzco los cacharros sucios en el lavavajillas y después voy llenando una bolsa con restos de pizza, patatas fritas y latas vacías.
Ahora le toca el turno a la ropa. Saco las sábanas de la cama, las toallas del baño y las meto en la lavadora.
Antes de ponerla en marcha recuerdo que tengo algunas prendas tiradas por la habitación.
Efectivamente, encuentro una camiseta y unos vaqueros.
Les doy la vuelta a los pantalones y oigo tintinear algo contra el suelo.
Me agacho y recojo lo que ha caído de un bolsillo: un par de gemelos de oro.
El tacto frío de las joyas en mi mano me transporta a una noche que había apartado a un rincón de mi mente. Veo imágenes, percibo sensaciones… y ahogo un gemido en mi garganta.
—Maldita sea —refunfuño mientras guardo los gemelos en un cajón de la cómoda—. ¿Qué demonios hago pensando ahora en el rancio?
«Sí, sí, rancio, pero no veas cómo besa… y cómo folla».
Rabiosa, continúo buscando prendas y localizo tres bragas, dos sujetadores y varios pares de calcetines.
En mi camino a la cocina, suena el timbre de la puerta.
No me paro mucho a pensar en ello, porque estoy segura de que es Evie.
Mi hermana es la única que aparecería uno de mis días libres por la mañana.
Abro y… me quedo estupefacta. Delante de mí, en mi puerta, se encuentra el mismísimo Max Middleton.
¿Se supone que ha aparecido por evocarlo?
«La próxima vez piensa en un maletín con un millón de dólares, tía».
Por un momento, se me corta la respiración. La madre que lo trajo. ¿Cómo puede estar siempre tan perfecto? Ya no recordaba lo guapo que es. ¿O es que he hecho lo imposible por olvidarle?
Supongo que debe de haber salido del trabajo, porque lleva uno de sus impecables trajes oscuros, con camisa almidonada, corbata a rayas y otros malditos gemelos.
Los zapatos brillan, no lleva un pelo fuera de su sitio y huele maravillosamente bien, a loción de afeitado y a ropa limpia. Tan británico, recto, estirado…
«¿No decías que olía a té y naftalina?».
Ay, Dios. Yo he visto a este hombre sin toda esa ropa. Y, lo que es más alucinante, sin toda esa contención que parece mantenerlo almidonado. Se me hace la boca agua y trago saliva.
«Pues de almidonado nada, que no veas cómo empotra».
«Eso ya lo has pensado antes, pesada».
—Buenos días, Nora —me dice en tono cortés—. ¿Me permites pasar un momento?
Justo ahora soy consciente del contraste entre nosotros. Mientras Max parece recién salido de un anuncio de relojes caros, yo aparezco con el pelo enmarañado, ropa vieja y un desagradable olor a sábanas sudadas.
—¿Qué quieres? —le digo a la defensiva. Puede ser un gustazo para la vista, pero no me apetece tenerlo en mi casa—. Estoy muy ocupada.
—¿Con la colada?
Compone una mueca y señala mis manos, de donde cuelgan tangas y sujetadores.
—¡No! ¿Cómo se te ocurre? —le suelto con mordacidad—. Ahora mismo hago sonar la campanilla para que aparezca mi ama de llaves y se encargue de todo.
Sus perfectos labios dibujan una sonrisa que debería estar prohibida, porque me acaba de subir una oleada tibia por el esófago. Debe de ser acidez. O lo mal que me sienta levantarme antes del mediodía cuando no trabajo.
«O lo cachonda que te has puesto nada más pensar en él».
—Que sea británico no significa que tenga ama de llaves o mayordomo —bromea—. En Londres también vivo en un apartamento, donde una señora viene a hacer las tareas cada tres días. Nada más glamuroso que eso.
—¿En serio? —exclamo con voz de pito—. ¿No vives en un castillo ni nada de eso?
Niega con la cabeza.
—Qué decepción…
—¿Vendrías a visitar mi castillo si lo tuviera?
—Depende. —Me llevo un dedo a la boca—. ¿Resultarías ser un príncipe encantado al que un día transformaron en un abogado gruñón en espera de su primer beso de amor?
—Me temo que no hay castillos, ni príncipes encantados, ni tazas o soperas parlantes.
Le señalo y abro la boca al máximo.
—¡Has visto la película La bella y la bestia ! ¡La versión animada!
—Claro que no —señala con fingido desdén—. Yo nunca he hecho esas cosas de niños.
—¿Tú has sido niño alguna vez? —inquiero con mordacidad.
Max suspira.
—Perdona por la visita inesperada, Nora, pero necesito… un favor. ¿Me dejas pasar?
—Qué remedio. Ahora me has dejado intrigada.
Le dejo entrar y cierro la puerta. Me envaro cuando le veo mirar a su alrededor.
—¿Estás buscando dónde poder sentarte sin mancharte tu exclusivo traje? —le espeto con ironía. Introduzco mis prendas interiores en la lavadora y la pongo en marcha.
Él frunce el ceño.
—No soy tan esnob como pareces creer. —Suspira—. Lo que estaba mirando es tu gato. Es precioso.
Qué canalla. Con esa apreciación, ya me ha ganado por completo. ¿Querrá que le dé algún órgano y por eso me hace la pelota?
—Te presento a Harold, el hombre de mi vida. —Me inclino y cojo en brazos al felino—. Es paciente, sabe escuchar y es completamente fiel. Además de guapo. —Le doy un sonoro beso.
—¿Puedo cogerlo? —Max alarga los brazos.
Arqueo una ceja y señalo su carísimo traje oscuro.
—¿Tú lo has visto bien? Es un gato con el pelo rubio anaranjado. Como te acerques a él, te reboza enterito. Vas a parecer un boquerón enharinado.
—¿Y no crees que me pasará lo mismo si me siento en cualquiera de tus sillones?
Echo un vistazo a los pocos muebles de la casa. Debe de haber pelos hasta debajo de las baldosas.
—La verdad es que sí.
Le ofrezco al gato con la esperanzadora idea de que Harold dé un salto o que Max ponga cara de asco. No ocurre ninguna de las dos cosas. Mi fiel gato —nótese la ironía— se ha quedado tan tranquilo en los brazos del abogado. Y el inglés parece encantado de acariciarlo.
—Se nota que has tenido gato alguna vez en tu vida.
—Nunca me dejaron tener uno. —Rasca a Harold detrás de las orejas—. Lo pedí muchas veces, pero mis padres nunca aceptaron. Les asqueaba que un animal pudiese ir dejando pelos por ahí, que se acostara en nuestras camas o se subiese a un sofá. Qué iban a decir las visitas…
—Podrías haber hecho como yo, que lo adopté cuando me vine a vivir a Nueva York y me independicé.
—Lo pensé, pero pasaba demasiadas horas fuera de casa y me apenaba dejarlo solo. Y después fue pasando el tiempo y, bueno…
Es sorprendente cómo nos cambia la visión que tenemos a veces de las personas.
Ahora mismo, Max no me parece el tipo capullo, estirado y hosco que descubrí nada más conocerle.
Está plantado en mitad de mi diminuto y desordenado salón, con mi gato acurrucado en sus brazos, y no parece para nada incómodo.
Me acerco a él, no obstante, y le arrebato a Harold.
—Será mejor que te traiga algo para quitar esos pelos del traje.
Suelto al felino en el suelo y rebusco en uno de los cajones de la cocina. Encuentro el pequeño aparato que utilizo para extraer pelos de la ropa.
—Anda, acércate —le ordeno.
Max se coloca delante de mí y comienzo a pasarle el artilugio por las mangas de la americana.
Percibo que me está mirando y desvío la vista a su rostro.
Está tan cerca que puedo distinguir los puntitos oscuros de su barba rasurada, cada matiz plateado de sus ojos y las largas pestañas que los enmarcan.
Creo que este último rasgo es el que suaviza sus marcadas facciones.
—¿Qué miras? —le digo a la defensiva.
—A ti —responde en tono jocoso.
—Pues deja de hacerlo —le digo cortante al tiempo que doy pasadas más bruscas por su chaqueta.
Abro el depósito del aparato y le muestro lo que ha atrapado en su interior.
—Mira lo que tenías encima. No puedes presentarte delante de un cliente importante cubierto por pelos de gato. Perderías tu seriedad y tu fama de abogado terrorífico.
Max sonríe de medio lado.
—¿Y los pantalones? —me dice con una de sus expresiones cáusticas—. ¿No me los vas a limpiar? También se han cubierto de pelos.