1. Nora #2
—Hacía tiempo que no me llamabas así. —Cruzo los brazos—. Me metía contigo cuando no sabía que eras tan… generoso. Donarle un órgano a otra persona es… —Frunzo el ceño—. Oye, por cierto. Tú no deberías beber alcohol, ¿no? Si solo tienes un riñón…, deberías cuidarte.
—¿Te estás preocupando por mí? —Ríe y me alarga el vaso—. Toma, prueba un poco.
Observo el contenido de color ámbar.
—Va, solo un poco —insiste.
Me llevo el vaso a los labios y, en cuanto el líquido roza mi boca, lo entiendo.
—Es té con hielo. —Río y le devuelvo la copa—. Como hacen en las películas para aparentar que beben alcohol.
—Yo no quiero aparentar nada. —Se encoge de hombros—. Me importa un bledo lo que piensen los demás.
—¿Un bledo? —me burlo—. ¿Tu rígida educación británica no te permite llamar a las cosas como son?
—¿Cómo lo llamaría una estadounidense? —inquiere con ironía.
—Una mierda, un huevo, un cojón…
—Vale, vale. —Me corta con un gesto—. Me ha quedado claro.
—Estás demasiado almidonado —le suelto con un resoplido.
—Ya me lo has llamado muchas veces. Almidonado, rancio, estirado, viejo…
—¡Es que lo eres! —Señalo su vestimenta—. Mírate ahora mismo. ¿No te molesta ese cuello de camisa tan rígido y la corbata tan apretada? ¿Y qué me dices de los gemelos y el traje a medida?
—¿Qué problema ves ahí? —dice con los ojos en blanco.
—Venga, va, prueba a aflojarte un poco esa ropa. Ya verás como te sientes mejor. Llevas una cara de estreñido…
Max resopla, aunque me hace caso y se afloja la corbata con un par de sacudidas. Después se desabrocha el botón a la altura del cuello. Su nuez de Adán queda al descubierto. Me sorprendo mirando esa porción de piel, tan morena como su rostro.
—¿Contenta? —se burla.
—Todavía no. —Extiendo una mano—. A ver, esos gemelos. Los quiero aquí.
Levanta una ceja. Para mi regocijo, se los quita y los deposita en mi palma.
—Así me gusta. —Guardo las joyas en un bolsillo de mis vaqueros.
—Son de oro —dice socarrón—. ¿Piensas venderlos? ¿Fundirlos?
—Para tu información, no quiero tu oro para nada. No necesito más de lo que tengo para ser feliz. Al menos, en términos materiales.
Max me escruta durante un instante demasiado largo y me hace sentir vulnerable y expuesta. Pasado ese tiempo, cambia su expresión seria por otra de puro engreimiento. Si no fuera porque es el inglés estirado, juraría que lo está haciendo para alejar de mí la incomodidad y la tristeza.
—¿No sabías cómo convencerme para que me quitase la ropa? —Da un trago a su té y me mira por encima del borde del vaso.
—Ya estamos —gruño—. Lo siento, señor Middleton. Sigue usted sin gustarme.
Él se mueve hacia delante, se remanga los puños de la camisa y apoya los codos en las rodillas. Me pilla desprevenida su cercanía y la visión de sus antebrazos morenos.
—¿Por rancio… o por viejo?
—Por las dos cosas —le espeto burlona—. Además, tu regio porte británico me pone de los nervios.
—Prefieres a tipos como el de antes, claro —dice jocoso.
—No seas capullo —refunfuño—. No he necesitado tu intervención para darme cuenta de que no me valía ni para un polvo.
—¿A eso has venido? —dice con ironía—. ¿En busca de sexo esporádico? —Suelta un bufido—. No me parece el lugar más apropiado.
—Ah, ¿no? —Alzo una ceja—. ¿Y qué sitios me recomienda el señor letrado?
—No lo sé. —Se encoge de hombros—. Nunca me ha hecho falta buscarlo.
Suelto una risotada.
—¿Qué me quieres decir? ¿Que las mujeres se te echan encima?
—No se me ocurriría decir algo tan vulgar.
Cruzo los brazos y escruto su expresión.
—Vale, explícame cómo lo haces. Por ejemplo —le propongo—: llevas un año viviendo en Nueva York. Habrás tenido sexo en algún momento. ¿Cómo ha sido? ¿Con alguna clienta?
Pensaba que Max me iba a enviar a freír espárragos o a soltarme que un caballero no habla de esas cosas. Me sorprende cuando me responde con naturalidad.
—Liarse con una clienta no me parece muy ético —me explica—. Normalmente ocurre con colegas: abogadas, fiscales…
—¿Alguna jueza?
—No se ha dado el caso.
—¿Con alguna testigo?
—Tú ves muchas películas —se burla.
—¿Te has tirado a alguien en el edificio de un juzgado? En algún despacho vacío, en los servicios…
Dibuja una media sonrisa y baja la mirada. Qué mono. Hasta me ha parecido atisbar un rastro de sonrojo.
—Puede que en un despacho sí haya ocurrido. —Sonríe con un mohín—. Creo que era la sala donde nos teníamos que reunir con el juez.
—Vaya. —Emito un silbido—. Va a resultar que no eres tan almidonado como pareces.
Suelta una ligera risita.
—Nunca en el baño de un bar. Max Middleton no hace esas cosas.
No se me escapa el puntito de sorna que añade a su comentario.
—No voy a decir que sea lo ideal. Pero, para un desahogo eventual…, te lo recomendaría. Pim, pam, y relax total.
—No, gracias —refunfuña—. Me gustan los lugares más… asépticos.
Entre pregunta y pregunta, no he sido consciente de que me he ido acercando al inglés. La razón: el ruido y la música del local, que me impiden oírlo bien.
¿Cuál iba a ser, si no?
Dejo el vaso en el suelo y encojo las piernas para acomodarme en el sofá.
Tengo el rostro de Max tan cerca que puedo distinguir cada mota plateada de sus ojos.
Son bonitos, por cierto. A simple vista se ven fríos e inexpresivos, pero nada más lejos de la realidad.
Sus iris están llenos de matices que complementan cada una de sus expresiones.
Bajo después la mirada hasta su boca. También es… apetecible. Realmente, sus facciones son armoniosas. Un poco duras, pero bellas.
Joder. Estoy pensando que Max Middleton, el inglés viejo, rancio y estirado…, es guapo. Que tiene un polvazo, vamos. Y no me parece tan viejo ahora que lo miro bien. Treinta y ocho años no son tantos. El problema es que yo tengo veinticinco.
«Problema, ¿para qué?».
Ay, madre. De repente, me asaltan la mente un montón de imágenes en las que este hombre se deshace de todas esas prendas tan rígidas. Y me descubro deseando saber qué esconde bajo sus trajes a medida. Y me pone. Mierda, ¡me pone!
¿Cuánto hace del último polvo? ¿Tres meses? ¿Cuatro?
Ahí está la explicación. Últimamente he estado demasiado tiempo apartada del mercado.
—¿Piensas quedarte en Estados Unidos? —opto por preguntarle. La conversación sobre sexo y amantes me está trastornando.
—De momento, sí. McKenzie estaba deseando volver a su casa de Mayfair y a su refugio de la campiña inglesa. Nueva York lo agobiaba. Por eso, ahora que no está, he de permanecer aquí, para que quede alguna representación inglesa en el bufete.
—¿Tú también echas de menos Inglaterra?
Se deja caer en el mullido asiento del reservado y, supongo que de manera inconsciente, se deshace del todo de la corbata y se la deja colgando del cuello.
Como si acabase de llegar a casa. Como si estuviera totalmente relajado.
Hasta se ha despatarrado. Mi vista viaja a su entrepierna.
¿Está marcando paquete? ¡No, por Dios! ¡Deja de mirar ahí!
Se desabrocha después un par de botones más de la camisa y deja a la vista la piel morena de su garganta y una camiseta blanca de algodón. Siento la decepción que me envuelve al no poder verle el tórax, aunque la visión de sus antebrazos me permite hacerme una idea.
¿Tendrá igual de oscuro el vello del pecho? ¿Será tipo oso o tendrá cuatro pelos? ¿Estará su piel tan caliente como la imagino?
Joder, qué salida estoy.
—Sí, claro —responde—. Soy más inglés que el Big Ben.
—No hace falta que lo jures. —Sonrío—. Por cierto, tu apellido…, ¿tiene algo que ver con…?
—Por supuesto. —Dos brasas plateadas titilan en sus ojos—. Soy nieto segundo por parte de padre de la tía abuela de la prima de la vecina de los Middleton en Chapel Row.
Durante unos segundos me quedo con la boca abierta. Hasta que asimilo las palabras del inglés y le sacudo una patada en el pie.
—Eres un capullo.
El rancio ríe y me descubro riéndome con él. ¡Con el estirado de Max! Me gusta. Me hace sentir bien, tranquila, relajada…, a pesar de los pensamientos calenturientos que me bombardean.
—¿Por qué estás aquí esta noche? —le pregunto interesada—. Ya me ha quedado claro que tú no necesitas buscar sexo. —Pongo los ojos en blanco.
—Necesitaba estar solo.
—Vaya. —Compongo una mueca—. Y ha tenido que aparecer la pelirroja pesada a fastidiarte la noche.
Hago el amago de levantarme; la mano de Max en mi brazo me detiene.
—No —me dice en un tono algo seco—. No… te vayas. Hablas un poco más de la cuenta para mi gusto, pero no me molestas, te lo aseguro.
Me quedo mirando los dedos largos con uñas cuidadas que abarcan mi muñeca, y hago lo mismo con las venas que surcan su brazo. Hasta mí llega una oleada de perfume masculino que me eriza la piel. No recuerdo cuándo fue la última vez que me sentí tan estremecida por el aroma de un hombre.
—Perdona —titubea al tiempo que me suelta la muñeca—. Estoy con un caso un tanto complicado y…, bueno, necesitaba pensar. He descubierto que charlar con alguien un rato también me ha ido bien.
—El trabajo a veces nos consume, ¿verdad? —le digo con un suspiro.
—Qué tonto soy. —Frunce los labios—. Yo quejándome de un caso cuando tú vas por ahí salvando vidas.
Tengo que reconocer que me ha sentado bien que me diga eso.
—Lo intento, al menos. —Sonrío.
Tengo la cabeza apoyada en el respaldo del asiento acolchado.
Max ha hecho lo mismo. Nos estamos mirando a la cara, tan cerca que, a pesar de la escasa luz, puedo ver la sombra oscura de su barba del día, la pequeña cicatriz que le atraviesa el labio inferior y las largas pestañas que enmarcan sus ojos grises.
Como en un acto reflejo, levanto la mano y deslizo un dedo por la marca de su labio.
Max se queda quieto y clava en mí su mirada plateada.
Diría que su corazón ha comenzado a bombear más deprisa.
Lo sé porque estoy sintiendo en mis dedos las bocanadas calientes de su aliento.
Suena de fondo Iris , de The Goo Goo Dolls.
—¿Cómo te hiciste esto?
—Me caí de la bicicleta cuando era pequeño. Mi padre me hizo subirme y me empujó cuesta abajo, porque, según él, era la mejor forma de aprender. Como era de esperar, acabé con los morros contra el suelo.
Me río, pero me deja un regusto amargo pensar en unos padres tan severos. Los míos son tan maravillosos que no puedo imaginar algo diferente.
Aparto el dedo de su labio y me aclaro la voz.
—Yo también tengo una cicatriz —le explico, no tengo ni idea del motivo—. Fue por caerme yo sola. De pequeña era bastante… inquieta.
—¿Solo de pequeña? —Arquea una ceja.
—Muy gracioso.
—¿Dónde la tienes? —me pregunta con voz ronca.
—A ti te lo voy a decir —bromeo.
Sus pupilas son, de pronto, mucho más grandes. Mi respiración se acelera, porque pienso que estará elucubrando sobre los lugares en los que puedo tener la marca.
¿Me estará desnudando mentalmente?
—No pongas esa cara. —Sonrío, no obstante—. La tengo aquí. —Alzo la cabeza y le muestro la barbilla. Un instante después, Max imita mi anterior movimiento. Desliza un dedo sobre la cicatriz y…
¡Dios! ¿Cómo es posible que ese ligero tacto me haya producido un escalofrío por todo el cuerpo?
—Me di contra un bordillo.
Los dedos de Max abandonan mi mentón, pero no se despegan de mi piel y me acarician la línea de la mandíbula de forma suave, como si me rozase con el pétalo de una flor. Ahora es mi corazón el que va a mil.
—¿Sabes? Lo que estoy pensando es una estupidez. Una absoluta locura.
—¿Qué… qué estás pensando? —balbuceo.
Aspiro una bocanada de aire cuando Max agarra mi trenza y la enreda en su mano con un par de vueltas de muñeca.
—Pues… estoy pensando que, desde la primera vez que te vi, deseé deshacer esta trenza y soltarte este pelo del color del fuego. Lo imaginé desparramado sobre las sábanas blancas de una cama. De mi cama.
Abro mucho los ojos.
—Pero ¡si te insulté! ¡Y nos caímos fatal!
Él muestra una sonrisa irónica.
—Que alguien te caiga mal no significa que no te atraiga.
Un torrente de calor invade cada músculo de mi cuerpo. ¡Joder! ¡Me estoy excitando con el inglés almidonado trece años mayor que yo!
—Pues sí. Es una estupidez.
Siento como si alguien me hubiese arrojado un vaso de agua fría cuando Max suelta mi trenza y se aparta ligeramente.
—Ya. —Tuerce la boca—. Aunque hayas venido en busca de sexo…, lo último que te apetece es acostarte con un viejo rancio como yo. Eso está más que claro.
No tengo ni idea del cable que se me cruza. Apenas termina su afirmación, poso una mano en su mejilla y beso sus labios. Están suaves, calientes y llenos de promesas excitantes.
Max no permite que me aleje ni un centímetro.
En cuanto uno mis labios a los suyos, abre su boca y se apodera de la mía.
Introduce la lengua y me recorre todo el interior de una forma lenta, pausada, degustando cada centímetro.
Vuelve a agarrar mi trenza y tira de ella para que incline hacia atrás la cabeza y tener mejor acceso a mi boca.
Siento su lengua tan adentro que me invade el paladar, el interior de mis mejillas y hasta los dientes.
Madre mía. Jamás me habían besado así, sin prisa, con tanto deleite. Como si lo único que importara fuera saborearme lentamente. Como si lo único que existiera fuese mi boca. Como si lo único que él deseara fuera devorármela.
Cuando nos separamos, los dos respiramos de forma acelerada. Noto los labios magullados y un cosquilleo por las partes más sensibles de mi cuerpo.
—Me sigue pareciendo una estupidez. —Jadeo.
—A mí también. —Apoya su frente en la mía, y respiro su aliento caliente—. Pero creo que puedo darte lo que has venido a buscar. Solo sexo. Solo un polvo.
Trago saliva. Un polvo con Max Middleton. Qué morbo, por favor.
—Tú no has venido a eso —le recuerdo.
—Pero he venido a olvidar. Y no se me ocurre mejor forma de hacerlo que llevarte a mi casa, a mi cama, ver tu pelo suelto sobre mis sábanas… y follarte.
¡Jo-der! Nunca unas simples palabras me habían puesto tan cardíaca.
—Vale —acepto en un susurro.
Max parece sorprendido.
—¿En serio? —Dibuja una mueca socarrona—. Pensaba que me mandarías a la mierda, como dirías tú.
—No. —Niego con la cabeza—. La verdad es que me apetece, inglés. Me apetece follar contigo.
Un segundo después, Max se pone en pie, me agarra de la mano y tira de mí hacia la salida.