3. Max #2
—No te preocupes, mamá.
—Lo siento, querido… Quizá en unos meses…
En unos meses me ha dado tiempo a romper con tres novias.
—Tranquila…
—Oh, dinos al menos su nombre. Así nos podremos dirigir a ella cuando llamemos y esté en casa.
Qué insufrible se está poniendo.
—Nora. —Vuelvo a no pensar—. Nora Ross.
—¿Ross? —dice mi padre—. ¿Como la mujer de tu primo?
Mierda. Soy el maldito Lobo de McKenzie, un abogado sin escrúpulos, el terror de los juzgados…, y resulta que una pareja de septuagenarios acaba de hacerme la cama. Y he acabado cayendo con todo mi peso.
—Sí. —Me aclaro la voz—. Ella es… la hermana de Evie.
—Sabíamos que tiene una hermana —dice mamá—, pero no que también fuera abogada.
La bola se me está haciendo tan grande que me aplastará, estoy seguro. Suerte que los señores Middleton se encuentran al otro lado del Atlántico.
—Le costó decidirse por esa carrera. —Acabaré escribiendo un guion de película—. Recordad lo del accidente de su madre, que está en silla de ruedas…
—Ay, sí, pobrecita… ¡Ahora la recuerdo de las fotos! —exclama—. ¡La pelirroja! ¡Sí que es guapa, sí! Aunque entonces todavía no estabais juntos.
—Nooo, mamá.
—Os habréis ido enamorando poco a poco, después, con el tiempo. —Suspira—. El roce hace el cariño.
—Sí, el roce…
—En fin, hijo, nos alegramos mucho. Así todo queda en familia.
—Tengo que dejaros ya. —Miro al techo y ahogo un bufido—. Tengo mucho trabajo.
—Sí, claro —interviene mi padre—. Felicidades, hijo. Me alegro de que te centres también en tu vida personal.
—Gracias, papá —murmuro sin ganas.
Cuelgo y me inclino hacia delante, hasta que mi frente topa con la mesa. Tardaré en recomponerme de esta conversación.
***
—Está delicioso, como todo lo que preparas.
Rhys suelta la servilleta sobre la mesa y se apoya en la silla. Coge aire y me mira con una expresión divertida de sus ojos azules. Es el gesto de alguien que va a decir algo muy importante.
—Ya le he echado el ojo a un local para abrir mi restaurante —anuncia.
—¿En serio?
Me pongo en pie y tiro de la manga de mi primo para estrecharlo contra mi cuerpo y darle varias palmadas en la espalda.
—Cuánto me alegro, Rhys. —Miro a Evie—. Qué callado te lo tenías. No me has dicho ni mu.
—Era una sorpresa que tenía que darte Rhys. —Sonríe.
—¿Ya es tuyo? —le pregunto a él.
—Casi casi. En cuanto me acompañes a verlo.
—Pero —titubeo—, ya habréis ido vosotros…
—Desde que tío Keith regresó a Inglaterra, tú y Evie sois toda mi familia. Y no pienso dar un paso sin tener a mi lado a las personas más importantes de mi vida.
Sé que lo que hice por Rhys merece agradecimiento infinito. No todo el mundo está dispuesto a donar un órgano de forma totalmente altruista. Aun así, no dejo de emocionarme con cada demostración de cariño.
—Cuando queráis, iremos a verlo —les digo tras volverme a sentar—. Debe de ser muy emocionante abrir tu propio restaurante.
—Mucho —afirma Rhys—. Se puede decir que todos los que estamos en esta mesa estamos cumpliendo nuestros sueños, ¿no os parece? Yo voy a tener mi negocio, y vosotros sois los mejores abogados del más prestigioso bufete.
Se hace un silencio incómodo.
—¿Qué sucede? —inquiere Rhys, que nos mira alternativamente.
—A mí, nada. —Evie alza las manos—. Yo estoy justo donde quiero estar. A quien no veo muy contento es a Max.
—Claro que estoy contento. —Frunzo el ceño—. No esperaréis verme dar saltos de alegría.
—Ya —resopla Evie—. El temible Max Middleton no demuestra sentimientos. ¿Es por ese capullo de Dellamy?
—Por supuesto que no —protesto—. Tengo ese caso más que ganado y…
Mi teléfono comienza a vibrar sobre la mesa. Al leer el contacto en la pantalla, suelto una imprecación.
—No puede ser…
—Es tu madre —me advierte Rhys—. ¿Por qué no lo coges?
—Porque ya he hablado con mis padres hoy —refunfuño mientras dejo que suene el teléfono—. Y la conversación ha tirado por los derroteros de siempre.
—No me lo digas. —Mi primo sonríe—. Te han recriminado que sigas sin novia.
—Exacto —gruño.
—Pues diles que estás saliendo con una guapa abogada neoyorquina, y asunto resuelto —bromea Evie.
—¿Y qué te crees que he hecho?
—No me jodas —tercia Rhys—. ¿Has mentido a los buenos señores Middleton?
—Estoy cansado de que la consecución de mis logros profesionales no sea suficiente para ellos. Si no me echo novia, ni pienso en boda ni en hijos…, habré fracasado estrepitosamente en la vida.
—No creo que piensen eso —asegura mi primo—. Simplemente, son personas muy tradicionales que no entienden que un tipo guapo, listo e interesante como tú opte por no tener pareja. —Me guiña un ojo.
—Por lo que sea. No me ha quedado otra salida que mentirles.
—Bueno —interviene Evie—, solo será una mentira piadosa. ¿Les has dicho que sales con una abogada y se han quedado satisfechos?
—En realidad… —me aclaro la voz—, me han sometido a un tercer grado. Con ellos no me vale de nada mi fama en los tribunales.
—Te han preguntado hasta el número que calza, ¿no es así? —se mofa Rhys.
—Totalmente.
—¿Y qué has hecho? —inquiere mi prima—. ¿Inventarte un perfil?
—No exactamente… —Me froto la cara con las manos—. Les he descrito a la primera mujer que me ha venido a la cabeza. Les he dicho que es pelirroja, que se llama Nora… y que es tu hermana.
Evie abre los ojos como platos, y Rhys suelta una carcajada.
—¿Nora? ¿A la que te refieres como la «pelirroja salvaje»? —Ríe con ganas—. ¿Y les has soltado que es abogada? Me descojono, primo.
—¿Cómo se te ha ocurrido? —me pregunta Evie, que se muerde el labio para no reír—. ¡Con Nora no haces otra cosa que discutir!
—Y yo qué demonios sé.
No voy a decirle que se debe a que su hermana ha sido mi último polvo de una noche.
Maldita sea. Si lo llego a saber, me acuesto con otra al día siguiente.
Es cierto que la defensa de Dellamy me está absorbiendo más energía de la cuenta y no he tenido tiempo estas últimas semanas ni para despejarme un rato.
Me quedo cada noche dormido en el sofá, rodeado de papeles.
—Si Nora se enterase, le daría un ataque de risa —dice Evie con desenfado.
—Ni se te ocurra. —La señalo con el dedo índice.
—Que no, tranquilo. No tiene por qué enterarse de esta trola.
El teléfono vuelve a sonar.
—Están insistiendo mucho —me dice Rhys—. A ver si va a ser algo importante.
Refunfuño y le hago caso. Descuelgo y conecto el altavoz para que podamos oír todos la conversación.
—Dime, mamá —respondo—. Perdona, pero estaba cenando con Rhys y Evie…
—¡Hola, tía Emily! —la saluda mi muy encantador primo—. ¿Cómo estás? ¿Y tío George?
—¿Qué tal? —saluda mi progenitor.
—¡Hola, cielo! —exclama mi madre—. Qué bien que estéis todos juntos, así os enteráis al mismo tiempo de la buena noticia. —Deja pasar un silencio que me hace poner los ojos en blanco—. ¡Vamos a ir a veros! —anuncia con júbilo—. ¡Podremos conocer a Evie en persona! ¡Y a la novia de Max!
Parpadeo turbado. Los pelillos de la nuca se me han erizado.
—¿Qué quieres decir, mamá?
—¡Que vamos a viajar a Nueva York! ¡Ya tenemos los billetes!
Miro a Rhys y a Evie. Imposible adivinar quién de los tres está ahora mismo más perdido.
—¿Qué pasa? —ruge mi padre—. ¿No te hace ilusión que vayamos a verte después de un año?
—Pero… —titubeo—, hoy mismo he hablado con vosotros. ¿Qué pasa con el Comité de Damas de la Reina?
—Oh, eso. —Mi madre resopla—. Resulta que la anterior administradora metía la mano en los fondos. Aunque nos han pedido máxima discreción para evitar el escándalo, se va a llevar a cabo una investigación interna, por lo que el resto debemos apartarnos y esperar.
Apenas entiendo nada. Estoy tan centrado en la idea de que mis padres quieren presentarse en Nueva York que soy incapaz de asimilar sus palabras.
—Por ello —prosigue mi madre—, disponemos de un tiempo precioso para nosotros. ¿Y qué hay mejor que emplear ese tiempo en volver a ver a nuestro hijo y conocer al resto de la familia?
Sigo tan confundido que Rhys toma el mando de la conversación.
—¿Y cuándo tienen pensado venir, tía?
—El vuelo sale mañana por la mañana. Contando las horas de vuelo y la diferencia horaria, hemos calculado que llegaremos rondando el mediodía de allí. Así que comeremos algo al llegar y luego descansaremos para poder cenar con vosotros.
Casi oigo los engranajes de mi cabeza.
«Piensa, Max. Piensa algo rápido, por todos los santos».
—Sabéis que vivo en un apartamento muy pequeño —se me ocurre decir—. Solo dispongo de una habitación y un sofá demasiado estrecho…
—No te preocupes, cariño —me interrumpe mi madre—.
Por nada del mundo pensábamos molestar. Hemos reservado una habitación en un hotel de la cadena Hilton.
Cuesta cien dólares la noche, está cerca de Times Square y tiene un nueve de nota media.
—Ríe ella sola—. ¡Cada vez me defiendo mejor en Internet!
—Pues… ¡genial! —profiere Evie—. ¡No podrían haberlo planificado mejor!
Le lanzo una mirada que fundiría el hierro, pero ella posa una mano en la mía en un gesto que pretende tranquilizarme.
—Lo malo —añade mi prima— es que estamos todos hasta arriba de trabajo. Rhys termina muy tarde en el restaurante…
—No pasa nada, cielo —apunta mamá—. En cuanto nuestro sobrino y tú tengáis un hueco, quedaremos con vosotros. Mañana podríamos cenar con Max y Nora. Tenemos tantas ganas de conocer a tu hermana después de esperar durante años a que Max se echase novia…
Se me nubla la vista un instante. En cambio, el cabrón de Rhys se está riendo a placer por lo bajo. Y su mujer se acaba de tapar la boca para carcajearse también.
—Me las pagaréis —susurro.
Mi amenaza los hace reír más todavía.
—Mamá, os vais a tener que conformar con cenar conmigo. Nora… está de visita en casa de sus padres, en Connecticut.
Ha regresado el Max improvisador.
—Oh, vaya —dice mi madre—. Qué contrariedad. Con la ilusión con que hemos planificado el viaje y la alegría que nos hacía conocer, por fin, a la novia de nuestro hijo…
Vale, me siento mal en estos momentos. Así es la vida.
—Creo que mi hermana ya estará de vuelta mañana —interviene Evie—. Podría estar perfectamente para la hora de la cena.
—Qué demonios dices —la acuso entre dientes. Los aprieto tanto que noto como el esmalte está a punto de saltar por los aires.
Ella me ignora.
—¿En serio? —se alegra mamá—. Pues entonces, arreglado. Mañana cenaremos con Max y Nora, y al día siguiente podríamos comer todos juntos.
—Puedo hacer una reserva en Barnie’s, el restaurante donde trabajo —dice Rhys.
Lo fulmino con la mirada, pero él se queda tan fresco.
—¡Sería estupendo! —exclama mi madre emocionada.
—¿Cuánto tiempo piensan quedarse? —pregunta Evie—. No es por nada, tía, pero nos iría bien saberlo para ajustar nuestras agendas.
—Me temo que solo unos días —responde mi progenitora—. Aunque el Comité de Damas de la Reina ha suspendido el programa, el resto de las actividades sigue adelante, ¿verdad, George?
—Por supuesto —apunta mi padre con su voz áspera—. No puedo dejar tirados a los chicos del club de golf. Más de cuatro días se consideraría una ofensa.
—Lo entendemos —señala mi prima, tan convencida que parece que los señores Middleton estén presentes—.
Así, contamos dos días para los viajes de ida y vuelta, una noche para cenar con su hijo y su novia, otro día para comer todos juntos, y les queda uno más para pasarlo con Max a solas. ¿Qué les parece?
Abro la boca y vuelvo a cerrarla. Evie me está lanzando una mirada con la que me dice: «Mejor no te lo he podido organizar». Y yo ya solo puedo apoyar los codos en la mesa, hundir la cabeza entre las manos y asentir con un suspiro.
—¡Perfecto! —contesta mi madre—. Eres un encanto, Evie.
—Gracias, tía Emily. Y ahora lo mejor será que se vayan a descansar. Les espera un viaje muy largo y el consabido jet lag .
—Sí, tienes razón. ¡Hasta mañana!
—Hasta mañana —murmuro.
Cuando se corta la llamada, alzo la vista hacia la mujer de mi primo.
—Dime ahora mismo por qué demonios me veo en esta maldita situación…
—Ha sido una forma de minimizar daños —aclara Evie—.
Si seguías poniendo excusas para la ausencia de Nora, tus padres continuarían con la pena de no conocerla e insistiendo a cada momento con el tema.
De esta manera, he conseguido que solo tengas que ofrecerles una cena en tu apartamento, que siempre será territorio seguro.
Una vez hayan saciado su curiosidad, se quedarán más tranquilos. Es genial, ¿no te parece?
—La bomba —digo.
—Para la comida en el restaurante ya pondremos alguna excusa para la falta de tu novia —añade Rhys con una pizca de socarronería al final.
—Y luego solo te quedará un último día que pasar con tus padres —ultima Evie—. Llévalos a la Quinta Avenida, entrad en la catedral de San Patricio y, como seguro hará buen día, acceded a Central Park por la esquina sureste para acabar en la fuente de Bethesda. ¿Qué te parece?
Rhys arquea una ceja y ríe.
—Ya conoces a mi mujer y su afán por hacer listas y organizarlo todo.
—Os olvidáis de algo —gruño—. Necesito a cierta chica pelirroja para la cena de mañana.
—Sé que tiene la noche libre —comenta Evie—. Seguro que accederá a hacerte el favor, Max.
Lo dudo mucho.
—¿Por qué crees eso? —le pregunto, sin embargo.
—Pues porque te está muy agradecida por lo que hiciste por Rhys.
Pongo los ojos en blanco y lanzo un bufido.
—Sí, claro —le digo con ironía—. Cada vez que nos vemos me abruma con su agradecimiento.
—Ella es así, no lo demuestra —la defiende—. Una vez me dijo que te debía una. Pues bien, ha llegado el momento de pedirle ese favor.
—Yo creo que es bastante más factible que dar un riñón —bromea Rhys.
Vuelvo a suspirar. En menudo lío me he metido.
—Solo será una cena —insiste Evie—. Si quieres, hablo yo con ella y te allano el camino primero…
—No —la corto—. Puede que sea más fácil que donar un órgano, pero se trata de un favor muy personal. Prefiero explicárselo yo.
—Como quieras.
Evie sonríe a su marido, y él le corresponde.
—Os lo estáis pasando en grande, ¿verdad? —les recrimino.
—No lo sabes tú bien…