Si finjo que te quiero 2. Nora
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2. Nora

Nora

Solo los rectos modales de Max han hecho posible que, durante el trayecto en taxi, haya mantenido las manos quietas.

Pero, nada más entrar en el ascensor, me he abalanzado sobre él para besarle.

Él, por su parte, ha abandonado pronto su rectitud y me ha empotrado contra el espejo del habitáculo para comerme la boca y el cuello.

Al abrirse las puertas, sin parar de besarnos, he dejado que él me guíe hasta su apartamento. Una vez dentro, cuando me estampa contra una pared, aparto un instante su cuerpo de mí.

—¿Qué pasa? —Jadea.

—Solo decirte que… no suelo hacer esto.

—¿A qué te refieres? —Frunce el ceño, aunque apenas pueda distinguirlo en la penumbra.

—A que solo me enrollo con tíos a los que no voy a volver a ver. Solo con desconocidos. Pero tú…, nosotros… coincidiremos en alguna ocasión. Eres familiar de mi cuñado, trabajas con mi hermana…

—Ya. —Coloca un dedo sobre mis labios—. No te preocupes. Yo no voy a decir nada, y supongo que tú tampoco. Cuando esta noche pase, la olvidaremos, ¿de acuerdo?

Podría decirle que no, que prefiero estar con tíos que desaparecen de mi vida. Podría largarme de aquí y olvidar esta locura que nos ha dado a los dos.

No lo hago.

—De acuerdo —le digo—. Un polvo y se acabó.

Los dientes blancos de Max refulgen en la oscuridad como los de un lobo hambriento.

—Dudo mucho que tengamos bastante con uno.

—Yo también —le digo un instante antes de sujetarme a su cuello, encaramarme a él y rodearle las caderas con las piernas.

No dejamos de besarnos mientras él camina a trompicones por la casa, hasta que llegamos a su dormitorio y caemos sobre su cama. Desesperada, tiro de una de las mangas de su chaqueta.

—Quiero verte desnudo —le exijo.

Ante mi asombro, me agarra de las muñecas y me abre los brazos en cruz sobre las sábanas. Lo tengo encima y percibo con claridad cada latido de su corazón en mis costillas.

—Quieta y tranquila, pelirroja salvaje. No te voy a negar que yo también lo esté deseando, pero, para una vez que voy a estar contigo, no pienso hacerlo a la carrera.

Intento zafarme de su agarre y muevo la cabeza a uno y otro lado.

—Oh, vamos, estirado. No me vengas con ñoñerías. Vamos a follar y punto. No necesito una larga noche de pasión.

—¿Y si te hago cambiar de opinión?

—¡No quiero cambiar de…!

—¿Qué puedes perder? —me interrumpe—. Sin embargo, creo que tienes mucho que ganar.

—Qué engreído.

—No se trata de engreimiento —dice divertido—. Es solo que… me gusta tomarme mi tiempo.

—No creo que te lo tomes cuando te tiras a colegas en despachos de juzgados —le suelto con mordacidad.

—Ya. —Compone una mueca—. Por eso me apetece aprovechar esta cómoda cama.

La verdad es que a mí también. Lo de dejarse empotrar con prisas contra una pared tiene su morbo, pero acabas fatal de la espalda.

—Vale, pesado —otorgo—. Pero suéltame.

Él me obedece y yo aprovecho para cruzarme de brazos.

—Me gusta ser yo la que domine la situación —me quejo.

—Y lo harás, tranquila. —Salta de la cama y enciende una pequeña lamparita—. Solo permítete disfrutar un poco más de esta noche.

Soy incapaz de apartar la vista de él mientras se deshace de la chaqueta, la camisa y, por fin, la camiseta.

Me quedo sin aliento al ver su torso de piel morena, más ancho y musculoso de lo que parece bajo la ropa.

Lo primero que me llama la atención es la cicatriz irregular que le atraviesa el vientre.

De inmediato, pienso en la generosidad, el altruismo y la valentía que demostró al ofrecer una parte de sí mismo a otra persona para salvarle la vida.

Por un momento, siento una corriente de ternura por este hombre, pero luego sacudo la cabeza y me esfuerzo por centrarme en lo que estamos haciendo.

«Solo vas a echar un polvo, Nora».

Me fijo en su ombligo, del que surge una línea de vello oscuro que desaparece tras los pantalones.

Me arden los dedos de las ganas de bajárselos.

Él parece dispuesto a torturarme, porque se limita a quitarse el cinturón y desabrocharse el botón.

A continuación, vuelve a subirse a la cama.

Me saca el top por la cabeza y los vaqueros por las piernas. Me deja en braguitas y sujetador.

—¿Qué quieres hacer ahora? —Sus ojos grises deslumbran como dos lunas en la noche.

—Tocarte —gimo.

—Cuando quieras.

Me incorporo sobre la cama, de manera que su cintura queda frente a mí.

Sin dudarlo un segundo, deslizo la lengua sobre la cicatriz, de una punta a la otra.

De la garganta del inglés surge un sonido extraño, como un silbido atascado.

Le bajo los pantalones y la ropa interior.

Su miembro grueso e hinchado aparece ante mí y lo tomo entre mis dedos.

—Esto es lo que yo quería.

Max sisea y se agarra a mi cabeza mientras yo le chupo la punta, la saboreo… y me la acabo metiendo entera en la boca.

—Joder, pelirroja…

Embiste varias veces con sus caderas contra mi boca; yo lo engullo. Un placer salvaje me invade y solo puedo pensar en verlo terminar en mi garganta, en oírle gritar, en saborear su esencia salada.

—Ya, ya. —Me aparta entre jadeos—. Ahora me toca a mí.

—¡No! —me quejo—. Me estaba gustando…

Lo primero que hace Max es desnudarse del todo.

Por Dios bendito, qué maravilla de hombre.

¡Qué cuerpo! Por fin he descubierto lo que escondía bajo sus almidonados trajes.

Me encantan esos músculos cubiertos por esa extensión de piel cetrina, el cabello negro y los ojos más alucinantes que he visto en mi vida.

No solo por el inusual tono de gris, sino por la intensidad que destilan.

Creo que nunca nadie me ha mirado con el deseo con el que me está devorando Max Middleton.

No sé cómo voy a volver a pensar en él como en algo viejo y rancio.

Lo segundo que hace es dar dos tirones a mi ropa interior, que sale volando por la habitación. Y su tercer movimiento, aunque mucho más calmado, es el de introducir los dedos entre mi pelo y deshacerme la trenza para desparramar los mechones sobre la almohada.

—¿Te vas a pasar mirándome todo el día? —refunfuño.

Max sonríe.

—No me lo digas dos veces, porque lo haría, te lo aseguro. Es algo digno de ver. Con la piel tan blanca y el pelo tan rojo, pareces una auténtica diosa. Una diosa del fuego.

Me siento turbada. No debería ser diferente al resto de las veces que me acuesto con un tío. Pero lo es. Porque no recuerdo cuándo fue la última vez que alguien que solo pretendiese echar un polvo me haya hecho sentir tan especial.

—Eres jodidamente preciosa.

Justo después, aferra uno de mis pechos con una mano y se lleva el otro a la boca.

Madre del amor hermoso, ¡qué placer! Me arqueo sobre la cama, gimo y enredo los dedos entre el cabello masculino.

Quiero abrir las piernas, pero no puedo con el peso de su cuerpo, así que clavo las uñas en su espalda mientras él sigue torturando mis pezones con la lengua y el pulgar, a base de lametones y pellizcos.

Cuando creo que no voy a poder soportarlo más, baja por mi cuerpo, dejando un reguero húmedo con la lengua al mismo tiempo que abre mis piernas.

Me apoyo con los codos para contemplar el panorama: la cabeza morena de Max entre mis piernas.

Mis pechos suben y bajan a toda velocidad ante semejante visión.

Cuando siento que abre mis pliegues con los dedos y desliza la lengua entre ellos, me dejo caer de nuevo en la almohada en mitad de un grito.

Este placer no parece humano.

Descontrolada, quiero moverme y embestir con mis caderas, pero lo que hace Max es sujetarme por los tobillos para que me mantenga totalmente abierta…

y quieta. En un primer momento, gruño y despotrico.

Cuando los temblores se adueñan de mi cuerpo, me rindo.

Me rindo al placer del orgasmo que me sacude y me vuelve del revés durante un tiempo interminable.

—Dios bendito —susurro pasados esos largos minutos.

Max trepa por mi cuerpo y se apoya con los antebrazos para no presionarme con su peso. Me dedica una sonrisa socarrona.

—¿Le vas encontrando el gusto a no hacerlo a toda prisa?

—Calla y fóllame ya —gruño.

El inglés estirado lanza una carcajada que se me clava en las costillas. ¿Desde cuándo sabe reír este hombre? ¿Y por qué nadie me avisó de lo que podría alterarme esa risa?

Mientras ríe, estira el brazo para sacar una caja de condones de la mesilla. Extrae uno y se enfunda el miembro con él.

—Qué dulce flor —se guasea—. ¿Arriba o abajo?

—Soy más de estar arriba. Pero tengo curiosidad por ver cómo te manejas encima… a tu edad —le pincho.

No ríe con mi pulla. Su respuesta es arrodillarse, colocar una de mis piernas sobre su hombro y tantear mi entrada con su erección.

—¡Va, no te lo pienses tanto!

Mi exigencia se transforma en un largo gemido cuando Max se agarra el miembro con la mano y lo introduce en el interior de mi cuerpo.

—Joder… —gruñe.

A mí no me sale ni gruñir, porque el placer resulta abrumador. No sé si es por el morbo de estar haciéndolo con el estirado o porque, de verdad, este tío es un dios del sexo. ¡Madre mía! Soy capaz de notar en mis entrañas cada vena de su miembro, y subo al cielo con cada embestida.

—Es así como he imaginado tenerte muchas veces —confiesa entre gruñidos—. Debajo de mí, desnuda, muriéndote de placer…

Me debato entre cerrar los ojos de gusto o no perderme cada gesto de la cara de Max.

—Más fuerte, más fuerte —repito mientras noto una especie de ingravidez.

El inglés jadea sin resuello. De repente, detiene sus movimientos y me mira fijamente.

—¡¿Por qué paras?! —me quejo.

Con nuestras pelvis unidas y nuestras miradas enlazadas, Max extrae su miembro de mi cuerpo y, cuando está casi fuera, vuelve a hundirse en mí con todo su peso.

Qué-ha-sido-eso.

—Lo ideal es jugar con la rapidez y la calma —me dice un momento antes de acelerar sus acometidas y golpear mis entrañas con ritmo. Unos segundos después, se detiene, saca su miembro… y lo vuelve a introducir hasta el fondo.