1. Nora
Nora
Nueva York, en la actualidad
—¡Varón, cuarenta y cinco años! ¡Caída por unas escaleras! ¡Consciente, pero desorientado! ¡Traumatismo craneal con posible hemorragia interna! ¡Tensión máxima a ciento sesenta! ¡Frecuencia cardíaca de ciento ochenta!
—¡A Radiología, rápido! —grita el jefe de Urgencias.
Mis compañeros paramédicos y yo dejamos la camilla con el paciente en manos de doctores y enfermeros y damos un suspiro.
En la calle y en la ambulancia somos los responsables del paciente y tomamos todas las decisiones, pero, en cuanto llegamos al hospital, es el personal médico quien toma el relevo.
—Menuda nochecita —gruñe Theo, el conductor de la ambulancia, y nos dirigimos a los vestuarios de los que disponemos en el Presbyterian.
—De las peores —confirma Lena, mi compañera.
—Necesito tirarme en la cama y dormir todo el día —les digo mientras nos lavamos las manos. El pequeño espejo de la pared me devuelve mi imagen con ojeras y con la palidez que acentúa mi largo cabello pelirrojo recogido en una trenza—. No me paro ni a cambiarme.
—Esta noche libramos —nos recuerda Theo—. Supongo que os apetece salir un rato a despejaros por ahí, ¿no?
—Por supuesto —responde Lena.
—Eso siempre —añado yo.
No somos superamigos, pero hemos creado una buena camaradería entre los tres.
Durante nuestras largas jornadas como paramédicos nos encontramos con accidentes, enfermedades, asaltos y con el drama de las drogas.
La muerte se pasea tantas veces por nuestro entorno que necesitamos despejarnos con gente, con música, con sexo… , con vida.
Nuestra realidad laboral es que este trabajo exige muchas horas, la mayoría de las veces en larguísimos turnos que incluyen noches, fines de semana y festivos.
Además, la continua exposición a situaciones de estrés acaba machacando nuestro bienestar emocional y mental.
A pesar de todo, sentimos que esa difícil parte es compensada con la vocación, la pasión por ayudar a los demás… y algo de terapia, por supuesto.
—Quedamos, entonces, a las diez, donde siempre —dice Theo antes de salir por la puerta.
—A ver si hay suerte. —Lena suspira—. Necesito una borrachera y un polvo.
Me mira ante mi falta de entusiasmo.
—Perdona, tía. Siempre se me olvida que tú no bebes —se disculpa mi compañera.
—Sí bebo —replico—. No soy abstemia, pero nunca más que una cerveza o una copa de vino con la comida. Necesito tener el control.
Lena asiente y no sigue preguntando. Tengo compañeros o conocidos, pero, además de mi familia y unos pocos amigos, en mi vida no hay nadie con tanta confianza como para explicarle mis traumas y mi pasado.
Sonrío para alejar el momento incómodo.
—Estoy de acuerdo en lo del polvo —le digo con una mueca—. Cuando paso una temporada de sequía, me pongo de muy mala leche.
—Seguro que hoy nos cambia la racha —bromea Lena.
***
Pasan solo unos minutos de las diez cuando entro en el local.
Diviso a mis compañeros, que me hacen un gesto con la mano desde el reservado que han ocupado.
Me acerco a ellos y les lanzo un silbido de divertida admiración.
Theo, que tiene veintisiete años, se ha puesto una camiseta que marca sus músculos y exhibe sus tatuajes.
Lena, que ya ha cumplido los treinta, lleva un vestido rojo y ajustado, a juego con el carmín, que destaca su corto cabello rubio.
Yo, sin embargo, he optado por mis sempiternos vaqueros y un top negro con brillos.
—Estáis buenísimos hoy —les digo entre risas. Me siento al lado de Lena.
—Tú también —dice ella—, pero no hay manera de que te sueltes el pelo, tía.
—Es cierto. —Theo alza sus cejas oscuras—. Con lo buena que estás cuando liberas esa melena roja…
Río, me toco la trenza y no me lo tomo a mal. Quedó claro entre los tres hace tiempo que nada de líos entre nosotros.
Una hora después, Lena se está besuqueando en un rincón con un tío, Theo se ha largado con una rubia, y yo tengo a un tipo a mi lado que no para de comerme la oreja. No está mal para un polvo, pero no sé… Tiene algo que no me convence.
Descubro pronto qué es.
—Mira lo que tengo aquí para ti. —Saca una pequeña bolsa de plástico del bolsillo de su chaqueta—. ¿Te apetece pasar la mejor noche de tu vida, pelirroja…?
Le doy tal manotazo que la bolsita sale zumbando.
—Métete esa mierda por el culo, imbécil —le suelto al tiempo que me pongo en pie.
—Joder, ¡¿qué coño haces?!
El tipo recoge su botín del suelo como si fuese el elixir de la vida.
—Que te den —bufo.
Ya no encuentro a mis amigos, así que me dirijo a la barra y me siento en un taburete.
Le pido un Seven Up al camarero y, mientras me lo sirve, desvío la vista al final de la barra.
Hay un hombre sentado que contempla el líquido ambarino de su vaso como si pudiese encontrar en él la respuesta a los misterios del mundo.
—No puede ser… —susurro divertida—. El almidonado, rancio y muy británico Max Middleton bebiendo en un bar…
Es imposible que me haya oído con la música tan alta, pero, como si mis pensamientos se hubiesen transmitido por el aire, el hombre levanta la cabeza y me ve.
En un principio parece sorprenderse, y, un instante después, curva los labios en una media sonrisa lobuna que conozco bien.
A continuación, alza su vaso, da un trago y regresa a sus pensamientos.
No tengo ni idea del motivo, pero me cabrea que pase de mí. El muy imbécil debe de creerse muy superior para rebajarse a acercarse.
Conocí a Max hace un año, en una situación, digamos, incómoda.
En aquellos días yo odiaba a mi cuñado, Rhys, por haber aparecido después de cuatro años de ausencia y de haber abandonado a mi hermana.
Había estado viviendo en Inglaterra, ejerciendo de abogado, y se presentaba con dos tipos ingleses que parecían recién sacados de un frasco de formol.
Uno de ellos era Keith McKenzie, el ricachón que iba a quedarse con el bufete donde trabajaba Evie.
Y el otro era Max, un tipo prepotente que vestía trajes a medida, con gemelos incluidos, y que olía a naftalina y a té inglés.
Luego, para mi bochorno, me enteré de que Rhys lo había pasado muy mal; que McKenzie le había ayudado como un padre, y que Max le había salvado la vida. Además, resultaron ser el tío y el primo de Rhys.
Está claro que las apariencias engañan y que no puedes dejarte llevar por los prejuicios.
Sigo mirando al inglés estirado. Con ese traje impecable y la camisa almidonada, no pega ni con cola en este garito. Y sigue pasando de mí. ¡Pues que siga en compañía de sí mismo, que es la única que le soporta! Que le den.
Una manaza que no sé de dónde ha salido hace girar mi taburete y tengo que apalancar los pies en la pata para no perder el equilibrio. De pronto, me encuentro frente al tipo que pretendía que me drogara con él.
—Pero ¿qué…? —digo.
—Oye, tía —me suelta con muy mal rollo. Mientras ligaba conmigo parecía majo. Resulta evidente que ocultaba su verdadera personalidad—. La bolsa se ha abierto y se han perdido algunas pastillas.
—¿Y a mí qué me cuentas?
Se acerca tanto a mí que el olor de su aliento y su colonia me producen arcadas.
—Pues que me debes cien dólares —gruñe.
—¿Cien dólares? —Alzo una ceja.
—Por cada una de ellas —me dice con furia.
—No te pasarían estas cosas si no necesitaras drogas para empalmarte —le digo con desprecio.
Sus ojos se vuelven rojos.
—¿Por qué no miramos a ver qué llevas en el bolso para poder compensarme? —ruge—. ¿O la cadena que llevas en ese apetecible cuello?
Me llevo las manos al colgante que me regaló mi madre. Este tío tendrá que matarme si quiere llevárselo.
—De una manera u otra vas a tener que pagarme…
Una ancha figura se interpone entre nosotros y se dirige al desconocido con una mirada glacial de sus ojos grises.
—¿Estás amenazando a la señorita?
—¿Quién coño eres tú? —El tipo se amedrenta un poco ante aquella expresión afilada.
—Oh, solo el abogado de la señorita…, y amigo personal del fiscal del distrito. Podría acusarte de amenazas, posesión de drogas, intento de abuso…
—Pero ¡¿qué dices?!
Max saca el teléfono y busca entre sus contactos hasta encontrar el del fiscal. Incluso yo pensaba que era un farol.
—Puedo llamarle ahora mismo para que curse una orden de detención. —Señala la barra—. Oh, y aquí mi amigo, Olson, se ha prestado a guardar tu vaso para tener tus huellas. Espero que no estés fichado.
El camarero muestra con una sonrisa el vaso que contiene la prueba.
—Puto picapleitos de mierda… —bufa el tipo, que da un paso atrás—. Vuelve a tu país, con tus reyes y tus lores, y déjanos en paz.
El acento inglés de Max es de lo más evidente.
Entre improperios, el gilipollas acosador, al fin, desaparece. Me vuelvo al abogado, cuyo rostro permanece inalterable. Arqueo una ceja.
—Debo reconocer que ha sido impresionante —le digo—. Pero no necesito que nadie venga a rescatarme. Me las apaño bastante bien sola.
—No lo dudo, pero me apetecía espantarlo.
—Lo del fiscal no ha sido un farol… —tanteo.
—No. —Sonríe con malicia—. Lo del vaso, sí. Al bueno de Olson no le ha dado tiempo a guardar el que había usado ese tipo.
—Vaya. —Doy un silbido de admiración—. Ahora entiendo que te teman en los tribunales. Y que te llamen el Lobo de McKenzie.
Se limita a lanzarme un par de rayos plateados con sus ojos.
—Un placer hablar contigo, prima —me dice con sorna antes de darse la vuelta y encaminarse a un reservado. Me acaba de dejar claro que no va a seguir en la barra y que quiere estar solo.
No es fácil deshacerse de mí. ¿Qué se ha creído el rancio este? Me acerco al oscuro rincón y me acomodo frente al lacónico inglés.
—No soy tu prima —le recuerdo—. Eres primo de Rhys, mi cuñado. Solo nos une un parentesco muuuy lejano.
—Lo que tú digas, pelirroja salvaje.