3. Max
Max
La reunión está resultando de lo más enervante.
Estoy acostumbrado a trabajar solo, por lo que tener que colaborar con otro integrante del bufete me parece un fastidio.
Grayson Davies, mi colega, puede ser muy competente y tener una larga lista de casos ganados, pero tiene algo que me disgusta.
En mi opinión, si hay algo peor que la incompetencia es el deseo de vanagloria.
O, lo que más se ajustaría a Davies, ser un pelota.
Hacía tiempo que no tenía tantas ganas de dar por concluido un encuentro con un cliente, aunque en mi caso sea el multimillonario Steve Dellamy, CEO de Chemist Enterprises.
La parte de la que se encarga mi colega es la defensa de Security Components, una de las empresas abastecedoras de la anterior, cuyo CEO, Albert Prost, se encuentra también en la reunión.
—El caso está ganado, señor Prost —alude Davies con una sonrisilla engreída—. No hay pruebas. La parte demandante no tiene nada.
El aludido asiente con satisfacción, pero Dellamy mantiene sus reservas.
—Mi colega tiene razón —le digo a mi representado—. Tenemos el caso prácticamente ganado. No es la primera vez que nos enfrentamos a este tipo de demandas.
—Eso espero. —La voz del millonario suena enlatada, ominosa. Debe de creerse que no estoy acostumbrado a tratar con tipos de su calaña—. Con lo que pago al bufete, es lo mínimo que puedo recibir, una ayuda legal… competente.
—Por supuesto, por supuesto —le tranquiliza Davies—. Están ustedes tratando con los mejores abogados del estado de Nueva York. Déjelo en nuestras manos. No se arrepentirá.
Sé que tenemos que comportarnos así, con seguridad, pero soy incapaz de demostrarla en este momento.
Un regusto agrio se apodera de mi garganta y estoy a punto de soltar algún improperio que un letrado nunca debería decirle a su cliente.
Por suerte, unos toques en la puerta me salvan de algo tan contraproducente.
Sonrío al ver el rostro de Evie por el resquicio.
Dellamy y Davies bufan por la interrupción, pero los ignoro.
Miro a la mujer de mi primo como si acabase de salvarme de una muerte segura.
—Perdón por la interrupción. —Evie sonríe, aunque solo yo soy consciente de su ironía.
—Tranquila, Evie. —Me pongo en pie y me abrocho uno de los botones de la chaqueta para que se entienda que la reunión ha concluido. Los tres hombres también se levantan y extiendo la mano para que los visitantes se den por aludidos—. El señor Dellamy y el señor Prost ya han sido puestos al día.
Ambos corresponden a mi saludo, aunque el CEO de Chemist Enterprises clava en mí sus iris oscuros y mantenemos una batalla de miradas, a cuál más afilada.
—Confío en Grant en mi defensa alegaré que me han obligado. Llevo más de diez años soportando sus quejas sobre lo pernicioso que resulta estar soltero y no tener familia.
—Los jóvenes de hoy en día vais muy rápido —añade mamá—. Seguro que ya vivís juntos y todo.
—Pues…
—¿A qué se dedica? —interviene mi padre—. ¡Danos una alegría y dinos que es abogada! Ya que no es británica, que sea alguien competente.
Quiero a mi padre, pero tengo que reconocer que no se puede ser más conservador, dispuesto a luchar por los valores y principios más arcaicos. En este momento, sin embargo, no tengo fuerzas para discutir con él. De perdidos, al río.
—Por supuesto que es abogada.
—¿Para qué bufete trabaja?
—Es… pequeño —improviso—. Es abogada de familia.
—¿Se dedica a divorciar a las parejas? —protesta mi padre.
Resoplo.
—Los abogados de familia no solo llevan divorcios —le aclaro—. También se encargan de la custodia de los hijos, pensiones alimenticias, reparto de bienes…
—Deja a tu padre, que es un quisquilloso —interviene mamá, que sigue exultante—. Dinos, hijo, ¿cómo es?
Juro que no me da tiempo a pensar. Simplemente, mi cerebro actúa respondiendo a sus últimos estímulos. O sea, describiendo a la última mujer que pasó por mi cama.
—Es muy guapa, mamá. Pelirroja, de piel blanca y ojos verdes. Además, se toma su trabajo muy en serio, es generosa y muy familiar.
Me ha surgido la descripción en dos segundos. Espero que haya sonado plausible.
—Oh, cielo. Es guapa, abogada, y seguro que inteligente, porque se ha fijado en mi hijo. Parece perfecta para ti.
—Seguro.
Espero que no se me note la ironía.
—Qué pena que no podamos conocerla. —Suspira la mujer—. Me han designado como supervisora del Comité de Damas de la Reina, que se encarga de la noble tarea de recaudar fondos para comedores sociales. No puedo abandonarlas ahora.