2. Nora #2
Yo ya empiezo a estar mareada, de placer, de falta de oxígeno. Max sigue con esa tortura y, el muy capullo, consigue que le suplique. Le voy a odiar por esto.
—Por favor… —gimo.
Él se acomoda sobre mi cuerpo y acerca su boca a la mía. Siento su aliento caliente y cada porción de músculo y de vello fusionado con mi piel.
—Vamos, córrete tú antes que yo —jadea mientras me embiste con fuerza.
—Me correré cuando yo quiera…
No, no puedo dominarlo. Mi cuerpo deja de pertenecerme y se convulsiona una y otra vez.
Y, en mitad de esa montaña rusa orgásmica, Max alcanza su propio clímax y termina estremeciéndose casi al mismo tiempo que yo.
Él, en los vestigios de su placer, une su boca a la mía y me besa, suave pero profundamente.
Nunca me había bebido el orgasmo de nadie.
Cuando llega la calma, el británico se deja caer a mi lado y me rodea la cintura con un brazo para que nuestros rostros queden casi pegados.
—Te estoy echando el aliento —le digo con una mueca—. Y tanto tu pelo como el mío están chorreando sudor. Damos un poco de asco.
Max ríe.
—Esas eran las palabras que estaba deseando oír en estos momentos —me suelta con sorna.
—¿Y qué esperabas? ¿Una declaración?
Me choca la reacción de Middleton. Se mofa de mi pregunta mientras me peina la melena con los dedos de una forma muy tierna, casi con reverencia.
—Aunque solo hayamos compartido un momento de sexo, deja que me comporte como el caballero británico que soy. —Sonríe—. ¿Quieres una ducha? ¿Comer algo?
Me deshago de él y ruedo hasta el filo de la cama.
—Te agradecería lo de la ducha. Luego, me largo. No compartiremos cama, ni confidencias, ni…
—En eso estoy de acuerdo. —Frunce el ceño—. ¿O es que tú también piensas que, como ya tengo una edad, voy en busca de novia?
—Tú sabrás —digo mientras me dirijo al baño—. Conmigo no cuentes.
—¡Ni se me ocurriría! —Le oigo gritar a mi espalda.
Resoplo mientras me introduzco en la ducha y abro el grifo. Con movimientos bruscos para terminar cuanto antes, me extiendo el gel por el cuerpo y me aclaro poco después. Por un instante, me siento un poco invasora del espacio de Max al ser consciente de que voy a oler igual que él.
—Qué error ha sido acostarme con este tío —digo mientras me añado champú al pelo y formo una bola de espuma—. Qué puto error.
Y no me quejo porque haya estado mal, ¡qué va!
, todo lo contrario. Ha sido tan alucinante que temo que, cada vez que le vea, me vendrá a la mente su cuerpo desnudo y me derretiré de gusto al pensarlo.
Joder, qué cagada. En qué maldito momento.
¿Cómo iba yo a pensar que encajaríamos tan bien y que resultaría tan… bueno?
Un movimiento por el rabillo del ojo me obliga a apartarme del chorro de agua. A través de la mampara de cristal puedo ver a Max, completamente desnudo, entrando en el cuarto de baño. Abro la puerta corredera, me quito la espuma de los ojos y asomo la cabeza.
—¡Oye! ¡Un poco de intimidad!
—Disculpa. Pensaba que no te darías cuenta. Necesitaba una toalla. —Abre un armario y saca lo que buscaba. Después se planta delante de mí. Mis ojos recorren su torso ancho, la cicatriz… y su miembro, que parece volver a la vida.
—Dile a tu amiguito que se ha acabado la fiesta…
Doy un grito cuando Max abre del todo y se cuela en el habitáculo conmigo.
—¡¿Qué haces?!
—Ahorrar agua. —Abre el grifo y se coloca debajo.
—No te veo yo a ti muy ecológico —refunfuño.
Intento abrirme paso para escabullirme, pero el cuerpo fibroso del inglés me obstruye el paso.
—Déjame salir.
—Todavía no te has aclarado el pelo. —Me señala la cabeza.
—Ese es mi problema.
—Vamos, pelirroja salvaje. —Se sitúa detrás de mí—. Déjame que te ayude. Tienes el cabello muy largo.
Empiezo a tener tanto sueño que me quedo sin ganas de pelea y me dejo hacer.
—Sí, tengo que cortármelo.
—Ni se te ocurra —me susurra al oído antes de pasarme la lengua.
Se me cierran los ojos. No solo porque este hombre acabe de lamerme la oreja. Lo peor son sus dedos en mi cuero cabelludo. Dios, qué gustazo. Me quedaría horas así, sintiendo el torso del inglés pegado a mi espalda, su miembro en mis riñones y sus manos en mi pelo.
—No te corras, ¿eh? —me dice.
Sorprendentemente, me río.
—Eres un capullo.
—Aunque tampoco estaría mal…
Se me corta la respiración cuando sus manos cubren mis pechos y sus dedos comienzan a pellizcar mis pezones. De inmediato, mi cabeza se deja caer en su tórax y mis caderas se mueven por instinto. El roce de su erección en la parte baja de mi espalda se hace cada vez más patente y más duro.
—Te veo un poco ansiosa, pelirroja. ¿Quieres algo? ¿Necesitas algo?
—¡Sí!
Agarro una de sus manos y la llevo hasta mi sexo. No me voy a andar con adivinanzas.
Max suelta una risita al tiempo que sus dedos empiezan a obrar magia. Embisto contra su mano y jadeo sin control.
—No pares ahora, no pares ahora…
—Tranquila, pelirroja. No pienso parar.
Uno de sus dedos acaba alojado en el interior de mi cuerpo y empieza a bombear a la vez que su palma frota mi parte más sensible. Su otra mano acaricia mis pezones, y su boca lame mi cuello. Demasiados estímulos, demasiado placer…
No me suele ocurrir muy a menudo; en este momento, no solo pienso en mi propia satisfacción. Una parte de mí, diría que el orgullo, necesita saber que este hombre también disfruta conmigo, que no me va a olvidar fácilmente.
En la misma postura, con él a mi espalda, llevo una mano hasta su miembro, lo agarro fuerte y comienzo a acariciarlo arriba y abajo.
Max suelta un gemido desgarrado. Bien. Aunque yo tampoco me quedo atrás.
En una batalla de dedos y movimientos de cadera, yo termino explotando en la mano de Max, y él en la mía.
Cuando regreso a la realidad, me asalta una extraña sensación.
Como si hubiésemos compartido algo más íntimo dándonos placer de esta forma que haciendo el amor en la cama.
Me doy la vuelta y lo encaro. Me complace observar su expresión satisfecha, casi adormilada. Con el pelo oscuro pegado al cráneo, sus ojos resplandecen. Su lengua se pasea por sus labios y lame las gotitas de agua.
Me parece asombrosamente guapo.
—Quién lo habría dicho del inglés con olor a té y naftalina —le suelto socarrona—. Todavía aguantas dos asaltos seguidos.
—¿Creías que a mi edad me ibas a dejar destrozado? —Alza una ceja.
—Lo que creía era que no me acostaría contigo ni loca.
—Lo estás, por lo que parece.
—Loca de remate.
Termino de asearme y de vestirme. Max se coloca una toalla alrededor de las caderas y me dirige la mirada más seria de la noche.
—No creo que haga falta que te diga que…
—Que lo de esta noche nunca ha pasado —le interrumpo—. Lo sé perfectamente.
—Sería mejor que no se enterasen ni Rhys ni Evie.
Me irrita esa insistencia.
—¡Ya lo sé! Nadie se va a enterar de que Max Middleton, el perfecto caballero inglés, se ha tirado a la pelirroja salvaje. Tú no te acuestas con niñatas.
—Ni tú con viejos —contraataca.
—¡Pues ya está!
—¡Pues eso!
Me dirijo a la puerta rezumando mala leche.
—Ahí te quedas, señor estirado.
—Te he llamado un taxi, pelirroja insoportable.
—Tu caballerosidad me abruma —le espeto con ironía antes de cerrar de un portazo.